lunes, 23 de diciembre de 2013

Kertasníkir




Desde las heladas montañas islandesas llega el último troll navideño. La aurora boreal tiñe el cielo de un mar ondulante de colores. El brillo de una estrella marca el rumbo de los sueños. Kertasníkir, el hombrecillo que trae las velas, va llevando la luz a los corazones de la buena gente. Sopla el viento que viene desde el lucero del norte. Una brisa tenue llega al sur, a otra isla, de barrancos, roques, dunas y playas donde el azul sube y abraza el cielo, y donde la luz es una regalo cotidiano. Kertasníkir apaga sus velas y se duerme exhausto en mi ventana. Ha olvidado esta vez dejar el regalo en el zapato. Pero, adivino lo que esconde en su saco: una piedrita élfica, oculta en la montaña de la isla donde, en cierta ocasión, un travieso volcán escupió tanta ceniza  al cielo que los aviones no pudieron volar.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Tormentas

A todos los que se marcharon a cualquier punto cardinal.


El viento dejó de ser un susurro y arremetió contra las calles, las aceras, los techos y los árboles centenarios del parque donde él solía ir con el abuelo cada domingo.  Unos hablaban de tormenta, otros decían que era el peor huracán que azotaría la isla en cientos de años. Le preocupaban los gorriones, las mariposas, las lagartijas, los grillos, los cocuyos, los perros callejeros y  los gatos que se refugiaban cada noche en el falso techo de la casa del abuelo. “Solo las ratas y las cucarachas se ahogan porque son bichos malos, Felipito”, le aseguraba el anciano y luego acariciaba el rostro compungido del niño. Pero  él  soñaba con un gran refugio, una especie de arca de Noé construida con maderas tropicales,  donde cada animalito pudiera encontrar cobijo y cariño. Todavía sueña  con el abuelo marinero, la casita de madera y tejas, las historias de la guerra, los chicos del barrio, el trompo y los patines de cuatro ruedas, los ciclones que castigaban cada año el pueblito costero, las botas plásticas y el chapoteo en el agua colorada que inundaba las calles. Pero los barcos de papel se hundieron entre trozos de hielo que flotan ahora en un mar desteñido y ajeno. El abuelo no ha venido hoy a acariciarle el rostro como lo hacía cuando él soñaba con su arca mágica mientras los truenos reventaban los tímpanos del cielo. Felipe intenta esbozar una sonrisa mientras observa las montañas nevadas y el cielo encapotado a través del ventanal.  Muy lejos de allí, bajo un cielo cálido, el viento vuelve a vapulear los recuerdos y arremete sin piedad contra las calles, las aceras y las casas de madera de su pueblo marinero.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Trece caballeros para la Navidad





Hoy  Diego recibirá su primer regalo de Navidad. Tal vez esté pensando que no llegará, o que con catorce años ya no se debe creer en esas cosas, pero seguro que pondrá el zapato en la ventana. Durante la noche un raro personaje llegado desde Islandia le dará una sorpresa.

Si a alguien pudiera parecerle demasiado un Papá Noel, grande y regordete, más tres Reyes Magos, le cuento que en la tierra del fuego y el hielo, una isla que toca el círculo polar ártico, donde en las noches más claras y frías la aurora boreal extiende su manto mágico y multicolor, hay trece Trolls o Santas navideños. Por supuesto, tienen un padre, una madre y además un gato negro y feo que asusta a niños y padres. Trece curiosas  criaturas que bajan desde las  heladas montañas doce días antes de la Noche Buena, para hacer travesuras y dejar a los niños regalos en sus zapatos.

“Mamma, ¿crees que me he portado bien? No quiero que los “Jólasveinar”, me dejen una papa en el zapato”, me dijo Diego muy preocupado . “Claro que te has portado bien, hijo. Seguramente Stekkjarstaur (el Patas de Palo), el primero de los trolls, traerá algo para ti”, le respondí la primera Navidad que pasamos en Gran Canaria. La verdad es que no estaba muy segura pues pensaba en los miles de kilómetros que tendría que recorrer este personaje desde su casa en la montaña hasta esta isla.

Pero el Patas de Palo fue muy astuto. Sabía que Diego, el cubano-islandés lo esperaba con mucha ilusión. Por eso, le pedí  a una gaviota que trajera entre sus alas un regalo para un niño que había adornado su ventana con luces navideñas y había dejado, como cada año, su zapato. Y así,  noche tras noche fueron llegando por turno: Giljagaur, el que roba la leche en el establo; Stúfur, el que raspa los restos de la comida en las sartenes; Thörusleikir y Pottaskefill , a quienes les encanta llevarse las cazuelas de la cocina para saborear los restos de los alimentos y Askasleikir, el que lame los platos de los perros y los gatos.

El séptimo, Hurdaskellir, no es tan glotón como sus hermanos, a él le parece lo más divertido del mundo tirar las puertas para asustar a la gente. Skyrgámur es el que más disfruta comiéndose el requesón; Bjúgnakraekir es el que devora las salchichas; Gluggagaegir  asoma su fea nariz por la ventana y podría llevarle los juguetes a los niños; Gáttathefur corre detrás de olor de las tartas navideñas; Ketkrókur anda en puntillas en la cocina, listo para sacar de sus ganchos la carne de cordero y nuestro último personaje, Kertasníkir, es el que enciende las velas en Navidad.

Cuentan las sagas islandesas que los Santas eran malos espíritus que venían a los pueblos a robar y a asustar a los niños. Sin embargo, hoy en día las cosas han cambiado y estas extrañas y divertidas criaturas se visten también con trajes rojos y vienen a repartir regalos. Pero, es mejor estar alertas porque suelen ser muy bromistas y podrían llevarse de nuestra cocina un pastel recién horneado  o un apetitoso trozo de carne.


Aquel año, Diego me  leyó emocionado y en perfecto islandés  la carta que le había mandado su troll navideño. Sabía que no lo olvidaría y cuando dejó el zapato en la ventana estaba seguro de que vendría. Le contó a sus compañeros de segundo de primaria que había recibido el primer regalo y ellos, incrédulos, le contestaron que todavía no habían llegado ni Papá Noel, ni los tres Reyes Magos. Ese día como volverá a hacerlo esta noche, el pícaro Patas de Palo  soltará una gran carcajada en su morada en la blanca montaña del Esja, mientras el Santa número dos se prepara para el largo viaje.

martes, 10 de diciembre de 2013

Ángeles y Demonios

Para mi amiga Ángeles, un relato cargadito como el buen café cubano.


Clara estuvo sacando cuentas a pesar de que nunca le gustaron las matemáticas. Pero justo antes de hacer la maleta, se sentó en el borde de la cama y comenzó a hacer números en la calculadora del móvil. Tenía curiosidad por contar los Ángeles que la acompañaban, sobre todo después de que le diagnosticaran aquella rara enfermedad. Por suerte, eran de lo más variopinto y sus almas y sus alas estaban fabricadas con material de primera calidad. Tenía una amiga que le gustaba llamarlos duendes, elfos o trolls, pues era medio nórdica y un poco lunática. Clara prefería pensar que eran güijes o chichiricús, sirenas, lloronas, madres de aguas o brujas caribeñas, porque sus raíces nunca se despegaron de la tierra que la vio nacer. Aquellos espíritus bonachones se juntaban en la realidad y en los sueños y en cualquier latitud. Su escudo protector era de acero inoxidable y sus pilares antisísmicos. No daban tregua al desánimo, al infortunio y a las ganas de claudicar. Sobre todo, se dedicaban a mantener a raya a los Demonios: esas criaturas abominables y tercas que en su porfía no se daban cuenta de que cada día Clara se volvía más sabia, optimista y empecinada. Según me contó, últimamente se propusieron convertirla en villana. Comenzaron a mandarle ropajes negros, látigos y colmillos por correo certificado. El cartero llamó insistentemente a su puerta y Clara, tan astuta, imitó los gruñidos de un perro rabioso, él corrió despavorido y dejó de molestarla durante varias semanas. Pobres bichos (los Demonios), me confesó con la voz apagada aquella noche, unos minutos antes de volverse etérea. Mientras ella sabía exactamente a dónde iba, ellos hacía tiempo que habían perdido el norte y los demás puntos cardinales, y no acababan de entender que la bondad jamás sería una quimera. En el fondo, a Clara le daban pena esas criaturas agoreras pues sabía bien que estaban condenadas a desaparecer como los dinosaurios, y lo peor es que nadie encontraría sus huesos o su ADN, ni aparecerían en los libros de historia, ni en las grandes enciclopedias.