viernes, 31 de enero de 2014

La espera



No había llegado y eso le daba la posibilidad de imaginar sus gestos, el pelo desordenado, su andar con la cabeza inclinada hacia el suelo por esa manía de buscar caracolas en la orilla. La deseaba y cada minuto miraba su reloj y oteaba el horizonte desde la ventana. Debía ser paciente. Sabía que podía sobrevivir un par de minutos más. Cerró los ojos y la brisa marina le salpicó de salitre los labios. Recordó su boca y un par de besos que se quedaron a la deriva. Tenía que encontrarlos para esquivar la derrota que cada día lo sorprendía en cualquier punto cardinal. Abrió los ojos y se dio cuenta de que la tarde estaba a punto de refugiarse en las sombras. El viento arrastró las nubes preñadas de tormentas y malos augurios. La impaciencia le ganó otra vez la partida. Hacía frío y la sal se escabulló de sus labios. También se esfumaron las caricias, los gestos, las palabras postergadas, el insomnio, las promesas y ese andar con la cabeza baja buscando las huellas que deja siempre la pleamar en cada orilla.

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