martes, 20 de mayo de 2014

Iris




Se escapó del refugio porque estaba desorientada, confundida, decepcionada. Subió por la pendiente con destreza. El terreno escarpado no era un problema para ella. Sus antepasados habían sido perros de rescate en la montaña y eso se lleva impreso en los genes. Los cuidadores comenzaron a llamarla por su nuevo nombre, pero ella continuó desafiando las piedras y los arbustos. Confiaba en la fortaleza de sus  músculos.
“Iris, ven aquí”, le gritaba una señora mayor que parecía muy angustiada. El sol del sur castigaba sin piedad su piel blanca. Iba de un lado a otro con una golosina en la mano. Pero Iris solo pensaba en huir, en recuperar la libertad que creía haber perdido el día en que la dejaron en el refugio. Más allá de la cima había un cielo azul que se hacía interminable ante los ojos de aquella perra grande de mirada dulce. Otras voces también la llamaban. Unas en holandés, otras en español. Los sentimientos no entienden de idiomas. La bondad es la misma en cualquier latitud. Pero Iris ya había sido abandonada una vez y había perdido la confianza en los humanos.
Algo la hizo mirar abajo. ¿La angustia en las voces? ¿Las miradas suplicantes? ¿El miedo a la soledad? No lo sé. Bajó lentamente, en actitud sumisa, con la cola entre las patas, agotada, temblando. Probablemente sus ancestros le susurraron al oído que era gente de fiar. Había otros como ella en el refugio. Otros también desconfiados, decepcionados, tristes. Otros que como Iris necesitaban tiempo y caricias para volver a creer en la bondad del ser humano.


Dedicado con cariño y agradecimiento a Renée, Cor y Riny, Michéle (Holanda), Stella y Juani (Gran Canaria Pets) y a todas las personas que voluntariamente ayudan a los perros acogidos en el refugio de Motor Grande, Puerto Rico (Isla de Gran Canaria)

lunes, 5 de mayo de 2014

El encierro



Lloraba por dentro porque desde que cumplió la mayoría de edad decidió cerrar sus párpados al mundo. “¿Cómo puede una mujer hermosa contar tantas desgracias en una sola edición del telediario?", se preguntaba mientras iba clausurando una a una las ventanas y las puertas de su casa. Se sumió en la más profunda oscuridad, se le inundó el alma de un líquido amargo y los sentimientos flotaban a la deriva en un mar infestado de criaturas deformes. Caminaba encorvado, con el peso de cada desdicha sobre su espalda y el agua escurriéndose por los poros. A pesar de los comentarios de la gente sobre algún tipo de desorden mental y otras conjeturas, se mantuvo firme en su decisión. En unos pocos meses perdió la capacidad de razonar. Dejó de comer, quemó todos los libros y periódicos  y ni siquiera se enteró del apagón analógico. Las últimas ideas coherentes habían muerto ahogadas y la masa encefálica se le fue ablandando y pudriendo sin remedio. La piel, cada vez más delgada y blanquecina, se le desprendió de los huesos ante la mirada atónita de aquellos que no podían entender semejante desatino. Nadie pudo hacer nada por el muchacho que al llegar a la mayoría de edad clausuró sus párpados y las ventanas y prefirió que sus lágrimas le maceraran el alma y los pensamientos antes que seguir soportando a aquella mujer de facciones perfectas, ojos azules y trajes caros mirándole a los ojos y contándole con voz angelical las calamidades que iban engullendo sin piedad las entrañas del mundo.