miércoles, 19 de junio de 2019

El Túnel


1
Incluso en aquellos angustiosos momentos, el señor Zaisberger creía tenerlo todo bajo control. Una luz indiscreta apuntaba directamente a su nuca y, según él, violaba la intimidad del túnel. Quizás a estas horas su único amigo le odiaba y había cruzado ya medio mundo para escapar. Él, sin embargo, estaba allí, de rodillas y atrapado.
No podría precisar el día exacto en que lo conoció, sólo recuerda que se había quedado hasta tarde en la biblioteca de la señora Jóhanna Helgadóttir, la mujer del presidente. “Nunca toques el anaquel donde tengo los libros de las sagas, sí, ése que está pegado al suelo. Son muy antiguos y no quiero que se deterioren más”, le pidió amablemente una tarde la primera dama. La petición venía acompañada de una risita nerviosa que no pasó inadvertida para él.
Friedrich Zaisberger tenía mutilado el sentido del humor y jamás sonreía. Era un solterón empedernido con vocación de ermitaño, amante de la lectura y la música clásica. Hijo de un carpintero y un ama de casa, había nacido en la ciudad de Salzburgo hacía muchísimos años, más de los que a él le hubiera gustado tener. No hablaba de la edad y, para que las canas no lo delataran, usaba un tinte barato que, paradójicamente, le resaltaba aún más las arrugas del rostro. Nunca mostraba en público el resto de su cuerpo, ni siquiera las manos.
Fue un niño introvertido y excesivamente escrupuloso. Odiaba descubrir una mancha en su ropa y se lavaba constantemente las manos. Era el menor de seis hermanos, todos rubios de ojos azules, vivarachos y muy traviesos. Sobre todo durante las vacaciones de verano, se divertían correteando en el jardín de la casa. Friedrich, sin embargo, buscaba la soledad para manosear los libros que le prestaba un tío materno. Su pelo rojizo, los ojos saltones, de un verde desteñido, y el rostro plagado de pecas lo diferenciaban aun más del resto de la prole. “Las moscas te cagaron la cara”, se burlaban sus hermanos, o “Este chiquillo no se parece a nadie, es hijo del Diablo”, se quejaba el padre. Mientras, la madre se persignaba y contemplaba con lástima a la pobre ovejita pelirroja de la familia.
2
—Señor Zaisberger, he encontrado en el almacén una edición muy vieja del libro de Jules Verne que estaba usted buscando. Bueno, le saldría un poco cara, pero ya sabe…
—Se la compro —interrumpió Friedrich bruscamente y le arrebató al librero aquella joya que se había convertido en una obsesión para él—. Viaje al Centro de la Tierra, comentan que la montaña emana una energía especial, mágica, rejuvenecedora y que hay un volcán en las entrañas del glaciar. Dicen que viven allí unas raras criaturas llamadas elfos —pensó en voz alta—. ¡Ufff, ya debo partir!
—No sabía que le gustaran las aventuras, señor Zaisberger —dijo el librero mientras en su rostro amarillento se reflejaba una sonrisa burlona.
—Se equivoca, las detesto, a este sitio iré algún día, cómodamente en autobús —hablaba sin mirar a su interlocutor y acariciando con lascivia el volumen desgastado—. Pero dígame por favor cuánto le debo. Tengo prisa.
Cuando Friedrich abandonó la librería, un taxi lo esperaba en la calle para llevarlo al aeropuerto. Al día siguiente, exhausto pero excitado, llegó a la ciudad de Reykjavík. Había respondido a un anuncio publicado en Internet, donde se solicitaba un profesor de alemán para los hijos del presidente de una isla en la cual el hielo y el fuego mataban el tiempo disputándose cada centímetro de terreno. Desde el avión creyó vislumbrar el magnífico Snæfellsjökull, el glaciar de Verne, como él lo llamaba, y sus ojos lúgubres adquirieron un brillo inusitado.
En el aeropuerto lo esperaba la mismísima primera dama, vestida con un vaquero desteñido y un jersey de lana que no disimulaba sus grandes pechos y su voluminoso vientre. “Bienvenido a Islandia, ¿cómo estás? ¿Qué tal el viaje?”, preguntó ella en un alemán chapurreado y apretando con firmeza el guante blanco que protegía la mano del austriaco. A él le molestó el trato desenfadado y el tono poco ceremonioso. “Muy bien señora, muchas gracias”, respondió en actitud casi marcial. A Jóhanna le pareció gracioso, soltó una carcajada y le espetó que “nada de señora, ni de usted. Aquí en Islandia somos muy campechanos, no usamos ni escoltas, ni chofer privado, ni limusina”. De esta manera dio por sentado que ella misma lo conduciría a la morada presidencial.
“Sin duda alguna un país singular, con un pasado salvaje. Pero no importa, yo sólo he venido para encontrarme con él”, pensó Friedrich y por primera vez en su vida sonrió.
3
Seis meses después de su llegada a Islandia, una noche muy fría de noviembre, el volcán que hibernaba en el estómago del Snæfellsjökull se despertó hambriento y decidido a engullirse el glaciar. La tierra se tambaleó y, con ella, todos los estantes de la biblioteca presidencial. Tirado en el suelo frente al anaquel prohibido, despeinado y con el rostro descompuesto, Friedrich comprobó cómo aquellos hombres vestidos de blanco frustraban lo que tan minuciosamente habían planeado él y su amigo. “Eres una zorra, Jóhanna, tú los has llamado. Nos odias, a mí y a Nial. Siempre lo supe. Pretendes robarme la energía del glaciar. No soy estúpido, estaba seguro de que detrás de los libros del estante de abajo disimulabas la entrada al túnel, el camino secreto que Nial iba a mostrarme hoy. Lo has estropeado todo, maldita gorda. Tus hijos son vulgares y malos, y nunca hablarán alemán. Pero Nial es un elfo bueno. Él me entiende y me acepta. Yo le doy pescado y lo devora con sus dientes afilados y me lo agradece. ¡Pobrecito mío, tal vez se lo tragó la lava…! ¡Váyanse, hijos de puta, dejen de alumbrar el túnel! ¡A Nial le molesta la luz!”
Y la letanía se fue apagando en la garganta del señor Zaisberger, hasta que no fue más que un leve murmullo  incomprensible. A sus espaldas se escuchaban los sollozos de Frú Jóhanna, como él la llamaba, en un islandés con marcado acento alemán.
Entretanto, el personal sanitario se preparaba para ponerle la camisa de fuerza.

Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 27 de mayo de 2019

El poeta que vino de muy lejos


Dijo el poeta cubano Eliseo Diego que Manuel Díaz Martínez, en sus poemas, parece que viniera de muy lejos. Y así es, de lejos viene y muy hondo llega con su poesía y también con su prosa. El poeta es capaz de derramar versos sobre su narrativa. Lo hace magistralmente y debería hacerlo con más frecuencia. Su libro Cantos y Cuentos (Editorial Verbum, 2016) lo corrobora.

Como él mismo asegura, con este volumen ha realizado una “tarea de rescate” y es precisamente eso lo que hace Manuel con sus versos y su prosa: rescatar, rescatarnos del olvido y la nostalgia. Este es un ejercicio que sólo los náufragos de la distancia como él saben hacer, con elegancia, con urgencia. Porque “vivir es eso”: crear un hilo invisible que nos salve de las garras del laberinto. Un hilo que hilvana islas y las convierte en un continente de recuerdos.

Periodista: Muchos de los poemas incluidos en Cantos y Cuentos han sido escritos en el exilio. ¿En qué se diferencian de los anteriores?

Manuel Díaz Martínez: En este libro he recogido poemas de diversas épocas no incluidos en mis libros anteriores, y en él coinciden textos muy antiguos con otros muy recientes. La diferencia que advierto entre la poesía que escribí antes del exilio y la que he escrito en el exilio es apenas de matices y tiene que ver con la ironía y el humor, más presentes y acentuados en la última. Un ejemplo de esto es mi libro Paso a nivel, publicado en 2005.

P: Después de leer el poema “Para matar al Minotauro y salir del laberinto” se me ocurre preguntarte: ¿Hacia dónde te ha llevado el hilo de Ariadna en tus andares de poeta?

MDM: En mis andares de poeta, y de simple mortal, el hilo de Ariadna casi siempre me ha llevado directamente al Minotauro. Una muestra de ello es que estoy en el exilio.

P: En el poema “Sobrevivir”, dices: “Nos va la vida en las palabras”. ¿Qué sería del poeta si un día se queda en silencio?

MDM: Sus mejores versos seguirán hablando por él.

P: ¿Es la brevedad en muchos de los poemas del libro una especie de urgencia por definir las cosas?

MDM: No. La extensión de mis poemas depende del tema, de mi oficio y, como diría Lorca, del “duende” que me acompañe cuando los estoy creando. Jamás las urgencias y las prisas han entrado en mi taller.

P: ¿Tiene el poema alguna explicación implícita o es simplemente un río de sentimientos que fluye?

MDM: ¡Un poema puede ser y funcionar de tantas maneras! El poema es un espacio libre, de búsquedas y sorpresas, y lo es para quien lo hace y para quien lo recibe. Los lectores son coautores de los poemas.

P: A veces insistes en las palabras olvido, muerte, nostalgia y pérdida. ¿Busca más el poeta ese lado melancólico de la vida?

MDM: La melancolía es un espejo roto en el que no puedo dejar de mirarme. Es donde creo verme mejor.


P: Me ha sorprendido gratamente esa faceta tuya de narrador. ¿Por qué hay tan pocos cuentos en tu trayectoria literaria?

MDM: Yo también me lo pregunto y no tengo respuesta. Dado que me divertí muchísimo escribiendo esos pocos cuentos, me sigue resultando incomprensible no haber repetido más veces tan fascinante aventura. Y el colmo es que los escribí casi todos por encargo.

P: Creo que la narrativa de Manuel Díaz Martínez tiene mucho que ver con la crónica periodística. ¿Me equivoco?

MDM: Aciertas. No es raro que sea así puesto que he dedicado, y con pasión, gran parte de mis años al periodismo, sobre todo como cronista y articulista.

P: Creo ver en un par de cuentos de este libro un guiño a Horacio Quiroga. ¿Estoy en lo cierto?

MDM: Quizás don Horacio ande por ellos, aunque lo he leído poco. Sí  siento a Borges, Rulfo y Virgilio Piñera, a quienes he leído más, deambulando de alguna manera, digamos que cogidos de la mano, por mis cuentos.

P: Creo que la poesía ha sido y será siempre una compañera de viaje. ¿Volverá el excelente narrador que hay en ti a deleitarnos con más historias? Más que una pregunta quisiera que fuera un ruego.

MDM: Ganas de complacer tu ruego no me faltan.

Volver una y otra vez a la poesía y a la prosa de Manuel Díaz Martínez es un deleite y una necesidad. Cada verso, cada frase suponen un descubrimiento y una enseñanza. Él es como una isla en sí mismo, siempre dispuesto a acoger a cualquier náufrago que se acerque a sus costas; no importa del punto cardinal que venga. Sus palabras sabias, amables y profundas llegan al alma como un bálsamo que cura cualquier herida, y en ellas te quedas dulcemente anclado. El poeta y el prosista, efectivamente, vienen de lejos, como afirma Eliseo Diego, y de vuelta también de muchas cosas. Y, en su andar por el mundo, ambos han dejado sus cantos y sus cuentos, y trocitos del alma como gotas de lluvia en la tarde.

Manuel Díaz Martínez nació en Santa Clara, Cuba, en el año 1936. En 1967 obtuvo el Premio de Poesía ‘Julián del Casal’ de la Unión de Escritores y Artistas de su isla natal, por su libro Vivir es eso. En 1994, ya en el exilio, fue galardonado con el Premio ‘Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria’, del Ayuntamiento de esta ciudad, por su libro Memorias para el invierno. Su poesía completa fue publicada en 2011 con el título de Objetos personales (1961-2011). Es autor además del libro de memorias Sólo un breve rasguño en la solapa (2002), del tomo de ensayos y artículos Oficio de opinar (2008) y de la antología Poemas cubanos del siglo XX (2002). En 2006, el Centro Cultural Cubano de Nueva York le otorgó la medalla ‘La Avellaneda’ en reconocimiento a su aporte a la cultura cubana. En el año 2015 se reeditó su poemario El país de Ofelia y en 2017 llegaron sus poemas escritos frente al mar En la Isleta.


Belkys Rodríguez Blanco ©

miércoles, 6 de febrero de 2019

Alejandra


Nació el día que llegó la calima. Salió con dificultad del capullo y en cuanto le dio el aire se puso a estornudar. Sus pequeñas alas estaban un poco arrugadas porque dentro de su casita no había mucho espacio que digamos. Ella es una mariposa Monarca, como Ángeles. Sus colores naranja y negro saludaron al sol y se desplegaron para secarse y emprender el vuelo. A Ángeles se le mojaron mucho las alas un día lluvioso de noviembre y no pudo volver a volar. Se quedó quieta y callada  y ahora sólo puedo verla en mis sueños.


Alejandra es hija de una mariposa que recorrió miles de kilómetros buscando una planta llamada Asclepia para depositar sus huevos. Antes de convertirse en este ser alado que ahora intenta emprender su primer vuelo, fue una oruga verde de rayas negras que engulló muchas hojas de esta planta de hojas alargadas y florecitas rojas y amarillas. Luego tejió una guarida para refugiarse del viento y la lluvia, y ahí permaneció unas cuantas semanas hasta que, el día de la calima, sacó su cabecita y lanzó su primer estornudo.
Alejandra ya está lista para volar sobre los tejados de la ciudad. Sus alas son fuertes y hermosas. Como ella entiende y conoce el mundo de los sueños, le he pedido que si ve revoloteando a una mariposita tropical llamada Ángeles, la abrace muy fuerte y le diga que la echo de menos. Espero que allí donde esté haya un sol radiante y un cielo del color del océano. 
Alejandra bate sus alas una, dos, tres, cuatro veces. Es su manera de despedirse. Algo parecido a la tristeza me aguijonea la boca del estómago. Creo que también la echaré de menos, pero pronto otra Monarca llegará y, en unos pocos días, las orugas devorarán las hojas de la Asclepia y todo volverá a empezar.




Belkys Rodríguez Blanco ©

domingo, 27 de enero de 2019

De discapacidad, sangre, humor y sexo va esta historia


Todo el mundo debería leer el libro de Raúl Gay: Retrón. Querer es poder (a veces). Me regalé esta lectura durante las Navidades y le agradezco a un compañero de trabajo que la pusiera en mis manos. Me ha quedado muy claro lo que implica tener que vivir con una discapacidad. Nunca antes había leído algo similar sobre el tema y me alegro de haberlo hecho. Ya nadie podrá hacerme ‘cuentos chinos’, ni convencerme de que son superhéroes que tienen que lidiar con cosas terribles y agradecen la discapacidad porque los hace mejores personas. Esto no es un manual de autoayuda. Aquí no hay tabúes y mucho menos un cuento de hadas.
Descarnado, honesto, audaz, escrito con un gran sentido del humor y del dolor.  No hay adornos ni anestesia a mano para aguantar las páginas más terribles. Raúl no se va por las ramas; va al grano y cuenta cómo ha sido su vida sin brazos y con un sinfín de operaciones en sus piernas. He conocido a un focomélico (malformación consistente en la ausencia de elementos óseos y musculares en el miembro superior o inferior, según Wikipedia) que se ríe de sí mismo y escapa de las lamentaciones y de las historias de superación personal. Él desvela lo que otros no se atreven y encima, escribe muy bien. Porque, a pesar de los pesares, Raúl se hizo periodista y ahora comparte su vida con Elena, a quien tuve el enorme placer de entrevistar hace muy poco, y con su hija. Como él mismo dice, es un hombre “moderadamente feliz” y yo le creo porque la honestidad emana a raudales por su afilada e inteligente pluma.
Esto no es una historia de príncipes y princesas de la factoría Disney. Es la vida misma, con sus luces y sus sombras (en su caso demasiadas sombras que ha espantado a golpe de gritos de dolor y rabia y echándose a veces unas risas). Es la narración de un hombre que manifiesta: “No puedo empezar el día sin la ayuda de otra persona; puedo liarme un cigarrillo; puedo encenderlo con la vitrocerámica; puedo follar; no puedo desnudarme para follar”. Y para rematar asegura: “La discapacidad es una mierda; nadie en su sano juicio quiere ser así”. Me he reído y también he sentido una punzada en el estómago intentando imaginar su dolor (físico y espiritual). No me salté ninguna página, Raúl; me he bebido este libro que tiene muchos tragos amargos, sin embargo me alegro de haberlo hecho. Te admiro a rabiar aunque me odies por ello. Elena y tu hija son muy afortunadas de tener a su lado un tipo como tú. Demasiados ególatras  bípedos (en mi tierra les llamamos comemierdas en dos patas) andan por ahí luciendo brazos musculosos y sus más de uno ochenta de estatura. Gracias por compartir tu vida sin tapujos, sin tabúes, tu dolor y tu sentido del humor. Totalmente cierto que ‘querer no es poder’. Volvería a leer este libro, sin duda.


Belkys Rodríguez Blanco ©
Foto: Espacio Fundación Telefónica

viernes, 28 de septiembre de 2018

Desordenadas reflexiones a los 50



Dice el gran Carlos Gardel que veinte años no son nada; así que, cincuenta tampoco, digo yo. Llegar al medio siglo de vida, con energías, salud y lecciones aprendidas es un gran mérito. Mucho ha llovido y nevado desde que salí de mi primera isla con 29 años. No sé de dónde vienen mis genes nómadas pues creo que no tengo ningún pariente tuareg. Lo cierto es que he saltado de isla en isla como un saltamontes caribeño que, por cierto, según Wikipedia también son migrantes natos. Islas cálidas y gélidas han ido dibujando un mapa con costas en mi piel. Siempre las islas, siempre el mar.

De mi segunda isla, allá por el Círculo Polar Ártico, heredé el carácter vikingo; guerrera indomable, corcho nórdico que siempre sale a flote a pesar de las grandes tempestades y las fuertes corrientes. Superviviente de todo y de mí misma. Siempre en pie de guerra, con el machete listo para librar al camino de las malas hierbas. Los 50 me han sorprendido en mi tercera isla (espero que la definitiva). Por si acaso, he puesto a buen recaudo mis zapatos de trotamundos. El bicho migrante que vive en mí es capaz de inventarse una excusa para volar en busca de otra isla, islote, o cualquier otro pedazo de territorio que flote en algún océano desconocido.

Tal vez han sido mis genes de emigrantes asturianos y canarios los que me convirtieron en un ‘culo inquieto’, como dicen por estas tierras. Lo cierto es que tengo muchas horas de vuelo y mucho camino recorrido. Pero, como sentencian los que saben de esos asuntos del alma: “que me quiten lo bailao”. Gracias a mi vida de saltamontes isleño tengo el cuaderno lleno de anécdotas y el baúl repleto de recuerdos bonitos. Con sus sinsabores, ausencias y nostalgias, bonita es la vida que me ha tocado. Las cicatrices las muestro con orgullo, también las arrugas y las ojeras. A los 50 importan poco el maquillaje y el disimulo. No hay que pedir permiso ni para reír ni para llorar, y mucho menos para amar. Y es precisamente el amor un buen pretexto para tirar el ancla, amarrar la nave y apagar las velas en unas costas cálidas, desde donde ahora escribo estas desordenadas reflexiones en el día de mi 50 cumpleaños.


Belkys Rodríguez Blanco©
Foto de: Paisajes y Bodegones

miércoles, 20 de junio de 2018

Espejismo



El piloto anunció turbulencias y pidió a los pasajeros que se abrocharan los cinturones. Ella se agarró con fuerza a los brazos del asiento, cerró los ojos y comenzó a repetir un viejo mantra como una letanía. En el asiento contiguo, él sonrió y le rozó discretamente la mano. Ella giró la cabeza y descubrió primero sus labios, luego su mirada serena y por último su voz. La tranquilizó diciéndole que aquel era el medio de transporte más seguro, que sólo eran baches, como sucedía en la propia vida y luego volvía la calma. Hablaron de literatura, cine, animales, del principio de aerodinámica, de las coincidencias, del destino o el azar; de lo que algunos llamaban causalidades, de sus vidas.

El avión subía y bajaba esquivando la tormenta, pero ella sólo pensaba en la transparencia de aquel rostro y en la parsimonia de las palabras que la arrullaban y le devolvían el sosiego. No supo en qué momento se durmió y, al despertar, la aeronave había tocado tierra y los pasajeros se disponían a abandonarla a toda prisa para no perder las conexiones. Amalia miró hacia todos lados y desconcertada comprobó que su vecino de asiento había desparecido. Buscó desesperadamente entre la multitud pero ningún rostro tenía su sonrisa.

Ciertas habilidades con el pincel le han permitido dibujar un retrato que ha publicado en sus redes sociales con un breve texto: Chica del asiento 8A del vuelo 3467 de Air Europa que cubría la ruta Madrid-Venecia necesita encontrar al chico del 8B. Sólo quiero darte las gracias por tus palabras sinceras y escuchar una vez más tu voz. Tus argumentos me convencieron y ya no tengo miedo a volar. Puede parecer absurdo y descabellado, pero creo que te quiero.

La compañía aérea ha intentado ayudarla sin resultados. Le aseguran que el asiento 8B no estaba ocupado. Amalia cree que es por culpa de la ley de protección de datos. Está convencida de que no fue un espejismo. Era un hombre de carne y hueso, probablemente la persona por la que había estado esperando toda su vida. Un pequeño milagro que todos los meses la empuja a subirse a un avión, con la esperanza de que alguna tormenta le devuelva el sonido de aquella voz con la que sueña cada noche.

Belkys Rodríguez Blanco ©

miércoles, 11 de abril de 2018

Intercambio de roles




El vegetal observó al niño con cara de asco. Sin embargo, como debía seguir al pie de la letra los consejos de su nutricionista, engulló al infante con los ojos cerrados y la firme convicción de que jamás se convertiría en una planta carnívora.


Belkys Rodríguez Blanco ©