lunes, 23 de diciembre de 2013

Kertasníkir




Desde las heladas montañas islandesas llega el último troll navideño. La aurora boreal tiñe el cielo de un mar ondulante de colores. El brillo de una estrella marca el rumbo de los sueños. Kertasníkir, el hombrecillo que trae las velas, va llevando la luz a los corazones de la buena gente. Sopla el viento que viene desde el lucero del norte. Una brisa tenue llega al sur, a otra isla, de barrancos, roques, dunas y playas donde el azul sube y abraza el cielo, y donde la luz es una regalo cotidiano. Kertasníkir apaga sus velas y se duerme exhausto en mi ventana. Ha olvidado esta vez dejar el regalo en el zapato. Pero, adivino lo que esconde en su saco: una piedrita élfica, oculta en la montaña de la isla donde, en cierta ocasión, un travieso volcán escupió tanta ceniza  al cielo que los aviones no pudieron volar.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Tormentas

A todos los que se marcharon a cualquier punto cardinal.


El viento dejó de ser un susurro y arremetió contra las calles, las aceras, los techos y los árboles centenarios del parque donde él solía ir con el abuelo cada domingo.  Unos hablaban de tormenta, otros decían que era el peor huracán que azotaría la isla en cientos de años. Le preocupaban los gorriones, las mariposas, las lagartijas, los grillos, los cocuyos, los perros callejeros y  los gatos que se refugiaban cada noche en el falso techo de la casa del abuelo. “Solo las ratas y las cucarachas se ahogan porque son bichos malos, Felipito”, le aseguraba el anciano y luego acariciaba el rostro compungido del niño. Pero  él  soñaba con un gran refugio, una especie de arca de Noé construida con maderas tropicales,  donde cada animalito pudiera encontrar cobijo y cariño. Todavía sueña  con el abuelo marinero, la casita de madera y tejas, las historias de la guerra, los chicos del barrio, el trompo y los patines de cuatro ruedas, los ciclones que castigaban cada año el pueblito costero, las botas plásticas y el chapoteo en el agua colorada que inundaba las calles. Pero los barcos de papel se hundieron entre trozos de hielo que flotan ahora en un mar desteñido y ajeno. El abuelo no ha venido hoy a acariciarle el rostro como lo hacía cuando él soñaba con su arca mágica mientras los truenos reventaban los tímpanos del cielo. Felipe intenta esbozar una sonrisa mientras observa las montañas nevadas y el cielo encapotado a través del ventanal.  Muy lejos de allí, bajo un cielo cálido, el viento vuelve a vapulear los recuerdos y arremete sin piedad contra las calles, las aceras y las casas de madera de su pueblo marinero.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Trece caballeros para la Navidad





Hoy  Diego recibirá su primer regalo de Navidad. Tal vez esté pensando que no llegará, o que con catorce años ya no se debe creer en esas cosas, pero seguro que pondrá el zapato en la ventana. Durante la noche un raro personaje llegado desde Islandia le dará una sorpresa.

Si a alguien pudiera parecerle demasiado un Papá Noel, grande y regordete, más tres Reyes Magos, le cuento que en la tierra del fuego y el hielo, una isla que toca el círculo polar ártico, donde en las noches más claras y frías la aurora boreal extiende su manto mágico y multicolor, hay trece Trolls o Santas navideños. Por supuesto, tienen un padre, una madre y además un gato negro y feo que asusta a niños y padres. Trece curiosas  criaturas que bajan desde las  heladas montañas doce días antes de la Noche Buena, para hacer travesuras y dejar a los niños regalos en sus zapatos.

“Mamma, ¿crees que me he portado bien? No quiero que los “Jólasveinar”, me dejen una papa en el zapato”, me dijo Diego muy preocupado . “Claro que te has portado bien, hijo. Seguramente Stekkjarstaur (el Patas de Palo), el primero de los trolls, traerá algo para ti”, le respondí la primera Navidad que pasamos en Gran Canaria. La verdad es que no estaba muy segura pues pensaba en los miles de kilómetros que tendría que recorrer este personaje desde su casa en la montaña hasta esta isla.

Pero el Patas de Palo fue muy astuto. Sabía que Diego, el cubano-islandés lo esperaba con mucha ilusión. Por eso, le pedí  a una gaviota que trajera entre sus alas un regalo para un niño que había adornado su ventana con luces navideñas y había dejado, como cada año, su zapato. Y así,  noche tras noche fueron llegando por turno: Giljagaur, el que roba la leche en el establo; Stúfur, el que raspa los restos de la comida en las sartenes; Thörusleikir y Pottaskefill , a quienes les encanta llevarse las cazuelas de la cocina para saborear los restos de los alimentos y Askasleikir, el que lame los platos de los perros y los gatos.

El séptimo, Hurdaskellir, no es tan glotón como sus hermanos, a él le parece lo más divertido del mundo tirar las puertas para asustar a la gente. Skyrgámur es el que más disfruta comiéndose el requesón; Bjúgnakraekir es el que devora las salchichas; Gluggagaegir  asoma su fea nariz por la ventana y podría llevarle los juguetes a los niños; Gáttathefur corre detrás de olor de las tartas navideñas; Ketkrókur anda en puntillas en la cocina, listo para sacar de sus ganchos la carne de cordero y nuestro último personaje, Kertasníkir, es el que enciende las velas en Navidad.

Cuentan las sagas islandesas que los Santas eran malos espíritus que venían a los pueblos a robar y a asustar a los niños. Sin embargo, hoy en día las cosas han cambiado y estas extrañas y divertidas criaturas se visten también con trajes rojos y vienen a repartir regalos. Pero, es mejor estar alertas porque suelen ser muy bromistas y podrían llevarse de nuestra cocina un pastel recién horneado  o un apetitoso trozo de carne.


Aquel año, Diego me  leyó emocionado y en perfecto islandés  la carta que le había mandado su troll navideño. Sabía que no lo olvidaría y cuando dejó el zapato en la ventana estaba seguro de que vendría. Le contó a sus compañeros de segundo de primaria que había recibido el primer regalo y ellos, incrédulos, le contestaron que todavía no habían llegado ni Papá Noel, ni los tres Reyes Magos. Ese día como volverá a hacerlo esta noche, el pícaro Patas de Palo  soltará una gran carcajada en su morada en la blanca montaña del Esja, mientras el Santa número dos se prepara para el largo viaje.

martes, 10 de diciembre de 2013

Ángeles y Demonios

Para mi amiga Ángeles, un relato cargadito como el buen café cubano.


Clara estuvo sacando cuentas a pesar de que nunca le gustaron las matemáticas. Pero justo antes de hacer la maleta, se sentó en el borde de la cama y comenzó a hacer números en la calculadora del móvil. Tenía curiosidad por contar los Ángeles que la acompañaban, sobre todo después de que le diagnosticaran aquella rara enfermedad. Por suerte, eran de lo más variopinto y sus almas y sus alas estaban fabricadas con material de primera calidad. Tenía una amiga que le gustaba llamarlos duendes, elfos o trolls, pues era medio nórdica y un poco lunática. Clara prefería pensar que eran güijes o chichiricús, sirenas, lloronas, madres de aguas o brujas caribeñas, porque sus raíces nunca se despegaron de la tierra que la vio nacer. Aquellos espíritus bonachones se juntaban en la realidad y en los sueños y en cualquier latitud. Su escudo protector era de acero inoxidable y sus pilares antisísmicos. No daban tregua al desánimo, al infortunio y a las ganas de claudicar. Sobre todo, se dedicaban a mantener a raya a los Demonios: esas criaturas abominables y tercas que en su porfía no se daban cuenta de que cada día Clara se volvía más sabia, optimista y empecinada. Según me contó, últimamente se propusieron convertirla en villana. Comenzaron a mandarle ropajes negros, látigos y colmillos por correo certificado. El cartero llamó insistentemente a su puerta y Clara, tan astuta, imitó los gruñidos de un perro rabioso, él corrió despavorido y dejó de molestarla durante varias semanas. Pobres bichos (los Demonios), me confesó con la voz apagada aquella noche, unos minutos antes de volverse etérea. Mientras ella sabía exactamente a dónde iba, ellos hacía tiempo que habían perdido el norte y los demás puntos cardinales, y no acababan de entender que la bondad jamás sería una quimera. En el fondo, a Clara le daban pena esas criaturas agoreras pues sabía bien que estaban condenadas a desaparecer como los dinosaurios, y lo peor es que nadie encontraría sus huesos o su ADN, ni aparecerían en los libros de historia, ni en las grandes enciclopedias.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Nayra

A mis compañeros de Makarenko, por todos los sueños compartidos. A todos los que estuvieron becados en el campo.

  



Cuando la conocí, su nombre me pareció raro pero no dejaba de ser bonito y original. Ahora sé de dónde viene y lo que significa. Era una adolescente peculiar: pelo claro, corto y rizado, baja de estatura, ademanes de chico, hiperactiva, sonrisa sincera, simpática; siempre con un chiste a punto para alegrarnos el día: “Si lloras, te chupo las lagrimitas”, me dijo una vez, poniendo voz de cría. Eran los años ochenta y estábamos en un colegio interno, cursando el bachillerato. El gobierno nos daba estudios gratis, pero teníamos que ir a trabajar al campo y cumplir a rajatabla con la política del centro y del país. Hablo de las escuelas en el campo: invento de la Cuba socialista para combinar el estudio con el trabajo y eliminar  las diferencias entre el campo y la ciudad.
No recuerdo si lloraba por un amor no correspondido, o si era porque echaba de menos el calor de mi hogar: la comida de mi abuela, los paseos con mi abuelo, a mi padre llamándome Chuchi, mi cama, mi privacidad, el buró donde escribía poemas, las novelas en la radio después del almuerzo, las conversaciones con mi madre, el barrio. Tal vez eran todas esas razones agrupadas en una sola: éramos unos adolescentes de apenas quince años, arrancados del seno familiar.
Mi madre me decía que podía dejar la escuela y hacer el bachillerato en la Facultad Obrero Campesina del pueblo donde ella daba clases. Pero yo quería estudiar una carrera universitaria, así que tenía que aguantar, tragarme las lágrimas y hacer la maleta todos los domingos, subirme a la guagua escolar junto al resto de mis compañeros e irme a un sitio apartado en el campo, donde, como reza en el viejo refrán: el diablo dio las tres voces y nadie lo escuchó.
Poco a poco se me fue haciendo un callo en los lagrimales y comencé a digerir la separación. La verdad no la pasábamos tan mal: allí compartía nostalgias y techo con mis antiguos compañeros de la escuela primaria y mi amiga Nayra, quien se encargaba de poner la música, de darnos ánimo, de tener siempre una ocurrencia o una travesura. Era una transgresora nata y por eso le echaban reprimendas, tanto los profesores, como los que dirigían el centro. Se burlaba siempre de la subdirectora: una negra enorme como un iceberg de chapapote; buena gente, pero muy estricta y sarcástica. Todos temblábamos al verla venir, menos Nayra.
Para las niñas que sufríamos alguna enfermedad que nos impedía trabajar en el campo, la dirección del colegio habilitó un albergue aparte. Yo padecía de asma y Nayra tenía un problema en el corazón. Éramos las muchachas del “autoservicio”, o sea, algo así como un pequeño ejército de niñas defectuosas que nos encargábamos de la limpieza de la escuela y de ayudar en las labores del comedor. Recuerdo que si caía un buen aguacero durante la tarde, los largos pasillos del centro se inundaban, entonces el jefe del autoservicio nos iba a buscar, siempre en horario nocturno, para que limpiáramos los corredores centrales y los del área docente, y de esta manera dejarlos impecables para la jornada siguiente. No valían las excusas de que estuviéramos cansadas o de que necesitáramos estudiar para un examen. Había que cumplir con esa fastidiosa tarea.
El albergue era pequeño: tenía un recibidor, los baños y las duchas en el ala derecha, y el dormitorio colectivo con las literas del lado izquierdo. Un día, mientras descansábamos después de las clases, escuchamos unos pasos fuertes que hacían temblar el suelo y la voz inconfundible de la subdirectora llamando a Nayra. Ella estaba en el baño haciendo sus necesidades fisiológicas y cada vez que Esperanza la nombraba, Nayra respondía con un sonoro: “Estoy cagando”. Nosotras, dentro del albergue, nos reíamos bajito y sabíamos lo que le esperaba a nuestra amiga por burlarse de la temible subdirectora. La frase quedó registrada con tinta indeleble en nuestras memorias y hoy, después de casi veinticinco años, me río de lo lindo recordando el suceso.
Otro día organizó un coro para burlarse de la comida que nos daban. Era la época de la papa. Desayuno, almuerzo y comida: eternamente la papa, en todas sus variantes. Nayra se ponía frente al grupo en el aula y nos preguntaba: “¿Qué tenemos para desayunar?”. “Papa”, gritábamos todos al unísono. “¿Qué tenemos para almorzar”, volvía a preguntar y nosotros respondíamos lo mismo entre ataques de risa: “¡Papa!”
No puedo acordarme de todas las anécdotas, pues ha pasado mucho tiempo de nuestros tres años becadas en la escuela en el campo o Pre-universitario, o simplemente  el Pre. La escuela llevaba el nombre de un pedagogo ucraniano: Antón Makarenko y la arquitectura del edificio tenía, sin lugar a dudas, un toque soviético, funcional pero horriblemente cuadrado y feo.
Todas las mañanas, muy tempranito, los altavoces instalados en los albergues nos sobresaltaban con la grabación del canto de un gallo y acto seguido una voz que decía: “Bueno días, campesino. Este es tu programa”. Un grupo de voces respondía: “Gracias”, e inmediatamente sonaba una canción guajira. Creo que por eso, los de mi generación odiábamos la música campesina, a pesar de los grandes valores de este género que triunfaban en la isla y en el mundo. Además del fastidio por tener que  levantarnos a esas horas, era aquel ruido espantoso, provocado por la pésima calidad del sonido del mañanero  programa radial para la gente del campo.
Gracias a Nayra extrañábamos menos a nuestras familias. Además de divertirnos con sus ocurrencias, nos quitaba el sobresalto de la música guajira, poniendo melodías de moda  en una grabadora enorme de casetes y bocinas potentes que algún familiar le había traído desde los Estados Unidos. Gracias a ella escuchábamos las maravillosas canciones de la película Flash Dance o del dúo inglés Wham. Adoraba a José Martí y era capaz de pelearse con cualquiera que hablara mal del Maestro. Recuerdo cierta ocasión en que alguien le dijo que Martí era un borrachito, que por eso le decían Pepe Botella. Se puso roja como un tomate y defendió al poeta con pasión y vehemencia.
Un día supe que Nayra se marchaba para Miami. Como tantos otros amigos, puso proa al Norte y se convirtió en apátrida o “gusana”, esta última palabreja era usada por el régimen y sus defensores para etiquetar a los que no estaban de acuerdo con su ideología y emigraban a Estados Unidos. Pero de ninguna manera mi amiga se quedó sin patria porque se llevó la isla entre sus pertenencias: sobre todo, nuestro pequeño pueblo, con  sus costas al mar Caribe, las calles polvorientas y sus casas de madera desgastadas por el salitre y el abandono; tampoco olvidó empacar los libros de Martí y los recuerdos del Pre. El día que nos despedimos le regalé mis discos de Serrat. No me importó perderlos. Era más duro verla partir y a eso tendría que acostumbrarme.
El destino o la vida nos llevaron a sitios distantes. Yo también zarpé un día al norte, mucho más arriba, muy cerca del círculo polar. No supe más de Nayra, pero como yo también empaqué todos mis recuerdos, me la llevé conmigo en mi largo viaje. Hace más de tres años dejé ese punto cardinal y ahora vivo en un archipiélago, más cerca del trópico, en una isla hermosa donde el mar es más cálido, se habla mi idioma y la gran mayoría de sus pobladores tiene un abuelo o un tío que emigró a Cuba, en muchos casos para plantar allí sus raíces.
En Canarias supe que el nombre Nayra es autóctono de las islas. No puedo evitar una sonrisa, entre pícara y nostálgica, cada vez que lo escucho. Hace tan solo unos pocos días le contaba a mi hijo anécdotas del Pre y juntos nos reíamos del famoso: “Estoy cagando”. No pasaron ni quince días cuando sonó mi teléfono: era una llamada desde Miami. Una chica de nombre Lisbeth me decía que quería darle una sorpresa a una amiga, alguien que yo conocía, pero hacía mucho tiempo que no teníamos contacto. “Tienes que esperarte un momento, el problema es que estoy cagando”, me dijo en un tono bajo y cómplice. ¡Nayra!, grité con la misma alegría de los viejos tiempos. Y, sí, era ella, hablándome emocionada desde el otro lado del mundo. Una vez más reafirmo que no existen las casualidades y sí lo que muchos llaman la ley de la atracción: un hilo mágico que une a los buenos amigos, en los recuerdos y en la distancia.


viernes, 8 de noviembre de 2013

Sombras y luces


Entre tantas sombras, la luz fue haciendo un agujero y logró salir a la superficie. Asomó tímidamente la cabeza y comprobó que el mundo podía ser una mirada, una melodía, un brevísimo candil que anuncia la noche, una caricia inocente que tiembla en la punta de los dedos. Impaciente, la luz quiso mostrar todo su cuerpo, sin disimulos, sin aspavientos, con el pudor a buen recaudo. Ahora, libre de ataduras,  va recorriendo cada rincón de su alma, en un vuelo silencioso, íntimo, reconciliándose por fin con el sosiego.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Génesis del llanto



El llanto de Iluminada era una cuestión genética. Su árbol genealógico era una lista interminable de antepasados llorones. No solo las mujeres tenían la capacidad de llorar a mares, los hombres también debían enjugarse las lágrimas con disimulo en cualquier acontecimiento familiar de cierta relevancia. De esta manera empapaban pañuelos en bautizos, bodas, funerales, comuniones, graduaciones, conciertos  y hasta en los almuerzos  de los domingos.
Su tatarabuela, una anciana venerable de ciento cinco años, le había contado en su lecho de muerte que en cierta ocasión, víspera de Navidad, su padre se atragantó con un hueso de pollo y, para sorpresa de los presentes en el banquete, las lágrimas como  chorros potentes  brotaron de los ojos del buen señor, rodaron por la comisura de los labios y empujaron tráquea abajo aquel estorbo que le impedía respirar.

Iluminada estuvo más de una semana llorando el fallecimiento de la tata Inés. Sobre todo, porque la señora tenía un amplio repertorio de historias lacrimógenas que ella jamás volvería a escuchar. “¿Quién me hará llorar como tú?”, se preguntaba entre sollozos en el velatorio que se celebró una tarde lluviosa en el salón de la casa señorial. La familia entera, reunida en torno al ataúd, lloraba sin interrupción. Los amigos y curiosos presenciaban aquel inusual espectáculo mientras el agua les  llegaba a los tobillos.

Decía la tata Inés que agua llama agua, así que esa misma tarde y sin previo aviso, un huracán fuerza cinco entró por la costa sur, punto donde se alzaba el barrio de Iluminada. Los vecinos abandonaron despavoridos el velorio y fueron a refugiarse en sus casas. Los vientos de más de trescientos kilómetros por hora arrancaron de cuajo todo lo que encontraron a su paso. La lluvia arrastró enseres y animales a lo largo de la calle principal del pueblo. Y, en medio del caos, un ataúd de caoba flotaba a la deriva. A su lado y fuertemente agarrada iba Iluminada, invocando el espíritu de su tatarabuela para que la rescatara de las garras de aquel desastre natural, y enjugándose como podía un par de lagrimones que bajaban por sus mejillas completamente ajenos al diluvio.

domingo, 27 de octubre de 2013

Heridas



Bendito domingo con la nostalgia y su artilugio sadomasoquista dejando surcos sobre la piel de los recuerdos. Ella lo sabe mejor que nadie. Por mucho que lo intente no puede escapar de la mueca trágica de las heridas. Y a pesar de todo sonríe y busca en el desván el traje de princesa que le cosió la abuela hace más de treinta años. Aún conserva el aroma de aquella anciana de cabellos blanquísimos y amables. Cierra los ojos y se deja llevar por la melodía del Vals sobre las Olas y el sabor agrio del primer beso. Luego el príncipe pensó que era más lucrativo convertirse en pirata y una noche de tormenta fue tragado por el abismo del horizonte, el mismo que ahora se extiende ante sus pies y la invita a probar la fidelidad de sus alas.

domingo, 20 de octubre de 2013

Abulia




No tengo ganas de escribir pero garabateo una frase sin sentido. No me gusta volar pero me cuelgo desesperada de un trozo de nube. No me apetece llorar pero la lluvia ha formado un charco sobre las sábanas. No es mi intención gritar pero has llegado tan lejos y con tal ímpetu que ni tiempo he tenido de taparme la boca. El solterón de los altos volverá a quejarse de insomnio en la próxima reunión de vecinos.

viernes, 18 de octubre de 2013

La Tarde




La tarde se parece a ti, a mí, a la inocencia.
Es un refugio para la quietud,
y el mar se acurruca en las aletas
de dos delfines que bailan
ante el crepúsculo y las gaviotas.

La tarde es un susurro
de besos como retoños,
de raíces como laberintos,
de conchas como destinos.

No sé por qué faltas
en esta tarde de encuentros,
por qué te despides
en medio de la fiesta
de peces y caricias.

No entiendo la distancia
en una tarde de delfines
que acuden al reclamo
de mi lengua y mis sentidos.

La tarde, amor,
es apenas una estela
que se queda olvidada
a la orilla de un beso.

jueves, 10 de octubre de 2013

Lo que las moscas te pueden contar


A Piti, por facilitarme la idea.


Las moscas en su caótico vuelo matinal sobre una cabeza que se protege del frío como puede, incluso con una peluca grotesca que perteneció a algún antepasado con espíritu carnavalesco, les susurran historias fabulosas a la única oreja que posee: como aquella en la que la mierda de perro tiene una discusión violenta con el zapato del hombre lisiado por no mirar donde pisaba.

sábado, 5 de octubre de 2013

Habana






Añoro mi ciudad de fortalezas ancestrales,
de aliento de salitre, de atardeceres eternos,
de techos agónicos, de barcos que se marchan.

Juglar soñoliento que le canta a la espera,
y deja caer sus párpados centenarios,
pero no encuentra reposo a pesar de la noche.

Amasijo de luces que danzan eufóricas sobre las olas,
de vitrales que se tuercen bajo el sol del mediodía,
de tambores, sudor, mulatas como ninfas
y trovadores que desgranan melodías.

Mi ciudad marinera acostumbrada al desaliento,
a la furia de los huracanes, al canto de las sirenas,
al lamento de los que se alejan y no vuelven.

Regresaré a recorrer las calles de mi ciudad,
llegaré un día de primavera y aguaceros,
las consignas habrán desaparecido,
tragadas por la tormenta
y las paredes estarán pintadas de pájaros y flores.

El desánimo agazapado y cobarde,
será un mal recuerdo descolorido.
Solo la esperanza y la libertad
refrescarán mis pies como una ola interminable.

Me sentaré frente al mar, en el muro de siempre
abriré todas las ventanas y agitaré mi pañuelo
como homenaje póstumo a la nostalgia.

jueves, 3 de octubre de 2013

Lluvia otoñal




Parece un sueño, pero no, realmente llueve en el sur y tal vez en otros puntos cardinales, los habituales, y allí donde caiga un buen aguacero, todo lo demás sobra: el polvo, los malos augurios y los peores pronósticos.

martes, 1 de octubre de 2013

Timo




El hombre marca Hugo Boss besó apasionadamente a la chica Gucci. Después de la ceremonia se fueron de luna de miel al Caribe en un yate de lujo. Cuando el océano se tragó el sol, el agua les llegaba a los tobillos. Ninguno de los dos se percató de que el barco era Made in China.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Mariposa tropical


A mi amiga Ángeles



La mariposa observaba los colores de la aurora boreal y se preguntaba si podrían sobrevivir en el cielo caribeño. No se atrevía a interrumpirla porque aquélla ondulaba ensimismada como si fuera besando el cielo de pies a cabeza. Hacía frío y la mariposa agitaba las alas con entusiasmo  intentando mantener su cuerpo cálido. Quería marcharse, volver a sus costas de arenas blanquísimas, de palmeras y cocoteros, pero se había dejado embrujar por aquella danza multicolor que crecía deprisa, e iba borrando sin remordimientos el candil de cada estrella. Sin darse cuenta se fue quedando dormida y cuando despertó flotaba a la deriva abrazada a un arco iris que, cansado de luchar contra un cielo encapotado, chapoteaba en medio del océano intentando salvar a una pequeña mariposa desorientada.

martes, 24 de septiembre de 2013

Las reglas del juego




Dividida en muchas islas navego en busca de un horizonte escamoteado, roto, una finísima línea que flota aferrada a la última tabla. No busco exactamente la salvación. Solo intento aprender a esquivar la tempestad en medio del océano, para luego llegar a tus costas y quedarme allí, anclada y exhausta. Tampoco pretendo que enciendas un candil cada tarde en la orilla, que me abras dulcemente las puertas de tu refugio. Debo ser capaz de salvarme sin tus manos, de sobrevivir sin tus caricias, de convivir con mis sinsabores y mis breves alegrías, a solas. Deseándote pacientemente, escuchándote cuando falten tus palabras, moviendo cada pieza del alma con cautela, sin poner en peligro la sonrisa; disimulando esa lágrima inconveniente, la compulsión por el abrazo, la urgencia de tragarte entre mis sábanas. Dividida en amaneceres y días sombríos me dejo arrastrar por las corrientes. No hago resistencia porque así lo imponen las reglas del juego. Floto a la deriva mientras contemplo resignada mi propio cuerpo hundiéndose en el mismo horizonte donde me encontró tu mirada.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Una linda guajirita




Rosario  barría el portal de su casa y él pasó conduciendo su Ford de 1956.  Tarareaba una melodía de moda, así que no escuchó el ruido del motor, pero sí el sonido de los cristales rotos. El automóvil se había empotrado en la vidriera de un establecimiento de víveres. Había poca gente a esa hora en la calle principal del pueblo. Ella soltó la escoba y cruzó la calle corriendo, sin darse cuenta aún de que era el carro de Agustín, el hombre que la amaba sin ser correspondido. Se acercó con el pánico reflejado en aquellos ojos tan parecidos a los de María Félix. Él le sonrió con las manos todavía aferradas al volante. Tenía una pequeña herida en la frente. La sangre le había manchado la guayabera recién planchada. “Tengo que revisar los frenos, son un poco viejos”, le dijo con un ligero temblor en los labios. Pero esa no era la causa del accidente y ella lo sabía. Su hermano Sergio le contó que Agustín estaba enamorado de ella y que cada vez que la veía, se quedaba embobado mirándola, como si todo a su alrededor se borrara. Y fue eso lo que ocurrió aquella tarde de verano. Él solo vio su pelo negro  rizado, el rostro perfectamente  dibujado y su cuerpo de diosa caribeña moviéndose al  compás del bolero que salía de la vieja radio como una caricia.
Sergio también salió de la ferretería y corrió  a socorrer a su amigo. “Te lo dije, mi hermano, se maneja mirando al frente. Espero que cuando te saque de ahí no te hayas cagado en los pantalones, que hay damas delante”. Agustín solo la miraba a ella, con esa súplica permanente que casi siempre se instala en los ojos de los que sufren por amor. Rosario  lo recuerda ahora y sonríe. Han pasado más de cincuenta años. Su hermano vino a decirle un día que Agustín se  iba a casar con una mujer que se parecía físicamente  a ella. Que tal vez se iban a vivir a Miami. Se había resignado. Sabía que Rosario amaba a Felipe y que pronto se casarían. No podía entenderlo. Ella era hija de un concejal, dueño de una finca y varios negocios en el  pueblo, y él era  un pobre pescador del barrio humilde de Surgidero. Pero eso a Rosario  no le importaba. Lo vio por primera vez  un domingo en la playa y desde ese día supo que tendría que convencer a su padre para que no insistiera más en casarla con el viejo  rico que andaba rondándola como un perro de presa.
Otro domingo, dos meses después del encuentro en la Playita, la orquesta tocaba un danzón en la glorieta del parque. Las damas siempre de un lado y los caballeros del otro. Risitas, comentarios en voz baja y miradas furtivas. Las manos manejaban  con destreza los abanicos en un intento casi siempre fallido por mitigar el calor de una isla tropical en pleno mes de julio. Ellos sacaban  el pañuelo blanco del bolsillo de la guayabera para enjugarse el sudor de la frente. Las parejas se iban formando para bailar aquella pieza tal y como aseguraban todos que debía ser bailada: en un solo ladrillito. 
Felipe le dio un par de pisotones y ella se sonrojó. Él pidió disculpas y casi en un susurro le dijo que era la muchacha más linda del pueblo, que la quería y que un día, cuando fuera un pintor famoso, le compraría una casa grande con jardín y le haría un retrato. No iba a parar hasta que lo viera colgado en el Museo de Bellas Artes, en la capital. Ella sonrió y bajó la mirada. Con las mejillas como dos tomates maduros, le pidió que la invitara a bailar la siguiente  pieza. Más de cincuenta años, pero a Rosario le parece que fue ayer. No se acuerda de lo que hizo hace diez minutos, sin embargo recuerda hasta el más mínimo detalle de su vida junto a Felipe. Son esos momentos los que ella quiere salvar del inminente olvido. Así lo ha decidido. Los médicos dicen que es demencia senil, pero a ella a estas alturas le da igual. Felipe ya no está. Se marchó hace nueve años y ella ni siquiera pudo agarrarle la mano, ni  besarle la frente, porque estaba lejos del pueblo, visitando a los nietos. Se enjuga una lágrima caprichosa y  entona una vieja melodía, la de la guajirita que se enamoró de un pescador pobre que luego se hizo  marinero y fue de puerto en puerto y tuvo un gran amor. Sus manos hábiles para el tejido a croché se mueven con seguridad. Tiene que terminar el abriguito para la bisnieta antes de que llegue el invierno. Levanta la vista y contempla los cuadros que pintó Felipe después de cumplir los ochenta. Se reconoce en los ojos de una figura que parece una sirena tumbada en una playa tropical. Deja descansar la labor sobre el regazo y recuesta la cabeza en el espaldar de la vieja mecedora. Cierra los ojos y vuelve a escuchar el danzón que tocaba la orquesta  aquella tarde estival en el parque del pueblo. Agustín la vio bailando con Felipe y bajó la mirada apesadumbrado. Desde  ese día  el  Ford de 1956 dejó de pasar por su casa. Él se fue a Miami, casado con una mujer a la que no amaba, y ella fue feliz viajando con Felipe de puerto en puerto.  Él la amó hasta el último latido de un  corazón que se negaba a rendirse.  Agustín siguió amándola en la distancia.“Es mi vivir un lindo marinerito, la cosita más bonita”, una tonada guajira se convierte en un bolero dedicado a un hombre de mar en los labios de Rosario.  La letra también ha sufrido los estragos de la memoria, pero a ella le gusta más de esa manera. Su hija mayor le grita desde la cocina que se equivoca de canción, que es una linda guajirita, la cosita más bonita. Pero ella sonríe con picardía y sigue cantando su particular versión de “El amor de mi bohío”, con la mirada perdida en los cuadros de Felipe, en el mar donde acaba de sumergirse una sirena en busca de su marinero.   

martes, 3 de septiembre de 2013

El pescador




En su mirada distraída reconozco el sosiego, lo simple del amanecer en otras costas, el recuerdo de aquel día cuando me empeciné en irme a pescar con mi padre en aquella barca que no paraba de ondular mientras yo echaba el estómago por la boca. Tuvimos que regresar al puerto y mi viejo se quedó ese día sin sus biajaibas. Era domingo, como hoy, y yo supe entonces que el mar se me daba bien desde la orilla, como a él que, ahora, sentado en el  muro, piensa quizás en ella, en las últimas caricias y sostiene con firmeza la caña. Un par de sargos yacen a su lado. Me recuerdan a las biajacas que me enseñó a pescar mi abuelo con el jamo, en las zanjas de San Vicente. Mi abuela sabía cómo prepararlas para que su carne de pez de agua dulce no supiera a tierra. También íbamos los domingos a pescar el abuelo y yo. Siempre con su cámara Lubitel lista para dejar constancia de cada minuto juntos.
El brillo del cielo me impide ver el rostro del pescador, pero intuyo sus arrugas, la mirada fija en la superficie del agua, los labios resecos, la frente sudorosa, el salitre pegado al rostro. Alzo instintivamente la mano y lo saludo. Levemente sonríe, inclina la cabeza y otra vez sus manos se tensan, se aferran con fuerza a la caña. Ha picado otra biajaca, una grande. El abuelo me grita que le alcance el cubo. Coletea desesperada encima de los otros hasta que se rinde. Me observa resignada con sus ojos de cristal desorbitados. Fascinada acaricio su piel blanda y fría. El abuelo me pide que la agarre, sin miedo que no muerde. Lo observo mientras enfoca con su vieja  Lubitel. Aprieta el disparador.  El pescador se acerca y me muestra una fotografía en blanco y negro donde una hermosa mujer de cabellos oscuros y ensortijados sonríe con timidez. Sus pies desnudos se hunden en la arena de una playa que reconozco. Quiero saber quién es ella pero la pregunta ni siquiera se asoma a mis labios. Él se ha marchado sin despedirse y así sin palabras se aleja, con el sombrero hundido hasta las cejas, la caña sobre el hombro y el cubo repleto de biajacas. Mi abuela nos espera con la mesa servida. El almuerzo de los domingos es un momento sagrado. Recojo la cámara y corro detrás del abuelo. Hace calor y el aguacero tropical espera agazapado detrás de los nubarrones. La brisa del mar me devuelve la quietud, lo simple de un recuerdo que sobrevive anclado en otras costas.

sábado, 31 de agosto de 2013

Confiar en la suerte mulana




Recorrer las páginas de “Suerte Mulana” (María Jesús Alvarado, Las Palmas de Gran Canaria, 1960) es como abrir ese pequeño cofre de la infancia donde guardamos los recuerdos más entrañables. Puede parecer un libro escrito para niños y adolescentes  pero no lo es. O tal vez sea el homenaje de una mujer a la niña que se quedó agazapada en su interior y ahora vuelve en los sueños y las añoranzas.
Junto a Violeta, una niña canaria que vive en Villa Cisneros, ciudad del Sahara Occidental, recorremos boquiabiertos un mundo fascinante: el desierto y sus pobladores. Y una expresión, que más bien es un poema en sí misma, nos lleva de la mano para demostrarnos que la convivencia en armonía con otras culturas es posible: "suerte mulana" es una combinación de español y hasanía que expresa la fuerza del destino, la resignación ante la voluntad de Dios, lo que recibimos o no sin que intervenga nuestra voluntad.
El mismo destino que llevo a la autora de esta joya literaria, junto a su familia, a una tierra donde la magia puede abrir un agujero en la jaima para que dos amigas que hablan idiomas diferentes se encuentren, con playas de aguas doradas, de niños nómadas que les bastaba mirar al cielo para mimetizarse con aquel manto eterno de estrellas, de plegarias en una lengua desconocida, de camellos recorriendo las interminables dunas, del viento caliente que aúlla en el desierto, de un pueblo que, como dice María Jesús, en Tinduf sigue “esperando la sombra” y mirando al cielo por las noches.
A pesar de la nostalgia por un tiempo feliz que no volverá, la “suerte mulana” que puso este libro en mis manos, me ha traído de vuelta la esperanza, la alegría, la ternura y la inocencia de mis sueños infantiles; ha abierto el viejo baúl de la abuela repleto de fotografías en blanco y negro. Otra vez escucho el bullicio de los niños en el patio del colegio, los juegos en las calles del barrio, los primeros poemas, las palabras sabias del abuelo. Ha sido un viaje de regreso a las raíces que se quedaron aferradas a los días inolvidables de la infancia. 

jueves, 29 de agosto de 2013

Juglar travieso



Vuelves una vez más juglar travieso y obstinado.
Intento concentrarme en la lectura de un libro que habla del amor,
y entonces apareces tú, saltas sobre las páginas,
sonríes burlón y distraes mis sentidos.

Sacudo la cabeza pero tu figura sutil me mira
desde la puerta que abre la noche,
y la luna me hace un guiño cómplice y desaparece.

Cierro el libro y me rindo a tus encantos de duende seductor.
Quisiera que te hubieras marchado con la luna,
pero tú has decidido quedarte sentado en una esquina de mi timidez
y sé que me provocarás una y otra vez hasta doblegar mi cordura.

Tengo ganas de regalarte una estrella, como en los viejos tiempos,
correr contigo en busca de la luna y abrazarla y abrazarte,
hasta que su luz forme un círculo gigante sobre tu espalda.

Cuéntame una historia de amor, diablillo, juglar o duendecillo,
da igual lo que seas.
Una fábula, un poema, qué sé yo.
No le daré demasiada importancia al final feliz,
no quiero un final, ni siquiera un comienzo.
Necesito que tú te acurruques entre mis sábanas esta noche.


Aurora boreal



Parecen serpientes multicolores y ondulantes. Se mueven con parsimonia por el cielo polar. Dejan la piel verde y se visten de violeta o rosado, depende de la ocasión. Dicen que es un fenómeno magnético. Para mí es indiscutiblemente mágico, único. Deseas tener alas para elevarte y abrazarte a la cola de esta serpiente boreal que se adueña del cielo en las noches frías y claras. Una madre y su hijo la contemplan desde la ventana de su casa. Ella no ha visto nada parecido porque nació en una isla tropical. Él es un duende del invierno, así que conoce el lenguaje de los colores con los que se viste la aurora boreal.

miércoles, 28 de agosto de 2013

La operación




Después se sentir el pinchazo en la columna vertebral  cerró los ojos y soñó que le cercenaban la pierna con un serrucho descomunal. Flotaba a la deriva en un cielo encapotado mientras unos pajarracos negros le cantaban un reguetón al oído. Intentó incorporarse pero los mareos y las náuseas la dejaron postrada en aquella sopa celestial. Sentía que se le iba la vida por el boquete abierto a la altura de la ingle derecha. “Por eso nunca me han gustado los cirujanos. Son matarifes frustrados”, pensaba ella mientras procuraba abrir los ojos. “Necesito escapar antes de que me corten la que me queda”. Una mano enfundada en látex le acarició la mejilla. “Señorita, despierte, ya hemos terminado. La operación ha sido un éxito. Su pierna ha quedado como nueva. Le hemos arrancado de cuajo la vena defectuosa”, le dijo una voz  que traspasaba melosa la tela verde del cubrebocas. Sus pupilas miopes y aguijoneadas por la luz de la lámpara que levitaba sobre su cabeza, intentaron  adivinar los rasgos faciales que se ocultaban detrás de lo que a ella se le antojó una máscara trágica. “Basta de torturas, hijo de puta. No ves que me estoy desangrando”, gritó ella antes de perder el sentido. “Es la clásica reacción por la anestesia. Ya se la pueden llevar a la sala de recuperación”, dijo impertérrito el cirujano a su ayudante mientras se disponía a limpiar meticulosamente la sierra ensangrentada.

lunes, 26 de agosto de 2013

Interrogantes



Qué haría yo sin las islas que me habitan, sin el mar de invierno, sin la espuma que llega mansa hasta tus pies, sin las costas de tus propios recuerdos, sin esas gaviotas que se aferran a un sol que titubea ante el abismo, sin esos aviones que desvisten de quietud la tarde, sin estas rocas centenarias donde se abraza el salitre, donde el viento me susurra el eco de tus pasos.

domingo, 25 de agosto de 2013

El arco iris en la ventana

A Diego, mi duende del invierno




Desde que naciste
se posa un arco iris en mi ventana.
Vuela con alas de mariposa
y un estallido multicolor
ilumina cada rincón de la casa.

Desde que vi tus ojos
supe que la ternura
era un pájaro de alas gigantes
que me abrazaría eternamente el alma.

Tú me has devuelto la alegría
y las caricias más ingenuas.
Cada color del arco iris
es una puerta a los milagros y la fantasía.

Desde que tú naciste
ando en busca de las palabras exactas
para contarle a los duendes cómo eres
y cómo soy después de tu llegada.
Lo siento, hijo mío,
no encuentro las palabras,
solo un arco iris infinito
posado para siempre en mi ventana.

sábado, 24 de agosto de 2013

Confusión


Sigo hablando del calor, pero ya no sé si es el viento africano o son tus dedos que levemente me rozan los sueños. Cuesta respirar, baja la tensión, el cansancio me atenaza, el insomnio  tienta  la noche, y no sé si es el sol del desierto abrasando los minutos o son tus caricias las que bañan de sudor mi cuerpo.

viernes, 23 de agosto de 2013

Sirocco




El siroco toca en mi ventana. "Vete, no hay nadie", le digo bajito. Porfiado, como aquellos chivitos desobedientes, insiste en colarse en mi casa. Soy caribeña, de aguaceros y humedades. No entiendo la lengua del viento caliente, con su ropaje desértico. Tengo la garganta reseca y las palabras sofocadas. Invoco un par de dioses nórdicos para ver si caen unas gotitas, pero ellos están en otras latitudes, buscando sirenas del trópico, quizás.

Retrato de muchacha



Una muchacha sentada en la sala de su casa
cabalga de espaldas al sol,
y en su rostro va desapareciendo el tiempo.
Escucha el canto de los pájaros del crepúsculo
y añora el mar de invierno mordiendo las rocas en su orilla.

Detenida en el lienzo espera la tristeza como una profecía.
Ya no escucha el dulce canto de las sirenas,
nada le pertenece, solo el navío de su amante,
aquel guerrero que se hizo a la mar
y fue tragado por el abismo para siempre.

Sentada en el sofá huye de su propio ocaso,
de los besos y las promesas.
Los recuerdos son apenas nubecillas que flotan en la espuma,
son alas que se despiden de los lánguidos colores de la tarde.
Una muchacha sentada de espaldas al sol,
acuna en sus brazos los últimos estertores del mar de invierno.



martes, 20 de agosto de 2013

La lluvia



La lluvia intenta derrotar al tiempo y las aceras.
Ríen felices las gotas, desfilan calle abajo
y se despiertan los tejados, las ventanas y los murmullos.

Regresas mojado y simple.
Traes la lluvia, las hojas de un otoño extinto
y de una primavera que llena de flores
mis sienes y mis tobillos.

Comienzo a contarte una historia de duendes traviesos,
pero tú prefieres el silencio,
llegar a tu casa donde te espera la costumbre
como un gato que dormita indiferente en el sofá.

Escucho un portazo. 
Otra vez cae el aguacero
y  un rostro infantil salta en los charcos olvidados de mi calle.
Te toco y beso las gotas en tus ojos,
empapada tu cara sobre mi cara y los sueños.
Cuando escampa otra vez te marchas
y dejas el cielo limpio y mi cuerpo húmedo.


martes, 13 de agosto de 2013

Océanoterapia


Respira todo el azul que te quepa en las células. Siente el salitre oxigenando tu sangre. Deja que el agua desborde tus sentidos. Tantea la brisa marina. Acaricia cada piedra, las caracolas, las algas, las corrientes. Imagina unas manos que van desnudando tu sombra. Escribe un mensaje breve o extenso, optimista o apocalíptico, de amor o desamor. Lo que importa es la catarsis. Mételo, sin corregirlo, en esa botella que olvidaste reciclar y déjala a merced de las mareas. Cada isla perdida tiene su náufrago de turno.

sábado, 10 de agosto de 2013

Encuentro

Foto: Ramón Santana

Todavía no puedo creer en la fortuna de encontrarte en este breve sendero de la vida. Me he levantado hoy con tus poemas revoloteando como gorriones habaneros bajo mi techo. Tantas palabras dichas al mar, al viento, a las nubes de islas ausentes, viajes por el tiempo que fue, que es y seguirá siendo en tus metáforas, esas que nos cuentan la nostalgia, el dolor, el amor y las ausencias.
Permíteme que  me quede a tu sombra, árbol generoso, de raíces expuestas al sol y al salitre del trópico. Déjame refugiarme en tus palabras y en tus naufragios, en tus añoranzas que tanto se parecen a las mías. Permíteme llamarte padre y quedarme por lo menos un siglo más al abrigo de tu mirada indulgente, en esta orilla que hoy me protege de la persistencia del olvido.

8 de agosto de 2013
Encuentro poético en el café literario La Escalera, Telde. Gran Canaria