miércoles, 31 de julio de 2013

Tu risa y mi inocencia



A Diego

Tu risa es el aliento de la lluvia,
el atardecer en los techos,
una gaviota,
las novelas en la radio,
el domingo en la playa de mi pueblo.

Es el hechizo, los duendes inquietos,
el juego a las escondidas,
los barcos de papel flotando en la calle
después del aguacero.

Si tú ríes yo vuelvo a recorrer mi patio
con los pies descalzos,
la cara sucia,
mi abuela trajinando en la cocina,
mis amigos me llaman desde la calle.

No dejes de reír,
para que mi madre vuelva a besarme,
las hadas me traigan un príncipe,
y mi perra se acurruque en mi regazo.

Mientras dure tu risa,
me iré con mi abuelo
a pescar en las zanjas de San Vicente,
mi padre volverá feliz del monte
con su escopeta al hombro
y el perro saltará
tratando de lamerle el rostro.

Tu risa, Diego, me devolverá la inocencia,
me llevará de vuelta a casa
y será siempre
el dulcísimo sobresalto
de la próxima primavera.



lunes, 29 de julio de 2013

Mientras pienso existo



Pienso luego existo qué bonito. Ser o no ser querer o no querer qué mierda de canción. Allí eres o te hacen ser a palos o tienes que irte con tu música a otro lado. Mírame a mí en el fin del mundo o el principio ya ni sé. Hace un año tumbada en la playa o haciendo el amor en un edificio en ruinas y ahora encerrada en un octavo piso el cielo encapotado un frío que pela y esos trozos de hielo flotando en el mar. No tengo lujos para qué yo lo que quería era libertad para pensar y decir lo que me diera la gana. Por eso me largué me fui me piré to escape o como coño se diga en cualquier idioma o dialecto. Me daba igual el sitio la lengua lo importante era salir respirar vivir. Pero ellos se quedaron y los echo de menos cada minuto me siento culpable y deprimida. Los olores los sabores las texturas el sudor después de hacer el amor la gente gritando como poseída en la cola para entrar al cine. Esa película me cambió la vida comencé a pensar diferente a sentir diferente. El maricón que comía helado de fresa también tuvo que irse qué iba a hacer el pobre con un ladrillo en la mano si él era un intelectual. Estaba enamorado de su amigo pero el muchacho era heterosexual y de la juventud comunista como yo. Ya no ahora sé que era una utopía que nos usaron que nos sonsacaron con panfletos y consignas y después resulta que ellos eran unos farsantes con las despensas llenas casas y coches de millonarios. Por eso me largué estaba harta de fingir de tener miedo del hambre y los bichos dentro de la sopa en la residencia de estudiantes. Qué frío por Dios y esta calefacción que me reseca la garganta y me hace sangrar por la nariz. Quisiera salir al balcón quitarme la ropa saltar del viejo puente de madera y meterme en el agua calentita de mi playa. Pero no puedo ya dije que afuera hace un frío que pela así es todo el tiempo y lo peor es que no sale el sol creo que le cuesta llegar a esta latitud tan alta se agota por el camino y se queda a descansar a relajarse en una playa tropical. El trópico pescados fritos mulatas despampanantes criollos bien plantados el muro separándonos del norte maldito y opresor patrañas prensa oficial lo de aquí perfecto el paraíso terrenal los planes de producción de hortalizas sobre cumplidos lo de afuera una mierda niños que mueren de hambre con la barriga inflada de bichos que no es mentira pero también pasan cosas buenas. Ahora pienso hablo grito y también existo pero nadie me entiende ya no soy una sombra un títere que aquella gentuza manejaba a su antojo. Sin embargo igual sigo teniendo miedo de este frío de un idioma ajeno de que se me caiga el color del pelo perder mi acento mi identidad de ese hombre que yace a mi lado y que no me ama del hijo que pronto tendré y que no sé si va a entender mi lenguaje mi pasado mis costumbres un hijo sin sol corriendo alegre revolcándose en la nieve y diciéndome te quiero en idioma extranjero.

sábado, 27 de julio de 2013

Soy inocente



Yo la quiero o, mejor dicho, la idolatro. Cuarenta y dos años juntos y en armonía. Ella siempre tan dócil, tan complaciente, bajando la cabeza para no ofenderme ni con la mirada. A veces me pasaba con la bebida, lo sé, pero llegaba a la casa y me iba derechito a la cama. Yo no la molestaba. Ella, calladita, me miraba con esos ojos grandes y azules, sin reprocharme nada. ¡Qué guapa era, Dios mío! Me acuerdo cuando la conocí en aquella fiesta del pueblo. Iba con su prima. Claro, el padre no la dejaba salir sola. El vestido que no enseñaba mucho, pero yo adivinaba unos pechos como naranjas maduritas y jugosas. Y el pelo, ¡ay, mi madre, qué melena! Larga, rubia, sedosa, como para comérsela todita. La miré, me sonrió, se le pusieron rojos los cachetes y, entonces, supe que sería mía. Me le acerqué por detrás y de repente el perfume que llevaba fue como un puñetazo en mi nariz. Tenía ganas de arrancarle la ropa, tirarla en la hierba y…no puedo evocar aquello, no aquí, en esta mierda de cuchitril pestilente. Me duele el pecho.
No entiendo por qué me retienen, Magda, mi vida. Cuando supe que ya no había remedio, que el tiempo no podía volver, quise matarme, pero se me habían acabado los cartuchos. No comprendo, creí que tenía muchos y no era así. Tal vez si no hubiera visto la maleta debajo de la cama, el vestido que usabas en ocasiones muy especiales puesto encima de la cama. Me diste demasiadas pistas. ¿Por qué? A lo mejor querías que lo hiciera, tal vez estabas cansada de mí y de ti misma. Ya no puedes contestarme, lo sé. Sin embargo, aquel día en la fiesta del pueblo tu voz sonaba con timidez, no me mirabas directamente, pero me encendiste la esperanza. “Hola, Sergio, ¿cómo está tu padre?; supe que anduvo pachucho. ¿Ah, sí?, qué bueno, me alegro de que ya esté bien. No, no me gusta bailar, soy patona, sorda como una tapia para la música; además mi padre anda por ahí y no le gusta que yo baile. Sí claro, nos veremos por ahí, adiós”. Y te fuiste corriendo con tu prima a buscar un refrigerio. Te me quedaste metida en la piel; me dejaste el perfume impregnado en la ropa y en el cerebro;  la imagen de tus labios abriéndose para sonreír… Me tuve que ir corriendo al monte  porque tenía el animal encabritado y necesitaba desahogarme. Esa noche me quedé en vela; perdí la cuenta de las veces que me masturbé recordando tan solo el aroma que desprendía tu cuerpo.
Me costó convencer a tu viejo para que me diera tu mano en matrimonio. Parece que algún cabrón le dijo que yo tenía mal carácter y que me gustaba empinar el codo. ¡Eso era mentira! Mi padre sí que tenía malas pulgas. El día que cumplí siete años, me acuerdo que le dio una paliza a mi madre que la dejó tirada en el suelo, sin sentido. Era un bruto, un mal nacido; no podía ni oler la bebida porque se ponía como loco. Llegaba a casa a las tantas de la madrugada, vociferando, pidiendo la cena caliente y amenazando a mi madre. Mis hermanos y yo nos metíamos debajo de la cama y desde allí rezábamos por ella. Era un hijo de puta mi padre, pero yo no, Magda, yo fui paciente contigo la noche de la boda y las siguientes. No sé por qué tenías tanto miedo. Yo no era un hombre con mucha experiencia, pero te dije que sería delicado. Tú empezaste a  gritar y a llorar cuando me puse encima de ti, igualito que hace tres días y eso me sacó de quicio. No soporto oír chillar a una mujer; mi madre lo hacía todo el tiempo y creo que por eso mi padre se comportaba como un energúmeno. ¡Zorra, que son todas unas zorras! Se hacen las santitas para ablandarte, para llevar las riendas, para mandar y hacer lo que se les venga en ganas. Conmigo no va eso. No soy ningún maricón. A mí ninguna hembra se me monta encima. Los pantalones los llevo yo. Maldita puta y maldita escopeta que se quedó sin cartuchos. Ahora por su culpa y la tuya estoy aquí jodido, encerrado como un perro rabioso. Me han quitado todo esos policías mequetrefes, como si yo fuera a rajarme las venas. De eso nada. Tengo setenta y nueve años, pero no soy una piltrafa. ¡Soy un hombre, coño, de los pies a la cabeza! ¡Sáquenme de aquí, desgraciados. Enciérrenla a ella, yo soy inocente! 

jueves, 25 de julio de 2013

El arco iris



En algún sitio de allende los mares se quedó prendido a un cielo tropical mi arco iris de la infancia. No quise trasplantarlo al norte porque sus raíces estaban afincadas en los sueños cálidos, de amaneceres apacibles detrás de los cañaverales, de olor a café recién hecho en la cocina de la abuela, en el cantío del gallo, en la tarde recogiéndose detrás de los manglares, en el limonero que plantó el abuelo cuando yo nací. En algún sitio de la memoria, el arco iris se quedó agazapado, melancólico, esperando mi regreso; se abrazó a las nubes grises que planeaban desorientadas sobre la tierra, hundió su cara con desesperación en mi regazo y desde entonces intenta cada día zarpar sin rumbo, sin brújula, sin importarle los miles de kilómetros que lo separan de mis nuevas costas.

lunes, 22 de julio de 2013

El último viaje



El viejo barco roza levemente las aguas soñolientas. Navega con parsimonia porque le pesan los años y las mataduras. El sol desciende aliviado después de un largo día. Cientos de gaviotas revolotean disputándose los restos de una escasa captura. Los peces agonizan sobre la cubierta, atrapados en una red  descolorida y mugrienta, los ojos desorbitados, como quien sabe que se le ha terminado la cuota de oxígeno.
Las pupilas cansadas de Pedro, el capitán, otean el horizonte como si quisieran encontrar una respuesta a tanto abandono. Ya no le importa como antes la agonía de los peces. El corazón se le ha puesto duro como la madera  del mástil. Tantas travesías, cientos de tormentas abriendo sus fauces y queriendo tragarse el pesquero heredado de sus tíos. La madera se queja, se tuerce, pero aguanta, estoica.
Cuando se hizo por primera vez a la mar tenía apenas catorce  años. Ahora con casi cincuenta tiene el pellejo curtido y las manos ásperas. Hace unos meses su mujer recogió todas tus cosas y se marchó de casa. Se cansó de su mal carácter, de las borracheras en el bar de Antonio, los celos, los arranques de ira dejando una estela de platos y vasos rotos y unos cuantos moratones en su frágil anatomía.
Pedro cierra los ojos y siente cada golpe en su propia piel.  Su padre también era un borracho y tenía la mano suelta. Cuando la madre murió de un ataque al corazón, el informe de la autopsia hablaba de múltiples fracturas mal curadas. Una semana antes había planeado con su hermano menor deshacerse del hijo de puta, pero aquella noche cuando Pedro iba a poner el raticida en la botella de ron, Pablo se echó a llorar y dijo que los descubrirían e irían a la cárcel.
La misma tarde que enterraron a la madre, el padre regresó del bar cerca de las once de la noche. Tenía los ojos enrojecidos y una expresión satánica en el rostro. Mientras lanzaba improperios y destrozaba a patadas todo lo que se interponía en su camino se iba quitando el cinturón. Pedro sintió en golpe de la hebilla en su cara y cayó a suelo. Pablo lloraba e imploraba misericordia. La hermana de trece años se encerró en su habitación, pero fue inútil. De una patada el padre hizo saltar la enclenque cerradura. Se agarró del marco y volvió el rostro descompuesto para gritarle a los chiquillos que se largaran de casa. Los dos salieron disparados, uno con la mejilla sangrando abundantemente y el otro apestando a orines. 
Casi todas las noches Pedro sueña con los gritos de su hermana implorando que la dejara en paz.  Pablo, agarrado fuertemente a su brazo, sollozando, le dice que tienen que marcharse lejos. Pero él no quiere dejar a su hermana a merced del hijo de perra. Sueña también con la casa de acogida cuando el padre perdió la custodia de sus tres hijos. Fue un gran alivio, aunque la vida que les esperaba no era como para dar saltos de alegría. La niña tuvo más suerte. Unos tíos maternos se hicieron cargo de ella. La veían solo en Navidades cuando, por caridad, sus tíos los recogían en el orfanato para compartir con ellos la cena de Noche Buena. Ninguno de los dos creía en Papá Noel ni en los Reyes Magos. Todos se habían olvidado de ellos, hasta Dios. Pedro era un chico fuerte y con mal carácter,  por eso salía siempre en defensa de su hermano menor. Pablo era débil, enfermizo y le temía a todo. Sufría de unas terribles pesadillas por lo que sus sábanas amanecían siempre mojadas. Más de una vez Pedro era castigado por pegarle a algún chico que se había burlado o golpeado a su hermano. Cansado de todo, cuando cumplió los catorce años se fugó del orfanato.
Los cuatro compañeros de Pedro desembarcan la captura en el muelle. Las gaviotas más atrevidas se acercan para garantizar el almuerzo. El negro senegalés las espanta agitando los brazos y gritándoles palabrotas en su idioma. Después de sacarles las tripas a los peces, los tripulantes de La Tormenta van acomodándolos en unas cajas con hielo. El camión que las recogerá está a punto de llegar. “Vente al bar con nosotros, Pedro. No hay mucho que celebrar, pero da igual”. El irlandés le pone la mano en el hombro a su capitán, pero éste continúa la faena negando con la cabeza. Sube en silencio a cubierta, suelta amarras y enciende el motor.Desconcertados, sus compañeros se encogen de hombros y se alejan sin decir nada. De cierta manera se han habituado a los cambios de humor del jefe.
La Tormenta vuelve a alejarse del puerto. Los nubarrones grises han comenzado a cubrir el cielo otoñal. En la radio local se escucha una canción monótona. De repente, el aparato se queda en silencio y al cabo de unos segundos la voz nasal del locutor anuncia que la oficina de meteorología ha enviado un aviso importante de borrasca. Recomienda a todos los barcos que todavía se encuentran faenando que regresen a puerto. Pedro apaga la radio de un manotazo y saca la botella de ron que lleva siempre escondida en la bodega. Bebe un largo trago y luego otea el horizonte.
El viento huracanado zarandea la embarcación. Los relámpagos alumbran el rostro barbudo y descompuesto del capitán. Toda la lluvia acumulada durante el verano se desploma sobre el mar. “Esta es de la grandes”, piensa él mientras se empina nuevamente la botella. Otra vez escucha los gritos de su hermana. “Pobrecita, qué mala suerte tuvo. Con sólo diez años ya tenía cuerpo de mujer”.
La tía que la acogió la echó de casa al enterarse de que estaba preñada. La gente del pueblo murmuraba que el tío se metía en la cama de la adolescente cuando su mujer se iba a la fábrica. Dicen que se fue al sur. Lo cierto es que Pedro nunca más volvió a tener noticias de ella.  Pablo se quedó en el orfanato hasta que cumplió los diecisiete. Luego se marchó a la capital. Lo vio una vez, flaco y harapiento, con la mirada extraviada, pidiendo limosna en el Parque Central. Se le acercó, le puso un billete de cincuenta en la mano y se alejó sin decir una palabra.
Otro relámpago le devuelve una caricia de su madre cuando tenía apenas cinco años. El único gesto de cariño que recuerda. La pobre trabajaba de sol a sol, atendiendo la casa, a los tres hijos y lavando y planchando ropa ajena para ganarse algún dinero. Los fines de semana se iba a limpiar el caserón de las hermanas solteronas. Pero, lo peor, lo que realmente la llevó a la tumba fueron las palizas. Era una mujer pequeña y enjuta. Tenía el corazón y los pulmones débiles.
Pedro apura el último trago, escupe en el suelo y maldice a su padre. El motor del barco deja de rugir. “Maldito seas, desgraciado, hijo de puta. Por eso volví aquella noche, para llevarme a mi hermana y cambiarte la botella. Bebías cualquier cosa, por eso ahora te estás pudriendo en el infierno. Espero no encontrarme allí contigo porque te juro que volveré a matarte, cabrón”.
Un violento choque hace saltar los cristales de la cabina. El capitán cae de bruces y la sangre de su rostro se mezcla con el agua salobre que ha comenzado a inundar el suelo de madera. “El Bajo de la Muerte, el maldito arrecife. Tantos años navegando y olvidé que estaba aquí”. “Eres un vago y un mataperros, Pedro. Por eso, que te alimente tu madre. Yo no trabajo más para mantener mocosos malagradecidos”. El niño retrocede, se lleva una mano a la mejilla y palpa la carne abierta. El padre se tambalea mientras acaricia el cinturón de cuero. El reflejo de la hebilla de plata deslumbra a Pedro. Instintivamente cierra los ojos y deja que el agua vaya limpiando la sangre y calmando el dolor.
El hombre cae al suelo de rodillas, maldiciendo y apretándose el estómago con ambos brazos. La madre se acerca y lo mira con desprecio. Tiene un enorme moratón alredor del ojo izquierdo. Aparta la mirada y se dirige hacia su hijo. “Ya no volverá a maltratarnos. Has hecho lo correcto, Pedrito”. El niño abre los ojos y corre a refugiarse en los brazos de su madre. Mientras tanto, el oscuro océano va engullendo los últimos restos del naufragio.

viernes, 19 de julio de 2013

Compra y venta



Ha pensado en ti otra vez y lo cierto es que es un lujo que no puede permitirse. Hay pensamientos que salen caros y ella no puede pagarlos. No tiene empleo, no recibe subsidios y está demasiado vieja para sobresaltos. No es más que un hada centenaria y humilde que mordió la manzana podrida y muere con resignación sobre el asfalto. Su única posesión es ese cuerpo ermitaño y arrugado que hace siglos renunció a los poderes mágicos (hoy solo se pueden adquirir a un alto precio en la bolsa negra). Su alma es un antiquísimo rompecabezas compuesto por miles de partículas esparcidas a los cuatros vientos. Nadie se atrevería a recomponerla. Los caballeros medievales se han extinguido y, además, la vida es breve y tortuosa y no vale la pena perder el pellejo en el  intento.
Hoy mientras amanecía y se disponía a echarse a la espalda su pesado fardo de rutinas y carencias, la han sorprendido un par de recuerdos dulces y frescos, de esos que todavía huelen a pan recién horneado. Pero ya he dicho que ella no puede costearlos. Es una mercancía que sufre las consecuencias de la inflación, al igual que los ingredientes para hacer el pan. Ha visto pasar de largo esas vivencias casi con resignación. Sin embargo, no ha podido evitar el temblor en los labios, que los dedos se aferren al teclado y que el corazón disimule la vergüenza y el delirio. Ha tenido ganas de sacar del bolsillo las pocas monedas que le quedan para comprarlas, pero sabe que debe ahorrar para conseguir un par de alas nuevas y reponer las que lleva remendando hace muchos años. Sin el polvillo mágico que traen las de estreno, ni siquiera un hada experimentada como ella podría volar. Es una inversión necesaria, de lo contrario tendrá que conformarse el resto de la poca vida que le queda con un vuelo bajo y discreto.
A pesar de que ya no puede pagarse ni sus propios pensamientos, de todas maneras no ha dejado de recordarte mientras teclea en su vieja máquina de escribir. Podrían acusarla de apropiación indebida, pero como lo hace sin ánimo de lucro, seguro lo considerarían un factor atenuante a la hora de imponerle el castigo. Además, qué le importa a un hada curtida como ella convertirse en rea de hurto. Aunque reconozco que tiene miedo y titubea. Si la metieran entre rejas, seguro le prohibirían hasta las ideas: robadas, heredadas o adquiridas, da igual (sé bien de lo que hablo). Creo que lo más sensato sería que ella vendiera estas palabras que tienen que ver contigo por un módico precio y, de esa manera, podría costearse las alas nuevas y los recuerdos. Las hadas ancianas y excluidas necesitan poco para vivir.

jueves, 18 de julio de 2013

Mensaje



Encontró una botella abandonada por la marea en la orilla. Dentro había un mensaje incompleto. Un par de frases invitaban a continuar la historia. Cada palabra buscaba desesperadamente la complicidad de la otra. Les daba lo mismo completar un verso, una reflexión, una declaración de amor o un breve relato. Desconcertada, se sentó sobre una piedra e intentó imaginar un buen final para tan absurdo comienzo. 

martes, 16 de julio de 2013

Isleña y guajira




Guajira, no guantanamera y sí batabanoense. Batabanó, pueblito sureño, entre la campiña cubana y el mar Caribe; villa ilustre de la antigua provincia La Habana. El pueblo de la bala perdida, como solía decir un amigo mío; donde el diablo dio las tres voces y nadie lo escuchó. Casas de madera, desgastadas por la desidia y los huracanes; calles polvorientas, con domingos tan apacibles que hasta el calor bosteza y se aburre; perros sarnosos que vagan como almas en pena; el parque con su glorieta,  el busto de José Martí, las palmas reales, el Liceo, la iglesia vetusta  y achacosa, las Cuatro Esquinas por donde fluyen la algarabía de los niños que salen de la escuela y las aguas residuales. Allí late el corazón del pueblo: la librería, la cafetería donde solo venden ron y tabaco en moneda nacional, la tienda de Cheo (aunque el gobierno la expropió hace cincuenta años, todo el mundo la sigue llamando así), la shoping o tienda para comprar con dólares, la gasolinera, donde cobran también en “moneda dura” el combustible y los refrescos fabricados en la isla, la relojería, la barbería, los carros americanos de los años cuarenta y cincuenta con motores Nissan de los noventa, la tierra colorá que se te incrusta en la piel y en los pulmones, el cine Yaracuy que se cae a pedazos, la bodega sin víveres, la carnicería sin carne, los quioscos de los pequeños agricultores, con sus pregones de aquí tiene sus frijolitos frescos y su ají cachucha, la parada por donde  no pasan guaguas desde  la última glaciación.
Con sangre canaria y asturiana y un gen de Marco Polo. Isleña que por nada del mundo se le ocurre vivir en tierra continental. Guajira renegada que emigró primero a la capital, esa Habana inextinguible, caótica y decadente; después al Polo Norte, a la isla de fuego y hielo, y entre glaciares y volcanes aprendió a caminar sobre la nieve y a disfrutar de una aurora boreal desde la ventana de su casa. Entre elfos y vikingos vino al mundo su hijo, el primer cubano nacido en la tierra de Erík el Rojo. Un niño bilingüe de pelo negro entre tantos rubios y pelirrojos. Nuestros amigos nórdicos no podían entender cómo éramos capaces de sobrevivir entre el hielo y la oscuridad polar. Es que somos “duros de pelar”, como dijera mi padre. Tenemos genes a prueba de balas y llevamos una buena reserva de sol tropical en los recuerdos.
Ahora,  otra isla, la de repuesto como la llama mi amigo Manuel. De clima subtropical, de calimas, barrancos,  arenas negras, sin aguaceros, montañas color ocre, dunas, dragos y bosques de laurisilva, amigos de pura raza, el amor en la mirada de un hombre que empuja mis raíces más hacia el fondo. Roque Aguayro, Roque Nublo, Fortaleza de Ansite, Guayadeque, Santa Lucía, San Bartolomé, Agüimes, Arinaga, el mar Atlántico encrespado y enigmático. No quemo las naves, simplemente suelto los cabos para que naveguen sin timonel y sin brújula. Desde la orilla agito el pañuelo blanco intentando despedirme definitivamente de la nostalgia.

lunes, 15 de julio de 2013

Sueños



A veces sueño con el mar y el viejo muelle y los peces con nombres caribeños. Imagino que llueve a cántaros, que las nubes forman un amasijo de pensamientos, de recuerdos que relampaguean en la línea del horizonte y el agua limpiando los tejados envejecidos. Nada de tijeras ni tenedores  porque dice la abuela que eso llama al trueno. Sueño con las manos de mi madre acariciándome el pelo: cabellos rubios de niña traviesa, que sostiene entre sus manos el libro La Edad de Oro. Pilar que quiere darle sus zapatos a la niña enferma y la mariposa que vio desde su rosal, guardados en un cristal, los zapaticos de rosa. Poemas y música hasta las tres de la madrugada, mientras la lluvia golpea la ventana como si quisiera tragarse la noche y los versos. Cierro los ojos y veo el limonero y las gatas paridas en el tejado. Abuelo me grita que no me suba en esa vieja escalera, que te caes, muchacha. Pero la niña es testaruda y trepa sonriente y acaricia las crías que todavía tienen los ojitos cerrados. Sueño con las olas mojándome los dedos blanquísimos, con las toninas que danzan ajenas al bullicio muy cerca del puente de madera. Hay caracolas en la orilla, de esas que reproducen la algarabía de los niños una tarde calurosa de domingo. Sube la espuma hasta la frente, me refresca, me arranca de un zarpazo la nostalgia y me devuelve las caricias lejanas, los aguaceros y cada trocito de ausencia.

domingo, 14 de julio de 2013

Sorpresa made in Japan



La señora de setenta años mira desconcertada la foto que su hijo cincuentón le acababa de tomar con una cámara digital Nikon. Él tampoco se lo puede creer. Ni una sola arruga en su rostro. Se ve perfecta como cuando tenía quince años. La piel tersa y blanquísima, el brillo en sus ojos azules, un mechón rubio sobre la frente. El hijo le pide que le haga una, primer plano, para la página web donde pretende encontrar su media naranja. La señora aprieta el disparador. Inmediatamente mira la pantalla y no puede reprimir el grito. El rostro que ve reflejado es el de un cadáver en descomposición. Él no le da importancia. Piensa que se trata de una broma macabra ideada por un asiático aburrido. Regresan a la tienda donde la han comprado y el cincuentón le dice al dueño que le devuelva su dinero, que la cámara está defectuosa. El hombre, asombrado, decide probarla tomándole una instantánea al dependiente que está a su lado. “La cámara funciona perfectamente, caballero”. Tres días después, la señora, compungida, se acerca a la tienda de equipos electrónicos. Su hijo ha muerto de manera repentina y ella cree que allí podrán darle alguna explicación lógica. Al llegar ve el cartel colgado en la puerta: “Cerrado por defunción de un dependiente. Sentimos las molestias”. Perpleja, la señora busca un banco en un parque cercano y se sienta. Todo es absurdo y ahora mismo sus niveles de glucosa andan por los suelos. En un intento por distraerse, abre la caja donde está guardada la cámara fotográfica y comienza a leer el manual de instrucciones. Al final, escrita en mayúsculas, una advertencia devastadora:
CÁMARA DIGITAL NIKON MADE IN JAPAN CON SISTEMA LIFTING INCORPORADO. SOLO PARA SEÑORAS. SU USO EN CABALLEROS PUEDE OCASIONAR DAÑOS IRREVERSIBLES E INCLUSO LA MUERTE. EL FABRICANTE NO SE HACE RESPONSABLE DE LOS DAÑOS POR NEGLIGENCIA.

sábado, 13 de julio de 2013

Malos consejos



Él me aconseja todos los días que deje de escribir. Me susurra al oído que soy una maniática o lunática, ya no sé bien. Que es una pérdida de tiempo, que no genera beneficios, que a nadie le importa lo que escribo, que soy cursi y predecible y cientos de razones o sinrazones más. Quisiera deshacerme de él, aplastarlo de un manotazo, arrancarle la lengua, cerrarle la boca con cinta adhesiva. Sin embargo, termino siempre compadeciéndome del infeliz. Lo amenazo con la aspiradora y entonces echa a correr muy asustado, pero es tan pequeño que vuelve a entrar en mi habitación por el primer resquicio que encuentra. Y otra vez comienza con su habitual letanía. Incluso, ha logrado meterse en la pantalla del ordenador y ha intentado agredir a algunas letras. De hecho, ha tenido varios encontronazos con muchas de ellas. A la i, por ejemplo, le arrancó el punto y la pobre decapitada se puso a llorar desconsoladamente. A la indefensa u la empujó con tal fuerza que terminó boca abajo, prácticamente convertida en una n. Sin embargo, en la o encontró la horma de su zapato. Con la gordita no se mete, pensé yo. Mas, ni corto ni perezoso, corrió hacia ella decidido a embestirla como un toro aguijoneado. Perpleja, observé cómo se le ponían los pelos de punta y se le encaraba al intruso la aparentemente inofensiva vocal. Fue casi como una detonación: el fastidioso bicho se estampó contra una letra enfurecida, rebotó y al caer se quedó colgado de la pantalla blasfemando. Después de esta experiencia seguro que me dejará en paz, supuse yo inocentemente. Pero, en apenas unos pocos minutos, la insoportable criatura volvió a la carga. He estado a punto de claudicar, de rendirme ante sus razones o sinrazones para ver si consigo un poco de sosiego. Sin embargo, sé que si renuncio a los caracteres que dan cuerpo a mis ideas, será como quedarme desnuda y perdida en medio de un glaciar. Aunque él no se parece en nada a un insecto, estoy segura de que la alimaña que me atormenta es el clon de Pepe Grillo. Por eso me he comunicado a través del correo electrónico con Pinocho, en un desesperado intento por encontrar una solución a tan peliagudo asunto. No por gusto tiene este otro el corazón de madera: se limitó a decirme que si quiero librarme de la sabandija, tendré que ponerle por lo menos diez tranquimazines en el té. Menudo consejo. No obstante, les aseguro que estoy tan agobiada que ahora mismo es media noche, me encuentro en plena avenida de Mesa y López en ropa de dormir, buscando una farmacia de guardia.

viernes, 12 de julio de 2013

Llovizna



Huele a tierra mojada. Las gotas casi invisibles van labrando surcos sobre el polvo. Cae la llovizna y mi piel se humedece recordando tu abrazo. Las nubes están a punto de reventar, pero el viento las empuja y ellas, resignadas, se marchan a descargar su furia sobre otros horizontes. El sol se bebe el agua sobre el pavimento. Los aguaceros esperan adormilados en otras latitudes. Las caricias se despiertan y aguardan pacientes  el próximo encuentro.

jueves, 11 de julio de 2013

Beberse las palabras



Sentados bajo el sol del desierto escriben versos sobre una vieja tabla de madera. Ella, la primera estrofa que habla del  pájaro que llena de música sus sueños. Él, la siguiente sobre aquel día que ella le regaló la caracola que guardaba como un tesoro. Al llegar a su tienda, él se sienta en el suelo y acaricia el poema escrito con carboncillo. Bajo sus dedos se revela la aspereza de la madera y la delicadeza en el gesto de ella. Luego, lava cuidadosamente la tabla y el agua pintada de negro se queda atrapada en una vasija. Allí están todas las frases que sus bocas no dijeron. Cierra los ojos y vuelve a percibir el olor de los cabellos negros y ondulados de ella, la destreza de sus dedos finos dibujando los versos. Le sonríe y el sol se bebe unas pequeñísimas gotas de sudor incrustadas en su frente. Tiene sed, así que alza el recipiente a la altura de los labios y comienza a beberse aquel líquido oscuro y dulzón. El sabor de las palabras se mezcla con el aroma de la piel de ella, y cada verso se queda grabado en su cuerpo y en su mente.

lunes, 8 de julio de 2013

Medusa



Intentó acariciarla, pero se dio cuenta de que era intangible. No tenía pies, ni manos, ni rostro, ni voz. Suspendida en el aire, intentaba imitar los movimientos de una medusa y, a ratos, parecía una aurora boreal desteñida. Jugueteó con el espacio durante unos minutos y, al final, cansada, se pegó al techo y comenzó a gotear sobre sus sábanas. Él se mordió el dedo pulgar para asegurarse de que no era un sueño. El dolor agudo le confirmó que la extraña criatura formaba parte de su realidad. Entonces, aquel ser transparente salió de su letargo y comenzó a bailar enloquecido. Miles de gotas, disparadas como dardos, empaparon la cómoda, el espejo, la madera de la cama, el armario y  la alfombra. Para su asombro, cuando terminó aquella danza demencial, la medusa se había transformado en un rostro de labios carnosos que le sonreían con malicia. Su cuerpo gelatinoso había aumentado de tamaño, se movía en contracciones rítmicas e iba cambiando del  rosa al violeta y luego al azul. Él, fascinado, extendió sus brazos para alcanzarla. Ella se fue acercando y le rodeó el  cuello con sus largos y finos tentáculos, mientras iba destilando sobre la boca de su amante un líquido dulce y mortal.

jueves, 4 de julio de 2013

Delirio



Quiero huir del peligro pero corro hacia él
con las alas abiertas y el corazón desbocado.
Me aferro al recuerdo como un náufrago
a su playa salvadora.

Mi cuerpo se hunde y el mar despiadado
embiste con arrebato lujurioso
y me arranca los últimos rayos del crepúsculo.

Quiero correr pero me he quedado sin piernas,
necesito volar pero la sinrazón me ha mutilado las alas,
me urge gritar pero la tempestad se ha tragado mi voz.

Intento escribir lo que se desborda en mis sentidos,
pero se han ido las palabras
y el silencio me ha declarado la guerra.

Procuro la quietud, una suave brisa que me eleve
y ponga mis pies en las nubes.
Con un poco de suerte
amanecerá la cordura entre mis sábanas.

                            

Declaración de amor



Se acerca peligrosamente la gripe porcina y necesito confesarte algo, por si las moscas. Me atrevería a asegurar que ahora mismo, después de ver las noticias, han comenzado a manifestárseme  dos de los síntomas de esa grave enfermedad. Quizás es sugestión, o simplemente  los confundo con los que casi siempre aparecen cuando el tal Cupido te ha flechado: sudoración y dolor de pecho.
La verdad no sé cómo empezar mi confesión. Soy extremadamente tímida, odio la cursilería, se me da mal la poesía y me niego a mandarte una, escrita por otra u otro. Podrían acusarme de plagio y eso sería bochornoso.
Hablando de cerdos, por favor, no te lo tomes como algo personal; es que eso de que un virus, exclusivo de los animales, haya mutado y ahora mate a la gente es muy preocupante para mí, tanto como lo que ahora estoy sintiendo por ti. Bueno, realmente no pienso que mis sentimientos me vayan a matar, ya lo habrían hecho hace mucho tiempo, pero lo de la fiebre sí que me alarma. Soy alérgica a los antipiréticos.
Recuerdo que cuando mi tía Aurorita veía al chico que le gustaba pasar por delante de su casa, en una flamante motocicleta roja, esa noche a ella le daba fiebre. Mi abuela aseguraba que aquello no era un virus ni ningún otro mal de turno. “Calentura asociada al enamoramiento”, sentenciaba y su diagnóstico no era ni discutible, ni negociable.
Hablando de mi abuela, ella misma me aconsejó que te lo dijera, que no fuera tan mojigata, que te invitara al parque, que te mirara a los ojos sin ponerme colorada y que te dijera que me gustas y eso, bueno, ya sabes, que te quiero. Ya sé que es el siglo veintiuno y esa manera directa y sin tapujos de decir las cosas es normal hasta para mi abuela. Pero ya te dije que soy patológicamente tímida y sé que no me atreveré. Por eso, te envío esta carta. Con un poco de suerte el cartero se contagiará de la gripe, de esas comunes, y no pasará  hoy por tu casa. El pobre, espero que no sea alérgico a los antipiréticos. 

martes, 2 de julio de 2013

La luna y tu rostro



Hoy he visto tu rostro en la luna
mientras un suspiro se desgrana en la almohada.
No sé por qué me ocultas tu lado oscuro,
por qué juegas a los enigmas
cuando la noche amenaza con su brevedad
y otros pretextos absurdos.
Hoy converso con la luna y mi soledad,
tengo frío en los huesos
y el manto de la noche no es suficiente
para ocultar tu ausencia
y calentar mi lecho. 

lunes, 1 de julio de 2013

Sombras y Amaneceres



Cobíjate bajo tu sombra si te hace falta y bajo la de aquel árbol de tu infancia, si la que proyecta tu alma no es suficiente. Camina despacio y deja que la soledad te haga un guiño cómplice o una mueca, da igual, la arena mojada bajo tus pasos será el remedio para las penas. Deja al salitre hacer su trabajo. La sal en la herida escuece en la misma medida que cura. Observa atentamente a la gaviota que se deja llevar por las corrientes de aire, con las alas quietas y la mirada avizora. Luego se lanza en picado en busca de una quimera para emerger más tarde,  con premio o sin él, pero siempre regresa de lo profundo del abismo y vuelve a planear sobre el mismo océano que lame tus pies y tus dudas. Quédate bajo tu sombra solo el tiempo suficiente para darte cuenta de que la luz  te espera para amanecer de nuevo en las costas de siempre.