domingo, 19 de noviembre de 2017

La espera


La ciudad en su quietud, callada se desliza hacia la noche; altiva y sigilosa como gata en celo. En el ronroneo se diluye el eco de sus pasos. Balcones que penden indiferentes sobre la calle empedrada.  Los colores se marchan cabizbajos y se refugian en la línea intangible que hay entre tus manos y el mar.

Sentada en el muro, ella sueña con una isla que fue tragada por la desidia y la ausencia. Hay otro muro, donde acaba el océano; castigado por tantos huracanes se cae a pedazos en la memoria. Lentamente se pasa la lengua por los labios para sentir la dureza de la sal y el sabor del beso que espera agazapado en tu boca.

La tarde silenciosa se regodea en la espera. Ella sigue sentada en el muro, la mirada fija en el aleteo empecinado de la gaviota; buscando la luz de un faro que guía los barcos en otras costas. Heridas y naufragios. Azul atlántico e indomable. Tempestades que la zarandean y la devuelven a la realidad.

Resignada, cierra los ojos e imagina el abrazo tibio, el gemido impaciente, la caricia furtiva en la yema los dedos. Se le eriza la piel, sacude la cabeza y vuelve a mirar el oleaje que castiga el muro; el salitre se aferra a su cuerpo mientras se encienden las farolas. Echa a andar hacia la orilla, descalza, con la ciudad adormilada a la espalda, soñando con el beso que espera febril en tus labios.

Belkys Rodríguez Blanco ©

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Rabo de nube

“Si me dijeran pide un deseo, preferiría un rabo de nube”–Silvio Rodríguez


Cuando se avecinaba la tormenta, Amalia invocaba a Santa Bárbara. Changó era poderosa y, juntas, ahuyentaban los malos presagios. El cielo se quedaba despejado de nubes inoportunas y el sol volvía a brillar como en una mañana de primavera tropical. Ese don lo había heredado de su bisabuela Rosario. A ella ni los rabos de nube se le resistían. Sacaba las tijeras del costurero y, con paso firme y los ojos cerrados, salía al patio de la casona familiar. Entre rezos, alzaba los brazos y cortaba en el aire la tozudez del vendaval.

En su lecho de muerte, doña Charito le pidió a su bisnieta que se acercara y en apenas un susurro le dio las instrucciones precisas para alejar las tormentas y todo tipo de fenómenos naturales. Durante el verano las amigas se la rifaban. En aquel pueblito del sur de la isla, los nubarrones grises tenían la fea costumbre de plantarse sobre la costa y descargar allí toda la rabia acumulada. “Amanda, aleja la tormenta”, le pedían las chiquillas con esa necesidad perentoria de lucir un bronceado perfecto en el baile del domingo.

Amanda se acercaba a la orilla, cerraba los ojos y caía en una especie de trance. Mientras alzaba los brazos, invocaba a Changó y por si acaso también a Yemayá, dueña y señora de las mareas. Cuando terminaba el ritual, dejaba caer los brazos, exhausta; se arrodillaba y se quedaba mirando fijamente la línea del horizonte. Como en otras ocasiones, las nubes preñadas de malos augurios desaparecían y sus amigas corrían a abrazarla y a darle las gracias por el milagro.

Aquella fatídica tarde, víspera de otoño, los vientos huracanados comenzaron a vapulear los árboles y los tejados del pueblo. La gente, aterrorizada, fue en procesión hasta la casa de Amanda. Su madre salió al portal en intentó calmar a la multitud. Con un hilo de voz, la señora intentó convencer a la exaltada masa de que su hija no estaba preparada para apaciguar la furia de un huracán fuerza cinco. Además, la muchacha estaba postrada en la cama con unas fiebres muy altas.

“La niña solo puede alejar las tormentas de verano y cortar un rabo de nube. Doña Rosario no le dejó instrucciones para espantar los huracanes”, aseguró Úrsula y luego entró en la casa. Atónitos primero y encolerizados después, los habitantes del pueblo comenzaron a proferir improperios y a lanzar piedras contra la puerta y las ventanas. Exigían a Amanda que saliera a la calle y que intentara detener a aquella bestia que se acercaba lentamente a la costa. El último de esas características había pasado hacía cincuenta años y provocó un ras de mar que engulló todo el pueblo. Solo quedó en pie la torre de la iglesia y la barbería de Yuyo.

Ante el incesante griterío, Amanda abrió los ojos y le pidió a su madre que la ayudara a levantarse. Doña Úrsula se negó rotundamente, pero su hija la tranquilizó asegurándole que el espíritu de Charito le daría de alguna manera las indicaciones para deshacerse del monstruo tropical que asediaba la isla. La madre, temerosa e incrédula, ayudó a la joven a vestirse. Lo que pasó después, fue recogido años más tarde por un periodista que aquel aciago día se plantó delante de la casa de Amanda, de la mano de su abuelo materno.

Contaba Juan Cuesta que la muchacha salió al portal de la casa familiar cuando los primeros relámpagos alumbraban el horizonte. Demacrada y con el pelo enmarañado, vestía una bata blanca que se deslizaba hasta sus pies descalzos. El rumor cesó dando paso al silencio que precedía la tormenta. Con las mejillas encendidas por la fiebre, Amanda alzó los brazos y cerró los ojos. Justo sobre su cabeza, apareció una espiral de hojas, ramas y pequeños animales del monte que envolvió su cuerpo lentamente. Instintivamente, todos cerraron los ojos y empezaron a rezar. Mientras el murmullo crecía, ella se elevaba. Como si alguien hubiera dado una orden, la multitud se quedó en silencio.

Nadie se atrevió a abrir los ojos. Sin mediar palabra se cogieron de las manos y formaron un círculo alrededor de la joven. El periodista, que entonces era un mocoso de seis años, levantó el párpado del ojo derecho y comenzó a gritar como poseído: “se ha ido, ya no está”. De inmediato rompió a llorar y se abrazó a la cintura de su abuelo. Unos dijeron que se la había llevado la tormenta como castigo; otros, que Amanda se había elevado para unirse al espíritu de su bisabuela. Alguna lengua viperina aseguraba que había sido una estratagema de la muchacha para abandonar el país. Lo cierto es que el huracán dio un giro inesperado y puso rumbo norte.

Frederick dejó una estela de destrucción en el continente. Pueblos enteros fueron borrados de la faz de la tierra, contaba años más tarde Juan Cuesta en el ‘Bobo de Batabanó’. Sin embargo, desde ese día, ninguna tormenta tropical volvió a acercarse al sur de la isla. Cada aniversario de la desaparición de Amanda, la gente del pueblo se reúne en el portal de su casa para encender velas, rezar y, de paso, pedir que algún rabo de nube los envuelva y se los lleve más allá del mar, preferiblemente hacia algún punto en el Norte.

Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 18 de septiembre de 2017

A la deriva


Escuchó su voz en la penumbra y supo que no estaba sola. Caminó distraída entre caracolas y sirenas cabizbajas. Juntó piedritas y trozos de sueños dispersos en la orilla. La acompañaba un olor lejano y recurrente: el aroma del pelo de la abuela. Ella olía a hogar, a monte, a risa cristalina, a tardes de aguaceros sobre los tejados, a ropa limpia tendida bajo el limonero.

Quiso volver sobre sus pasos, pero el camino de regreso se perdía en un océano implacable e infinito. Su voz se confundió con un breve sollozo de la brisa. Siguió avanzando absorta, sorteando la espuma y dejando que las olas lamieran sus huellas y las borraran de aquellas costas que ya no le pertenecían.

Allí había ido, mucho tiempo atrás, a pedir un milagro a la reina de los mares. Pero la diosa cerró los ojos ante su desatino. Las lágrimas, derrotadas, rodaron por su alma y entraron de puntillas en la marea. El mar arrastró cada palabra, cada súplica y se quedó aletargado esperando la noche.

Ahora regresa callada, agarrada a la falda de la abuela, implorando a la diosa de los mares que le devuelva un trozo de tabla, una isla a la que asirse, un recuerdo al que pueda anclarse. Y si ha de flotar a la deriva solo pide despertar acurrucada en su regazo.

Belkys Rodríguez Blanco ©

martes, 12 de septiembre de 2017

Oídos sordos


Huracanes, misiles norcoreanos, Trump, terremotos, atentados terroristas, tortugas errantes que engullen bolsas de plásticos, niños hambrientos y bombardeados. La sinrazón nos susurra su profético descalabro. Oídos sordos, avaricia, egoísmo. Todos cabizbajos, indiferentes, ensimismados en la pantalla del teléfono móvil. Cómo iba a importarnos un perro que gime abandonado en la cuneta, si miramos hacia otro lado cuando un ser humano se desangra en un país remoto, víctima de un conflicto que ha provocado alguien que ni siquiera habla su idioma.

Los mismos que venden las armas se preguntan por qué no hay paz en el mundo. La sinrazón campa a sus anchas y se burla de la ambigüedad del ser humano. Intento mantener a raya las pesadillas, pero son obstinadas y vuelven cada noche con su letanía. El día menos pensado, el psicópata de turno apretará el botón y nos iremos todos a la mierda. Seremos polvo espacial observando boquiabiertos y desconcertados cómo el mundo arde en su propia miseria.

Cómo iba a importarnos que el oso polar se extinga, si apagamos el telediario para no enterarnos de que la gente muere en medio del mar intentando alcanzar un sueño. Si seguimos mirando disimuladamente hacia otro lugar, no seremos distintos de aquellos que, vestidos con trajes caros, manejan nuestro destino desde su oficina en un rascacielos. Intento mantener a raya una pesadilla recurrente: el psicópata de turno nos obliga a apretar el botón, para no sentirse culpable de la destrucción del mundo.

Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 4 de septiembre de 2017

El pescador


La caña de pescar era un pretexto. Sabía que los peces jamás se acercarían a esa orilla donde el mar mordía con saña las rocas. Durante un día aciago hacía miles, tal vez millones de años, algún volcán despechado había escupido lava sin misericordia sobre aquellas costas. El hombre se sentó sobre una roca plana y oteó el horizonte. Ninguna isla a la vista, solo un par de gaviotas que planeaban hambrientas sobre su cabeza. Ni ballenas ni delfines ni veleros. Estaba solo frente a un océano grisáceo que ondulaba con vehemencia y luego lanzaba a ciegas la espuma contra las piedras.

El viento castigaba su pelo blanco. El hombre se aferraba a la vara como si fuera su tabla de salvación. El único pez despistado que pasó por allí fue engullido por la voracidad de las gaviotas. Él se quedó embobado observando el vuelo de aquel animal que podía divisar el alimento desde una gran altura. Envidió sus alas y no su sentido de la vista. Cerró los ojos y saboreó el salitre incrustado en los labios. Una fina llovizna mojó su camisa descolorida. El invierno estaba a la vuelta de la esquina y muchas aves marinas se marcharían a sitios más cálidos. El hombre volvió a pensar en las alas y no en el alimento.

Una ráfaga de viento frío le arrebató la caña de pescar. Pero él se quedó aferrado a su recuerdo como un niño a la mano de su padre ausente. Sabía que estaba solo a merced de las corrientes y del arrebato de las olas. Las gaviotas también se habían alejado persiguiendo un pez volador. Definitivamente estaba solo, la camisa hinchada como una vela raída, la vista clavada en la escurridiza línea del horizonte. Divisó un barco que navegaba hacia un punto cardinal desconocido. El hombre no tenía brújula ni timón ni rumbo. Solo una vara que ahora flotaba hecha añicos, abandonada a su suerte. El pescador, abatido y con el estómago vacío, se alejó cabizbajo pensando ahora en la porfía del mar y en la mansedumbre de las rocas.   


Belkys Rodríguez Blanco ©

domingo, 27 de agosto de 2017

El podólogo

A mi amigo Fer.


Mario, el podólogo del pueblo, sufría un trastorno fetichista que lo hacía coleccionar uñas femeninas dentro de una caja de zapatos. Además de liberar a sus clientas de los molestos callos y limar durezas, cortaba cuidadosamente las uñas de los pies y las guardaba como si fueran monedas de oro.

Las de las señoras adineradas eran las más codiciadas. Mario las trataba como si fueran frágiles florecitas de cristal. Estaban muy bien cuidadas y olían a jazmín. Cuando las féminas llegaban a la clínica, Mario las recibía haciendo una reverencia y les besaba con delicadeza ambas manos. Antes de comenzar su trabajo les ofrecía un té especial que, según aseguraba, se lo enviaban desde la China.

Cierto día, llegó una mujer muy alta y enjuta que presumía de ser la más rica del pueblo. Al ver la verruga en forma de coliflor que adornaba la parte superior de los labios, el podólogo no pudo evitar la mueca de desagrado. Nunca había conocido una criatura tan fea y antipática. Ella adivinó sus pensamientos y esbozó una sonrisa perversa que no pasó inadvertida para Mario. Sin dar los buenos días, la señora le espetó:

—Tengo las uñas encarnadas y unos callos que me están matando. He venido porque me han dicho que eres el mejor y mis pies son muy especiales. Te pagaré muy bien —le aseguró doña Úrsula mientras se dejó caer como pluma de cuervo en el sillón.

Mario asintió con la cabeza y se dispuso a desplegar el instrumental. Presintiendo que alguna sorpresa desagradable lo esperaba afilándose los dientes, se puso unos guantes especiales que usaba para limpiar el inodoro. Cuando le quitó el zapato del pie derecho, un olor nauseabundo le golpeó la membrana pituitaria y a punto estuvo de vomitar el desayuno. En treinta años de profesión jamás había visto unos pies como aquellos. Por un momento pensó decirle a la señora que se pusiera los zapatos y se largara de su despacho, sin embargo su sentido de la ética profesional lo frenó.

Unos juanetes como codos ennegrecidos sobresalían de ambos dedos gordos. Tenía callos hasta en los empeines y las uñas, amarillas y ganchudas, parecían las garras del águila imperial. Pero lo peor estaba entre los dedos: una infección fúngica severa había dejado la piel en carne viva. El hedor era tan fuerte que Mario se llevó instintivamente una mano a la nariz para proteger la integridad de su olfato. No pudo evitar las arcadas y la palidez en el rostro. Úrsula, con una sonrisa de Mona Lisa pérfida, le dijo con voz chillona:

—Los honguitos me los trata con mucha delicadeza que se pagan muy bien en los restaurantes caros. Haga usted el favor de ponerlos, con mucho cuidado, en este tupperware.

Con los ojos desorbitados y el vómito a punto de salir disparado, Mario agarró el recipiente plástico y lo puso en el suelo. Al borde del desmayo fue limpiando meticulosamente los dedos casi putrefactos de la señora y depositando, con sumo cuidado, los hongos en el tupper. Una vez concluido el trabajo, doña Úrsula le pidió que le cortara las uñas y las metiera en una cajita color violeta que guardaba dentro de su bolso. “Estas son para los chinos que tienen la peluquería en la esquina. Con ellas fabrican un producto mágico para alisar el pelo”.

Cuando la mujer se marchó, Mario corrió al cuarto de baño y, después de vomitar la comida de varios días, se metió en la ducha con la ropa puesta. Sin creerse aún lo que había sucedido, maldijo a aquella infecta criatura que dejó un olor nauseabundo en su consultorio y que lo hizo dudar de las ventajas de su profesión. Después de limpiar el instrumental, el sillón y el suelo con lejía, tiró el contenido de la cajita que guardaba en su armario. Las uñas perfumadas de sus clientas pudientes desapareció en las entrañas del inodoro.

Cansado y sudoroso, el podólogo juró que jamás volvería a coleccionar nada relacionado con los pies, aunque olieran a rosas, ni a comer champiñones. Se cogió el resto del día libre y decidió cenar fuera. Como era su costumbre, entró en el restaurante de su amigo Julio. Pedía siempre el mismo menú: bistec de ternera con papas fritas, arroz blanco y ensalada de tomates. Mientras se bebía una cerveza helada, el camarero se acercó con un plato humeante. Sonriente, lo depositó sobre la mesa con un gesto que parecía una reverencia.

—Usted debe ser nuevo, joven. Aquí todos me conocen y saben lo que como —le dijo Mario contrariado.

—Sé lo que le gusta, señor. Julio me ha pedido que le traiga algo diferente. Está seguro de que le gustará. Es un nuevo plato, muy caro. Lo que pudiera llamarse una delicatessen. El olor es un poco fuerte, pero le gustará. No se preocupe usted, hoy invita la casa.

Mario bajó la mirada hasta el plato y no pudo evitar las náuseas. Sobre aquella pieza de fina porcelana china, unas gambas se apretujaban en el centro, custodiadas por hongos de color marrón oscuro. El olor que despedía la comida era el mismo de los pies de doña Úrsula. El podólogo miró desconcertado hacia todas partes y palideció. Los otros comensales estaban degustando el mismo plato con sumo deleite. En una mesa cercana, una mujer alta, enjuta y con una verruga en forma de coliflor en la parte superior de los labios, alzó una copa de vino tinto y brindó a su salud.

Belkys Rodríguez Blanco ©



jueves, 24 de agosto de 2017

Carta a Diego


Mi querido Yeyo:

Mi mejor regalo y mi único legado son las palabras. Me apasiona observar sus caprichos y la forma en que van llenando cuartillas a su antojo. Allí donde encuentre un pedazo de papel llenaré de palabras los recuerdos. Tengo los bolsillos casi siempre vacíos de monedas, pero  muchas veces van cargados de sueños, de oraciones, de párrafos, de historias y de alas.

Hoy miro al horizonte intentando encontrar a ese niño moreno que me invitaba a lanzarme con él en un trineo por la pendiente vestida de nieve. Siento tu carita pegada a mi rostro diciéndome: “mamma, tenemos un solo ojo”. Y en ese juego de cíclopes traviesos encontraba mis propios días de infancia. Tú me abrías las puertas a la inocencia y arropabas sin querer mis nostalgias.

Aunque hoy hayas llegado a la mayoría de edad siempre serás mi duende del invierno, mi pequeño guerrero nacido en tierra vikinga. Cierro los ojos, te abrazo fuerte y contemplo la aurora boreal en la ventana. Volvemos a reír junto ante la osadía de aquel ratoncito que se coló en tu bota en la casa de verano. Camino en puntillas hasta la ventana de tu habitación para dejarte el regalo del troll navideño. Te leo un cuento de La Edad de Oro y vuelvo a escuchar aquel: te quiero mucho, mamma con acento islandés.

La distancia me trae tu llanto cuando saliste de mi vientre. Vuelvo a besarte y a olerte y a decirte que fuiste y eres ese rayo de luz que nunca claudica. Te acuno entre mis brazos cada noche y te canto una nana. Escojo cuidadosamente cada palabra para que entiendas cuánto que te quiero.

Belkys Rodríguez Blanco ©