miércoles, 6 de febrero de 2019

Alejandra


Nació el día que llegó la calima. Salió con dificultad del capullo y en cuanto le dio el aire se puso a estornudar. Sus pequeñas alas estaban un poco arrugadas porque dentro de su casita no había mucho espacio que digamos. Ella es una mariposa Monarca, como Ángeles. Sus colores naranja y negro saludaron al sol y se desplegaron para secarse y emprender el vuelo. A Ángeles se le mojaron mucho las alas un día lluvioso de noviembre y no pudo volver a volar. Se quedó quieta y callada  y ahora sólo puedo verla en mis sueños.


Alejandra es hija de una mariposa que recorrió miles de kilómetros buscando una planta llamada Asclepia para depositar sus huevos. Antes de convertirse en este ser alado que ahora intenta emprender su primer vuelo, fue una oruga verde de rayas negras que engulló muchas hojas de esta planta de hojas alargadas y florecitas rojas y amarillas. Luego tejió una guarida para refugiarse del viento y la lluvia, y ahí permaneció unas cuantas semanas hasta que, el día de la calima, sacó su cabecita y lanzó su primer estornudo.
Alejandra ya está lista para volar sobre los tejados de la ciudad. Sus alas son fuertes y hermosas. Como ella entiende y conoce el mundo de los sueños, le he pedido que si ve revoloteando a una mariposita tropical llamada Ángeles, la abrace muy fuerte y le diga que la echo de menos. Espero que allí donde esté haya un sol radiante y un cielo del color del océano. 
Alejandra bate sus alas una, dos, tres, cuatro veces. Es su manera de despedirse. Algo parecido a la tristeza me aguijonea la boca del estómago. Creo que también la echaré de menos, pero pronto otra Monarca llegará y, en unos pocos días, las orugas devorarán las hojas de la Asclepia y todo volverá a empezar.




Belkys Rodríguez Blanco ©

domingo, 27 de enero de 2019

De discapacidad, sangre, humor y sexo va esta historia


Todo el mundo debería leer el libro de Raúl Gay: Retrón. Querer es poder (a veces). Me regalé esta lectura durante las Navidades y le agradezco a un compañero de trabajo que la pusiera en mis manos. Me ha quedado muy claro lo que implica tener que vivir con una discapacidad. Nunca antes había leído algo similar sobre el tema y me alegro de haberlo hecho. Ya nadie podrá hacerme ‘cuentos chinos’, ni convencerme de que son superhéroes que tienen que lidiar con cosas terribles y agradecen la discapacidad porque los hace mejores personas. Esto no es un manual de autoayuda. Aquí no hay tabúes y mucho menos un cuento de hadas.
Descarnado, honesto, audaz, escrito con un gran sentido del humor y del dolor.  No hay adornos ni anestesia a mano para aguantar las páginas más terribles. Raúl no se va por las ramas; va al grano y cuenta cómo ha sido su vida sin brazos y con un sinfín de operaciones en sus piernas. He conocido a un focomélico (malformación consistente en la ausencia de elementos óseos y musculares en el miembro superior o inferior, según Wikipedia) que se ríe de sí mismo y escapa de las lamentaciones y de las historias de superación personal. Él desvela lo que otros no se atreven y encima, escribe muy bien. Porque, a pesar de los pesares, Raúl se hizo periodista y ahora comparte su vida con Elena, a quien tuve el enorme placer de entrevistar hace muy poco, y con su hija. Como él mismo dice, es un hombre “moderadamente feliz” y yo le creo porque la honestidad emana a raudales por su afilada e inteligente pluma.
Esto no es una historia de príncipes y princesas de la factoría Disney. Es la vida misma, con sus luces y sus sombras (en su caso demasiadas sombras que ha espantado a golpe de gritos de dolor y rabia y echándose a veces unas risas). Es la narración de un hombre que manifiesta: “No puedo empezar el día sin la ayuda de otra persona; puedo liarme un cigarrillo; puedo encenderlo con la vitrocerámica; puedo follar; no puedo desnudarme para follar”. Y para rematar asegura: “La discapacidad es una mierda; nadie en su sano juicio quiere ser así”. Me he reído y también he sentido una punzada en el estómago intentando imaginar su dolor (físico y espiritual). No me salté ninguna página, Raúl; me he bebido este libro que tiene muchos tragos amargos, sin embargo me alegro de haberlo hecho. Te admiro a rabiar aunque me odies por ello. Elena y tu hija son muy afortunadas de tener a su lado un tipo como tú. Demasiados ególatras  bípedos (en mi tierra les llamamos comemierdas en dos patas) andan por ahí luciendo brazos musculosos y sus más de uno ochenta de estatura. Gracias por compartir tu vida sin tapujos, sin tabúes, tu dolor y tu sentido del humor. Totalmente cierto que ‘querer no es poder’. Volvería a leer este libro, sin duda.


Belkys Rodríguez Blanco ©
Foto: Espacio Fundación Telefónica

viernes, 28 de septiembre de 2018

Desordenadas reflexiones a los 50



Dice el gran Carlos Gardel que veinte años no son nada; así que, cincuenta tampoco, digo yo. Llegar al medio siglo de vida, con energías, salud y lecciones aprendidas es un gran mérito. Mucho ha llovido y nevado desde que salí de mi primera isla con 29 años. No sé de dónde vienen mis genes nómadas pues creo que no tengo ningún pariente tuareg. Lo cierto es que he saltado de isla en isla como un saltamontes caribeño que, por cierto, según Wikipedia también son migrantes natos. Islas cálidas y gélidas han ido dibujando un mapa con costas en mi piel. Siempre las islas, siempre el mar.

De mi segunda isla, allá por el Círculo Polar Ártico, heredé el carácter vikingo; guerrera indomable, corcho nórdico que siempre sale a flote a pesar de las grandes tempestades y las fuertes corrientes. Superviviente de todo y de mí misma. Siempre en pie de guerra, con el machete listo para librar al camino de las malas hierbas. Los 50 me han sorprendido en mi tercera isla (espero que la definitiva). Por si acaso, he puesto a buen recaudo mis zapatos de trotamundos. El bicho migrante que vive en mí es capaz de inventarse una excusa para volar en busca de otra isla, islote, o cualquier otro pedazo de territorio que flote en algún océano desconocido.

Tal vez han sido mis genes de emigrantes asturianos y canarios los que me convirtieron en un ‘culo inquieto’, como dicen por estas tierras. Lo cierto es que tengo muchas horas de vuelo y mucho camino recorrido. Pero, como sentencian los que saben de esos asuntos del alma: “que me quiten lo bailao”. Gracias a mi vida de saltamontes isleño tengo el cuaderno lleno de anécdotas y el baúl repleto de recuerdos bonitos. Con sus sinsabores, ausencias y nostalgias, bonita es la vida que me ha tocado. Las cicatrices las muestro con orgullo, también las arrugas y las ojeras. A los 50 importan poco el maquillaje y el disimulo. No hay que pedir permiso ni para reír ni para llorar, y mucho menos para amar. Y es precisamente el amor un buen pretexto para tirar el ancla, amarrar la nave y apagar las velas en unas costas cálidas, desde donde ahora escribo estas desordenadas reflexiones en el día de mi 50 cumpleaños.


Belkys Rodríguez Blanco©
Foto de: Paisajes y Bodegones

miércoles, 20 de junio de 2018

Espejismo



El piloto anunció turbulencias y pidió a los pasajeros que se abrocharan los cinturones. Ella se agarró con fuerza a los brazos del asiento, cerró los ojos y comenzó a repetir un viejo mantra como una letanía. En el asiento contiguo, él sonrió y le rozó discretamente la mano. Ella giró la cabeza y descubrió primero sus labios, luego su mirada serena y por último su voz. La tranquilizó diciéndole que aquel era el medio de transporte más seguro, que sólo eran baches, como sucedía en la propia vida y luego volvía la calma. Hablaron de literatura, cine, animales, del principio de aerodinámica, de las coincidencias, del destino o el azar; de lo que algunos llamaban causalidades, de sus vidas.

El avión subía y bajaba esquivando la tormenta, pero ella sólo pensaba en la transparencia de aquel rostro y en la parsimonia de las palabras que la arrullaban y le devolvían el sosiego. No supo en qué momento se durmió y, al despertar, la aeronave había tocado tierra y los pasajeros se disponían a abandonarla a toda prisa para no perder las conexiones. Amalia miró hacia todos lados y desconcertada comprobó que su vecino de asiento había desparecido. Buscó desesperadamente entre la multitud pero ningún rostro tenía su sonrisa.

Ciertas habilidades con el pincel le han permitido dibujar un retrato que ha publicado en sus redes sociales con un breve texto: Chica del asiento 8A del vuelo 3467 de Air Europa que cubría la ruta Madrid-Venecia necesita encontrar al chico del 8B. Sólo quiero darte las gracias por tus palabras sinceras y escuchar una vez más tu voz. Tus argumentos me convencieron y ya no tengo miedo a volar. Puede parecer absurdo y descabellado, pero creo que te quiero.

La compañía aérea ha intentado ayudarla sin resultados. Le aseguran que el asiento 8B no estaba ocupado. Amalia cree que es por culpa de la ley de protección de datos. Está convencida de que no fue un espejismo. Era un hombre de carne y hueso, probablemente la persona por la que había estado esperando toda su vida. Un pequeño milagro que todos los meses la empuja a subirse a un avión, con la esperanza de que alguna tormenta le devuelva el sonido de aquella voz con la que sueña cada noche.

Belkys Rodríguez Blanco ©

miércoles, 11 de abril de 2018

Intercambio de roles




El vegetal observó al niño con cara de asco. Sin embargo, como debía seguir al pie de la letra los consejos de su nutricionista, engulló al infante con los ojos cerrados y la firme convicción de que jamás se convertiría en una planta carnívora.


Belkys Rodríguez Blanco ©

jueves, 8 de febrero de 2018

El coleccionista


A mi amigo Fer


Sus amigos se lo advirtieron más de una vez, pero ella era más porfiada que una mula en celo. Cuando se le metía una idea entre ceja y ceja, seguía hacia adelante como un tren sin frenos y sin conductor. Ciega, sorda y muda como decía la letra de aquella canción tan cursi que se había puesto de moda. Así era Laura: apasionada, más bien incendiaria y ese día se encontró con el pirómano de turno.

Primero fue esa miradita de mosquita muerta, de princesita lánguida. Le había entrado la picazón y su amigo el psicoanalista lo sabía. Tantos consejos profesionales, tantas horas de psicoanálisis gratuito no sirvieron para nada. “Por favor, no caigas de nuevo en la tentación de las redes sociales. Te volverá a pasar lo mismo o peor. Después no vengas llorando y lamentándote”, le decía su amigo mientras se comía las uñas con desesperación.

Ella se quedó en silencio, pensativa y con el ceño fruncido. Él creyó por un momento que la había convencido y respiró aliviado. “Solo una vez más y te prometo que si noto algo raro, salgo corriendo”, dijo ella con un hilito de voz y la vista clavada en el suelo. Con la vena de la frente a punto de reventar, el otro le largó que hiciera lo que le diera la gana, que advertida estaba, que guerra avisada no mataba soldados, que no volvería a darle consejos, que seguro le tocaría un psicópata, que aquello era la cueva de Alí Babá, que dejara las cosas al universo… Ella sólo asintió, le dio dos besos y se fue corriendo a su casa a encender el ordenador.

Buscaría una web distinta, más elegante. La anterior, tal y como le había comentado su amiga Marta, era el carrusel de los horrores. Parecía que aquellos tipos se habían escapado de un hospital psiquiátrico. Y ni qué decir de los mensajes que le enviaban. Frases soeces y llenas de faltas de ortografía. No había por dónde agarrarlos. Esta en la que acababa de darse de alta parecía diferente: Solteros con clase se llamaba y una chica con sonrisa Colgate le anunciaba que allí encontraría la pareja perfecta, el hombre de sus sueños. Pensó en un seudónimo e inició la búsqueda. Jamás habría sospechado que estaba firmando su sentencia de muerte.

Aquel guapetón de ojos verdes la dejó sin aliento. Vio que la había metido en el saco de Favoritas y le luego le envió un Flechazo. Laura sintió un calor en la entrepierna y comenzó a sudar. Se contuvo y esperó a que él le mandara el primer mensaje. Parecía un tipo educado. Primero le pidió una foto de los pies y luego le preguntó si comía carne cruda. Le advirtió que no le gustaba el Whatsapp y que le encantaban las croquetas, esas de toda la vida. Coleccionaba libros en miniatura en todos los idiomas, hasta en sánscrito y también rascadores de espalda. Tenía un total de 675, de 71 países. Había estado a punto de entrar en el Récord Guinnes, pero un tipo de Indonesia lo había superado en número de rascadores y países. Eso no lo desanimaba, así que lo seguiría intentando.

Aunque no hablaba latín, lo entendía perfectamente. También tenía una Biblia en miniatura. Se la había comprado un amigo en el Vaticano. A él no le gustaba viajar, para eso se había inventado Internet. Se sentía conectado con el mundo y, sobre todo, con Amazon, el lugar ideal para satisfacer todos sus caprichos. Nada de reguetón, ni fiestas, ni demasiadas salidas a cenar fuera. Era un tipo muy austero. Mozart y Beethoven eran sus favoritos. Por lo demás, se consideraba un tipo normal y buena gente. Laura, recelosa, no le dio muchos detalles. Incluso, en la foto de perfil aparecía muy abrigada y con gafas oscuras.

Aburridos del chat, quedaron en una cafetería, en un centro comercial abarrotado de gente que compraba compulsivamente, a las tres de la tarde. Su amigo, el psicoanalista, andaba merodeando. Si algo no le cuadraba, ella le enviaría un Whatsapp y él la llamaría para decirle que estaba en el servicio de Urgencias al borde del ictus. Pero, el tipo le pareció bastante normal y simpático, a pesar de ciertos gustos estrafalarios. Alto, moreno, ojos verdes, manos grandes y labios gruesos. Laura estaba tan embobada analizando cada detalle de aquel Adonis que en algún momento dejó de oírlo y comenzó a imaginárselo desnudo. De repente, sacudió la cabeza como si temiera que el hombre adivinara sus pensamientos y se puso colorada. Él le sonrió y después de soltarle un par de piropos, le dijo que su casa estaba cerca, que había dejado un solomillo en adobo y que le prepararía una cena inolvidable. Ella, como poseída por aquellos ojos verdes, de mirada serena, como los que describían el bolero de los tiempos de la abuela, movió la cabeza en señal de aprobación.

Camino a la casa de Augusto, Laura le envió un mensaje a su amigo: “Me voy a casa. El tipo no me gusta nada. Feo como el demonio y bastante vulgar. Tienes razón, esto de las redes es una pérdida de tiempo. Nos vemos mañana. Besos”. Lo que sucedió después, lo leyó el psicoanalista al día siguiente en la sección de Sucesos de la prensa local. Los vecinos del barrio Ojos de Garza, donde tenía su domicilio el ciudadano A.P.R., escucharon ruidos extraños y gritos procedentes de la vivienda y llamaron a la policía. Un olor a carne chamuscada se había extendido por todo el vecindario.

Varias mujeres habían desaparecido en la zona y las autoridades ya sospechaban del sujeto que quedó registrado en los récords policiales como el Coleccionista. Cuando llegaron a la vivienda tuvieron que echar abajo la puerta. Habían llegado demasiado tarde. El hombre estaba sentado en la mesa del comedor y se disponía a descorchar una botella de Lambrusco. Sobre el mantel de seda, en un plato de porcelana china, perfectamente colocada, estaba la cabeza de una mujer pelirroja. Todavía tenía el horror reflejado en la mirada y una zanahoria metida en la boca. El hombre, impertérrito, les hizo un gesto invitándolos al banquete. De fondo sonaba a todo volumen Himno de la alegría.

Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 4 de diciembre de 2017

La decisión


La cuartilla en blanco la tienta. Quiere escribir frases coherentes y poéticas pero la rabia la observa desafiante, impertérrita; plantada frente a ella como una estatua invencible la invita a gritar, a blasfemar, a morder su propia herida y a dejar que un hilo de sangre la alivie de sí misma. No hay camino, sólo una cuartilla vacía que la mira de soslayo y bosteza a la espera de la primera frase. Ella la contempla distraída y se estruja las manos con desesperación. No hay palabras, sólo la rabia como animal herido al borde del precipicio. Saltar y descansar o darse la vuelta y luchar con las armas maltrechas de otras batallas. El vértigo es insoportable. Punzante la rabia. Gira el torso y busca su mirada; sin titubear la abraza y a ella se alía. Ahora son un solo cuerpo en una misma guerra. La cuartilla sigue impoluta. Huyen despavoridas las frases lógicas y las metáforas. No hay tregua. Se arranca el escudo y muestra la herida. Viejas cicatrices la custodian. El clamor del combate la apacigua.


Belkys Rodríguez Blanco ©