lunes, 20 de abril de 2020

Rivalidad



El tinte la mira de soslayo y luego bosteza. Hace unos pocos días daba saltitos de alegría pensando en cubrir las canas con su manto milagroso. Ante la obstinada desidia de la mujer hoy se muestra aburrido y quizás decepcionado. Las canas respiran aliviadas como la madre naturaleza últimamente, y agradecen la complicidad de la señora. Consideran al tinte su enemigo acérrimo y un elemento altamente contaminante y, por lo tanto, peligroso. Cada uno espera salirse con la suya obviando la opinión de la fémina. Sin dar cabida a la menor sospecha, ella los deja alimentar ese odio mutuo mientras prepara la máquina cortapelo que ha comprado en Amazon. Secretamente, siempre ha envidiado la valentía y la mirada lánguida de Sinéad O’ Connor.

Belkys Rodríguez Blanco ©

miércoles, 25 de marzo de 2020

El amor en los tiempos del virus



Iluminada caminaba de un lado a otro de la casona familiar como un alma en pena. Sus padres le habían prohibido salir a la calle pues un extraño virus castigaba al pueblo y ya se había cobrado la vida de muchas personas. Ella no aceptaba la situación y se estrujaba las manos con nerviosismo pensando en los días transcurridos entre aquellas cuatro paredes, sin poder ver al chico que le gustaba. Su madre le había dicho que, aunque aquella rara enfermedad se ensañaba solo con las personas mayores, ella prefería que se quedaran todos encerrados en casa, especialmente la abuela que ya había cumplido los 102 años.

“Si esto se alarga mucho, me quedaré para vestir santos, como dice abuelita”, mascullaba la joven. Sergio era el primer chico que se había interesado por ella. Su familia pensaba que era por el dinero pues la muchacha no era muy agraciada. Cuando tenía diez años una infección de varicela cubrió todo su cuerpo y estuvo a punto de engullirla. Los médicos no daban muchas esperanzas, así que sus padres mandaron a buscar al cura para que le diera la extremaunción. La familia al completo permaneció a su lado durante los largos diez días que estuvo Iluminada en cama, con unas fiebres muy altas y delirando. La abuela rezaba sin parar arrodillada frente a la imagen de la virgen de los Dolores y la madre encendía una vela tras otra y lloraba desconsoladamente. El perro, tumbado a los pies de la cama, suspiraba y gemía. Cada rato se ponía a aullar y todos se persignaban aterrorizados.

Una mañana, víspera de primavera, Iluminada amaneció sin fiebre y pidió algo de comer. El perro comenzó a ladrar enloquecido y sus familiares se abrazaron y lloraron de felicidad. Con tanta algarabía nadie se percató de que la apariencia de la niña había cambiado notablemente. El cabello se había teñido de gris, tenía la boca torcida, la nariz ganchuda y su cuerpo plagado de unas horribles cicatrices. Mientras todos se fueron al salón a descorchar una botella de champán, la abuela se acercó a la cama y se quedó mirando detenidamente a la chiquilla. Levantó lentamente la sábana que la cubría y su vista de águila fue recorriendo cada centímetro del cuerpo de Iluminada. De repente, el grito salió disparado de sus cuerdas vocales y sin hacer uso del bastón que siempre la acompañaba, salió corriendo de la habitación. “¡Está maldita, no se acerquen!”, dijo cuando, sin aliento y con la palidez de un muerto, llegó al salón donde algunos ya estaban en estado de embriaguez.

La niña de cabellos rubios y rizados y carita angelical se había transformado en una especie de monstruo de feria. La abuela se recluyó en su habitación y, presa del mutismo y la desolación, estuvo una semana sin probar bocado. Los familiares abandonaron a toda prisa la casa y cada estancia se hundió en un silencio insondable. Las malas lenguas decían que era una tara familiar que había brotado de repente en la criatura como un capullo embrujado. Vecinos y amigos dejaron de visitar la casona de la calle Álamo. Los padres, desconcertados y descorazonados, aceptaron la situación y se prepararon para cargar con aquella cruz. La única esperanza era que algún médico pudiera devolverle a Iluminada su antigua apariencia.

Ni colegio ni amigos. La niña se acostumbró a estudiar en casa y a jugar sola. Hasta el perro se escondía tembloroso debajo de la cama cuando la veía venir. Sus padres se gastaron una fortuna en remedios y cirugías, pero nada funcionaba. Cuando cumplió los quince años, harta de hospitales y médicos, Iluminada decidió comprarse un vestido y salir a dar un paseo. Sus progenitores, horrorizados, intentaron impedir semejante desatino, sin embargo, ella estaba preparada para el rechazo social. Era el precio que debía pagar por su libertad. Y así conoció a Sergio, un chico de barrio, alegre, dicharachero y pecoso que quería ser actor. Una semana antes de desatarse la epidemia, se encontraron en el parque del pueblo. Él repasaba el texto de “Sueño de una noche de verano” para presentarse a una prueba. Ella se acercó al banco donde estaba sentado y de inmediato el corazón le dio una patada de mulo en el pecho. Él levantó la vista, sonrió y la invitó a sentarse.

“Si aquel virus no me mató, este no me hará ni cosquillas. No volveré a estar confinada en esa maldita casa. Prefiero morir. Tengo que ver a Sergio. Habíamos quedado hoy para ir al cine. No me quedaré para vestir santos, como dice la abuela. Necesito verlo y decirle que lo quiero. Sé que me ama y me acepta como soy. Sí, doctor, me cogió la mano aquel día en el parque y me dijo que lo que importaba era la belleza en mi alma. No quiere el dinero de la familia. Será un actor muy famoso y rico, tiene mucho talento. A mis padres les importa un bledo mi felicidad, doctor. Sólo quieren que permanezca virgen para siempre. Déjeme salir, por favor, he quedado con Sergio para ir a ver “Lo que el viento se llevó”. ¿No lo entiendes, hijo de puta? ¡El amor es más fuerte que ese virus de mierda!

Impertérrito, el psiquiatra se acercó a la cama donde yacía atada la joven. Iluminada de retorcía y lloraba como una cría. Con los ojos fuera de sus órbitas lanzó un escupitajo que fue a parar a unos pocos centímetros de la cara del hombre. “No puedo dejarte salir, querida, tú y yo somos los únicos que no hemos contraído el virus en este pueblo. Los señores que ves detrás de mí con mascarillas y trajes especiales, han venido desde muy lejos a sacarnos unas muestras de sangre para fabricar una vacuna que salvará a la Humanidad. Nosotros sí que seremos muy famosos. Olvídate de ese noviete pobretón que solo quería aprovecharse de ti”. Terminando la frase, el psiquiatra sonrió con amabilidad y se dispuso a ponerle a su paciente la camisa de fuerza.

Belkys Rodríguez Blanco ©

Foto: ElDiario

jueves, 12 de marzo de 2020

Corin


A la memoria de una campeona



Mientras veía la película “El llamado de lo salvaje”, se me ocurrió que ella no había muerto. Simplemente su espíritu había viajado a esos bosques interminables en algún lugar en el norte del mundo. Entre ríos y montañas su alma cansada escuchó la voz de sus ancestros y se marchó junto a ellos para correr libremente por un vasto territorio poblado de animales salvajes.

Era una husky siberiana y se llamaba Corin. Recuerdo su hermoso pelaje, la mirada azul apacible, el hocico húmedo pegado a mi piel pidiendo una caricia. Cada vez que la veía imaginaba un trineo, la nieve, la fortaleza de un magnífico animal recorriendo parajes inhóspitos y la nobleza en su corazón.


Cuentan que un frío invierno de 1925, una epidemia de difteria afectó a la ciudad de Nome, en Alaska. El suero se agotaba y el avión que debía despegar para traer la medicina no pudo hacerlo debido a las condiciones meteorológicas. Un perro mestizo de husky llamado Balto y sus compañeros atravesaron el estrecho de Bering transportando el medicamento tan necesario para los enfermos. Dicen que la hazaña duró más de cinco días. La fortaleza y la perseverancia de aquellos animales soportando ventiscas y temperaturas extremas salvó a muchos humanos de la muerte, sobre todo niños. Algunas personas y perros que participaron en la expedición no pudieron completar el viaje pues murieron en la peligrosa ruta.

Corin no conoció los trineos ni la nieve porque nació en Cuba. Leyanes, su dueña, me contó que tuvo que comprar un aire acondicionado y la rociaba con agua helada para mantener la calidad de su pelaje. Quería que se convirtiera en una perra de competición. Sin embargo, ella no necesitaba de tantos cuidados. La genética llevaba la voz cantante y el animal, a pesar de las altas temperaturas en la isla caribeña, lucía siempre un pelaje impecable. En el año 2008 se convirtió, con once meses, en el mejor cachorro de su raza en Cuba. Luego ganó numerosos encuentros hasta conseguir el campeonato.



En cierta ocasión alguien la apodó malintencionadamente “la Larvita” porque era más pequeña que las perras de su edad. Se suponía que el tamaño sería un impedimento para ganar la competición, pero Corin sorprendió a todos caminando con un paso perfecto, casi suspendida en el aire, apoyando las puntitas de sus patas. “Era toda una artista”, cuenta Leyanes. Tenía sólo once meses y los jueces se quedaron prendados de aquel hermoso animal de gráciles movimientos. Corin quedó en tercera posición en el circuito ‘Best the best’. Participaban perros de todas las razas en el prestigioso certamen.

Cuando la conocí ya era mayor. Ella y su hija Amira vinieron a vivir a Gran Canaria hace unos años. Leyanes había emigrado a esta isla y en cuanto pudo tramitó el traslado de ambas desde Cuba. Mi alma perruna conectó con ellas desde el primer momento. El gran parecido de esta raza con los lobos me cautivó. Junto a ellos, en un bosque al norte del mundo, imagino a Corin correteando y metiendo el hocico en la nieve. Su mirada de azul quieto oteando el horizonte; olfatea el viento y comienza a andar lentamente, como si flotara sobre el pasto que empieza a brotar anunciando la llegada de la primavera.



Belkys Rodríguez Blanco ©

miércoles, 29 de enero de 2020

El alacrán migrante


A una guajira que conocí en los fiordos del oeste


El animal no se lo pensó dos veces y se coló de madrugada en la maleta aún a medio hacer. Sabía que la mujer partiría a primera hora hacia Europa. Cansado de una vida monótona y de los lamentos de todos los que pasaban a su lado, había decidido abandonar el trópico y probar suerte en otras latitudes.

Ibis no se percató de la presencia del polizón cuando, muy temprano en la mañana, abrió el equipaje para echar un saquito de frijoles negros. El animalito se había escondido dentro de unas bragas negras de encaje, las favoritas de la mujer. Donde vivía con su marido y cuatro hijos, era imposible conseguir frijoles de cualquier color. Tampoco había mangos, aguacates o plátanos verdes. Cansada de comer bacalao y papas hervidas, cada vez que viajaba a su isla natal, iba de compras a los barrios marginales. En el mercado negro conseguía los preciados productos a muy buen precio.

Un día vio una cotorra chillona que lanzaba palabrotas como perdigones a todo el que pasaba por allí y preguntó su precio. Después de media hora de regateo, decidió marcharse sin el animal. Eso de darle un diazepam para que se mantuviera callado durante el viaje le pareció un acto cruel. Tampoco sabía si se adaptaría a la nieve y la vida en la granja en los fiordos del oeste de Islandia.

Cuando el alacrán asomó la cabeza todo estaba oscuro y hacía frío. Estaba mareado y hambriento. Dando tumbos logró salir de la maleta y, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, se dio cuenta de que ahora viajaba en el maletero de un coche. A los lejos pudo escuchar una conversación en un idioma desconocido. Al parecer la dueña de la maleta discutía acaloradamente con un hombre. De repente, el coche frenó en seco y la puerta del portaequipaje se abrió. El alacrán salió disparado y cayó de bruces sobre la carretera. Gracias a que una capa de cinco centímetros de nieve cubría el asfalto, el arácnido pudo sobrevivir a tan estrepitosa caída.

Han pasado cinco días desde que la policía de Reykjavík encontró un extraño animal que deambulaba por el arcén de la autovía que une el aeropuerto con la ciudad. En el telediario de la noche el locutor afirmó que no sabían la procedencia de la criatura que fue capturada por el grupo de operaciones especiales y trasladada de inmediato, bajo fuertes medidas de seguridad, al Museo de Ciencias Naturales de la capital islandesa.

El alacrán caribeño ha cumplido un sueño gracias a su paisana Ibis que, a pesar de enterarse de la captura de un animal tan común en su isla natal, no sabe que fue ella quien lo introdujo ilegalmente en el país. Ahora vive feliz en un terrario de lujo y, aunque no entiende una sola palabra, sabe que es el bicho más popular del museo. Los científicos se preguntan cómo es posible que un habitante del trópico sobreviva en una isla tan cercana al círculo polar ártico. Mientras tanto, el alacrán los observa con una sonrisita maliciosa, creyéndose inmortal.

Belkys Rodríguez Blanco ©

jueves, 23 de enero de 2020

Duendes caza palabras, un caballo manso y el pajarito cantor



De vez en cuando es sano y necesario volver a la infancia, ese país que habitamos rodeados de duendes traviesos y animalitos. Regresar a esa etapa de nuestra vida nos mantiene a salvo y despierta la imaginación que a veces le da por dormir una siesta demasiado larga. Tener un buen libro de literatura infantil, es como subirse a un globo y volar cada vez más alto. Ver un mundo de colores desde arriba y luego bajar a la tierra a saborear un helado de mango cuando el calor aprieta. 

Así me he sentido después de leer “El cazador de palabras y otros duendes”, de Samy Bayala (Alargalavida y Bilenio) y “Azúcar y Alambrito”, de María Gabriela Díaz Gronlier (Círculo Rojo). Ambos están escritos por mujeres que no han olvidado que un día fueron niñas. Cada una de ellas tiene una pluma mágica que cuenta historias para los más pequeños.


Samy nos introduce en un delicioso mundo de duendes que llevan los nombres de los días de la semana; algunos son madrugadores y otros, por ejemplo, son dueños del tiempo y están muy ocupados intentando detenerlo. Los hay entrometidos, caza palabras, los que juegan a esconder cosas y los que se atreven a esculpir nubes. 

Algunos son más sonrientes que otros, sin embargo, si te encuentras con cualquiera de ellos la diversión y las aventuras están garantizadas. Yo debo confesar que tengo debilidad por ese tal Duende del Día Martes, el escurridizo, el que no aparece ni buscándolo con una lupa. ¿Se habrá mudado a otro país? Lo cierto es que le chiflan las historias y podría estar escondido entre los libros de tu estantería.


Gabriela sabe que Azúcar no es un duende; es un caballo manso y blanco de mirada dulce. Tiene un amigo que se llama Alambrito, un pájaro de plumas verdes, rosadas y grises. Imagino a Alambrito entre las crines de Azúcar susurrándole algún relato contado por el viento en esos campos infinitos, de árboles en fila como gigantes impacientes que liberan las hojas durante el otoño. Dos amigos que se hacen compañía y comparten el amor por naturaleza. Aunque el sol bosteza y se despide en la línea del horizonte, ellos no se separan. Mientras Alambrito entona una dulce nana, Azúcar va cerrando lentamente los párpados y comienza a soñar con el próximo amanecer.

Samy y Gabriela no se conocen, pero comparten sueños e historias similares. Las dos dejaron un día su país natal (Argentina y Cuba) para lanzarse a cazar historias y luego transformarlas en suaves palabras que se enredan en los oídos de los niños y los hacen sonreír. 

Mientras Alambrito revoletea sobre mi cabeza, Azúcar lo observa con atención y suspira. Es casi la hora de irse a descansar, sin embargo, el pajarillo se empeña en contarnos algo que le ha susurrado la brisa. Debajo del escritorio, el Duende del Día Martes se esconde debajo de mi manta roja. Cree que no nos hemos dado cuenta de su presencia. Le seguiremos la corriente a ver si en un descuido asoma por fin la cabeza y podemos conocerlo.

Belkys Rodríguez Blanco ©

jueves, 12 de diciembre de 2019

El patas de palo



Hoy llega el primero. Sus hermanos vendrán cada noche hasta el día de Navidad. Dicen que este se roba las ovejas. Stekkjastaur se llama. Con suerte, me dejará un regalo en el zapato. En mi casa están por todas partes. Para colmo se me ha ocurrido escribir un libro donde cuento sus travesuras. Jamás me libraré de ellos. Creo que este, el que tiene las patas de palo, anda ahora rondando el árbol de Navidad. A la gata se le ha erizado el lomo. Los perros levantan las orejas y gruñen. Voy a encender las lucecitas. Quizás eso lo mantenga embelesado y me dé tiempo a salir corriendo...



miércoles, 19 de junio de 2019

El Túnel


1
Incluso en aquellos angustiosos momentos, el señor Zaisberger creía tenerlo todo bajo control. Una luz indiscreta apuntaba directamente a su nuca y, según él, violaba la intimidad del túnel. Quizás a estas horas su único amigo le odiaba y había cruzado ya medio mundo para escapar. Él, sin embargo, estaba allí, de rodillas y atrapado.
No podría precisar el día exacto en que lo conoció, sólo recuerda que se había quedado hasta tarde en la biblioteca de la señora Jóhanna Helgadóttir, la mujer del presidente. “Nunca toques el anaquel donde tengo los libros de las sagas, sí, ése que está pegado al suelo. Son muy antiguos y no quiero que se deterioren más”, le pidió amablemente una tarde la primera dama. La petición venía acompañada de una risita nerviosa que no pasó inadvertida para él.
Friedrich Zaisberger tenía mutilado el sentido del humor y jamás sonreía. Era un solterón empedernido con vocación de ermitaño, amante de la lectura y la música clásica. Hijo de un carpintero y un ama de casa, había nacido en la ciudad de Salzburgo hacía muchísimos años, más de los que a él le hubiera gustado tener. No hablaba de la edad y, para que las canas no lo delataran, usaba un tinte barato que, paradójicamente, le resaltaba aún más las arrugas del rostro. Nunca mostraba en público el resto de su cuerpo, ni siquiera las manos.
Fue un niño introvertido y excesivamente escrupuloso. Odiaba descubrir una mancha en su ropa y se lavaba constantemente las manos. Era el menor de seis hermanos, todos rubios de ojos azules, vivarachos y muy traviesos. Sobre todo durante las vacaciones de verano, se divertían correteando en el jardín de la casa. Friedrich, sin embargo, buscaba la soledad para manosear los libros que le prestaba un tío materno. Su pelo rojizo, los ojos saltones, de un verde desteñido, y el rostro plagado de pecas lo diferenciaban aun más del resto de la prole. “Las moscas te cagaron la cara”, se burlaban sus hermanos, o “Este chiquillo no se parece a nadie, es hijo del Diablo”, se quejaba el padre. Mientras, la madre se persignaba y contemplaba con lástima a la pobre ovejita pelirroja de la familia.
2
—Señor Zaisberger, he encontrado en el almacén una edición muy vieja del libro de Jules Verne que estaba usted buscando. Bueno, le saldría un poco cara, pero ya sabe…
—Se la compro —interrumpió Friedrich bruscamente y le arrebató al librero aquella joya que se había convertido en una obsesión para él—. Viaje al Centro de la Tierra, comentan que la montaña emana una energía especial, mágica, rejuvenecedora y que hay un volcán en las entrañas del glaciar. Dicen que viven allí unas raras criaturas llamadas elfos —pensó en voz alta—. ¡Ufff, ya debo partir!
—No sabía que le gustaran las aventuras, señor Zaisberger —dijo el librero mientras en su rostro amarillento se reflejaba una sonrisa burlona.
—Se equivoca, las detesto, a este sitio iré algún día, cómodamente en autobús —hablaba sin mirar a su interlocutor y acariciando con lascivia el volumen desgastado—. Pero dígame por favor cuánto le debo. Tengo prisa.
Cuando Friedrich abandonó la librería, un taxi lo esperaba en la calle para llevarlo al aeropuerto. Al día siguiente, exhausto pero excitado, llegó a la ciudad de Reykjavík. Había respondido a un anuncio publicado en Internet, donde se solicitaba un profesor de alemán para los hijos del presidente de una isla en la cual el hielo y el fuego mataban el tiempo disputándose cada centímetro de terreno. Desde el avión creyó vislumbrar el magnífico Snæfellsjökull, el glaciar de Verne, como él lo llamaba, y sus ojos lúgubres adquirieron un brillo inusitado.
En el aeropuerto lo esperaba la mismísima primera dama, vestida con un vaquero desteñido y un jersey de lana que no disimulaba sus grandes pechos y su voluminoso vientre. “Bienvenido a Islandia, ¿cómo estás? ¿Qué tal el viaje?”, preguntó ella en un alemán chapurreado y apretando con firmeza el guante blanco que protegía la mano del austriaco. A él le molestó el trato desenfadado y el tono poco ceremonioso. “Muy bien señora, muchas gracias”, respondió en actitud casi marcial. A Jóhanna le pareció gracioso, soltó una carcajada y le espetó que “nada de señora, ni de usted. Aquí en Islandia somos muy campechanos, no usamos ni escoltas, ni chofer privado, ni limusina”. De esta manera dio por sentado que ella misma lo conduciría a la morada presidencial.
“Sin duda alguna un país singular, con un pasado salvaje. Pero no importa, yo sólo he venido para encontrarme con él”, pensó Friedrich y por primera vez en su vida sonrió.
3
Seis meses después de su llegada a Islandia, una noche muy fría de noviembre, el volcán que hibernaba en el estómago del Snæfellsjökull se despertó hambriento y decidido a engullirse el glaciar. La tierra se tambaleó y, con ella, todos los estantes de la biblioteca presidencial. Tirado en el suelo frente al anaquel prohibido, despeinado y con el rostro descompuesto, Friedrich comprobó cómo aquellos hombres vestidos de blanco frustraban lo que tan minuciosamente habían planeado él y su amigo. “Eres una zorra, Jóhanna, tú los has llamado. Nos odias, a mí y a Nial. Siempre lo supe. Pretendes robarme la energía del glaciar. No soy estúpido, estaba seguro de que detrás de los libros del estante de abajo disimulabas la entrada al túnel, el camino secreto que Nial iba a mostrarme hoy. Lo has estropeado todo, maldita gorda. Tus hijos son vulgares y malos, y nunca hablarán alemán. Pero Nial es un elfo bueno. Él me entiende y me acepta. Yo le doy pescado y lo devora con sus dientes afilados y me lo agradece. ¡Pobrecito mío, tal vez se lo tragó la lava…! ¡Váyanse, hijos de puta, dejen de alumbrar el túnel! ¡A Nial le molesta la luz!”
Y la letanía se fue apagando en la garganta del señor Zaisberger, hasta que no fue más que un leve murmullo  incomprensible. A sus espaldas se escuchaban los sollozos de Frú Jóhanna, como él la llamaba, en un islandés con marcado acento alemán.
Entretanto, el personal sanitario se preparaba para ponerle la camisa de fuerza.

Belkys Rodríguez Blanco ©