martes, 10 de diciembre de 2013

Ángeles y Demonios

Para mi amiga Ángeles, un relato cargadito como el buen café cubano.


Clara estuvo sacando cuentas a pesar de que nunca le gustaron las matemáticas. Pero justo antes de hacer la maleta, se sentó en el borde de la cama y comenzó a hacer números en la calculadora del móvil. Tenía curiosidad por contar los Ángeles que la acompañaban, sobre todo después de que le diagnosticaran aquella rara enfermedad. Por suerte, eran de lo más variopinto y sus almas y sus alas estaban fabricadas con material de primera calidad. Tenía una amiga que le gustaba llamarlos duendes, elfos o trolls, pues era medio nórdica y un poco lunática. Clara prefería pensar que eran güijes o chichiricús, sirenas, lloronas, madres de aguas o brujas caribeñas, porque sus raíces nunca se despegaron de la tierra que la vio nacer. Aquellos espíritus bonachones se juntaban en la realidad y en los sueños y en cualquier latitud. Su escudo protector era de acero inoxidable y sus pilares antisísmicos. No daban tregua al desánimo, al infortunio y a las ganas de claudicar. Sobre todo, se dedicaban a mantener a raya a los Demonios: esas criaturas abominables y tercas que en su porfía no se daban cuenta de que cada día Clara se volvía más sabia, optimista y empecinada. Según me contó, últimamente se propusieron convertirla en villana. Comenzaron a mandarle ropajes negros, látigos y colmillos por correo certificado. El cartero llamó insistentemente a su puerta y Clara, tan astuta, imitó los gruñidos de un perro rabioso, él corrió despavorido y dejó de molestarla durante varias semanas. Pobres bichos (los Demonios), me confesó con la voz apagada aquella noche, unos minutos antes de volverse etérea. Mientras ella sabía exactamente a dónde iba, ellos hacía tiempo que habían perdido el norte y los demás puntos cardinales, y no acababan de entender que la bondad jamás sería una quimera. En el fondo, a Clara le daban pena esas criaturas agoreras pues sabía bien que estaban condenadas a desaparecer como los dinosaurios, y lo peor es que nadie encontraría sus huesos o su ADN, ni aparecerían en los libros de historia, ni en las grandes enciclopedias.

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