viernes, 12 de diciembre de 2014

Trece Santas navideños


Hoy Diego, si se porta bien, recibirá su primer regalo de Navidad. Como ahora tiene quince años tal vez piense que no llegará, pero de todas maneras pondrá el zapato en la ventana y durante la noche un raro personaje llegado desde Islandia le dejará una carta y un pequeño presente.

Si a alguien pudiera parecerle demasiado un Papá Noel, grande y regordete, más tres Reyes Magos, le invito a viajar a la tierra del fuego y el hielo. Una isla que abraza el círculo polar ártico, y donde en las noches más claras y frías, la aurora boreal extiende su manto mágico y multicolor.

Trece son los Santas islandeses, que por supuesto tienen un padre, una madre y además un gato negro y feo que asusta a niños y padres. Trece curiosas  criaturas que bajan desde las heladas montañas doce días antes de la Noche Buena, para hacer travesuras y dejar a los niños regalos en sus zapatos.

“Mamma, ¿crees que me he portado bien? No quiero que los “Jólasveinar”(Santas) me dejen una papa en el zapato”, solía preguntarme Diego cuando tenía siete años y nos mudamos a Gran Canaria. “Claro que te has portado bien, hijo. Seguramente Stekkjarstaur (el Patas de Palo), el primero de los Santas, traerá algo para ti”, le respondía yo, tal vez con un poco de incredulidad, pensando en los miles de kilómetros que tendría que recorrer este travieso troll, desde su casa en la montaña hasta una isla  cerca de África, donde ahora vivíamos.

Pero el Patas de Palo fue muy astuto. Sabía que Diego, mi pequeño vikingo, le esperaba con mucha ilusión. Por eso, le pidió a una gaviota que trajera entre sus alas un regalo para un niño que había adornado su ventana con luces navideñas y había dejado, como cada año, su zapato.

Y así, noche tras noche fueron llegando por turno: Giljagaur, el que roba la leche en el establo; Stúfur, el que raspa los restos de la comida en las sartenes; Thörusleikir y Pottaskefill , a quienes les encanta llevarse las cazuelas de la cocina para saborear los restos de los alimentos y Askasleikir,  el que lame los platos que le han dejado a los perros y  los gatos.

El séptimo, Hurdaskellir, no es tan glotón como sus hermanos, a él le parece lo más divertido del mundo tirar las puertas para asustar a la gente. Skyrgámur es el que más disfruta comiéndose el requesón; Bjúgnakraekir es el que devora las salchichas; Gluggagaegir,  asoma su fea nariz por la ventana y podría llevarle los juguetes a los niños; Gáttathefur, corre detrás de olor de las tartas navideñas; Ketkrókur, anda en puntillas en la cocina, listo para sacar de sus ganchos la carne de cordero y nuestro último personaje, Kertasníkir , es el que enciende las velas en Navidad.

Cuentan las sagas islandesas que los Santas eran malos espíritus que venían a los pueblos a robar y a asustar a los niños. Pero hoy en día, las cosas han cambiado y estas extrañas y divertidas criaturas se visten también con trajes rojos y vienen a repartir regalos. Pero, es mejor estar alertas, pues suelen ser muy bromistas y podrían llevarse de nuestra cocina un recién horneado pastel o un apetitoso trozo de carne.

Recuerdo que esa primera Navidad en Las Palmas de Gran Canaria, Diego me  leyó emocionado y en perfecto islandés la carta que le había mandado su troll navideño. Sabía que no lo olvidaría y cuando dejó el zapato en la ventana estaba seguro de que vendría. Tal vez mañana le cuente a sus compañeros del instituto que ha recibido el primer regalo y ellos, incrédulos, le contestarán que todavía no ha llegado Papá Noel. Pero, seguramente el pícaro Patas de Palo  soltará una gran carcajada  en su morada en la blanca montaña, mientras el Santa número dos se prepara para el largo viaje.

sábado, 18 de octubre de 2014

Relatos en Minifalda

<iframe src="//player.vimeo.com/video/109189693?portrait=0&amp;color=ffffff" width="560" height="308" frameborder="0" webkitallowfullscreen mozallowfullscreen allowfullscreen></iframe> <p><a href="http://vimeo.com/109189693">Relatos en Minifalda</a> from <a href="http://vimeo.com/alargalavida">Alargalavida</a> on <a href="https://vimeo.com">Vimeo</a>.</p>

viernes, 29 de agosto de 2014

Ola y espuma


La ola libera la espuma de un cautiverio milenario. Va mascullando su rabia desde que se alza mar adentro hasta que arremete contra la arena en cualquier orilla. La espuma sale como un escupitajo de las fauces de la ola o como una lengua voraz que lame con avidez las costas. Ola y espuma fundidas en un solo cuerpo que se empina arropado por la brisa y el salitre. Juntas desafían las mareas e intentan arrastrar los cangrejos y los moluscos que se aferran a las rocas. La ola ruge, la espuma acaricia. La ola se retira a las profundidades para alimentar de algas su lujuria; la espuma se extingue abrazada a la brevedad de su destino.  

jueves, 10 de julio de 2014

Calima y aguacero


Calima que anula el mar y la voluntad. El polvo le reseca la garganta mientras en sus recuerdos busca un aguacero que le refresque los sentidos. El sol es perfectamente redondo encima de las lomas. Hay otro sol, distante, que intenta apagarse sobre las olas caribeñas. Allí flota ella, entre algas y toninas. Aquí  no encuentra ningún punto cardinal con tanto polvo en suspensión. Calima y aguacero. Orillas que se miran y no se reconocen. Los ojos cansados otean el horizonte y entre las dunas creen ver un rayo que cercena la penumbra. Está segura de que la lluvia está a punto de empapar el cuerpo de una mujer tropical que agoniza en el umbral del desierto.

miércoles, 2 de julio de 2014

Estío


Tanto calor aplasta las palabras, las fríe hasta convertirlas en chicharritas carbonizadas. El teclado me mira con desdén, bosteza y cierra los ojos. Sueño con aquella charca bajo el faro, a la sombra de la lava milenaria. Allí las piedras son un remanso de frialdad y el mar del otro lado del acantilado salta y me salpica la punta de la nariz. El salitre me lame la boca. Desaparezco bajo el agua fría y desde el fondo te veo sonreír y veo también a mi perra saltando sobre los charcos. Se sacude y unas pequeñísimas gotas me refrescan la cara. Te hundes el sombrero hasta las cejas y miras al horizonte. Hay un par de cangrejos aferrados a las rocas. Dos gaviotas se precipitan sobre la espuma. El pescador se seca el sudor y espera paciente. Implora la agonía del sol. Los peces se alejan buscando la sombra de los abismos. La marea sube y deja estas palabras enredadas como algas en mis tobillos.

martes, 1 de julio de 2014

El secreto



Muy cerca de la estrella polar, las hadas y los elfos me susurraron un secreto y yo, incrédula, tan solo sonreí mientras los colores de la aurora boreal iban construyendo un camino hacia el sur. Ahora sé que todo lo que me contaron era cierto. Y estoy aquí, exactamente donde ellos me dijeron que me traería el destino. Ya no me preocupan los puntos cardinales. No necesito ningún instrumento para encontrarme. Sé que hacia el norte están tus huellas y en el sur me esperan tus caricias. El este guarda  con celo los colores de la mañana, y en el oeste los últimos minutos de la tarde me seducen antes de que se asome la luna. La primera estrella me hace un guiño cómplice y yo acepto la bondad de esa luz que me cura los sentidos.

lunes, 16 de junio de 2014

Bolita de mar


Todos me llaman bolita de nube pero yo no caí del cielo. Soy una criatura marina y nací el día en que la luna se cansó de estar colgada del firmamento y cayó exhausta en el océano. De todas las chispas luminosas que volaron por los aires, víctimas de tan estrepitosa caída, solo sobreviví yo, o al menos eso creo. A pesar de mis gritos de auxilio nadie vino a socorrerme.
No sé por qué insisten en que yo vine del cielo. Nací en el mar y lo sé porque los delfines me sonríen y vienen a jugar conmigo, las ballenas me cantan y me arrullan entre sus rugosas aletas, y las medusas me temen porque les molesta la luz.
Puedo bajar a las profundidades y conversar con las especies. Entiendo todas las lenguas de ese mundo silencioso y ondulante. No soy sabia, qué va, soy bolita de nube, para los que insisten en que me caí del cielo; sin embargo para los que realmente me conocen, soy bolita de mar. Mi superficie es tan salada que estoy pensando lamerme toda hasta que no quede ni un solo granito de sal. Pero esto debo pensármelo bien porque si me quito el salitre de encima, entonces nadie creerá que nací en el mar el día que la luna cayó rendida sobre las corrientes marinas.


viernes, 13 de junio de 2014

Sabor a mango


La única vez que Aurelio me besó su saliva me supo a mango madurito. Me pareció raro porque a él no le gustaban las frutas y mucho menos el mango. Decía que le sabía a purgante y que las hilachas se le metían entre  los dientes y tardaba semanas en librarse de ellas. Si algún olor le molestaba decía: “Eso huele a mango. Qué asco”. La mueca le torcía la boca y le cambiaba por completo la expresión casi siempre apacible de su rostro.
Era un chico raro. Se pasaba horas dibujando marcianos y naves espaciales, y decía que una noche había visto una sobre el techo de su casa. No tenía muchos amigos y a pesar de que las chicas suspiraban por él, era el único de su clase que no tenía novia. Eso sí, era el mejor bateador del equipo de béisbol del colegio. El uniforme le quedaba pintado. Una tarde de domingo, hace ya más de treinta años, durante un juego en el estadio del pueblo, Aurelio soltó el bate en el momento más tenso: cero carreras, con todas las bases llenas, y fue a refugiarse detrás de unos arbustos. Era el encuentro más importante de la temporada. Si el equipo del instituto perdía, no podría clasificarse para la final. Sus compañeros se quedaron boquiabiertos y comenzaron a llamarlo a gritos. Al cabo de unos minutos, apareció vociferando y escupiendo palabrotas con la cara enrojecida y los pantalones bajos. Las hormigas bravas no habían perdonado al intruso y le habían puesto un carnaval en el culo. Desde ese día le encasquetaron el alias “cagaterrenos”. 
No era apuesto pero era alto; tenía el pelo rubio y rizado y los labios carnosos y rojos. Pasé varios años de mi niñez imaginando cómo sería besarlo y sentía un cosquilleo que me bajaba por el tubo digestivo hasta el estómago, como un ejército de hormigas tirándose por un tobogán. Aquella tarde de domingo, mientras la orquesta Los Zafiros acariciaba los sentidos de los enamorados en la verbena, con el mismo bolero de las fiestas anteriores, en un rincón oscuro del parque yo solo escuchaba las palabras de amor que me susurraba Aurelio. Se fue acercando hasta que su rostro estuvo a unos pocos centímetros del mío. Creo que por un momento mi corazón se paralizó. Me cogió suavemente por  la cintura, me apretó contra su cuerpo y yo cerré los ojos. Me sentí poseída, como si flotara en una piscina de agua tibia y salobre. Yo tenía entonces catorce años y él dieciséis. De repente, a la altura de la bragueta de su pantalón algo duro como una piedra amenazaba con romper la tela y atravesarme como una espada furiosa. Desperté violentamente de mi letargo y volví a escuchar las palabras de la tía Merche cuando le decía a mi madre que ella se quedaba embarazada hasta cuando el marido la besaba. Aterrorizada, lo empujé y salí corriendo.
Me sentía avergonzada y no me atreví a contárselo a Milagros, mi mejor amiga. En el colegio aprovechaba la hora del recreo para quedarme en el aula leyendo una novelita romántica que la tía Merche me había prestado. “No se lo digas a tu madre, ya sabes lo mojigata que es y además ella piensa que todavía eres una cría. No dice mucho, pero si lees entre líneas aprendes un montón”, me dijo mientras escondía aquel ejemplar de “Amor Salvaje” debajo de mi almohada. No quería salir al patio. Imaginaba que todos sabrían lo que me había pasado y que se burlarían con sonoras carcajadas. El primo de Aurelio sería el primero. Era un espantapájaros: andaba siempre despeinado, con la ropa sucia y los dientes manchados de amarillo; se limpiaba los mocos con la manga de la camisa y tenía la cara cagada de moscas. Se pasaba todo el dichoso día detrás de mí, con esa sonrisita estúpida, intentando tocarme. Un día tuve que pedirle a Marcos, alias Popeye, que lo amenazara y le dijera que era mi novio para que me dejara en paz. Marcos: demasiados músculos para su edad. Decía la abuela que tanta fuerza muscular atrofiaba el crecimiento del miembro viril. El día que se lo dijo a mi madre, refiriéndose a un vecino que trabajaba como estibador en los muelles y practicaba boxeo, pensó que yo no la entendería. Pero lo cierto es que ya yo había estado husmeando en un libro de anatomía humana de los alumnos del bachillerato y tenía el dibujo del aparato reproductor masculino grabado en mi cerebro.
Precisamente fue Marcos el primer enamorado oficial que tuve cuando entré en el instituto. Aquel primero de septiembre, mientras el director echaba un discurso aburrido e interminable, sonándose de cuando en cuando la nariz, sentí una mirada husmeando debajo de mi falda. Giré la cabeza y allí estaba él, contemplándome embobecido. No me pareció feo, pero las mangas de su camisa blanca estaban a punto de estrangular a sus brazos. Esa imagen me atemorizó un poco, así que volví a mirar al frente, fingiendo que estaba muy interesada en las palabras de aquel hombrecillo enjuto con cara de totí que decía ser el director.
A Marcos sí le encantaba comer mangos. Le gustaban verdes y con sal. No sé cómo se las arreglaba para colarse en la finca de don Virgilio. El viejo tenía un carácter endemoniado y siempre estaba dispuesto a apretar el gatillo de su  escopeta de caza. Dice mi abuela que una noche de tormenta le disparó a su propio caballo pensando que era un ladrón. El caso es que Marcos sabía a la hora en que don Virgilio hacía la siesta; se metía en la finca arrastrándose como un majá por debajo de la cerca de púas y engatusaba al perro con un trozo de carne. Llevaba un saco colgado a la cintura y con la rapidez de un mono tití se encaramaba a la mata de mango y la dejaba casi en cueros. “Cómete un manguito verde, chiquita”, me decía mientras metía la mano en el saco mirándome descaradamente a los labios. “Un día te vas a empachar, Marcos”, le respondía yo con cara de asco. “Entonces me pasas la mano por la barriga, chiquita y seguro me curo en un santiamén”, me decía acercándose peligrosamente. A mí se me subía la sangre a las mejillas y entonces lo empujaba, sin resultados, pues aquellos músculos precoces cubrían su esqueleto como una armadura de acero.
A Milagros sí le gustaba Marcos pero él no se había dado cuenta de su existencia. Un día que se le acercó durante el recreo ella se puso a temblar como una hojita de laurel expuesta a la ventolera. Con un hilo de voz le ofreció un caramelo de fresa y le sonrió.”¿Tú eres nueva en el colegio, flaca? Yo no como esas porquerías porque se me pican las muelas.” Milagros echó a correr con la cara descompuesta por la rabia y la vergüenza y no volvió a salir al patio en un mes.
Después de incidente en el parque aquella tarde de matiné Aurelio me esquivaba. Cuando se me pasó el bochorno traté de darle una explicación, pero se escondía durante el recreo y a la salida agarraba su bicicleta Orbea, regalo de su padre que trabajaba en un buque mercante, y desaparecía en un abrir y cerrar de ojos. Más que con sus labios estaba obsesionada con el sabor de su saliva. Era una especie de deleite y misterio. Cada vez que mi padre hacía batido de mango me daban ganas de llorar. Me lo tomaba con los ojos cerrados; las lágrimas iban cayendo dentro del vaso y entonces el sabor dulce se volvía amargo y otra vez la lengua de Aurelio intentaba colarse en mi boca virgen. “¿Qué tienes, chiqui?”, preguntaba mi padre con el rostro preocupado. “Nada, papá. El batido está muy frío y me saca las lágrimas; está muy bueno, como siempre”.
Aquella tarde en el colegio vi venir a Milagros corriendo por el pasillo mientras agitaba los brazos. Pobrecita, tan delgada y pequeña parecía una lagartija asustada. “Está allá atrás, en el patio, sentado en el banco debajo del algarrobo, pero no vayas porque no está...”, y antes de que terminara la frase yo había salido disparada como una bala que busca desesperadamente su objetivo. Mientras corría sentía que la boca se me llenaba de saliva y un intenso sabor a mango acariciaba con lascivia mis papilas gustativas. Me detuve en medio del patio, sin aliento y con un hilo de baba bajando por la comisura de mis labios. Instintivamente, me incliné para escupir. Creía que el corazón se mi iba a salir por la boca. Al incorporarme lo vi, debajo del algarrobo como me había dicho Milagros. Pero no estaba solo; lo acompañaba una rubita de cabellos encrespados que, sentada frente a él, me daba la espalda. No llevaba uniforme. Han pasado más de treinta años, sin embargo lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Ella lucía un vestido azul marino con lunares blancos y el pelo suelto le caía insolente sobre la espalda. Estaban tan acaramelados que no se percataron de mi presencia. Mis ojos adolescentes no podían dar crédito a lo que veían: la rubita intrusa estaba comiéndose un mango enorme y madurito. Lo saboreaba con fruición mientras el líquido resbalaba indiferente por sus manos e iba cayendo sobre el vestido de lunares. Él la contemplaba alelado. Vi que una de sus manos, la misma que me había acariciado la nuca aquella tarde de matiné en el parque del pueblo, había desaparecido debajo de vestido. La rubita emitía unos sonidos raros, se movía como si el banco le estuviera quemando las nalgas y mordía la pulpa amarilla casi con violencia.  Él se acercó tanto que sus labios carnosos saltaron sobre la boca de ella como una fiera después de un prolongado ayuno. Mientras la besaba, aquel líquido dulzón que desprendía la fruta se iba  deslizando por la comisura de sus labios e iba formando un charco sobre los pantalones azules. Quise correr pero las piernas no me respondían. Sentía como si tuviera el cuerpo congelado y los pies clavados en el cemento del patio. Aquel penetrante olor a mango me provocó unas náuseas terribles y allí mismo comencé a vomitar, ante la mirada atónita de los tortolitos.
Pasé varias semanas soñando que Marcos me ofrecía una cesta repleta de mangos verdes con sal y yo me los comía todos. Después del atracón sentía un fuerte dolor de estómago y entonces veía la mano de Aurelio acariciando mi vientre. Comenzaba a gemir como la rubita aquella tarde en el patio del colegio, y después vomitaba un líquido amarillo con olor a podrido. Él se reía a carcajadas, tan alto como si tuviera una bocina en la garganta. “Maldito cagaterrenos, mentiroso, claro que te gusta, por eso tu saliva sabía a mango. Ella te enseñó a comer la fruta, degenerado”, le gritaba yo mientras él continuaba burlándose. Han pasado más de treinta años y mi madre ya no está para contarlo. Ella decía que aquello era un empacho y que por eso tenía tanta fiebre y dolor de barriga. Hasta mi abuela que sabía mucho sobre el mal de estómago, vino con su aceite de carnero a pasarme la mano por el vientre para ver si mejoraba. Ningún remedio dio resultado.

Al cabo de un mes dejé de soñar con los mangos verdes, comencé a comer como una hiena hambrienta, mi padre cortó de raíz el árbol heredado de los bisabuelos y se acabaron los batidos de las tardes calurosas. Aurelio se matriculó en el instituto del pueblo vecino y la rubita dice Milagros que la han visto en la capital, en una casa de citas muy concurrida, donde las muchachas reciben a sus clientes vestidas como Carmen Miranda, con unas cestas repletas de mangos maduritos sobre sus cabezas.

jueves, 5 de junio de 2014

Son de la loma




Lleva la música en los genes. Está segura de que tiene sangre africana aunque la gente le diga que parece europea. En esta isla son todos mestizos. “Aquí el que no tiene de congo tiene de carabalí”, solía asegurar su abuelita. La prueba está en el mulato con rasgos asiáticos que atiende las mesas en el bar de Arquelio. Aunque hace calor el local está repleto. Alguien mete una moneda en la vitrola y las primeras notas de un son le acarician los oídos. Los pies de Sandra se mueven solos. Sentada en la barra se refresca los labios con un mojito, recuerda con nostalgia las palabras de su amigo Emilio, un negrito más prieto que el culo de un caldero, y sonríe. “Oye, blanquita, pero si tú pareces francesa, muchacha. Y ni un buen culo tienes para mover al ritmo del son. Pero, écha pa´ cá, chica, que tú y yo podemos bailar en un solo ladrillito”.
A Emilio lo mataron de una puñalada en el barrio de Jesús María. Lo confundieron con un traficante de armas. Era periodista y hablaba tres idiomas. Sandra lo echa de menos, sobre todo cuando alguien mete una moneda en la vitrola y selecciona un son. Ignacio Piñeiro, Ñico Saquito, Compay Segundo, Miguel Matamoros, da igual. Todos son de pura raza y hacen que la música te suba por los pies y te ponga a gozar los sentidos. “Donde haya un buen son, Sandrita, que se quite del medio todo lo demás”, solía decir Emilio con aquel vozarrón que ponía a temblar las paredes.
“Mamá yo quiero saber de dónde son los cantantes…” Sandra no puede aguantar las ganas de moverse y salta a la pista de baile. Las luces de colores que giran frenéticas en el techo la seducen y empieza a marcar los pasos como lo haría una experimentada bailarina del cabaré Tropicana. Cierra los ojos y canta a viva voz la letra grabada en su memoria desde que, siendo una niña, bailaba con su abuelo Felipe en la matiné de los domingos,  en el parque del pueblo. “Que los encuentro galantes y los quiero conocer, con su trova fascinante que me la quiero aprender. Son de la loma y cantan en llano. Mamá ellos son de la loma, mamá ellos cantan en llano…”
Sus pies no pueden parar y su cuerpo empapado en sudor se mueve como el de una sirena que ondula al ritmo de las corrientes caribeñas. “Mueve esas caderas, chica, como si fueras una mulata culona. Deja de hacerte la francesa que tú eres cubana como la palma real”. La voz de Emilio le llega como una ráfaga de viento huracanado, a pesar de la música y la algarabía. Sandra abre los ojos y en una esquina del bar ve la sonrisa amplia y los dientes blanquísimos de su amigo. Demasiados mojitos, piensa, y sin dejar de moverse le hace un gesto al mulato con rasgos asiáticos para que se acerque.  En el centro del salón, otros bailadores siguen el ritmo de la música en una coreografía perfecta. Les da igual si los cantantes son de la loma o del llano. Ni siquiera han reparado en aquella mujer blanca, con apariencia europea, que mueve las caderas y no deja de girar y girar al compás del son.
El Chino, como llaman todos al camarero, deja la bandeja encima de la barra y se acerca a la mujer. El movimiento de caderas y la sonrisa de Sandra lo hipnotizan. Con la destreza de un bailarín la sujeta por la cintura y la pega a su cuerpo con firmeza. Al acercarse, los rostros  se reconocen, las bocas tararean la melodía, los sudores se mezclan, las piernas se acoplan, las caderas no paran de contonearse mientras un negrito más prieto que el culo de un caldero mete una moneda en la vitrola y selecciona otro son para los bailadores que, eufóricos, vitorean a los cantantes que son de la loma pero esta noche prefieren cantar en el llano. 

domingo, 1 de junio de 2014

Espíritus del bosque

A Sandra y Dani




Se encontraron el día señalado por el viejo castaño. El sol rozaba levemente los cabellos ondulados de ella. Él, abrazado a un árbol, le susurraba historias olvidadas al viento. Ella se acercó casi flotando y, riendo con picardía, le colocó una flor en la solapa. Él sintió el calor en sus mejillas, agarró la flor y la besó. Como soy experta en los espíritus del bosque, sé que ahora sus caminos se han unido en una sola línea que se diluye en el encanto del bosque de laurisilva. Despegan juntos los pies del suelo y, muy agarrados de la mano, van dejando huellas invisibles en las ramas de los robles, de las araucarias, de las encinas y los alcornoques. Él la abraza cada día al amanecer y entonces se despiertan los latidos de la tierra y el canto de los pájaros.

martes, 20 de mayo de 2014

Iris




Se escapó del refugio porque estaba desorientada, confundida, decepcionada. Subió por la pendiente con destreza. El terreno escarpado no era un problema para ella. Sus antepasados habían sido perros de rescate en la montaña y eso se lleva impreso en los genes. Los cuidadores comenzaron a llamarla por su nuevo nombre, pero ella continuó desafiando las piedras y los arbustos. Confiaba en la fortaleza de sus  músculos.
“Iris, ven aquí”, le gritaba una señora mayor que parecía muy angustiada. El sol del sur castigaba sin piedad su piel blanca. Iba de un lado a otro con una golosina en la mano. Pero Iris solo pensaba en huir, en recuperar la libertad que creía haber perdido el día en que la dejaron en el refugio. Más allá de la cima había un cielo azul que se hacía interminable ante los ojos de aquella perra grande de mirada dulce. Otras voces también la llamaban. Unas en holandés, otras en español. Los sentimientos no entienden de idiomas. La bondad es la misma en cualquier latitud. Pero Iris ya había sido abandonada una vez y había perdido la confianza en los humanos.
Algo la hizo mirar abajo. ¿La angustia en las voces? ¿Las miradas suplicantes? ¿El miedo a la soledad? No lo sé. Bajó lentamente, en actitud sumisa, con la cola entre las patas, agotada, temblando. Probablemente sus ancestros le susurraron al oído que era gente de fiar. Había otros como ella en el refugio. Otros también desconfiados, decepcionados, tristes. Otros que como Iris necesitaban tiempo y caricias para volver a creer en la bondad del ser humano.


Dedicado con cariño y agradecimiento a Renée, Cor y Riny, Michéle (Holanda), Stella y Juani (Gran Canaria Pets) y a todas las personas que voluntariamente ayudan a los perros acogidos en el refugio de Motor Grande, Puerto Rico (Isla de Gran Canaria)

lunes, 5 de mayo de 2014

El encierro



Lloraba por dentro porque desde que cumplió la mayoría de edad decidió cerrar sus párpados al mundo. “¿Cómo puede una mujer hermosa contar tantas desgracias en una sola edición del telediario?", se preguntaba mientras iba clausurando una a una las ventanas y las puertas de su casa. Se sumió en la más profunda oscuridad, se le inundó el alma de un líquido amargo y los sentimientos flotaban a la deriva en un mar infestado de criaturas deformes. Caminaba encorvado, con el peso de cada desdicha sobre su espalda y el agua escurriéndose por los poros. A pesar de los comentarios de la gente sobre algún tipo de desorden mental y otras conjeturas, se mantuvo firme en su decisión. En unos pocos meses perdió la capacidad de razonar. Dejó de comer, quemó todos los libros y periódicos  y ni siquiera se enteró del apagón analógico. Las últimas ideas coherentes habían muerto ahogadas y la masa encefálica se le fue ablandando y pudriendo sin remedio. La piel, cada vez más delgada y blanquecina, se le desprendió de los huesos ante la mirada atónita de aquellos que no podían entender semejante desatino. Nadie pudo hacer nada por el muchacho que al llegar a la mayoría de edad clausuró sus párpados y las ventanas y prefirió que sus lágrimas le maceraran el alma y los pensamientos antes que seguir soportando a aquella mujer de facciones perfectas, ojos azules y trajes caros mirándole a los ojos y contándole con voz angelical las calamidades que iban engullendo sin piedad las entrañas del mundo.

lunes, 14 de abril de 2014

Metáforas




Mirando el mar desde la ventana de la residencia, Juan Manuel se acordó de Teresa y lo contó en unos pocos versos. Ahora tiene más de ochenta años, pero las metáforas sobreviven al tiempo y al destino. Tienen una especie de eternidad en su esencia. Recuerda que eran muy jóvenes y ella ya estaba comprometida, sin embargo lo miraba con disimulo en el patio del colegio. Él garabateaba estrofas en su mente y repetía el nombre de la muchacha, hasta que el cansancio le pesaba en los párpados y caía rendido sobre el libro de matemáticas. En sueños volvía a escuchar su risa; veía con asombrosa nitidez las cintas en su pelo, las miradas furtivas y la falda de color azul. Ella se acercaba flotando, envuelta en una neblina de encanto sublime. Él tenía una flor en la mano, pero la timidez le impedía dársela. La mirada intensa de ella se le colaba hasta el tuétano y entonces despertaba sudoroso, turbado, con el aroma a flores silvestres pegado a su piel. Aquella tarde, ella  agitaba la mano detrás del cristal de la ventanilla del autobús. Le sonreía, sin embargo su mirada tenía algo de pajarito asustado. “Está comprometida, pero tú eres el que le gusta, poeta”, le decía su mejor amigo. Juan Manuel lo sabía y también supo ese día que no volvería a verla.  
Las metáforas suelen ser cómplices de la memoria y se quedan agazapadas en sitios insospechados. Teresa es como los dedos de la brisa. Caricia tenue y escurridiza. Mano que se agita como la ropa recién tendida al sol. Teresa y la lluvia que nubla el cristal de la ventana. Muchacha de grandes ojos del color de una tarde plomiza. Teresa viene y se sienta como un pajarito tímido al borde de la cama. Le sonríe al poeta moribundo y le acaricia brevemente la mano arrugada y temblorosa. El viento se atreve a interrumpir la complicidad de los enamorados y le levanta la falda azul recién planchada. Teresa ríe y sus ojos se vuelven pequeños, dejan de ser plomizos y se convierten en un cielo diáfano de primavera. Juan Manuel, sentado en un banco del patio del colegio, sigue garabateando versos en una libreta pequeña y muy gastada. Ella se aleja lentamente de la mano de otro hombre y vuelve el rostro por última vez, mientras él juguetea con las palabras que completan el último verso. 

martes, 4 de febrero de 2014

La casta y el bueno



Le dicen Teresita la Casta pero todos saben que se acostó con el  jefe. Alta y flaca como una caña brava, con el pelo muy estirado y recogido en un moño alto, la blusa abrochada hasta el cuello, la falda por debajo de las rodillas y las gafas culo de botella va de un sitio a otro de la empresa como un atleta olímpico. Las fotocopias, las facturas, el fax para el concesionario de la Ford, recoger las camisas de don Vicente en la tintorería, preparar las invitaciones para la cena de Navidad, pedir la cita para el perro de don Vicente, ir a Hugo Boss para cambiar la corbata porque al jefe no le acaba de convencer el color azul.
Teresita en sus marcas, listo y fuera, la llaman otros. Con sus patas de galgo se echa a la pista para que todo quede resuelto y don Vicente no tenga quejas de su trabajo. La recompensa es ese hombre que la espera fumando un cigarrillo tras el otro detrás de un escritorio de maderas preciosas que costó un capital. El premio en forma de sonrisa con diente de oro incluido. Sin olvidar la palmadita que le suele dar en el hombro y alguna nalgadita inofensiva si están a solas en la oficina.
Don Vicente tan desordenado, tan despistado. Hasta los clínex llenos de mocos los deja encima de la mesa. Pero Teresita pasa por alto esos detalles porque está ahí para eso, para que él no tenga que preocuparse por nada. El pobre, tiene tanta carga de trabajo que los pocos pelos que le quedan se le han teñido de blanco. Casi todas las noches una cena de negocios y claro, el hombre es de buen comer, y el vientre se le hincha como un globo. Lo peor es que no le gusta hacer deportes, dice que no tiene tiempo. Y venga Teresita a insistir en que tiene que cuidarse, que el colesterol es un enemigo silencioso, que si la dieta sana, que recuerde la analítica del mes próximo y la cita con el cardiólogo.
El bueno de don Vicente, asediado por las mujeres. Lo persiguen como las garrapatas al perro. No le dan descanso ni los días festivos. Aquella tarde Teresita regresó al despacho porque había olvidado una carpeta que se llevaba a casa para adelantar el trabajo y allí estaban, debajo del escritorio. Eran unas bragas rojas de Victoria Secret. El calor le subió al rostro y a punto estuvo de hacer una locura pero logró controlarse. Respiró hondo y se clavó varias uñas en la palmas de las manos. Estaba segura de que eran de la rubia con cara de muñeca menopáusica, la comercial de la Toyota. Tan alta, tan estirada, tan adicta al Botox, con ese ridículo lunar de puta barata en la mejilla. Teresita hizo de tripas corazón, buscó unos guantes y recogió las bragas con el gesto torcido. Tenía ganas de vomitar. Los ojos se le humedecieron, pero el dolor que le provocaban las uñas entrando en la carne de las manos le devolvieron el orgullo.
“Pobre don Vicente, no es su culpa. Es tan bueno e inocente que se deja embaucar por esa furcia que solo le interesa su dinero, su posición y que la enchufe en las altas esferas. La cogería y le retorcería ese pescuezo largo y estirado gracias a la cirugía plástica, costeada seguramente por él”. Y no sabe por qué pero a Teresita le vino a la cabeza la imagen de su padre corriendo detrás de las gallinas. Las agarraba por el cogote, las miraba con rabia y luego apretaba con fuerza, hasta que su madre le gritaba que parara, que las niñas estaban mirando. Tenía mal carácter su padre. Gracias a Dios allí estaban los animales para que él pudiera desahogarse. Los domingos, después de estrangular a la gallina que iba a cocinar su madre, se marchaba al bar. Volvía a las doce en punto pidiendo a gritos su arroz con pollo. Ella y sus hermanas se encargaban de preparar la mesa y la madre venía con la fuente humeante y la colocaba delante de las narices de su marido. El trozo más grande era para él porque para eso traía el dinero a casa. Ellas tenían que conformarse con lo que sobraba. Luego había que hacer la siesta sin chistar. Teresita metía la cabeza debajo de la almohada para no escuchar los golpes, los quejidos de su madre y el llanto de sus hermanas pequeñas. “Menéate, vaca muerta”, vociferaba aquel energúmeno.
“Don Vicente es distinto. Es un hombre de ciudad, educado, gentil, delicado, limpio, afectuoso”, Teresita suspiraba mientras evocaba el que fuera el día más feliz de su vida. Después de la conferencia en el salón del hotel Riviera lo acompañó a su habitación. La camisa se le había manchado de tinta y ella conocía un truco muy efectivo para que la mancha desapareciera. Recuerda que salió del baño sonriente, mostrándole con orgullo el resultado de su trabajo. Él había bebido más de dos copas. La miró a los ojos y ella se estremeció. Avanzó tambaleándose y le dijo al oído que era guapa, que si se quitaba las gafas y se compraba un traje a la moda y unos tacones, luciría muy bien. Teresita, ruborizada y temblorosa, le dio las gracias y quiso cambiar de conversación, pero él la agarró con firmeza por el talle, le quitó las gafas y la besó. Pensó que perdería el sentido, que aquello era un sueño, que don Vicente había perdido el juicio. Luego dejó de pensar y permitió que aquel hombre corpulento la desvistiera y se encargara de poner fin a su virginidad.
“Yo no soy una cualquiera. Lo mío con don Vicente es distinto. Él me respeta y me quiere, de eso estoy segura”, dice entre dientes mientras se encamina al baño. Él no se esperaba que la secretaria fuera virgen. ¡Por Dios, con casi cincuenta años! Por eso, cuando vio su mueca de dolor, escuchó el quejido y vio la sangre sobre la sábana impoluta, puso cara de arrepentimiento y maldijo la borrachera. Ella le aseguró que no pasaba nada, que era el destino, que había guardado ese tesoro esperando por un hombre como él, un caballero. Don Vicente se levantó de un salto y le dijo que necesitaba ir al baño. Cerró la puerta de un tirón, se arrodilló sudoroso y jadeante y echó todo el almuerzo en el inodoro. Ella, preocupada, dio unos discretos golpes en la puerta y él le contestó que la comida le había sentado mal. Se lavó la cara, contempló el rostro cansado en el espejo y se reprochó lo que había hecho. Cuando salió ya ella se había vestido y lo esperaba sentada en el borde de la cama, mirando fijamente  las losas del suelo.
Salieron discretamente del hotel y él la llevó hasta la puerta de su casa. Antes de bajarse del auto, Teresita, ruborizada, le confesó que había sido maravilloso, tal y como lo había soñado. Él se limitó a pedir disculpas por su desatino, le dijo que era una buena mujer, que se merecía algo mejor, que había sido un error, y otra vez tuvo ganas de vomitar. Ella, con los ojos llenos de lágrimas, le contestó que él era el hombre de su vida, que lo amaba desde hacía mucho tiempo, que nadie la había tratado tan bien, que era un buen hombre y que estaría siempre dispuesta a cumplir sus deseos. Don Vicente sintió pena por aquella mujer, sus ojos miopes tenían dibujada una súplica y a él los remordimientos le hicieron un nudo en el estómago. Se limitó entonces a sonreírle y le estrechó la mano como quien se despide de una persona a la que acaba de conocer. “Acuérdese de la reunión mañana a las nueve en punto”, le dijo mientras ella, con cara de desconcierto, se disponía a salir del lujoso Mercedes.
Todas aquellas ideas pasaron por la cabeza de Teresita antes de echar las bragas de Victoria Secret en la papelera del baño. Le dolían las palmas de las manos y sentía una presión terrible en la sien. Después de “aquello”, don Vicente cambió. Ella pensó que era para disimular ante los otros compañeros de la empresa y, de esta manera, proteger su amor. Contrató a una chica joven con el pretexto de que Teresita tenía demasiado trabajo y necesitaba una ayudante. Jamás volvieron a quedarse a solas en la oficina. Ella le dijo que era un gasto innecesario, que era su trabajo y lo hacía con mucho gusto, que se quedaría por las noches a terminar los informes si era necesario. Él la miró con gesto serio y le pidió con fingida amabilidad que no cuestionara sus decisiones. Ella se quedó helada pero siguió pensando que era tan solo la estrategia que seguía don Vicente para que los demás no sospecharan nada. Cuando llegara el momento oportuno anunciaría su amor a los cuatro vientos y le regalaría un anillo con un diamante.
Ha pasado un año desde que “aquello” sucedió. “Seré muy paciente y tendré la recompensa”, pensó Teresita mientras salía del edificio de la aseguradora Vicente Roque de la Fuente, con la carpeta de los informes apretada contra el pecho. Estaba segura de que cada vez que la rubia salía de la oficina del jefe, él se metía en el baño a vomitar. Ella creía adivinar en sus ojos los deseos que tenía de librarse de aquella mujer. “Yo lo haré por ti, mi amor”, masculló Teresita mientras se encaminaba a la parada del autobús. “Calle Obispo número cuatro”, repetía con la cara pegada al cristal de la ventanilla. “Calle Obispo número cuatro zorra puta te voy a librar de esa bruja amor mío puta asquerosa él es mi hombre mi único hombre no me lo vas a quitar”, y la letanía iba dejando un vaho que se ramificaba como una planta trepadora sobre el cristal.
A las cinco de la mañana el timbre del teléfono lo hizo saltar en la cama. Don Vicente buscó a tientas el interruptor de la lámpara de la mesita de noche. La luz le hirió las pupilas y el corazón le latía en la cabeza. Con mano temblorosa levantó el auricular.
_ ¿Quién llama? _dijo tratando de aclararse la voz.
_Ya está hecho, cariño. Esa mujerzuela no volverá a molestarte.
_ ¿Cómo? Pero, ¿quién habla?
_ Cariño, ¿no me reconoces? Soy yo, tu amor, tu Teresita.
_ ¿Teresa? ¿Qué sucede? ¿Sabe la hora que es?
_Perdona, mi cariño, pero no pude esperar para darte la noticia. Se ha terminado, te he librado de ella para siempre.
_Pero, ¿de qué habla usted? No entiendo nada. ¿Ha bebido?
_Nos vemos mañana, mi amor. Dulces sueños. Te adoro.
El bueno de don Vicente no podía intuir la gravedad de los hechos. Desconcertado, dejó caer el auricular al lado del teléfono sin entender lo que había pasado. Medio dormido todavía, pensó que todo aquello era  fruto de una pesadilla. Entonces miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba despierto. Volvió a coger el auricular y marcó con el mismo temblor el número de la casa de su secretaria. Nadie respondió. Se levantó, se puso el albornoz y se encaminó a la cocina. Mientras preparaba el café se quedó pensando en las palabras de Teresa. Cariño, mi amor, se ha terminado, te he librado de ella para siempre. Pero qué coño le pasaba a aquella mujer.  Estaba seguro de que había bebido o se había puesto de pastillas hasta las cejas. Era un poco rara y desde que pasó “aquello”, se había vuelto más rara todavía. A pesar de su actitud, él pensaba que todo había quedado aclarado. Sin dudas fue un error y por eso se disculpó, le dijo que era una buena mujer y que debían continuar sus vidas como si nada hubiera pasado. Creyó que ella lo había entendido y que había  pasado página. Don Vicente estaba equivocado.
Cerca de las siete de la mañana la policía se presentó en su casa. Tenían a una mujer en la comisaría que decía ser su prometida. La habían encontrado con la ropa manchada de sangre y una carpeta con documentos de la empresa. Iba llorando y diciendo cosas incoherentes. “Debe usted venir con nosotros, don Vicente. Dice que solo en su presencia contará lo que ha sucedido”, le pidió amablemente el policía. Lo que pasó en la comisaría fue como una larga secuencia de una película surrealista. Tan inofensiva que parecía su secretaria y resulta que lo había implicado en un crimen atroz. Teresita la Casta le dijo al comisario que en cada encuentro íntimo, don Vicente le suplicaba que lo librara de la rubia menopáusica y ella lo hizo, por él, por amor. Porque el bueno de don Vicente era un santo, un caballero incapaz de matar una mosca. Por eso, ella se llenó de valor y se presentó en casa de esa puta, le rajó el cuello y le metió todas aquellas bragas endemoniadas por la boca. Allí se quedó tiesa y con los ojos desorbitados. “Ahora ya podemos ser felices, mi amor. Lo he hecho como tú querías. Soy tu Teresita, la más eficiente, la más fiel”, le gritó la secretaria a don Vicente antes de que se la llevaran enfundada en una camisa de fuerza. A él le esperaba un día largo de interrogatorios. 

viernes, 31 de enero de 2014

La espera



No había llegado y eso le daba la posibilidad de imaginar sus gestos, el pelo desordenado, su andar con la cabeza inclinada hacia el suelo por esa manía de buscar caracolas en la orilla. La deseaba y cada minuto miraba su reloj y oteaba el horizonte desde la ventana. Debía ser paciente. Sabía que podía sobrevivir un par de minutos más. Cerró los ojos y la brisa marina le salpicó de salitre los labios. Recordó su boca y un par de besos que se quedaron a la deriva. Tenía que encontrarlos para esquivar la derrota que cada día lo sorprendía en cualquier punto cardinal. Abrió los ojos y se dio cuenta de que la tarde estaba a punto de refugiarse en las sombras. El viento arrastró las nubes preñadas de tormentas y malos augurios. La impaciencia le ganó otra vez la partida. Hacía frío y la sal se escabulló de sus labios. También se esfumaron las caricias, los gestos, las palabras postergadas, el insomnio, las promesas y ese andar con la cabeza baja buscando las huellas que deja siempre la pleamar en cada orilla.

lunes, 27 de enero de 2014

Sandra en el arcoíris



Sandra se aferró al arcoíris. Tenía que agarrarse a cualquier cosa para no rendirse. Recuerda que la llovizna se mezcló con las lágrimas y bajó por su cuerpo como una cascada de alivio.  Le dolían las manos pero no podía soltarse. Sabía que abajo la esperaba el silencio y eso era lo menos que necesitaba en ese momento.  A pesar de las rachas de viento, cada color se mantuvo en su sitio, así que Sandra se acomodó sobre el violeta y se quedó ensimismada observando el vuelo de un cernícalo. Las nubes eran obstinadas y decidieron acoplarse a ese pedazo de cielo que, confundido,  no sabía si era otoño o primavera. Ella se sentía a salvo y dejó de pensar en la lluvia. El arcoíris la envolvió en un abrazo cromático y se quedó dormida. Soñó con aquel papalote que le hizo el abuelo y que volaba más alto que los pájaros, con un bolero  de los cincuenta que salía como una caricia de la garganta de su madre mientras le peinaba el cabello ensortijado y revuelto, con sus amigos de la primaria jugando a la rueda rueda de pan y canela, dame un besito y vete para la escuela, con aquel perro chino que ella envolvía en una manta porque no tenía ni un solo pelo en el cuerpo, con el día en que el rayo cayó en el patio de los abuelos y arrancó de cuajo la mata de aguacate, con los aguaceros que desordenaban las tejas de las casas del pueblo. Y entre sueños, los cabellos ensortijados y revueltos de Sandra serpentearon en los recuerdos, las manos doloridas se fueron soltando, el viento arrastró las nubes a otras latitudes, y el arcoíris, con los colores aferrados a su cuerpo, la mantuvo a salvo del silencio.

miércoles, 22 de enero de 2014

Piezas del alma



El viento intentó desordenar las piezas del alma, pero  tus manos pusieron las caricias en su sitio; el mar casi siempre indomable llegó manso y arrepentido hasta mis pies.   Recuerdo las olas abandonando la espuma en las piedras, el salitre en los labios, y otra vez tus manos poniendo en orden mi cuerpo en tu orilla.

martes, 21 de enero de 2014

La decisión de la escoba



La bruja Lolita se ha hecho mayor y la altura le produce vértigo, sobre todo en las noches de luna llena. La escoba, harta de lo que ella misma denomina alteraciones ocasionales del equilibrio debido a la ingesta de bebidas espiritosas, ha decidido no volver a acompañarla en esos vuelos en los que solo escucha comentarios agoreros, entre hipos y eructos con olor a ron barato. Más de una vez Lolita se ha quedado en tierra, dando tumbos en los barrios de la periferia y pidiendo a gritos un taxi que la lleve de vuelta al centro. Después de la jubilación de la hechicera, siguen compartiendo piso. Lolita ha dejado de beber y pasa las horas frente al ordenador haciendo un curso a distancia de magia negra, mientras la escoba se ocupa de las labores domésticas, se mete temprano bajo la manta, se levanta cuando canta el gallo, y ayuda al barrendero a deshacerse de los gatos negros y los filtros de amor que dejan tirados por todas partes las brujas aprendices. 

miércoles, 15 de enero de 2014

Interrogantes



Qué haría yo sin las islas que me habitan, sin el mar de invierno, sin la espuma que llega sumisa hasta tus pies, sin las costas de tus propios recuerdos, sin las gaviotas que planean sobre el sol agonizante, sin esos aviones que desvisten de quietud la tarde, sin las rocas centenarias donde se abraza el salitre, donde  el viento me susurra el eco de mis propios pasos.

domingo, 12 de enero de 2014

Pétalos sobre las olas



Avanza con paso cansino por el viejo muelle. Las piedras se incrustan en sus pies callosos. Las olas se acercan mansas y los lamen  igual que lo hace su perro cuando él llega a casa y se quita las pesadas botas que usa para la labranza. Ignacio nació en el campo, sin embargo prefiere ir a contarle sus penas al mar. Hace dos meses que ella dejó este mundo y se fue a ese sitio paradisíaco del que hablaba en su agonía. Él está seguro de que allí es feliz porque vive entre los espíritus del bosque y tiene alas de mariposa monarca, la misma que se posa cada amanecer en el alféizar. Observa con desdén los avíos de pesca. El perro duerme a su lado. No recuerda cuántos años tiene, muchos, como él. Un día también se irá y ese pensamiento le provoca  una punzada en la boca del estómago. Se pasa la lengua por los labios resecos y unas gotas minúsculas bajan por la garganta como agua bendita. La sal lo espabila. Se levanta y a lo lejos le parece vislumbrar pétalos rojos sobre las olas. O tal vez sean alas de mariposas que coquetean con las corrientes. Su vista cansada suele jugarle malas pasadas. Cierra los ojos y el perfume de ella le acaricia la barba de varios días. Cada mañana le pedía que le alcanzara el frasco de Flor de Naranjo y que le trajera rosas rojas. Antes de que las pusiera en agua, le decía que las deshojara y las esparciera sobre la sábana que la cubría. “Prométeme que irás siempre al viejo muelle a llevarme pétalos de rosas rojas, Ignacio”, le pedía casi en un susurro antes de que su voz se quedara acurrucada en los suspiros. Pero hoy tenía el alma rendida y no fue como cada tarde a la floristería. Agarró los avíos de pesca, llamó al perro y se encaminó al  muelle. La marea sube y le moja los pantalones raídos. El perro se despierta y lo observa con la mirada profunda y agradecida de siempre. Ignacio vuelve a otear el horizonte y allí los ve otra vez, flotando sobre la espuma, cientos de pétalos o alas de mariposa, a él le da igual. Se sumerge y el agua fría acaba de espabilarlo. Nada despacio hacia la mancha roja que sube y baja al compás de las olas. El perro ladra desesperado y parece que está a punto de lanzarse tras el amo. La pleamar se aferra al muelle y cubre los escaramujos filosos y obstinados. El ladrido del perro se convierte en un gemido lastimero. Ignacio vuelve el rostro por última vez y alza el brazo para saludar a su compañero. El mar comienza a teñirse de un rojo intenso que se funde con cientos de pétalos que se va tragando el horizonte.

jueves, 9 de enero de 2014

Barco de papel



La lluvia le indica siempre el camino de vuelta a la calle de su infancia. Y si llueve a cántaros, mejor. Las aguas suben hasta los tobillos, agarra su capa naranja, las botas plásticas y se va a chapotear por el barrio. Su madre no puede saberlo. Dice que se pone mala de la garganta, pero eso no le importa. Ella  solo quiere que las gotas le empapen el rostro, ver los árboles del parque reflejados en los charcos e imaginar que puede caminar sobre el cielo. Busca los periódicos viejos que guarda el abuelo debajo del colchón y fabrica un barco. Justo en la proa se fija que hablan del hambre y las guerras tribales en África. La noticia de la popa tampoco es  halagüeña: un incendio forestal engulle todo un bosque de castaños y pinos en un parque natural. Corre entonces a refugiarse en la bodega del velero. Allí se reconcilia con la quietud, rota de vez en cuando por la voz de su madre, el bullicio de los chiquillos jugando en la calle, y el sonido de un trueno que estremece la línea del horizonte.