viernes, 31 de enero de 2014

La espera



No había llegado y eso le daba la posibilidad de imaginar sus gestos, el pelo desordenado, su andar con la cabeza inclinada hacia el suelo por esa manía de buscar caracolas en la orilla. La deseaba y cada minuto miraba su reloj y oteaba el horizonte desde la ventana. Debía ser paciente. Sabía que podía sobrevivir un par de minutos más. Cerró los ojos y la brisa marina le salpicó de salitre los labios. Recordó su boca y un par de besos que se quedaron a la deriva. Tenía que encontrarlos para esquivar la derrota que cada día lo sorprendía en cualquier punto cardinal. Abrió los ojos y se dio cuenta de que la tarde estaba a punto de refugiarse en las sombras. El viento arrastró las nubes preñadas de tormentas y malos augurios. La impaciencia le ganó otra vez la partida. Hacía frío y la sal se escabulló de sus labios. También se esfumaron las caricias, los gestos, las palabras postergadas, el insomnio, las promesas y ese andar con la cabeza baja buscando las huellas que deja siempre la pleamar en cada orilla.

lunes, 27 de enero de 2014

Sandra en el arcoíris



Sandra se aferró al arcoíris. Tenía que agarrarse a cualquier cosa para no rendirse. Recuerda que la llovizna se mezcló con las lágrimas y bajó por su cuerpo como una cascada de alivio.  Le dolían las manos pero no podía soltarse. Sabía que abajo la esperaba el silencio y eso era lo menos que necesitaba en ese momento.  A pesar de las rachas de viento, cada color se mantuvo en su sitio, así que Sandra se acomodó sobre el violeta y se quedó ensimismada observando el vuelo de un cernícalo. Las nubes eran obstinadas y decidieron acoplarse a ese pedazo de cielo que, confundido,  no sabía si era otoño o primavera. Ella se sentía a salvo y dejó de pensar en la lluvia. El arcoíris la envolvió en un abrazo cromático y se quedó dormida. Soñó con aquel papalote que le hizo el abuelo y que volaba más alto que los pájaros, con un bolero  de los cincuenta que salía como una caricia de la garganta de su madre mientras le peinaba el cabello ensortijado y revuelto, con sus amigos de la primaria jugando a la rueda rueda de pan y canela, dame un besito y vete para la escuela, con aquel perro chino que ella envolvía en una manta porque no tenía ni un solo pelo en el cuerpo, con el día en que el rayo cayó en el patio de los abuelos y arrancó de cuajo la mata de aguacate, con los aguaceros que desordenaban las tejas de las casas del pueblo. Y entre sueños, los cabellos ensortijados y revueltos de Sandra serpentearon en los recuerdos, las manos doloridas se fueron soltando, el viento arrastró las nubes a otras latitudes, y el arcoíris, con los colores aferrados a su cuerpo, la mantuvo a salvo del silencio.

miércoles, 22 de enero de 2014

Piezas del alma



El viento intentó desordenar las piezas del alma, pero  tus manos pusieron las caricias en su sitio; el mar casi siempre indomable llegó manso y arrepentido hasta mis pies.   Recuerdo las olas abandonando la espuma en las piedras, el salitre en los labios, y otra vez tus manos poniendo en orden mi cuerpo en tu orilla.

martes, 21 de enero de 2014

La decisión de la escoba



La bruja Lolita se ha hecho mayor y la altura le produce vértigo, sobre todo en las noches de luna llena. La escoba, harta de lo que ella misma denomina alteraciones ocasionales del equilibrio debido a la ingesta de bebidas espiritosas, ha decidido no volver a acompañarla en esos vuelos en los que solo escucha comentarios agoreros, entre hipos y eructos con olor a ron barato. Más de una vez Lolita se ha quedado en tierra, dando tumbos en los barrios de la periferia y pidiendo a gritos un taxi que la lleve de vuelta al centro. Después de la jubilación de la hechicera, siguen compartiendo piso. Lolita ha dejado de beber y pasa las horas frente al ordenador haciendo un curso a distancia de magia negra, mientras la escoba se ocupa de las labores domésticas, se mete temprano bajo la manta, se levanta cuando canta el gallo, y ayuda al barrendero a deshacerse de los gatos negros y los filtros de amor que dejan tirados por todas partes las brujas aprendices. 

miércoles, 15 de enero de 2014

Interrogantes



Qué haría yo sin las islas que me habitan, sin el mar de invierno, sin la espuma que llega sumisa hasta tus pies, sin las costas de tus propios recuerdos, sin las gaviotas que planean sobre el sol agonizante, sin esos aviones que desvisten de quietud la tarde, sin las rocas centenarias donde se abraza el salitre, donde  el viento me susurra el eco de mis propios pasos.

domingo, 12 de enero de 2014

Pétalos sobre las olas



Avanza con paso cansino por el viejo muelle. Las piedras se incrustan en sus pies callosos. Las olas se acercan mansas y los lamen  igual que lo hace su perro cuando él llega a casa y se quita las pesadas botas que usa para la labranza. Ignacio nació en el campo, sin embargo prefiere ir a contarle sus penas al mar. Hace dos meses que ella dejó este mundo y se fue a ese sitio paradisíaco del que hablaba en su agonía. Él está seguro de que allí es feliz porque vive entre los espíritus del bosque y tiene alas de mariposa monarca, la misma que se posa cada amanecer en el alféizar. Observa con desdén los avíos de pesca. El perro duerme a su lado. No recuerda cuántos años tiene, muchos, como él. Un día también se irá y ese pensamiento le provoca  una punzada en la boca del estómago. Se pasa la lengua por los labios resecos y unas gotas minúsculas bajan por la garganta como agua bendita. La sal lo espabila. Se levanta y a lo lejos le parece vislumbrar pétalos rojos sobre las olas. O tal vez sean alas de mariposas que coquetean con las corrientes. Su vista cansada suele jugarle malas pasadas. Cierra los ojos y el perfume de ella le acaricia la barba de varios días. Cada mañana le pedía que le alcanzara el frasco de Flor de Naranjo y que le trajera rosas rojas. Antes de que las pusiera en agua, le decía que las deshojara y las esparciera sobre la sábana que la cubría. “Prométeme que irás siempre al viejo muelle a llevarme pétalos de rosas rojas, Ignacio”, le pedía casi en un susurro antes de que su voz se quedara acurrucada en los suspiros. Pero hoy tenía el alma rendida y no fue como cada tarde a la floristería. Agarró los avíos de pesca, llamó al perro y se encaminó al  muelle. La marea sube y le moja los pantalones raídos. El perro se despierta y lo observa con la mirada profunda y agradecida de siempre. Ignacio vuelve a otear el horizonte y allí los ve otra vez, flotando sobre la espuma, cientos de pétalos o alas de mariposa, a él le da igual. Se sumerge y el agua fría acaba de espabilarlo. Nada despacio hacia la mancha roja que sube y baja al compás de las olas. El perro ladra desesperado y parece que está a punto de lanzarse tras el amo. La pleamar se aferra al muelle y cubre los escaramujos filosos y obstinados. El ladrido del perro se convierte en un gemido lastimero. Ignacio vuelve el rostro por última vez y alza el brazo para saludar a su compañero. El mar comienza a teñirse de un rojo intenso que se funde con cientos de pétalos que se va tragando el horizonte.

jueves, 9 de enero de 2014

Barco de papel



La lluvia le indica siempre el camino de vuelta a la calle de su infancia. Y si llueve a cántaros, mejor. Las aguas suben hasta los tobillos, agarra su capa naranja, las botas plásticas y se va a chapotear por el barrio. Su madre no puede saberlo. Dice que se pone mala de la garganta, pero eso no le importa. Ella  solo quiere que las gotas le empapen el rostro, ver los árboles del parque reflejados en los charcos e imaginar que puede caminar sobre el cielo. Busca los periódicos viejos que guarda el abuelo debajo del colchón y fabrica un barco. Justo en la proa se fija que hablan del hambre y las guerras tribales en África. La noticia de la popa tampoco es  halagüeña: un incendio forestal engulle todo un bosque de castaños y pinos en un parque natural. Corre entonces a refugiarse en la bodega del velero. Allí se reconcilia con la quietud, rota de vez en cuando por la voz de su madre, el bullicio de los chiquillos jugando en la calle, y el sonido de un trueno que estremece la línea del horizonte.