martes, 25 de junio de 2013

Boleros



El viejo tocadiscos se queda en silencio mientras Claudia continúa balanceándose en la mecedora con los ojos cerrados. “Cómo fue, no decirte cómo fue, no sé explicarme qué pasó, pero de ti me enamoré.” Ella sí lo sabe porque su abuela se lo contó aquella tarde en que el aguacero era tan fuerte que las goteras formaban charcos por toda la casa. El abuelo era pobre y tuvo que salir a pescar con su padre cuando  todavía era un niño. Tenía un gran talento para la pintura y hasta se ganó una beca para la Academia de Arte en la capital, pero no pudo ir. “La vida es como un bolero, mija. Solo que tú misma le tienes que poner la letra. No dejes que nadie lo escriba por ti”, le decía la abuela entre relámpago y relámpago. “Ay, Santa Bárbara, aleja la tormenta”. Pero la lluvia se empeñaba en tragarse las vetustas casas de aquel pueblo olvidado. El agua llegaba hasta las aceras y arrastraba los barcos de papel que Claudia lanzaba desde la ventana de su cuarto. Su madre no la dejaba salir a la calle cuando llovía para que no  enfermara. Sus amigos chapoteaban felices metidos en el agua mezclada con la tierra colorada. La llamaban pero ella negaba con la cabeza, regresaba a su cama y se ponía a leer.
“Fueron tus ojos o tu boca, fueron tus manos o tu voz, fue a lo mejor la impaciencia de tanto esperar”. Claudia cierra los ojos y la voz de Beny Moré arrulla sus sentidos. Las palabras de la abuela se confunden con el bolero y le van dictando su propia letra. El abuelo era un hombre bien plantado, le contaba. Alto, moreno, como esos galanes de las películas mejicanas. Desde que lo vio no pudo dejar de pensar en él. Su padre quería casarla con un hombre mayor que tenía dinero, pero la madre se opuso. Dijo que su hija se casaría con el hombre que le gustara, que el vejestorio se fuera quitando esa idea de la cabeza. Y así fue. Casi cincuenta años juntos, hasta que el corazón del abuelo, enfermo y exhausto, dejó de latir. “Solamente una vez amé en la vida, solamente una vez y nada más”. Claudia sonríe y roza levemente la carátula del vinilo de la Pequeña Compañía. La vida puede ser como un bolero, de esos que te seducen y ponen letra y rostro a tu propia historia. “Esta frase me gusta para una canción”, piensa  mientras camina hacia el escritorio, donde su máquina de escribir Underwood la espera después de la siesta. Sin embargo, está segura de que lo suyo no son los boleros, aunque escriba versos casi a diario. Se sienta, acaricia la cuartilla en blanco y las teclas se dejan hechizar por sus dedos. Sabe que debe poner letra a su propia historia tal y como le aconsejó la abuela. El tocadiscos se queda callado mientras las primeras palabras van llenando de melodías la tarde.

2 comentarios:

  1. Hermoso amiga. ¡Y vaya coincidencia! Te invito a mi blog. Estamos en sintonía. ¿Será la estupenda noche de boleros que disfrutamos en Santo Domingo? Cómo fue, no sé decirme cómo fue... Abrazos miles.

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  2. Gracias!! La magia hizo su efecto. Sintonía total! Sí, fue una noche divina. Uso tu nombre porque era mi preferido cuando era una niña. Qué casualidad..bueno no existen las casualidades, no crees?

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