lunes, 16 de junio de 2014

Bolita de mar


Todos me llaman bolita de nube pero yo no caí del cielo. Soy una criatura marina y nací el día en que la luna se cansó de estar colgada del firmamento y cayó exhausta en el océano. De todas las chispas luminosas que volaron por los aires, víctimas de tan estrepitosa caída, solo sobreviví yo, o al menos eso creo. A pesar de mis gritos de auxilio nadie vino a socorrerme.
No sé por qué insisten en que yo vine del cielo. Nací en el mar y lo sé porque los delfines me sonríen y vienen a jugar conmigo, las ballenas me cantan y me arrullan entre sus rugosas aletas, y las medusas me temen porque les molesta la luz.
Puedo bajar a las profundidades y conversar con las especies. Entiendo todas las lenguas de ese mundo silencioso y ondulante. No soy sabia, qué va, soy bolita de nube, para los que insisten en que me caí del cielo; sin embargo para los que realmente me conocen, soy bolita de mar. Mi superficie es tan salada que estoy pensando lamerme toda hasta que no quede ni un solo granito de sal. Pero esto debo pensármelo bien porque si me quito el salitre de encima, entonces nadie creerá que nací en el mar el día que la luna cayó rendida sobre las corrientes marinas.


viernes, 13 de junio de 2014

Sabor a mango


La única vez que Aurelio me besó su saliva me supo a mango madurito. Me pareció raro porque a él no le gustaban las frutas y mucho menos el mango. Decía que le sabía a purgante y que las hilachas se le metían entre  los dientes y tardaba semanas en librarse de ellas. Si algún olor le molestaba decía: “Eso huele a mango. Qué asco”. La mueca le torcía la boca y le cambiaba por completo la expresión casi siempre apacible de su rostro.
Era un chico raro. Se pasaba horas dibujando marcianos y naves espaciales, y decía que una noche había visto una sobre el techo de su casa. No tenía muchos amigos y a pesar de que las chicas suspiraban por él, era el único de su clase que no tenía novia. Eso sí, era el mejor bateador del equipo de béisbol del colegio. El uniforme le quedaba pintado. Una tarde de domingo, hace ya más de treinta años, durante un juego en el estadio del pueblo, Aurelio soltó el bate en el momento más tenso: cero carreras, con todas las bases llenas, y fue a refugiarse detrás de unos arbustos. Era el encuentro más importante de la temporada. Si el equipo del instituto perdía, no podría clasificarse para la final. Sus compañeros se quedaron boquiabiertos y comenzaron a llamarlo a gritos. Al cabo de unos minutos, apareció vociferando y escupiendo palabrotas con la cara enrojecida y los pantalones bajos. Las hormigas bravas no habían perdonado al intruso y le habían puesto un carnaval en el culo. Desde ese día le encasquetaron el alias “cagaterrenos”. 
No era apuesto pero era alto; tenía el pelo rubio y rizado y los labios carnosos y rojos. Pasé varios años de mi niñez imaginando cómo sería besarlo y sentía un cosquilleo que me bajaba por el tubo digestivo hasta el estómago, como un ejército de hormigas tirándose por un tobogán. Aquella tarde de domingo, mientras la orquesta Los Zafiros acariciaba los sentidos de los enamorados en la verbena, con el mismo bolero de las fiestas anteriores, en un rincón oscuro del parque yo solo escuchaba las palabras de amor que me susurraba Aurelio. Se fue acercando hasta que su rostro estuvo a unos pocos centímetros del mío. Creo que por un momento mi corazón se paralizó. Me cogió suavemente por  la cintura, me apretó contra su cuerpo y yo cerré los ojos. Me sentí poseída, como si flotara en una piscina de agua tibia y salobre. Yo tenía entonces catorce años y él dieciséis. De repente, a la altura de la bragueta de su pantalón algo duro como una piedra amenazaba con romper la tela y atravesarme como una espada furiosa. Desperté violentamente de mi letargo y volví a escuchar las palabras de la tía Merche cuando le decía a mi madre que ella se quedaba embarazada hasta cuando el marido la besaba. Aterrorizada, lo empujé y salí corriendo.
Me sentía avergonzada y no me atreví a contárselo a Milagros, mi mejor amiga. En el colegio aprovechaba la hora del recreo para quedarme en el aula leyendo una novelita romántica que la tía Merche me había prestado. “No se lo digas a tu madre, ya sabes lo mojigata que es y además ella piensa que todavía eres una cría. No dice mucho, pero si lees entre líneas aprendes un montón”, me dijo mientras escondía aquel ejemplar de “Amor Salvaje” debajo de mi almohada. No quería salir al patio. Imaginaba que todos sabrían lo que me había pasado y que se burlarían con sonoras carcajadas. El primo de Aurelio sería el primero. Era un espantapájaros: andaba siempre despeinado, con la ropa sucia y los dientes manchados de amarillo; se limpiaba los mocos con la manga de la camisa y tenía la cara cagada de moscas. Se pasaba todo el dichoso día detrás de mí, con esa sonrisita estúpida, intentando tocarme. Un día tuve que pedirle a Marcos, alias Popeye, que lo amenazara y le dijera que era mi novio para que me dejara en paz. Marcos: demasiados músculos para su edad. Decía la abuela que tanta fuerza muscular atrofiaba el crecimiento del miembro viril. El día que se lo dijo a mi madre, refiriéndose a un vecino que trabajaba como estibador en los muelles y practicaba boxeo, pensó que yo no la entendería. Pero lo cierto es que ya yo había estado husmeando en un libro de anatomía humana de los alumnos del bachillerato y tenía el dibujo del aparato reproductor masculino grabado en mi cerebro.
Precisamente fue Marcos el primer enamorado oficial que tuve cuando entré en el instituto. Aquel primero de septiembre, mientras el director echaba un discurso aburrido e interminable, sonándose de cuando en cuando la nariz, sentí una mirada husmeando debajo de mi falda. Giré la cabeza y allí estaba él, contemplándome embobecido. No me pareció feo, pero las mangas de su camisa blanca estaban a punto de estrangular a sus brazos. Esa imagen me atemorizó un poco, así que volví a mirar al frente, fingiendo que estaba muy interesada en las palabras de aquel hombrecillo enjuto con cara de totí que decía ser el director.
A Marcos sí le encantaba comer mangos. Le gustaban verdes y con sal. No sé cómo se las arreglaba para colarse en la finca de don Virgilio. El viejo tenía un carácter endemoniado y siempre estaba dispuesto a apretar el gatillo de su  escopeta de caza. Dice mi abuela que una noche de tormenta le disparó a su propio caballo pensando que era un ladrón. El caso es que Marcos sabía a la hora en que don Virgilio hacía la siesta; se metía en la finca arrastrándose como un majá por debajo de la cerca de púas y engatusaba al perro con un trozo de carne. Llevaba un saco colgado a la cintura y con la rapidez de un mono tití se encaramaba a la mata de mango y la dejaba casi en cueros. “Cómete un manguito verde, chiquita”, me decía mientras metía la mano en el saco mirándome descaradamente a los labios. “Un día te vas a empachar, Marcos”, le respondía yo con cara de asco. “Entonces me pasas la mano por la barriga, chiquita y seguro me curo en un santiamén”, me decía acercándose peligrosamente. A mí se me subía la sangre a las mejillas y entonces lo empujaba, sin resultados, pues aquellos músculos precoces cubrían su esqueleto como una armadura de acero.
A Milagros sí le gustaba Marcos pero él no se había dado cuenta de su existencia. Un día que se le acercó durante el recreo ella se puso a temblar como una hojita de laurel expuesta a la ventolera. Con un hilo de voz le ofreció un caramelo de fresa y le sonrió.”¿Tú eres nueva en el colegio, flaca? Yo no como esas porquerías porque se me pican las muelas.” Milagros echó a correr con la cara descompuesta por la rabia y la vergüenza y no volvió a salir al patio en un mes.
Después de incidente en el parque aquella tarde de matiné Aurelio me esquivaba. Cuando se me pasó el bochorno traté de darle una explicación, pero se escondía durante el recreo y a la salida agarraba su bicicleta Orbea, regalo de su padre que trabajaba en un buque mercante, y desaparecía en un abrir y cerrar de ojos. Más que con sus labios estaba obsesionada con el sabor de su saliva. Era una especie de deleite y misterio. Cada vez que mi padre hacía batido de mango me daban ganas de llorar. Me lo tomaba con los ojos cerrados; las lágrimas iban cayendo dentro del vaso y entonces el sabor dulce se volvía amargo y otra vez la lengua de Aurelio intentaba colarse en mi boca virgen. “¿Qué tienes, chiqui?”, preguntaba mi padre con el rostro preocupado. “Nada, papá. El batido está muy frío y me saca las lágrimas; está muy bueno, como siempre”.
Aquella tarde en el colegio vi venir a Milagros corriendo por el pasillo mientras agitaba los brazos. Pobrecita, tan delgada y pequeña parecía una lagartija asustada. “Está allá atrás, en el patio, sentado en el banco debajo del algarrobo, pero no vayas porque no está...”, y antes de que terminara la frase yo había salido disparada como una bala que busca desesperadamente su objetivo. Mientras corría sentía que la boca se me llenaba de saliva y un intenso sabor a mango acariciaba con lascivia mis papilas gustativas. Me detuve en medio del patio, sin aliento y con un hilo de baba bajando por la comisura de mis labios. Instintivamente, me incliné para escupir. Creía que el corazón se mi iba a salir por la boca. Al incorporarme lo vi, debajo del algarrobo como me había dicho Milagros. Pero no estaba solo; lo acompañaba una rubita de cabellos encrespados que, sentada frente a él, me daba la espalda. No llevaba uniforme. Han pasado más de treinta años, sin embargo lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Ella lucía un vestido azul marino con lunares blancos y el pelo suelto le caía insolente sobre la espalda. Estaban tan acaramelados que no se percataron de mi presencia. Mis ojos adolescentes no podían dar crédito a lo que veían: la rubita intrusa estaba comiéndose un mango enorme y madurito. Lo saboreaba con fruición mientras el líquido resbalaba indiferente por sus manos e iba cayendo sobre el vestido de lunares. Él la contemplaba alelado. Vi que una de sus manos, la misma que me había acariciado la nuca aquella tarde de matiné en el parque del pueblo, había desaparecido debajo de vestido. La rubita emitía unos sonidos raros, se movía como si el banco le estuviera quemando las nalgas y mordía la pulpa amarilla casi con violencia.  Él se acercó tanto que sus labios carnosos saltaron sobre la boca de ella como una fiera después de un prolongado ayuno. Mientras la besaba, aquel líquido dulzón que desprendía la fruta se iba  deslizando por la comisura de sus labios e iba formando un charco sobre los pantalones azules. Quise correr pero las piernas no me respondían. Sentía como si tuviera el cuerpo congelado y los pies clavados en el cemento del patio. Aquel penetrante olor a mango me provocó unas náuseas terribles y allí mismo comencé a vomitar, ante la mirada atónita de los tortolitos.
Pasé varias semanas soñando que Marcos me ofrecía una cesta repleta de mangos verdes con sal y yo me los comía todos. Después del atracón sentía un fuerte dolor de estómago y entonces veía la mano de Aurelio acariciando mi vientre. Comenzaba a gemir como la rubita aquella tarde en el patio del colegio, y después vomitaba un líquido amarillo con olor a podrido. Él se reía a carcajadas, tan alto como si tuviera una bocina en la garganta. “Maldito cagaterrenos, mentiroso, claro que te gusta, por eso tu saliva sabía a mango. Ella te enseñó a comer la fruta, degenerado”, le gritaba yo mientras él continuaba burlándose. Han pasado más de treinta años y mi madre ya no está para contarlo. Ella decía que aquello era un empacho y que por eso tenía tanta fiebre y dolor de barriga. Hasta mi abuela que sabía mucho sobre el mal de estómago, vino con su aceite de carnero a pasarme la mano por el vientre para ver si mejoraba. Ningún remedio dio resultado.

Al cabo de un mes dejé de soñar con los mangos verdes, comencé a comer como una hiena hambrienta, mi padre cortó de raíz el árbol heredado de los bisabuelos y se acabaron los batidos de las tardes calurosas. Aurelio se matriculó en el instituto del pueblo vecino y la rubita dice Milagros que la han visto en la capital, en una casa de citas muy concurrida, donde las muchachas reciben a sus clientes vestidas como Carmen Miranda, con unas cestas repletas de mangos maduritos sobre sus cabezas.

jueves, 5 de junio de 2014

Son de la loma




Lleva la música en los genes. Está segura de que tiene sangre africana aunque la gente le diga que parece europea. En esta isla son todos mestizos. “Aquí el que no tiene de congo tiene de carabalí”, solía asegurar su abuelita. La prueba está en el mulato con rasgos asiáticos que atiende las mesas en el bar de Arquelio. Aunque hace calor el local está repleto. Alguien mete una moneda en la vitrola y las primeras notas de un son le acarician los oídos. Los pies de Sandra se mueven solos. Sentada en la barra se refresca los labios con un mojito, recuerda con nostalgia las palabras de su amigo Emilio, un negrito más prieto que el culo de un caldero, y sonríe. “Oye, blanquita, pero si tú pareces francesa, muchacha. Y ni un buen culo tienes para mover al ritmo del son. Pero, écha pa´ cá, chica, que tú y yo podemos bailar en un solo ladrillito”.
A Emilio lo mataron de una puñalada en el barrio de Jesús María. Lo confundieron con un traficante de armas. Era periodista y hablaba tres idiomas. Sandra lo echa de menos, sobre todo cuando alguien mete una moneda en la vitrola y selecciona un son. Ignacio Piñeiro, Ñico Saquito, Compay Segundo, Miguel Matamoros, da igual. Todos son de pura raza y hacen que la música te suba por los pies y te ponga a gozar los sentidos. “Donde haya un buen son, Sandrita, que se quite del medio todo lo demás”, solía decir Emilio con aquel vozarrón que ponía a temblar las paredes.
“Mamá yo quiero saber de dónde son los cantantes…” Sandra no puede aguantar las ganas de moverse y salta a la pista de baile. Las luces de colores que giran frenéticas en el techo la seducen y empieza a marcar los pasos como lo haría una experimentada bailarina del cabaré Tropicana. Cierra los ojos y canta a viva voz la letra grabada en su memoria desde que, siendo una niña, bailaba con su abuelo Felipe en la matiné de los domingos,  en el parque del pueblo. “Que los encuentro galantes y los quiero conocer, con su trova fascinante que me la quiero aprender. Son de la loma y cantan en llano. Mamá ellos son de la loma, mamá ellos cantan en llano…”
Sus pies no pueden parar y su cuerpo empapado en sudor se mueve como el de una sirena que ondula al ritmo de las corrientes caribeñas. “Mueve esas caderas, chica, como si fueras una mulata culona. Deja de hacerte la francesa que tú eres cubana como la palma real”. La voz de Emilio le llega como una ráfaga de viento huracanado, a pesar de la música y la algarabía. Sandra abre los ojos y en una esquina del bar ve la sonrisa amplia y los dientes blanquísimos de su amigo. Demasiados mojitos, piensa, y sin dejar de moverse le hace un gesto al mulato con rasgos asiáticos para que se acerque.  En el centro del salón, otros bailadores siguen el ritmo de la música en una coreografía perfecta. Les da igual si los cantantes son de la loma o del llano. Ni siquiera han reparado en aquella mujer blanca, con apariencia europea, que mueve las caderas y no deja de girar y girar al compás del son.
El Chino, como llaman todos al camarero, deja la bandeja encima de la barra y se acerca a la mujer. El movimiento de caderas y la sonrisa de Sandra lo hipnotizan. Con la destreza de un bailarín la sujeta por la cintura y la pega a su cuerpo con firmeza. Al acercarse, los rostros  se reconocen, las bocas tararean la melodía, los sudores se mezclan, las piernas se acoplan, las caderas no paran de contonearse mientras un negrito más prieto que el culo de un caldero mete una moneda en la vitrola y selecciona otro son para los bailadores que, eufóricos, vitorean a los cantantes que son de la loma pero esta noche prefieren cantar en el llano. 

domingo, 1 de junio de 2014

Espíritus del bosque

A Sandra y Dani




Se encontraron el día señalado por el viejo castaño. El sol rozaba levemente los cabellos ondulados de ella. Él, abrazado a un árbol, le susurraba historias olvidadas al viento. Ella se acercó casi flotando y, riendo con picardía, le colocó una flor en la solapa. Él sintió el calor en sus mejillas, agarró la flor y la besó. Como soy experta en los espíritus del bosque, sé que ahora sus caminos se han unido en una sola línea que se diluye en el encanto del bosque de laurisilva. Despegan juntos los pies del suelo y, muy agarrados de la mano, van dejando huellas invisibles en las ramas de los robles, de las araucarias, de las encinas y los alcornoques. Él la abraza cada día al amanecer y entonces se despiertan los latidos de la tierra y el canto de los pájaros.