martes, 3 de septiembre de 2013

El pescador




En su mirada distraída reconozco el sosiego, lo simple del amanecer en otras costas, el recuerdo de aquel día cuando me empeciné en irme a pescar con mi padre en aquella barca que no paraba de ondular mientras yo echaba el estómago por la boca. Tuvimos que regresar al puerto y mi viejo se quedó ese día sin sus biajaibas. Era domingo, como hoy, y yo supe entonces que el mar se me daba bien desde la orilla, como a él que, ahora, sentado en el  muro, piensa quizás en ella, en las últimas caricias y sostiene con firmeza la caña. Un par de sargos yacen a su lado. Me recuerdan a las biajacas que me enseñó a pescar mi abuelo con el jamo, en las zanjas de San Vicente. Mi abuela sabía cómo prepararlas para que su carne de pez de agua dulce no supiera a tierra. También íbamos los domingos a pescar el abuelo y yo. Siempre con su cámara Lubitel lista para dejar constancia de cada minuto juntos.
El brillo del cielo me impide ver el rostro del pescador, pero intuyo sus arrugas, la mirada fija en la superficie del agua, los labios resecos, la frente sudorosa, el salitre pegado al rostro. Alzo instintivamente la mano y lo saludo. Levemente sonríe, inclina la cabeza y otra vez sus manos se tensan, se aferran con fuerza a la caña. Ha picado otra biajaca, una grande. El abuelo me grita que le alcance el cubo. Coletea desesperada encima de los otros hasta que se rinde. Me observa resignada con sus ojos de cristal desorbitados. Fascinada acaricio su piel blanda y fría. El abuelo me pide que la agarre, sin miedo que no muerde. Lo observo mientras enfoca con su vieja  Lubitel. Aprieta el disparador.  El pescador se acerca y me muestra una fotografía en blanco y negro donde una hermosa mujer de cabellos oscuros y ensortijados sonríe con timidez. Sus pies desnudos se hunden en la arena de una playa que reconozco. Quiero saber quién es ella pero la pregunta ni siquiera se asoma a mis labios. Él se ha marchado sin despedirse y así sin palabras se aleja, con el sombrero hundido hasta las cejas, la caña sobre el hombro y el cubo repleto de biajacas. Mi abuela nos espera con la mesa servida. El almuerzo de los domingos es un momento sagrado. Recojo la cámara y corro detrás del abuelo. Hace calor y el aguacero tropical espera agazapado detrás de los nubarrones. La brisa del mar me devuelve la quietud, lo simple de un recuerdo que sobrevive anclado en otras costas.

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