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El hombre que lloraba por dentro. Segunda entrega de Ángela Vicario

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  Me lo contaron en cuanto puse un pie en un barrio de Las Palmas de Gran Canaria. Vine a vivir a San Nicolás porque desde que vi las casas me parecieron coquetas y cuentan por aquí que son muy antiguas. Todo un manjar para los fantasmas como yo. De hecho, he alquilado una habitación en una que tiene más de cien años. Pero bueno, no quiero desviarme de la historia que voy a contarles. No puedo asegurar que sea totalmente cierta, pues me la susurró el espíritu del zapatero que comparte habitáculo conmigo y el señor, además de estirado, creo que es mitómano.   Resulta que en la calle Álamo hay una casa de tres plantas en ruinas y cuentan que allí vivió un hombre que, después de enviudar, se encerró a cal y canto en su vivienda, ubicada en la segunda planta, a llorar su pérdida. Solo salía de noche a tirar la basura y a fumarse un cigarro mientras contemplaba el mar a lo lejos. Al parecer tenía la tristeza enquistada en las vísceras por culpa de las lágrimas. En vez de salir por los condu

La verdadera historia de Ángela Vicario

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  Me llamo Ángela Vicario . Seguro que no me recuerdas, pero yo te refrescaré la memoria. Soy uno de los personajes de una novela de ese tal García Márquez, un colombiano famosillo que usaba vidas ajenas con fines literarios. Por supuesto, en el mundo real tenía otro nombre, pero el que me otorgó el Gabo me gusta más.  Hace mucho tiempo que no formo parte del reino de los vivos, pero como al escritor le dio por inmortalizarme en las páginas de su libro, mi espíritu sigue vagando por todos lados. Me aburría en la ciudad de Sincelejo, así que decidí mudarme a unas islas en el Atlántico llamadas Afortunadas. Por algo será. Por voluntad propia he dejado de ser un personaje literario y me he convertido en cronista, periodista, escritora, o algo parecido. El caso es que ahora soy yo la que te va a contar algunos asuntos truculentos acontecidos por estos lares que a lo mejor no te crees, pero eso me da igual. Lo cierto es que se te pondrán los pelos de punta y tal vez necesites de un somníf

La noche en su laberinto

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  La noche es un río negro que discurre en la espesura del monte. Agazapada espera que amanezca y la tenue luz traiga consuelo para la carne maltrecha. Pero hoy el sol se avergüenza de los hombres en su impío cortejo a la muerte. Amordazada y malherida vaga como sombra errante, como velero en medio de la tempestad oceánica. El amanecer se ha quedado sin voz, sin latidos y sin guarida. No hay sitio para él en este caos que lo asedia y lo apalea. Indiferente la noche pasa de largo en busca de un discreto rincón donde lamer sus heridas y recomponerse para continuar su ruta hacia el alba. Belkys Rodríguez ©

Solsticio de verano

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  Mostró la herida como quien presume de un trofeo. Ya no sangraba. Aunque apretaba los dientes y se estrujaba las manos con rabia, se había acostumbrado al proceso de cicatrización. Era lento, doloroso y picaba mucho, pero esta era ya la tercera vez que la agredían mientras sorteaba la noche más oscura. Veterana en estas lides, los cortes profundos no eran un problema para ella, así que ni siquiera gritó ni se puso a maldecir como la penúltima vez. La farmacia estaba apenas a unas pocas cuadras de su casa, sin embargo pasó de largo y se adentró en el sendero que desembocaba en el mar. Aunque se acercaba el solsticio de verano hacía frío y no había ni un alma en la playa. En un par de días se llenaría de fogatas, de bullicio, alcohol, ritos paganos y basura. No creía en el poder purificador del fuego. Su signo era de agua. Encabritado, como casi siempre en esa orilla, el océano castigaba las rocas con furia premeditada. Subió sin prisa la colina. Las luces de un barco ondulaban en

El precio de las caricias

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  Ella estaba dispuesta a pagar por las caricias. Se lo propuso un día al vecino del octavo. Era un hombre calvo y taciturno al que el peso de la soledad le había dejado una pronunciada joroba en la espalda. Bajaba todos los días a las nueve en punto a tirar la basura. Una noche ella abrió la puerta de su apartamento y lo vio en el último peldaño de la escalera secándose el sudor. El ascensor casi siempre estaba roto. El hombre se dio la vuelta y le sonrió con amabilidad. Cuando se disponía a continuar su ascenso, ella le habló bajando la mirada. “¿Cuánto me cobrarías por unas caricias?, le espetó ahorrándose el saludo. Él la miró con los ojos ligeramente entornados y el ceño fruncido como si le hubiese hecho la pregunta en otro idioma. "No te pido sexo, solo quiero unas cuantas caricias dependiendo del precio, por supuesto", aclaró la mujer. Antes de que pudiera articular palabra, ella hizo un gesto invitándolo a pasar. Titubeó unos segundos, se rascó su lustrosa mollera y r

La punzada del guajiro y otros cuentos

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  Hay un Macondo más allá de las páginas de Cien años de soledad . Está en la isla de Cuba, al sur de la provincia La Habana; en el pueblo donde vivió el mexicano que compuso el vals Sobre las olas y la negra Gelasia leía el futuro en los caracoles. Allí nació y creció la autora de estos relatos que, aunque fueron concebidos en otros territorios isleños, llevan impresos los genes del guajiro: sentido del humor y socarronería.     Un chachachá, el negrito y el gallego, un rabo de nube, el cocuyo y la lagartija, el tuerto y retorcido Eddy, una app de citas que se convierte en trampa mortal y la punzada que provoca el amor son algunos de los protagonistas de estas historias batabanoenses. "La punzada del guajiro y otros cuentos" ha sido publicado por la editorial Betania. Muy pronto estará disponible en Amazon y en papel. 

Oda a la Vida

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                                                                        A Manuel Mientras amanece intenta acallar los malos augurios de los diarios, el veneno que se proponen inyectar a toda costa, resentimientos, batallas absurdas, cánticos de muerte. Contempla el reposo del mar en una isla que despierta y reza por la Vida, la celebra, aplaude la Vida y se aferra a ella como el náufrago que es, recorriendo una patria infinita, sin muros, sin odios, libre de mentiras. El salitre lame parsimoniosamente la furia y las heridas, ausencias impuestas, derrotas como llagas adheridas a sus pies. Sus raíces ancladas en la Vida se desparraman por un territorio más allá de islas y continentes, el de su infancia, el barrio y los abuelos. Allí vuelve cada tarde callado, de puntillas, agradecido, sin olvidar lo que es: un náufrago apátrida que flota abrazado al viento, a la deriva. Belkys Rodríguez Blanco ©