jueves, 26 de septiembre de 2013

Mariposa tropical


A mi amiga Ángeles



La mariposa observaba los colores de la aurora boreal y se preguntaba si podrían sobrevivir en el cielo caribeño. No se atrevía a interrumpirla porque aquélla ondulaba ensimismada como si fuera besando el cielo de pies a cabeza. Hacía frío y la mariposa agitaba las alas con entusiasmo  intentando mantener su cuerpo cálido. Quería marcharse, volver a sus costas de arenas blanquísimas, de palmeras y cocoteros, pero se había dejado embrujar por aquella danza multicolor que crecía deprisa, e iba borrando sin remordimientos el candil de cada estrella. Sin darse cuenta se fue quedando dormida y cuando despertó flotaba a la deriva abrazada a un arco iris que, cansado de luchar contra un cielo encapotado, chapoteaba en medio del océano intentando salvar a una pequeña mariposa desorientada.

martes, 24 de septiembre de 2013

Las reglas del juego




Dividida en muchas islas navego en busca de un horizonte escamoteado, roto, una finísima línea que flota aferrada a la última tabla. No busco exactamente la salvación. Solo intento aprender a esquivar la tempestad en medio del océano, para luego llegar a tus costas y quedarme allí, anclada y exhausta. Tampoco pretendo que enciendas un candil cada tarde en la orilla, que me abras dulcemente las puertas de tu refugio. Debo ser capaz de salvarme sin tus manos, de sobrevivir sin tus caricias, de convivir con mis sinsabores y mis breves alegrías, a solas. Deseándote pacientemente, escuchándote cuando falten tus palabras, moviendo cada pieza del alma con cautela, sin poner en peligro la sonrisa; disimulando esa lágrima inconveniente, la compulsión por el abrazo, la urgencia de tragarte entre mis sábanas. Dividida en amaneceres y días sombríos me dejo arrastrar por las corrientes. No hago resistencia porque así lo imponen las reglas del juego. Floto a la deriva mientras contemplo resignada mi propio cuerpo hundiéndose en el mismo horizonte donde me encontró tu mirada.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Una linda guajirita




Rosario  barría el portal de su casa y él pasó conduciendo su Ford de 1956.  Tarareaba una melodía de moda, así que no escuchó el ruido del motor, pero sí el sonido de los cristales rotos. El automóvil se había empotrado en la vidriera de un establecimiento de víveres. Había poca gente a esa hora en la calle principal del pueblo. Ella soltó la escoba y cruzó la calle corriendo, sin darse cuenta aún de que era el carro de Agustín, el hombre que la amaba sin ser correspondido. Se acercó con el pánico reflejado en aquellos ojos tan parecidos a los de María Félix. Él le sonrió con las manos todavía aferradas al volante. Tenía una pequeña herida en la frente. La sangre le había manchado la guayabera recién planchada. “Tengo que revisar los frenos, son un poco viejos”, le dijo con un ligero temblor en los labios. Pero esa no era la causa del accidente y ella lo sabía. Su hermano Sergio le contó que Agustín estaba enamorado de ella y que cada vez que la veía, se quedaba embobado mirándola, como si todo a su alrededor se borrara. Y fue eso lo que ocurrió aquella tarde de verano. Él solo vio su pelo negro  rizado, el rostro perfectamente  dibujado y su cuerpo de diosa caribeña moviéndose al  compás del bolero que salía de la vieja radio como una caricia.
Sergio también salió de la ferretería y corrió  a socorrer a su amigo. “Te lo dije, mi hermano, se maneja mirando al frente. Espero que cuando te saque de ahí no te hayas cagado en los pantalones, que hay damas delante”. Agustín solo la miraba a ella, con esa súplica permanente que casi siempre se instala en los ojos de los que sufren por amor. Rosario  lo recuerda ahora y sonríe. Han pasado más de cincuenta años. Su hermano vino a decirle un día que Agustín se  iba a casar con una mujer que se parecía físicamente  a ella. Que tal vez se iban a vivir a Miami. Se había resignado. Sabía que Rosario amaba a Felipe y que pronto se casarían. No podía entenderlo. Ella era hija de un concejal, dueño de una finca y varios negocios en el  pueblo, y él era  un pobre pescador del barrio humilde de Surgidero. Pero eso a Rosario  no le importaba. Lo vio por primera vez  un domingo en la playa y desde ese día supo que tendría que convencer a su padre para que no insistiera más en casarla con el viejo  rico que andaba rondándola como un perro de presa.
Otro domingo, dos meses después del encuentro en la Playita, la orquesta tocaba un danzón en la glorieta del parque. Las damas siempre de un lado y los caballeros del otro. Risitas, comentarios en voz baja y miradas furtivas. Las manos manejaban  con destreza los abanicos en un intento casi siempre fallido por mitigar el calor de una isla tropical en pleno mes de julio. Ellos sacaban  el pañuelo blanco del bolsillo de la guayabera para enjugarse el sudor de la frente. Las parejas se iban formando para bailar aquella pieza tal y como aseguraban todos que debía ser bailada: en un solo ladrillito. 
Felipe le dio un par de pisotones y ella se sonrojó. Él pidió disculpas y casi en un susurro le dijo que era la muchacha más linda del pueblo, que la quería y que un día, cuando fuera un pintor famoso, le compraría una casa grande con jardín y le haría un retrato. No iba a parar hasta que lo viera colgado en el Museo de Bellas Artes, en la capital. Ella sonrió y bajó la mirada. Con las mejillas como dos tomates maduros, le pidió que la invitara a bailar la siguiente  pieza. Más de cincuenta años, pero a Rosario le parece que fue ayer. No se acuerda de lo que hizo hace diez minutos, sin embargo recuerda hasta el más mínimo detalle de su vida junto a Felipe. Son esos momentos los que ella quiere salvar del inminente olvido. Así lo ha decidido. Los médicos dicen que es demencia senil, pero a ella a estas alturas le da igual. Felipe ya no está. Se marchó hace nueve años y ella ni siquiera pudo agarrarle la mano, ni  besarle la frente, porque estaba lejos del pueblo, visitando a los nietos. Se enjuga una lágrima caprichosa y  entona una vieja melodía, la de la guajirita que se enamoró de un pescador pobre que luego se hizo  marinero y fue de puerto en puerto y tuvo un gran amor. Sus manos hábiles para el tejido a croché se mueven con seguridad. Tiene que terminar el abriguito para la bisnieta antes de que llegue el invierno. Levanta la vista y contempla los cuadros que pintó Felipe después de cumplir los ochenta. Se reconoce en los ojos de una figura que parece una sirena tumbada en una playa tropical. Deja descansar la labor sobre el regazo y recuesta la cabeza en el espaldar de la vieja mecedora. Cierra los ojos y vuelve a escuchar el danzón que tocaba la orquesta  aquella tarde estival en el parque del pueblo. Agustín la vio bailando con Felipe y bajó la mirada apesadumbrado. Desde  ese día  el  Ford de 1956 dejó de pasar por su casa. Él se fue a Miami, casado con una mujer a la que no amaba, y ella fue feliz viajando con Felipe de puerto en puerto.  Él la amó hasta el último latido de un  corazón que se negaba a rendirse.  Agustín siguió amándola en la distancia.“Es mi vivir un lindo marinerito, la cosita más bonita”, una tonada guajira se convierte en un bolero dedicado a un hombre de mar en los labios de Rosario.  La letra también ha sufrido los estragos de la memoria, pero a ella le gusta más de esa manera. Su hija mayor le grita desde la cocina que se equivoca de canción, que es una linda guajirita, la cosita más bonita. Pero ella sonríe con picardía y sigue cantando su particular versión de “El amor de mi bohío”, con la mirada perdida en los cuadros de Felipe, en el mar donde acaba de sumergirse una sirena en busca de su marinero.   

martes, 3 de septiembre de 2013

El pescador




En su mirada distraída reconozco el sosiego, lo simple del amanecer en otras costas, el recuerdo de aquel día cuando me empeciné en irme a pescar con mi padre en aquella barca que no paraba de ondular mientras yo echaba el estómago por la boca. Tuvimos que regresar al puerto y mi viejo se quedó ese día sin sus biajaibas. Era domingo, como hoy, y yo supe entonces que el mar se me daba bien desde la orilla, como a él que, ahora, sentado en el  muro, piensa quizás en ella, en las últimas caricias y sostiene con firmeza la caña. Un par de sargos yacen a su lado. Me recuerdan a las biajacas que me enseñó a pescar mi abuelo con el jamo, en las zanjas de San Vicente. Mi abuela sabía cómo prepararlas para que su carne de pez de agua dulce no supiera a tierra. También íbamos los domingos a pescar el abuelo y yo. Siempre con su cámara Lubitel lista para dejar constancia de cada minuto juntos.
El brillo del cielo me impide ver el rostro del pescador, pero intuyo sus arrugas, la mirada fija en la superficie del agua, los labios resecos, la frente sudorosa, el salitre pegado al rostro. Alzo instintivamente la mano y lo saludo. Levemente sonríe, inclina la cabeza y otra vez sus manos se tensan, se aferran con fuerza a la caña. Ha picado otra biajaca, una grande. El abuelo me grita que le alcance el cubo. Coletea desesperada encima de los otros hasta que se rinde. Me observa resignada con sus ojos de cristal desorbitados. Fascinada acaricio su piel blanda y fría. El abuelo me pide que la agarre, sin miedo que no muerde. Lo observo mientras enfoca con su vieja  Lubitel. Aprieta el disparador.  El pescador se acerca y me muestra una fotografía en blanco y negro donde una hermosa mujer de cabellos oscuros y ensortijados sonríe con timidez. Sus pies desnudos se hunden en la arena de una playa que reconozco. Quiero saber quién es ella pero la pregunta ni siquiera se asoma a mis labios. Él se ha marchado sin despedirse y así sin palabras se aleja, con el sombrero hundido hasta las cejas, la caña sobre el hombro y el cubo repleto de biajacas. Mi abuela nos espera con la mesa servida. El almuerzo de los domingos es un momento sagrado. Recojo la cámara y corro detrás del abuelo. Hace calor y el aguacero tropical espera agazapado detrás de los nubarrones. La brisa del mar me devuelve la quietud, lo simple de un recuerdo que sobrevive anclado en otras costas.