viernes, 12 de diciembre de 2014

Trece Santas navideños


Hoy Diego, si se porta bien, recibirá su primer regalo de Navidad. Como ahora tiene quince años tal vez piense que no llegará, pero de todas maneras pondrá el zapato en la ventana y durante la noche un raro personaje llegado desde Islandia le dejará una carta y un pequeño presente.

Si a alguien pudiera parecerle demasiado un Papá Noel, grande y regordete, más tres Reyes Magos, le invito a viajar a la tierra del fuego y el hielo. Una isla que abraza el círculo polar ártico, y donde en las noches más claras y frías, la aurora boreal extiende su manto mágico y multicolor.

Trece son los Santas islandeses, que por supuesto tienen un padre, una madre y además un gato negro y feo que asusta a niños y padres. Trece curiosas  criaturas que bajan desde las heladas montañas doce días antes de la Noche Buena, para hacer travesuras y dejar a los niños regalos en sus zapatos.

“Mamma, ¿crees que me he portado bien? No quiero que los “Jólasveinar”(Santas) me dejen una papa en el zapato”, solía preguntarme Diego cuando tenía siete años y nos mudamos a Gran Canaria. “Claro que te has portado bien, hijo. Seguramente Stekkjarstaur (el Patas de Palo), el primero de los Santas, traerá algo para ti”, le respondía yo, tal vez con un poco de incredulidad, pensando en los miles de kilómetros que tendría que recorrer este travieso troll, desde su casa en la montaña hasta una isla  cerca de África, donde ahora vivíamos.

Pero el Patas de Palo fue muy astuto. Sabía que Diego, mi pequeño vikingo, le esperaba con mucha ilusión. Por eso, le pidió a una gaviota que trajera entre sus alas un regalo para un niño que había adornado su ventana con luces navideñas y había dejado, como cada año, su zapato.

Y así, noche tras noche fueron llegando por turno: Giljagaur, el que roba la leche en el establo; Stúfur, el que raspa los restos de la comida en las sartenes; Thörusleikir y Pottaskefill , a quienes les encanta llevarse las cazuelas de la cocina para saborear los restos de los alimentos y Askasleikir,  el que lame los platos que le han dejado a los perros y  los gatos.

El séptimo, Hurdaskellir, no es tan glotón como sus hermanos, a él le parece lo más divertido del mundo tirar las puertas para asustar a la gente. Skyrgámur es el que más disfruta comiéndose el requesón; Bjúgnakraekir es el que devora las salchichas; Gluggagaegir,  asoma su fea nariz por la ventana y podría llevarle los juguetes a los niños; Gáttathefur, corre detrás de olor de las tartas navideñas; Ketkrókur, anda en puntillas en la cocina, listo para sacar de sus ganchos la carne de cordero y nuestro último personaje, Kertasníkir , es el que enciende las velas en Navidad.

Cuentan las sagas islandesas que los Santas eran malos espíritus que venían a los pueblos a robar y a asustar a los niños. Pero hoy en día, las cosas han cambiado y estas extrañas y divertidas criaturas se visten también con trajes rojos y vienen a repartir regalos. Pero, es mejor estar alertas, pues suelen ser muy bromistas y podrían llevarse de nuestra cocina un recién horneado pastel o un apetitoso trozo de carne.

Recuerdo que esa primera Navidad en Las Palmas de Gran Canaria, Diego me  leyó emocionado y en perfecto islandés la carta que le había mandado su troll navideño. Sabía que no lo olvidaría y cuando dejó el zapato en la ventana estaba seguro de que vendría. Tal vez mañana le cuente a sus compañeros del instituto que ha recibido el primer regalo y ellos, incrédulos, le contestarán que todavía no ha llegado Papá Noel. Pero, seguramente el pícaro Patas de Palo  soltará una gran carcajada  en su morada en la blanca montaña, mientras el Santa número dos se prepara para el largo viaje.