domingo, 30 de junio de 2013

Cartas



Mi madre me escribe cartas. No tiene correo electrónico. Y si hubiera Internet en el pueblo  ella no podría usarlo. Me habla de la familia, del barrio, del gatito de mi padre, del calor, de sus alumnos, de los achaques, de la abuela que a los noventa años mantiene la sonrisa que la hace más joven cada día. En la caligrafía está el olor de su piel, el abrazo que me niega la distancia, los recuerdos de la casa familiar. Cada palabra tiene vida propia, se va enlazando con otra y otra para construir una historia de ausencias y breves reencuentros. En las noches pienso en sus cartas, en su voz, en las caricias de la infancia, en los regaños y en alguna nalgada oportuna.  Cada letra me devuelve la lluvia de las tardes, las novelas de amor en la radio, el sonido del trueno, el olor de las flores del patio, el sabor del mango y la guayaba, el aroma de los frijoles negros, un bolero en el sosiego de la noche, el abuelo mezclando colores sobre una cartulina en la mesa del comedor. Mi madre me escribe cartas que cabalgan sobre las olas y pasan de mano en mano hasta que llegan a mi buzón casi un mes después de la partida. En el sobre, de su puño y letra, veo el nombre y una dirección que conozco de memoria. Huelen a tinta fresca  sus  besos,  te quiero, cuídame a mi nieto, los extraño, y hasta puedo adivinar una lágrima que, insistente, quiso borrar alguna palabra.

jueves, 27 de junio de 2013

Desiertos




A Susi

Desiertos cálidos o polares, propios y ajenos. La arena se cuela de la misma manera por las rendijas de los sentidos y va construyendo castillos sobre el alma. Desiertos con oasis o sin ellos, compañeros en un viaje que empieza en la mirada y acaba más allá del último grano de soledad. La arena quema bajo unos pies indefensos, también la nieve abrasa y adormece. Pero la búsqueda y la certeza del encuentro con tus huellas te refrescan o te calientan, te arrullan y te dan cobijo, y dibujan un mapa y una brújula para que puedas encontrar el camino de vuelta a ti misma.

Frente al mar




Frente al mar se desnudan la brevedad y la espera,
no hay sitio a donde ir porque las aves
anularon el vuelo y el tiempo anidó para siempre
en la espuma y en tus manos que no están.

Frente a la espuma se quedó sin pretextos la lujuria,
quemó sus velas, ancló en la tarde,
y se acurrucó temblorosa y confusa en mi regazo.

Frente a la tarde la locura orgullosa de su insensatez
se despojó con sorna de todo lo que pudiera hacerla
cambiar  de rumbo.
Allí se quedó, frente a mí, desafiante e indomable,
dispuesta a maniatarme y a imponerme su malsano juicio.




miércoles, 26 de junio de 2013

Atrapados in vitro



“¡Atasco, atasco!”, grita desesperado el renacuajo que nada con espíritu olímpico en el centro del río espeso y blanquecino, mientras su cabeza aplanada se estrella contra la cola del compañero que lo precede. “¡Retirada! ¡Nos han engañado!”, vocifera aterrorizado el primero de la fila antes de que su mollera se estampe contra el vidrio del tubo de ensayo.

martes, 25 de junio de 2013

Una historia habanera



El viejo Cirilo se ha enamorado de la mulata Cecilia. Pero la agraciada habanera ya tiene el corazón y el lecho ocupados. Leonardo, blanco y rico, la ha convertido en su amante sin saber que ella es hija ilegítima de su padre. El mulato Pimienta, reconocido pandillero, ama también a Cecilia y está dispuesto a deshacerse del vejestorio y del señorito. Su navaja es famosa en el barrio de Jesús María. Para evitar la tragedia que se avecina, el señor Villaverde decide encerrar a la mulata en el hospital psiquiátrico, abandona su carrera de escritor y matricula en la facultad de Psicología de la Universidad de La Habana.


Boleros



El viejo tocadiscos se queda en silencio mientras Claudia continúa balanceándose en la mecedora con los ojos cerrados. “Cómo fue, no decirte cómo fue, no sé explicarme qué pasó, pero de ti me enamoré.” Ella sí lo sabe porque su abuela se lo contó aquella tarde en que el aguacero era tan fuerte que las goteras formaban charcos por toda la casa. El abuelo era pobre y tuvo que salir a pescar con su padre cuando  todavía era un niño. Tenía un gran talento para la pintura y hasta se ganó una beca para la Academia de Arte en la capital, pero no pudo ir. “La vida es como un bolero, mija. Solo que tú misma le tienes que poner la letra. No dejes que nadie lo escriba por ti”, le decía la abuela entre relámpago y relámpago. “Ay, Santa Bárbara, aleja la tormenta”. Pero la lluvia se empeñaba en tragarse las vetustas casas de aquel pueblo olvidado. El agua llegaba hasta las aceras y arrastraba los barcos de papel que Claudia lanzaba desde la ventana de su cuarto. Su madre no la dejaba salir a la calle cuando llovía para que no  enfermara. Sus amigos chapoteaban felices metidos en el agua mezclada con la tierra colorada. La llamaban pero ella negaba con la cabeza, regresaba a su cama y se ponía a leer.
“Fueron tus ojos o tu boca, fueron tus manos o tu voz, fue a lo mejor la impaciencia de tanto esperar”. Claudia cierra los ojos y la voz de Beny Moré arrulla sus sentidos. Las palabras de la abuela se confunden con el bolero y le van dictando su propia letra. El abuelo era un hombre bien plantado, le contaba. Alto, moreno, como esos galanes de las películas mejicanas. Desde que lo vio no pudo dejar de pensar en él. Su padre quería casarla con un hombre mayor que tenía dinero, pero la madre se opuso. Dijo que su hija se casaría con el hombre que le gustara, que el vejestorio se fuera quitando esa idea de la cabeza. Y así fue. Casi cincuenta años juntos, hasta que el corazón del abuelo, enfermo y exhausto, dejó de latir. “Solamente una vez amé en la vida, solamente una vez y nada más”. Claudia sonríe y roza levemente la carátula del vinilo de la Pequeña Compañía. La vida puede ser como un bolero, de esos que te seducen y ponen letra y rostro a tu propia historia. “Esta frase me gusta para una canción”, piensa  mientras camina hacia el escritorio, donde su máquina de escribir Underwood la espera después de la siesta. Sin embargo, está segura de que lo suyo no son los boleros, aunque escriba versos casi a diario. Se sienta, acaricia la cuartilla en blanco y las teclas se dejan hechizar por sus dedos. Sabe que debe poner letra a su propia historia tal y como le aconsejó la abuela. El tocadiscos se queda callado mientras las primeras palabras van llenando de melodías la tarde.

lunes, 24 de junio de 2013

Tejados



A mi abuela, un ángel que me arrulla en la distancia.

Cuántas veces contemplé los tejados de colores alegres en Reyjavík, intentando reconocer los que dejé en otra isla. La memoria me jugaba malas pasadas y entonces podía sustituir el rojo intenso por aquellas tejas desteñidas, castigadas por el sol, los aguaceros  y el abandono. Ningún techo ha podido cobijarme como el de la casa de la abuela. Allí estaba siempre a salvo. Del calor insoportable al mediodía, de las tormentas en las tardes, de los rayos que arrancaban los árboles de cuajo. La nieve de aquella isla del norte intentó cubrir también los tejados de mi infancia. Pintó de blanco la mata de mango, el limonero,  las orquídeas y la casita del perro. Pero  mi memoria empecinada  se aferró a la tierra roja, a la luz del cielo tropical y al tejado agonizante de la casa de la abuela.

sábado, 22 de junio de 2013

Click



La ventaja de las nuevas tecnologías es que con un solo click borras de tu vida todo aquello que te quita el sueño y, de paso, le puedes poner un Me gusta a Morfeo en su perfil de facebook para tenerlo contento y no padecer insomnio.

jueves, 20 de junio de 2013

La radio



Mientras en la radio hablan de xenofobia y de ballenas que deciden suicidarse en la orilla de algún océano, ella intenta desvestir su ausencia para calentar su propio cuerpo. Le cuesta porque tiene las ropas muy ceñidas, duerme  profundamente y no quiere que se le moleste. Ha vuelto a casa después de un día estéril,  definitivamente absurdo como los anteriores. Es tarde y está exhausta. Procura dejar atrás el  bullicio de una ciudad en caos y de un pavimento carcomido por el salitre y la indiferencia. Busca a tientas el silencio, se sirve un té, descorre las cortinas y se deja seducir por el encanto de una noche lluviosa. La calle oscura y mojada se desliza sigilosa entre las sábanas de un lecho vacío. Hoy tampoco vendrá. Él pretende que ella le crea que vive con su mujer pero duerme en otra cama. Que no la ama. Su lado ingenuo le sonríe complaciente, pero su otra parte lo maldice y se consume en la rabia y el deseo. El agua intenta fluir con parsimonia mientras en la radio estallan bombas, gritos, consignas y otra vez solo la lluvia y ella son testigos de la demencia colectiva. Un coro de lunáticos canta himnos de dudosa autoría e invita al fanatismo y la sumisión. Cree que va a vomitar. Intenta  apagar la radio pero no puede, no quiere. Como se niega rotundamente a odiarlo a él, necesita arremeter contra alguien y la radio le sirve un motivo en bandeja de plata. Es más fácil repudiar las bombas... ¡Y él que no llega! El té se ha enfriado. Es mejor así. Caliente le hace daño. La lluvia se abraza ahora con desesperación a las aceras, los tejados, las farolas y, por último, a su cuerpo. La golpea hasta dejarla sin sentido. Pretende que todo desaparezca tragado por su incontenible furia. Ya no le importa si escampa, si viene o no, o sí, pero disimula su ansiedad. Se muerde los labios y un líquido dulce le recorre la lengua y la garganta. Cierra los ojos y sale al aguacero. Desnuda. Apretando los puños  corre calle abajo. En la radio han cesado las bombas y las ballenas regresan a su rutina en las profundidades. Una melodía conocida y compartida  le recuerda,  burlona, que él  finalmente  no vendrá.

La Habana, 1994

miércoles, 19 de junio de 2013

La niña caprichosa y el cazador bromista



A pesar del empeño de Caperucita por encontrarse con el lobo, él cambia de atajo casi a diario. Se siente viejo y agotado y ya ni dientes le quedan para devorarlas a ella y a su abuelita. Solo quiere borrar su pasado de malhechor y pasar desapercibido. Pero la niña es caprichosa, así que ha contratado a un detective privado que ha venido desde la capital, para que siga los pasos de su antiguo perseguidor y descubra su itinerario. El cazador, quien sabe muy bien hasta dónde puede llegar la obstinación de esa niñata malcriada, se ha propuesto ayudar a su viejo enemigo: le ha comprado un billete a Paris para que pueda pasear tranquilamente por la avenida de los Campos Elíseos sin ser molestado. Como es un bromista empedernido, después de deshacerse del lobo, ha mandado a la abuelita a una residencia en los Alpes y espera paciente, disfrazado de Jack el Destripador y arropado en la cama donde antes dormía la anciana, a que llegue Caperucita para que le cante una nana y le cuente historias de los hermanos Grimm.

lunes, 17 de junio de 2013

El hombre que lloraba por dentro



Tenía la tristeza enquistada en las vísceras y la culpa era de sus lágrimas. En vez de salir por los conductos  y rodar por las mejillas, recorrían un extraño camino y terminaban bajando como una cascada por el esófago, de ahí llegaban al estómago y luego se repartían por los intestinos, el corazón, los pulmones, los riñones, el hígado, en fin, toda su anatomía interior.
Ciertamente era un hombre raro. Se alimentaba solo de frutos secos e infusiones. Vivía en una oscura buhardilla, acompañado por un gato de tres patas, unos muebles desgastados, un par de  estanterías repletas de libros viejos y una máquina de coser Singer. Los vecinos escuchaban sus pasos siempre a partir de las once de la noche. Arrastraba sus pies de un modo cansino, mientras el gato se le enredaba en las piernas y le mordisqueaba los calcetines. Nadie sabía de dónde había venido, si tenía familia, amigos o amantes. Jamás salía de su casa, al menos durante el día. No tenía radio ni televisión. Nadie había visto jamás su cara.
Una noche muy fría, víspera de Navidad, la vecina del cuarto piso se dio cuenta de que las luces del árbol comenzaban a parpadear. Las ramas goteaban como si estuviera lloviendo dentro del salón y en el suelo, delante de los regalos, se había formado un gran charco. Alarmada, la mujer miró al techo y no pudo reprimir el grito. Un rostro perfectamente delineado sobre el pladur la observaba con profunda tristeza, mientras que de los cuencos vacíos de sus ojos brotaba el agua como un manantial inagotable. La boca se abría desmesurada, dándole a las facciones un aspecto repulsivo. Sobre el suelo empapado comenzaron a caer vísceras humanas.
Una hora más tarde, el inspector de policía, el médico forense y el fotógrafo de la comisaría observaban un espectáculo inusual en el salón de la buhardilla. Sobre un gran charco de agua yacía el cadáver de un hombre de mediana edad. “Posición decúbito prono, los brazos cruzados sobre el pecho, vestido con prendas femeninas, descalzo, no hay presencia de sangre”, fue recitando el forense en voz alta mientras se ponía los guantes de látex. Se acuclilló al lado del fallecido y se dispuso a darle la vuelta. Los tres hombres dieron un respingo al unísono e instintivamente se llevaron la mano derecha a la boca. “¿Dónde está el rostro?”, parecían preguntarse mientras se miraban perplejos. “Esto no tiene sentido”, dijo con un hilo de voz el forense. “¿Cómo han podido arrancarle la cara de esa manera?”, preguntó el fotógrafo con el semblante lívido. “En mis veinte años de servicio jamás había visto algo así”, aseguró el comisario.
La puerta no estaba forzada y cada objeto de la casa permanecía en su sitio. Sobre el sofá, unas revistas de moda de los años cincuenta y unos retazos de tela de algodón de varios colores miraban con desdén a los intrusos. Dos hombres fornidos se disponían a trasladar el cadáver dentro de una bolsa de plástico. Al levantarlo se miraron asombrados pues fue como alzar una pluma. El fotógrafo fue el último en salir. Desde el umbral de la puerta echó una última ojeada a la buhardilla. Una extraña escultura colocada sobre la estantería lo observaba con sus ojos de vidrio. Al hombre le pareció que por la boca entreabierta se asomaban unos enormes colmillos manchados de rojo. Pensó que ya tenía suficiente con lo que había visto, así que lo mejor sería marcharse de aquel lugar que le ponía los pelos de punta. Al escuchar el portazo, el gato de tres patas dio un salto y fue a acurrucarse en el sofá, encima de los retales.

domingo, 16 de junio de 2013

Alberto



El poeta tiene toda la razón: no somos libres más que por amor, libres y eternos más que por amor. Él nos puso alas con su voz y sus versos, y nos devolvió el encanto de aquellas melodías que se escuchaban en la radio mientras nos enamorábamos por primera vez. Los años han dejado huellas visibles en su cuerpo, pero no han podido derrotar su garganta, la simpatía, la pasión, la ironía y  ese juego oportuno de palabras que tantas verdades pone al descubierto. No vale nada si no es por amor, Alberto, querido poeta que cantas la vida de Neruda, la del abuelo emigrante que salió de Galicia, la del perro callejero que era de todos, la del amigo que se nos va y deja un espacio vacío,la del idiota que quiso volar igual que las gaviotas y fue condenado a vestir de cordura. Tu presencia nos hizo libres y eternos en el amor, y volvimos a ser aquellos adolescentes que todavía siguen creyendo que volar es imposible…, ¿o no?...

Concierto de Alberto Cortez: En estado puro. Auditorio de Agüimes. 15 de junio de 2013


viernes, 14 de junio de 2013

Olas



A las olas les pica la espalda y vienen a rascarse en las paredes del viejo muelle. Ha sido así desde que el mundo es mundo y el mar es mar.  Si se acercan demasiado y el vejestorio hace un gesto de fastidio, ellas, orgullosas, alzan las crestas, escupen la espuma y se van a coquetear con las gaviotas. Entonces, el viejo muelle se da cuenta de su desplante, se arrepiente e inclinando la cabeza se sacude el salitre y el mal carácter, e invita a las olas a arrancarle los escaramujos que lo devoran como afilados piojos. Ellas lo observan desde lejos con cautela y, al final, regresan haciendo un mohín de señoritas ultrajadas. El decrépito embarcadero deja caer sus párpados en señal de sumisión y las olas, satisfechas, vuelven a rascarse la espalda y a despojar de escaramujos aquella pared que lentamente será engullida por la sal y la desidia.

jueves, 13 de junio de 2013

El vacío



La lluvia caía tan fuerte que atravesaba mi cuerpo y llegaba a mi corazón roto. Estaba tan nublado que decidí subir al techo y me lancé al vacío. Lo único que recuerdo es el rojo de mi sangre esparcido por el suelo.

Diego Lozano Rodríguez

martes, 11 de junio de 2013

Cambio de imagen



Se arrancó con vehemencia la piel del rostro, del pecho, de los brazos, de las piernas, de la espalda. Quería estrenar imagen con la llegada del nuevo año. Pero, cuando se dispuso a enfundarse su nueva epidermis, se acordó de que el corazón agonizaba a la espera de un trasplante.

lunes, 10 de junio de 2013

Cascada de nubes



Cuentan que las nubes se aburrían en el cielo y decidieron acercarse a las cumbres para ver qué travesura se les ocurría. Abrazadas,  se dejaron caer por las laderas formando una interminable cascada de humo blanco. Boquiabiertos, los pinares contemplaban con deleite aquel suceso inusual. Hasta las piedras milenarias salieron de su letargo y se dejaron seducir por el encanto de aquella avalancha etérea. Al sentirse admiradas, las nubes no quisieron regresar a su rutina en el cielo. Esas figuras caprichosas que antes se disputaban el azul, ahora solo esperan el amanecer para deslizarse y cubrir de blanco lo que casi siempre solía ser verde.

Montañas de Tejeda. Gran Canaria


jueves, 6 de junio de 2013

Atardecer de domingo


Detrás de las montañas de Santa Lucía la luz es tenue e imprecisa. El verde y el ocre se entrelazan cómplices del atardecer. El viento despeina delicadamente los recuerdos. Quiero imaginar que no estoy aquí en este domingo de añoranzas. Cierro los ojos para ausentarme y volver a percibir el aroma del patio de la casa familiar: los helechos que plantó mi madre, las orquídeas que se aferran al tronco longevo de la mata de mango, los gorriones que luchan por un trozo de pan, la mirada bondadosa del perro, el olor de la ropa tendida al sol, mi padre que llega del monte con la escopeta al hombro me sonríe y me muestra las palomas inertes, y la paz de los colores de esa tarde agonizante que se quedó adormilada para siempre en la memoria. 
El bullicio de toda la familia almorzando en la mesa del comedor de la casa de los abuelos.  El arroz con pescado ensopado me hace la boca agua. La felicidad en el rostro de mi abuela, trajinando sin parar para que todos estemos bien servidos. El abuelo con su cámara Lubitel atrapando risas o el llanto de mis primos pequeños,  ay me quemé la boca abuelita, espera muchacho, deja que se enfríe un poco, siéntate bien que se te joroba la espalda, coge bien los cubiertos que luego se te queda esa fea maña, no se eructa en la mesa, Abelito. Y allí estoy yo, con la cabeza apoyada en el regazo de mi madre, soñando que en mi pueblo de tierras llanas y cenagosas crecen montañas como las de Santa Lucía. Aquella niña que imaginaba paisajes lejanos descritos en los libros, pasea con su perra a miles de kilómetros de su hogar e intenta en vano mantener a raya la nostalgia de un atardecer de domingo. 

miércoles, 5 de junio de 2013

Un náufrago de la distancia



Al poeta Manuel Díaz Martínez, gran amigo y maestro.



Vengo de una isla del Caribe donde hay poemas y poetas prohibidos. Canciones, gestos, pensamientos y puntos cardinales prohibidos. Libros que se deben forrar con papel de periódico oficial porque están en la lista oscura de lo vetado. Y, entre tanto desatino, me arrebataron, cuando era muy joven, las palabras de un hombre generoso, sabio, un poeta que desafió a una dictadura, un náufrago de la distancia que cruzó el océano para reconciliarse con la libertad, como me confesó un día mientras nos tomábamos un café en esta otra isla, la de repuesto, como él la ha bautizado; un hombre de hablar sosegado, con el humor debajo de la manga, como cubano de pura raza,  que asegura que no le pide nada a Dios para no ponerlo en apuros.
Hace un par de años marqué con mano vacilante su número de teléfono. Tampoco había escuchado su voz (su pluma y su garganta fueron silenciadas el mismo día). Nos reconocimos y me habló con la complicidad y el cariño con que le habla un padre a su hija. No fue un encuentro casual; fue un delicioso regalo hecho por un amigo canario que también conoce el valor de las palabras, que sabe que compartir recuerdos habaneros en la terraza del hotel Madrid  es la mejor manera de mantener a raya la nostalgia. Hoy, frente al mar de esta isla que nos adoptó sin poner condiciones, sin prohibirnos nada, envuelta en el humo del cigarrillo que siempre lo acompaña, escucho atenta cada frase de un poeta imprescindible, de un hombre que sabe de naufragios y de añoranzas. Entre historias y recuerdos me devuelve la isla de mi infancia, en una tarde invernal, en la otra orilla del mismo océano.

Domingo, 27 de enero de 2013. Paseo de Las Canteras. Gran Canaria.



martes, 4 de junio de 2013

Mujer entre islas


Dijo mi enorme Martí: “Yo vengo de todas partes y hacia todas partes voy”. Me reconozco en  este verso y parafraseo: Yo vengo de muchas islas y en todas ellas he dejado una lágrima y una huella. Cálidas o heladas, pero siempre con el salitre al alcance de la mano. Ahora, entre el mar y la montaña intento moldear un sueño con las mismas manos que acaricio a un hombre. Mis ojos siempre atentos al horizonte, pendientes de las islas, nunca del continente; pendientes de las mareas que llegan a estas costas que quizás sean las definitivas.