miércoles, 30 de octubre de 2013

Génesis del llanto



El llanto de Iluminada era una cuestión genética. Su árbol genealógico era una lista interminable de antepasados llorones. No solo las mujeres tenían la capacidad de llorar a mares, los hombres también debían enjugarse las lágrimas con disimulo en cualquier acontecimiento familiar de cierta relevancia. De esta manera empapaban pañuelos en bautizos, bodas, funerales, comuniones, graduaciones, conciertos  y hasta en los almuerzos  de los domingos.
Su tatarabuela, una anciana venerable de ciento cinco años, le había contado en su lecho de muerte que en cierta ocasión, víspera de Navidad, su padre se atragantó con un hueso de pollo y, para sorpresa de los presentes en el banquete, las lágrimas como  chorros potentes  brotaron de los ojos del buen señor, rodaron por la comisura de los labios y empujaron tráquea abajo aquel estorbo que le impedía respirar.

Iluminada estuvo más de una semana llorando el fallecimiento de la tata Inés. Sobre todo, porque la señora tenía un amplio repertorio de historias lacrimógenas que ella jamás volvería a escuchar. “¿Quién me hará llorar como tú?”, se preguntaba entre sollozos en el velatorio que se celebró una tarde lluviosa en el salón de la casa señorial. La familia entera, reunida en torno al ataúd, lloraba sin interrupción. Los amigos y curiosos presenciaban aquel inusual espectáculo mientras el agua les  llegaba a los tobillos.

Decía la tata Inés que agua llama agua, así que esa misma tarde y sin previo aviso, un huracán fuerza cinco entró por la costa sur, punto donde se alzaba el barrio de Iluminada. Los vecinos abandonaron despavoridos el velorio y fueron a refugiarse en sus casas. Los vientos de más de trescientos kilómetros por hora arrancaron de cuajo todo lo que encontraron a su paso. La lluvia arrastró enseres y animales a lo largo de la calle principal del pueblo. Y, en medio del caos, un ataúd de caoba flotaba a la deriva. A su lado y fuertemente agarrada iba Iluminada, invocando el espíritu de su tatarabuela para que la rescatara de las garras de aquel desastre natural, y enjugándose como podía un par de lagrimones que bajaban por sus mejillas completamente ajenos al diluvio.

domingo, 27 de octubre de 2013

Heridas



Bendito domingo con la nostalgia y su artilugio sadomasoquista dejando surcos sobre la piel de los recuerdos. Ella lo sabe mejor que nadie. Por mucho que lo intente no puede escapar de la mueca trágica de las heridas. Y a pesar de todo sonríe y busca en el desván el traje de princesa que le cosió la abuela hace más de treinta años. Aún conserva el aroma de aquella anciana de cabellos blanquísimos y amables. Cierra los ojos y se deja llevar por la melodía del Vals sobre las Olas y el sabor agrio del primer beso. Luego el príncipe pensó que era más lucrativo convertirse en pirata y una noche de tormenta fue tragado por el abismo del horizonte, el mismo que ahora se extiende ante sus pies y la invita a probar la fidelidad de sus alas.

domingo, 20 de octubre de 2013

Abulia




No tengo ganas de escribir pero garabateo una frase sin sentido. No me gusta volar pero me cuelgo desesperada de un trozo de nube. No me apetece llorar pero la lluvia ha formado un charco sobre las sábanas. No es mi intención gritar pero has llegado tan lejos y con tal ímpetu que ni tiempo he tenido de taparme la boca. El solterón de los altos volverá a quejarse de insomnio en la próxima reunión de vecinos.

viernes, 18 de octubre de 2013

La Tarde




La tarde se parece a ti, a mí, a la inocencia.
Es un refugio para la quietud,
y el mar se acurruca en las aletas
de dos delfines que bailan
ante el crepúsculo y las gaviotas.

La tarde es un susurro
de besos como retoños,
de raíces como laberintos,
de conchas como destinos.

No sé por qué faltas
en esta tarde de encuentros,
por qué te despides
en medio de la fiesta
de peces y caricias.

No entiendo la distancia
en una tarde de delfines
que acuden al reclamo
de mi lengua y mis sentidos.

La tarde, amor,
es apenas una estela
que se queda olvidada
a la orilla de un beso.

jueves, 10 de octubre de 2013

Lo que las moscas te pueden contar


A Piti, por facilitarme la idea.


Las moscas en su caótico vuelo matinal sobre una cabeza que se protege del frío como puede, incluso con una peluca grotesca que perteneció a algún antepasado con espíritu carnavalesco, les susurran historias fabulosas a la única oreja que posee: como aquella en la que la mierda de perro tiene una discusión violenta con el zapato del hombre lisiado por no mirar donde pisaba.

sábado, 5 de octubre de 2013

Habana






Añoro mi ciudad de fortalezas ancestrales,
de aliento de salitre, de atardeceres eternos,
de techos agónicos, de barcos que se marchan.

Juglar soñoliento que le canta a la espera,
y deja caer sus párpados centenarios,
pero no encuentra reposo a pesar de la noche.

Amasijo de luces que danzan eufóricas sobre las olas,
de vitrales que se tuercen bajo el sol del mediodía,
de tambores, sudor, mulatas como ninfas
y trovadores que desgranan melodías.

Mi ciudad marinera acostumbrada al desaliento,
a la furia de los huracanes, al canto de las sirenas,
al lamento de los que se alejan y no vuelven.

Regresaré a recorrer las calles de mi ciudad,
llegaré un día de primavera y aguaceros,
las consignas habrán desaparecido,
tragadas por la tormenta
y las paredes estarán pintadas de pájaros y flores.

El desánimo agazapado y cobarde,
será un mal recuerdo descolorido.
Solo la esperanza y la libertad
refrescarán mis pies como una ola interminable.

Me sentaré frente al mar, en el muro de siempre
abriré todas las ventanas y agitaré mi pañuelo
como homenaje póstumo a la nostalgia.

jueves, 3 de octubre de 2013

Lluvia otoñal




Parece un sueño, pero no, realmente llueve en el sur y tal vez en otros puntos cardinales, los habituales, y allí donde caiga un buen aguacero, todo lo demás sobra: el polvo, los malos augurios y los peores pronósticos.

martes, 1 de octubre de 2013

Timo




El hombre marca Hugo Boss besó apasionadamente a la chica Gucci. Después de la ceremonia se fueron de luna de miel al Caribe en un yate de lujo. Cuando el océano se tragó el sol, el agua les llegaba a los tobillos. Ninguno de los dos se percató de que el barco era Made in China.