martes, 4 de febrero de 2014

La casta y el bueno



Le dicen Teresita la Casta pero todos saben que se acostó con el  jefe. Alta y flaca como una caña brava, con el pelo muy estirado y recogido en un moño alto, la blusa abrochada hasta el cuello, la falda por debajo de las rodillas y las gafas culo de botella va de un sitio a otro de la empresa como un atleta olímpico. Las fotocopias, las facturas, el fax para el concesionario de la Ford, recoger las camisas de don Vicente en la tintorería, preparar las invitaciones para la cena de Navidad, pedir la cita para el perro de don Vicente, ir a Hugo Boss para cambiar la corbata porque al jefe no le acaba de convencer el color azul.
Teresita en sus marcas, listo y fuera, la llaman otros. Con sus patas de galgo se echa a la pista para que todo quede resuelto y don Vicente no tenga quejas de su trabajo. La recompensa es ese hombre que la espera fumando un cigarrillo tras el otro detrás de un escritorio de maderas preciosas que costó un capital. El premio en forma de sonrisa con diente de oro incluido. Sin olvidar la palmadita que le suele dar en el hombro y alguna nalgadita inofensiva si están a solas en la oficina.
Don Vicente tan desordenado, tan despistado. Hasta los clínex llenos de mocos los deja encima de la mesa. Pero Teresita pasa por alto esos detalles porque está ahí para eso, para que él no tenga que preocuparse por nada. El pobre, tiene tanta carga de trabajo que los pocos pelos que le quedan se le han teñido de blanco. Casi todas las noches una cena de negocios y claro, el hombre es de buen comer, y el vientre se le hincha como un globo. Lo peor es que no le gusta hacer deportes, dice que no tiene tiempo. Y venga Teresita a insistir en que tiene que cuidarse, que el colesterol es un enemigo silencioso, que si la dieta sana, que recuerde la analítica del mes próximo y la cita con el cardiólogo.
El bueno de don Vicente, asediado por las mujeres. Lo persiguen como las garrapatas al perro. No le dan descanso ni los días festivos. Aquella tarde Teresita regresó al despacho porque había olvidado una carpeta que se llevaba a casa para adelantar el trabajo y allí estaban, debajo del escritorio. Eran unas bragas rojas de Victoria Secret. El calor le subió al rostro y a punto estuvo de hacer una locura pero logró controlarse. Respiró hondo y se clavó varias uñas en la palmas de las manos. Estaba segura de que eran de la rubia con cara de muñeca menopáusica, la comercial de la Toyota. Tan alta, tan estirada, tan adicta al Botox, con ese ridículo lunar de puta barata en la mejilla. Teresita hizo de tripas corazón, buscó unos guantes y recogió las bragas con el gesto torcido. Tenía ganas de vomitar. Los ojos se le humedecieron, pero el dolor que le provocaban las uñas entrando en la carne de las manos le devolvieron el orgullo.
“Pobre don Vicente, no es su culpa. Es tan bueno e inocente que se deja embaucar por esa furcia que solo le interesa su dinero, su posición y que la enchufe en las altas esferas. La cogería y le retorcería ese pescuezo largo y estirado gracias a la cirugía plástica, costeada seguramente por él”. Y no sabe por qué pero a Teresita le vino a la cabeza la imagen de su padre corriendo detrás de las gallinas. Las agarraba por el cogote, las miraba con rabia y luego apretaba con fuerza, hasta que su madre le gritaba que parara, que las niñas estaban mirando. Tenía mal carácter su padre. Gracias a Dios allí estaban los animales para que él pudiera desahogarse. Los domingos, después de estrangular a la gallina que iba a cocinar su madre, se marchaba al bar. Volvía a las doce en punto pidiendo a gritos su arroz con pollo. Ella y sus hermanas se encargaban de preparar la mesa y la madre venía con la fuente humeante y la colocaba delante de las narices de su marido. El trozo más grande era para él porque para eso traía el dinero a casa. Ellas tenían que conformarse con lo que sobraba. Luego había que hacer la siesta sin chistar. Teresita metía la cabeza debajo de la almohada para no escuchar los golpes, los quejidos de su madre y el llanto de sus hermanas pequeñas. “Menéate, vaca muerta”, vociferaba aquel energúmeno.
“Don Vicente es distinto. Es un hombre de ciudad, educado, gentil, delicado, limpio, afectuoso”, Teresita suspiraba mientras evocaba el que fuera el día más feliz de su vida. Después de la conferencia en el salón del hotel Riviera lo acompañó a su habitación. La camisa se le había manchado de tinta y ella conocía un truco muy efectivo para que la mancha desapareciera. Recuerda que salió del baño sonriente, mostrándole con orgullo el resultado de su trabajo. Él había bebido más de dos copas. La miró a los ojos y ella se estremeció. Avanzó tambaleándose y le dijo al oído que era guapa, que si se quitaba las gafas y se compraba un traje a la moda y unos tacones, luciría muy bien. Teresita, ruborizada y temblorosa, le dio las gracias y quiso cambiar de conversación, pero él la agarró con firmeza por el talle, le quitó las gafas y la besó. Pensó que perdería el sentido, que aquello era un sueño, que don Vicente había perdido el juicio. Luego dejó de pensar y permitió que aquel hombre corpulento la desvistiera y se encargara de poner fin a su virginidad.
“Yo no soy una cualquiera. Lo mío con don Vicente es distinto. Él me respeta y me quiere, de eso estoy segura”, dice entre dientes mientras se encamina al baño. Él no se esperaba que la secretaria fuera virgen. ¡Por Dios, con casi cincuenta años! Por eso, cuando vio su mueca de dolor, escuchó el quejido y vio la sangre sobre la sábana impoluta, puso cara de arrepentimiento y maldijo la borrachera. Ella le aseguró que no pasaba nada, que era el destino, que había guardado ese tesoro esperando por un hombre como él, un caballero. Don Vicente se levantó de un salto y le dijo que necesitaba ir al baño. Cerró la puerta de un tirón, se arrodilló sudoroso y jadeante y echó todo el almuerzo en el inodoro. Ella, preocupada, dio unos discretos golpes en la puerta y él le contestó que la comida le había sentado mal. Se lavó la cara, contempló el rostro cansado en el espejo y se reprochó lo que había hecho. Cuando salió ya ella se había vestido y lo esperaba sentada en el borde de la cama, mirando fijamente  las losas del suelo.
Salieron discretamente del hotel y él la llevó hasta la puerta de su casa. Antes de bajarse del auto, Teresita, ruborizada, le confesó que había sido maravilloso, tal y como lo había soñado. Él se limitó a pedir disculpas por su desatino, le dijo que era una buena mujer, que se merecía algo mejor, que había sido un error, y otra vez tuvo ganas de vomitar. Ella, con los ojos llenos de lágrimas, le contestó que él era el hombre de su vida, que lo amaba desde hacía mucho tiempo, que nadie la había tratado tan bien, que era un buen hombre y que estaría siempre dispuesta a cumplir sus deseos. Don Vicente sintió pena por aquella mujer, sus ojos miopes tenían dibujada una súplica y a él los remordimientos le hicieron un nudo en el estómago. Se limitó entonces a sonreírle y le estrechó la mano como quien se despide de una persona a la que acaba de conocer. “Acuérdese de la reunión mañana a las nueve en punto”, le dijo mientras ella, con cara de desconcierto, se disponía a salir del lujoso Mercedes.
Todas aquellas ideas pasaron por la cabeza de Teresita antes de echar las bragas de Victoria Secret en la papelera del baño. Le dolían las palmas de las manos y sentía una presión terrible en la sien. Después de “aquello”, don Vicente cambió. Ella pensó que era para disimular ante los otros compañeros de la empresa y, de esta manera, proteger su amor. Contrató a una chica joven con el pretexto de que Teresita tenía demasiado trabajo y necesitaba una ayudante. Jamás volvieron a quedarse a solas en la oficina. Ella le dijo que era un gasto innecesario, que era su trabajo y lo hacía con mucho gusto, que se quedaría por las noches a terminar los informes si era necesario. Él la miró con gesto serio y le pidió con fingida amabilidad que no cuestionara sus decisiones. Ella se quedó helada pero siguió pensando que era tan solo la estrategia que seguía don Vicente para que los demás no sospecharan nada. Cuando llegara el momento oportuno anunciaría su amor a los cuatro vientos y le regalaría un anillo con un diamante.
Ha pasado un año desde que “aquello” sucedió. “Seré muy paciente y tendré la recompensa”, pensó Teresita mientras salía del edificio de la aseguradora Vicente Roque de la Fuente, con la carpeta de los informes apretada contra el pecho. Estaba segura de que cada vez que la rubia salía de la oficina del jefe, él se metía en el baño a vomitar. Ella creía adivinar en sus ojos los deseos que tenía de librarse de aquella mujer. “Yo lo haré por ti, mi amor”, masculló Teresita mientras se encaminaba a la parada del autobús. “Calle Obispo número cuatro”, repetía con la cara pegada al cristal de la ventanilla. “Calle Obispo número cuatro zorra puta te voy a librar de esa bruja amor mío puta asquerosa él es mi hombre mi único hombre no me lo vas a quitar”, y la letanía iba dejando un vaho que se ramificaba como una planta trepadora sobre el cristal.
A las cinco de la mañana el timbre del teléfono lo hizo saltar en la cama. Don Vicente buscó a tientas el interruptor de la lámpara de la mesita de noche. La luz le hirió las pupilas y el corazón le latía en la cabeza. Con mano temblorosa levantó el auricular.
_ ¿Quién llama? _dijo tratando de aclararse la voz.
_Ya está hecho, cariño. Esa mujerzuela no volverá a molestarte.
_ ¿Cómo? Pero, ¿quién habla?
_ Cariño, ¿no me reconoces? Soy yo, tu amor, tu Teresita.
_ ¿Teresa? ¿Qué sucede? ¿Sabe la hora que es?
_Perdona, mi cariño, pero no pude esperar para darte la noticia. Se ha terminado, te he librado de ella para siempre.
_Pero, ¿de qué habla usted? No entiendo nada. ¿Ha bebido?
_Nos vemos mañana, mi amor. Dulces sueños. Te adoro.
El bueno de don Vicente no podía intuir la gravedad de los hechos. Desconcertado, dejó caer el auricular al lado del teléfono sin entender lo que había pasado. Medio dormido todavía, pensó que todo aquello era  fruto de una pesadilla. Entonces miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba despierto. Volvió a coger el auricular y marcó con el mismo temblor el número de la casa de su secretaria. Nadie respondió. Se levantó, se puso el albornoz y se encaminó a la cocina. Mientras preparaba el café se quedó pensando en las palabras de Teresa. Cariño, mi amor, se ha terminado, te he librado de ella para siempre. Pero qué coño le pasaba a aquella mujer.  Estaba seguro de que había bebido o se había puesto de pastillas hasta las cejas. Era un poco rara y desde que pasó “aquello”, se había vuelto más rara todavía. A pesar de su actitud, él pensaba que todo había quedado aclarado. Sin dudas fue un error y por eso se disculpó, le dijo que era una buena mujer y que debían continuar sus vidas como si nada hubiera pasado. Creyó que ella lo había entendido y que había  pasado página. Don Vicente estaba equivocado.
Cerca de las siete de la mañana la policía se presentó en su casa. Tenían a una mujer en la comisaría que decía ser su prometida. La habían encontrado con la ropa manchada de sangre y una carpeta con documentos de la empresa. Iba llorando y diciendo cosas incoherentes. “Debe usted venir con nosotros, don Vicente. Dice que solo en su presencia contará lo que ha sucedido”, le pidió amablemente el policía. Lo que pasó en la comisaría fue como una larga secuencia de una película surrealista. Tan inofensiva que parecía su secretaria y resulta que lo había implicado en un crimen atroz. Teresita la Casta le dijo al comisario que en cada encuentro íntimo, don Vicente le suplicaba que lo librara de la rubia menopáusica y ella lo hizo, por él, por amor. Porque el bueno de don Vicente era un santo, un caballero incapaz de matar una mosca. Por eso, ella se llenó de valor y se presentó en casa de esa puta, le rajó el cuello y le metió todas aquellas bragas endemoniadas por la boca. Allí se quedó tiesa y con los ojos desorbitados. “Ahora ya podemos ser felices, mi amor. Lo he hecho como tú querías. Soy tu Teresita, la más eficiente, la más fiel”, le gritó la secretaria a don Vicente antes de que se la llevaran enfundada en una camisa de fuerza. A él le esperaba un día largo de interrogatorios. 

2 comentarios:

  1. Muy buena la tragedia del crimen pasional que además demuestra que la virginidad si se prolonga mucho produce esquizofrenia.
    He disfrutado mucho con tu cuento y me enseña una vez mas que donde se come no se hacen otras cosas.
    Cada dia te afianzas mas como mi escritora favorita.
    Helio

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  2. Gracias,buen amigo! Tus palabras me emocionan y me dan miedo!! Un abrazo tenebroso

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