jueves, 10 de diciembre de 2015

Blake Edwards y los derechos de los homosexuales





El próximo dieciséis de diciembre se cumplirán cinco años del fallecimiento de uno de los grandes directores del universo cinematográfico: Blake Edwards. Realizador de comedias inolvidables como son: "Desayuno con Diamantes", "Días de vino y rosas", "El Guateque", "La Pantera Rosa", "Víctor o Victoria", "10 La Mujer perfecta", etc, Blake Edwards fue algo más que un gran fabricante de carcajadas a granel. También fue un gran defensor de los derechos de los homosexuales mediante las historias y personajes de sus largometrajes. 

Cuando hoy día muchos se llenan la boca auto proclamándose defensores de los derechos del colectivo gay, el señor Blake Edwards, allá por los años 60, 70, 80 y 90, ya trataba, con toda la naturalidad del mundo, las relaciones de pareja homosexuales. Como ejemplos de ello, caben destacar las escenas de celos entre el compositor maduro Robert Webber con su joven maromo en "10 la mujer perfecta". A ella le sigue la dramática discusión de la pareja secundaria formada por los actores Michael Kidd y Don Gordon en " Una cana al aire". Pasando después por la salida del armario de todo un guardaespaldas en la sobresaliente "Víctor o Victoria". Y terminamos con la entrañable "casera" de la inimitable Audrey Hepburn, en "Desayuno con diamantes", que no es otro que Mickey Rooney. 

Todos los ejemplos antes mencionados forman parte de una obra que, en su conjunto, no dejaba indiferente a nadie y que, además, el creador de la misma tenía el detalle, inconsciente o no, de regalar a los espectadores dos tesoros de un valor incalculable:carcajadas a raudales y clases magistrales de respeto y tolerancia.



Autor: Totó, el librepensador
Fotos: Google

domingo, 6 de diciembre de 2015

"Lo mejor para ella": el declive del guardaespaldas que bailó con lobos.


La última película de Kevin Costner ratifica -parafraseando el título de una de las novelas del escritor checo Milán Kundera-, la insoportable levedad en que se encuentra la carrera del actor después del monumental fracaso de su película: "Waterworld", allá por el año 1995.

Lamentablemente, "Lo mejor para ella" es otro largometraje insípido, a los que ya nos tiene acostumbrados hace mucho tiempo el actor. El espectador se enfrenta a una historia que pretende bailar entre el drama y la comedia. Pero este elemento solo consigue aburrir hasta la saciedad al más pintado, pues ninguna de las dos opciones convencen.

Autor: Totó, el librepensador
Fotos: Google

lunes, 30 de noviembre de 2015

El hombre solitario: el miedo a envejecer


"El hombre solitario" es una película que relata con virulencia los vaivenes diarios de un hombre maduro, atractivo, mujeriego y desconfiado que se opone frontalmente a su propio envejecimiento. A partir de este momento, la gran mayoría de sus decisiones, tanto personales como profesionales, traspasan inevitablemente las líneas rojas del patetismo. Como consecuencia de sus actos, su vida entra en una deriva calamitosa.

He de reconocer que esta película ha removido mi conciencia y, por qué no decirlo, también mi estómago. Ha sido así porque el mero hecho de prestarle un mínimo de atención a la historia en sí, hace que salten automáticamente todas las alarmas, incluida la más desagradable: el verse uno mismo reflejado en el personaje que interpreta el protagonista. 

Por todo ello y por mucho más, esta película no es un plato que se pueda degustar fácilmente. Todo lo contrario. Ni siquiera un buen lavado de estómago o el cargo de conciencia nos quitarán el mal sabor de boca. No resultará nada fácil para cualquier espectador verse reflejado en un personaje tan patético como el que interpreta de forma magistral Michael Douglas. En mi caso, les puedo asegurar que aún siento los efectos secundarios de este honesto e imprescindible menú cinematográfico.

Postdata: Por suerte para el espectador, "El hombre solitario" resulta ser un traje a la medida del señor Douglas, lo cual se agradece.

Autor: Totó, el librepensador
Fotos: Google

martes, 24 de noviembre de 2015

Las mariposas siempre vuelven

A Ángeles. Dos años sin tu sonrisa y sin tus alas.


Entre las piedras incrustadas en la orilla revoloteaba la mariposa. Se cansó de las flores y de la tierra y decidió que el mar era el sitio perfecto para el reencuentro con su esencia.

Posada sobre la arena la vi. Estaba quieta y atenta a las mareas. Creo que esperaba una botella a la deriva, tal vez el grito apagado de un náufrago, o quizás aquellos pétalos rojos que vistieron las olas el día que a ella se le apagó la sonrisa.

“Quita esa cara de tristeza,las mariposas siempre vuelven”, me susurró la brisa marina. Y allí estaba ella, con las alas salpicadas de salitre, abrazada a las caracolas, contemplando el sol que, un día más, jugaba a confundirse con la eterna línea del horizonte.

jueves, 19 de noviembre de 2015

La Verdad

Autor: Totó
Fotos: Google









"La Verdad" es, en líneas generales, un espectacular mano a mano entre dos golosos de la interpretación como son Cate Blanchett y el mejor Robert Redford en años. Si a ello le añadimos una historia que no deja indiferente a nadie, podemos decir que el filme ha cumplido con creces su cometido.


lunes, 16 de noviembre de 2015

Sicario


"Sicario", una obra maestra en el desierto cinematográfico actual y con un Benicio del Toro de Óscar.

Autor: Totó
Fotos: Google

viernes, 13 de noviembre de 2015

Río de luna

A Juan, un superviviente



Me llamo Ignacio Pérez y estoy solo en este mundo. Cuando cumplí los trece años mi madre, el único familiar que me quedaba, murió repentinamente. Dicen que el corazón le falló y no me extrañó pues era una mujer apasionada. Mi padre nos abandonó el mismo día que cumplí un año de vida. Le dijo a mi madre que se iba a enrolar en la Marina porque estaba cansado de la miseria. Que le escribiría y le mandaría dinero todos los meses. Jamás volvimos a saber de él.

A pesar de todo, mi madre nunca dejó de cantar. Desde que amanecía comenzaba con el repertorio de boleros y no paraba hasta que se iba a la cama. Era hermosa mi madre. Tenía un cuerpo de diosa griega y una cara como la de esas mujeres pintadas por los grandes maestros. Su voz era como una cascada que me calmaba la sed de todas las incertidumbres. Hasta cuando se cortaba con el cuchillo de pelar papas, corría a buscar una tirita y seguía cantando como si nada hubiera pasado. Decía que de esa manera la herida sanaba como por arte de magia.

“No te preocupes, Ignacito, lo único que no tiene remedio es la muerte. Saldremos adelante sin tu padre. Donde hay mujeres no hay fantasmas”. Y comenzaba a entonar aquello de: “Eres mi bien, lo que me tiene extasiada, por qué negar que estoy de ti enamorada, de tu dulce alma que es toda sentimiento…”Yo me quedaba embobado escuchándola y le creía. Era una mujer fuerte y optimista. Solo una vez la vi llorar. “Es la cebolla, Ignacito. Es una puñeta tener que cortarla. Debería venir en trocitos”, dijo mientras se enjugaba una lágrima que intentaba llegar a la comisura de los labios.

Mi madre pudo haber sido cantante de ópera o vedette. Tenía una voz diáfana que hechizaba los sentidos. Me contaba que cuando yo era apenas un bebé sufría de cólicos estomacales y lloraba como un condenado. En cuanto ella me cogía en brazos y se ponía a cantar, me quedaba alelado, comenzaba a chuparme el dedo pulgar y me dormía profundamente. Hay noches en que la escucho en el duermevela. El otro día tenía fiebre y sentí su mano fría sobre mi frente. “Duérmete mi niño, duérmete mi amor, duérmete pedazo de mi corazón”. La nana fue un bálsamo. Al día siguiente me levanté como nuevo.

Después que murió sentí que el mundo era un sitio demasiado grande para mí. No entendía por qué Dios se llevaba a una mujer valiente y hermosa. Por qué ella si yo la necesitaba. Era solo un mocoso asustado que no sabía a dónde ir. Unos tíos a los que yo había visto solo un par de veces en mi vida se ofrecieron de mala gana a acogerme. Pero mi madre me había enseñado a descubrir la falsedad en la mirada de la gente. Por eso huí. Corrí como si algo diabólico me estuviera persiguiendo y no paré hasta que vi aquel cartel anunciando una película. En la mirada de aquella mujer bellísima reconocí los ojos de mi madre.

El cine me salvó de la soledad y de la locura. Recuerdo que aquella noche me colé en una de las salas del Ideal Cinema y me refugié en la última fila de butacas. La mujer que había visto en el cartel ocupaba toda la pantalla. Su magnetismo me cautivó de inmediato. Era una diosa también, con la misma mirada soñadora de mi madre.  Allí estaba ella, tocando la guitarra y cantando Moon River, mientras aquel hombre apuesto la observaba desde la ventana, un piso más arriba. Cerré los ojos y escuché la voz de mi madre. Venía de la gran pantalla como una ráfaga de consuelo.

A pesar de los ochenta años que tengo ahora, recuerdo aquella noche con total nitidez. El cine se convirtió en mi casa. Allí pasaba las horas, acompañado por una peculiar familia que nunca salía de aquel trozo enorme de tela blanca. En la oscuridad de la sala podía convertirme en vaquero, detective o  aventurero; escoger una madre, un padre, hermanos. Solo a ellos les contaba mis penas y mis alegrías. Solo ellos conocían mis sueños y mis añoranzas. Hoy puedo decir que el cine me salvó la vida.

El Ideal Cinema ya no existe. No siento nostalgia pues ahora hay un parque donde las familias llevan a sus hijos. Los críos corren sonrientes y despreocupados. Yo los observo, complacido, y me veo a mi mismo columpiándome mientras mi madre conversa animadamente con sus amigas. Me bajo del columpio y camino hacia ella lentamente. Me acerco por detrás y le tapo los ojos. Ella me agarra fuerte de las manos, se da la vuelta y me las besa con ternura. Me mira a los ojos y comienza a entonar un bolero casi en un susurro. Desde la gran pantalla, la hermosa Audrey me hace un guiño mientras acaricia la guitarra. Otra vez vuelvo a quedarme profundamente dormido en la última fila de butacas, flotando plácidamente en aquel río de luna.


Belkys Rodríguez Blanco ©

miércoles, 28 de octubre de 2015

Bajo la lluvia de otoño

A Juan



La lluvia y el abrazo. El agua que lame con parsimonia las aceras y los sentidos. La frialdad que despoja de incertidumbre la noche. Las gotas sobre los adoquines y las confidencias. Una canción en los labios de ella. El deseo en las manos de él.

Caminan tan juntos que el aliento parece uno solo. El paraguas es un estorbo. Tanta ropa es un inconveniente. Ellos parecen ajenos a una lluvia que debería ser otoñal pero el verano es porfiado y no quiere marcharse, tal vez porque como viejo sabueso olfatea los abrazos y las caricias aún por estrenar.

La lluvia cae con su acento pausado sobre una ciudad en penumbras. Ellos siguen abrazados sin importarles las fachadas que los espían, las farolas que los delatan. Continúan avanzando sin prisa, mojados, las cabezas muy juntas, los susurros y las risas a la intemperie, las miradas que se buscan mientras los labios se reconocen.

martes, 29 de septiembre de 2015

Años


Los años de la abuela desaparecieron en su memoria. Sabía que hoy cumplía muchos pero prefería olvidarlo. Con absoluto desparpajo me respondió ante la indiscreta pregunta: “Los años se me perdieron igual que las gafas, mijita”. Una carcajada puso punto final a mi curiosidad y entonces me di cuenta de que aquella hermosa mujer que había visto pasar noventa y tres primaveras e incontables huracanes, sería siempre la linda guajirita batabanoense que se enamoró de un pescador que pintaba cuadros. La muchacha más bonita del pueblo. La abuela dulcísima que no para de tejer mientras me espera y que huele a hogar en todos mis sueños.

Belkys Rodríguez Blanco ©

miércoles, 16 de septiembre de 2015

En territorio onírico


Aquel sentimiento dulce en el pecho la empalagaba y le subía los niveles de glucosa en sangre. Prefería lo agrio, era mucho más sano. No había pegado ojo pensando en aquellas manos que jamás la habían tocado. No necesitaba irse a la cama para soñar con él. Con los ojos muy abiertos y a plena luz del día, o en la oscuridad absoluta era capaz de imaginar las más variopintas situaciones.

En territorio onírico él le acariciaba la espalda mientras ella, avergonzada, pensaba en la verruga que como moco de pavo adornaba el nacimiento de las nalgas. Se daba la vuelta y más que besarlo, asaltaba su boca de labios distraídos. Él, desconcertado, recibía el beso como quien abría  la puerta a un visitante inesperado. Ella, resignada, le daba nuevamente la espalda, esta vez pensando en la legión de pecas que la había invadido durante el último verano. Ningún protector solar funcionaba.

Él sonreía con malicia sin que ella se percatara. Era metódico. Debía comenzar por la espalda. Ya habría tiempo para deleitarse con el resto de aquel cuerpo de musa de Botero. Al llegar a la verruga se detenía a observarla con malsana curiosidad. El bulto, del que afloraban tres pelos como antenas de telefonía móvil, se le antojaba una obra de arte postmoderno. Se acercaba más, cerraba los ojos y comenzaba a succionar con fruición. Ella experimentaba tal goce que estaba segura de que aquello era el tan cacareado nirvana.

Luego Cecilia regresaba de sus sueños preguntándose cómo era posible que la verruga que ella tanto detestaba le proporcionara tanto placer. Y otra vez entraba en trance. Se quedaba mirando a un punto fijo y aparecía él pidiéndole que se diera la vuelta. Primero la lengua exploraba lentamente la espina dorsal y por último los labios se pegaban al bulto como una ventosa. Y aquello no era ni dulce ni amargo. En territorio onírico poco importaban los sentimientos y mucho menos los sabores. Cecilia volvía a pasar otra noche en vela, disfrutando a plenitud con el hombre de sus sueños.

Belkys Rodríguez Blanco ©

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Punto final


Cuando llegó a la última página percibió una esencia que le era familiar. No podía recordar lo que había sucedido pero conocía aquel olor que ahora lo embriagaba. Instintivamente acarició la frase inconclusa y cerró los ojos ante el goce que le producía el contacto con el papel. El punto lo incomodaba bastante. Era un intruso que pretendía dejar el asunto zanjado cuando había un final pendiente. Casi con violencia lo agarró por el cuello y lo levantó en vilo. Aterrorizado, el signo de puntuación intentó zafarse de la cólera del hombre. Demasiado tarde. En unos pocos segundos caía desde una décima planta y se quedaba adherido al pavimento como un chicle aplastado por el neumático de un camión.

Libre de aquel inconveniente, Ignacio se propuso averiguar el origen de la fragancia. Dejó el libro sobre la mesita de noche y se dirigió al armario. Como un viejo sabueso fue oliendo sus camisas una por una. Si localizaba el olor sabría exactamente el día y el lugar del encuentro con la persona que le había dado el libro. Mientras avanzaba en sus pesquisas, el perfume se hacía más intenso. Maldita memoria. Era como si todo su pasado inmediato se hubiera borrado de un plumazo. Agarró la camisa a rayas casi con desesperación, la acercó a la nariz, aspiró profundo y el fuerte olor a salitre le taladró las fosas nasales.

Laura, así se llamaba aquella mujer. Él estaba sentado en el muro frente al mar y ella se acercó sigilosa por detrás. Le susurró algo al oído y le pidió que no se diera la vuelta. A Ignacio se le puso la piel de gallina y se le aceleró el pulso. Obedeció sin chistar. Las manos se aferraban al muro y los pies se balanceaban en el aire. Ella le acarició la nuca y entonces él percibió el olor a sándalo. Abajo, las olas golpeaban con violencia las rocas y las gaviotas volaban en círculo aprovechando los vestigios de la luz otoñal. Ignacio sintió una leve punzada en la columna vertebral cuando ella se pegó a su cuerpo. Era tan fuerte el magnetismo de aquella mujer que estuvo a punto de girarse y besarla. Ella adivinó sus pensamientos y volvió a pedirle que no se diera la vuelta.

Cesaron las caricias y el viento comenzó a azotar el cuerpo de Ignacio. De repente se sintió liberado así que, lentamente, fue girando la cabeza pero la mujer había desaparecido. La melodía en el móvil le avisó que tenía un mensaje de Whatsapp: “Debes encontrar un final para esta historia. Se acaba el tiempo”. Aquello tenía que ser una broma, un tanto macabra para su gusto. Se acercaba su cumpleaños y los amigos le habían dicho que tenían preparada una sorpresa. El alcohol les tenía el cerebro frito. Por eso, él había dejado la bebida. Estaba a punto de echar a andar cuando vio el libro sobre el muro. Lo agarró un segundo antes de que una racha de viento se lo llevara. “Para Laura, una historia inacabada. Alguien debe escribir el final antes de que sea demasiado tarde”, era la dedicatoria escrita con letras torcidas. Luego, sintió un fuerte dolor de cabeza y todo se quedó a oscuras.

Ignacio estaba ahora en el balcón de su apartamento, apoyado en la baranda que lo separaba del abismo. Sentía pena por el punto final que yacía inerte sobre el asfalto húmedo. No podía apartar los ojos del pavimento. El camión de la basura llegaría en cualquier momento y sería el encargado de rematar la faena. Tenía el estómago revuelto. En su desesperación por encontrar un final para aquella historia absurda, había vuelto a beber ron barato. Ni los somníferos lo hacían dormir. El muro, el acantilado, el perfume, las caricias, el salitre, todo se mezclaba y la cabeza le daba vueltas como un tiovivo. Inesperadamente, el olor a sándalo invadió sus sentidos. Intentó darse la vuelta pero el mismo ruego de aquella tarde frente al mar lo paralizó. Algo en su voz había cambiado pero eran las mismas manos, las mismas caricias, la misma mujer que mientras mordisqueaba sus orejas le susurraba que el tiempo se había acabado.

El camión de la basura frenó a unos pocos centímetros del cuerpo inerte. Todavía no había amanecido. El hombre que yacía sobre el pavimento húmedo tenía los ojos abiertos y una leve sonrisa se dibujaba en su rostro pálido. Alguien marcó el número de emergencias y solicitó una ambulancia. Una llovizna pertinaz comenzó a caer sobre la ciudad adormilada. El punto final miraba al hombre con cara de satisfacción. Su maltrecha anatomía intentaba incorporarse para disfrutar del espectáculo. Otro incauto había sido víctima de la historia inconclusa. Arriba, en el balcón de la décima planta, una mujer que ocultaba su rostro en la penumbra, observaba cada detalle de lo que acontecía en la calle mientras apuraba el cigarrillo. Antes de que llegaran los servicios de emergencia debía recuperar el punto que le faltaba a la última página del libro.

Belkys Rodríguez Blanco ©

domingo, 6 de septiembre de 2015

La flor del limonero

A Joaquín por devolverle cada día la esperanza a un niño. A Azahara para que vuelva a sonreír.


Por el tronco del viejo limonero trepa la lagartija. Pretende llegar hasta las hojas para despojarse del traje marrón y vestirse de verde brillante. La niña la observa con curiosidad y luego vuelve a mirar las nubes con tristeza. La mariposa Monarca dibuja un corazón en el viento mientras revolotea sobre el rosal. Le hace un guiño cómplice a la lagartija. Algo traman estas dos.

La niña extiende la mano pero no se atreve a tocar las rosas. Las espinas se yerguen desafiantes. Otra vez sus ojos buscan las formas de las nubes. El colibrí se acerca al limonero y le susurra algo a la lagartija. La cotorra chilla en una rama de la mata de guayaba. Nunca tiene el pico cerrado. El cocuyo, aunque la tarde sigue aferrada al cielo, prende sus ojos y dos focos amarillos como yemas de huevo encandilan a la mariposa. La niña sigue ensimismada en las nubes.

El güije que no cree en los maleficios se zampa la ofrenda que alguien dejó a los dioses africanos al pie de la ceiba. Es un negrito muy travieso y tragón. Con la boca llena y la miel bajando por la comisura de los labios, se queda embobado mirando a la niña de los ojos grandes y el pelo de azabache. Ella deja de contemplar las nubes y con el ceño fruncido observa a aquel negrito que es casi del tamaño de un dedal. El güije se traga el trozo de mango untado con miel, deja el cuenco en el suelo y, de repente, se pone a dar volteretas como un experto acróbata de circo. La chiquilla sonríe y la tristeza se diluye en los hoyitos que se forman en sus mejillas.

La niña con nombre de flor se acerca al limonero y acaricia la piel fría de la lagartija. La mariposa se posa sobre su pelo negro y allí se queda adormilada. Las rosas dejan caer los pétalos sobre sus pies descalzos. El colibrí agita sus alas como si cortejara a la hembra. La cotorra se queda callada, por fin, y el cocuyo se posa en la rama más alta del limonero. Sus ojos brillan como esas estrellas que un día llegan y se quedan encendidas en el corazón para siempre. El güije se abraza al tobillo de la niña, cierra los ojos y siente los latidos de la ceiba. Azahar rodea el árbol con los brazos y su risa llega como la brisa matinal a todos los rincones del monte.

Belkys Rodríguez Blanco ©

domingo, 30 de agosto de 2015

En el insomnio


La madrugada llega en puntillas a mi almohada

y  despliega su manto frío y desolador.

Busco a tientas tus  palabras, las  rozo levemente

y  en ellas me acurruco, me abandono y amanezco.


La madrugada insiste y también el insomnio.

Animales en celo, hambrientos, preparados para la 

embestida.

Lucen sus viejas cicatrices como surcos en la piel,

trofeos de las últimas batallas.


Claudico y me entrego a la madrugada y al insomnio.

La soledad devora con parsimonia los sentidos.

En la ventana el viento aúlla como animal derrotado.

La madrugada se desvela entre las sábanas.

El insomnio me gana la partida.


Belkys Rodríguez Blanco ©

martes, 25 de agosto de 2015

Luces del Norte

A Diego, mi duende del invierno. 


El niño se quedó mirando fijamente el gran ventanal. En sus pupilas se reflejaban aquellas serpientes multicolores y ondulantes que recorrían con parsimonia el cielo polar. La madre lo vio sonreír y agitar las manitos como si quisiera alcanzarlas. Ella también tenía la vista fija en el amplio cristal. No había visto nada parecido porque había nacido en una isla tropical a miles de kilómetros del círculo polar ártico. 

Inesperadamente, la serpiente abandonó la piel color verde y se vistió de violeta, luego de rosado y nuevamente de verde brillante. A ella se le ocurrió que aquello podía ser una danza amorosa. El macho intentaba seducir a la hembra cambiando constantemente de traje. También pensó que podía ser una ceremonia ritual inventada por Freyja, diosa del amor, la belleza y la fertilidad, para enamorar a algún guerrero vikingo. 

La madre se quedó también embelesada observando los movimientos rítmicos de la serpiente celestial. Recordaba haber oído que aquello era un fenómeno magnético, exclusivo de los polos. Su nombre provenía de Aurora, la diosa romana del amanecer y de la palabra griega Bóreas, que significaba Norte. Lo cierto era que ella, como creía en la magia y había hecho un pacto con los elfos islandeses, durante esas noches frías y despejadas, se transformaba en mariposa y volaba para fundirse en un abrazo con la serpiente boreal. 

A mí me contó un troll que habitaba en el Polo Norte que cuando el otoño estaba a punto de darle la bienvenida al invierno, la mariposa, hechizada por los colores de la aurora boreal, se despedía de los elfos con un beso en la frente y se mimetizaba con el color verde brillante. Cuando la noche era más oscura y apacible, se producía la simbiosis perfecta. 

Dicen que Freyja bendijo aquel amor y vaticinó que sería para siempre. Cuentan los peregrinos que se aventuraron a recorrer los magníficos paisajes islandeses, que el día del solsticio de invierno, una serpiente ensortijada y multicolor, apareció en el cielo ejecutando una danza que embrujó a todos los que la contemplaron. Abrazada a su cola iba la mariposa dibujando en el cielo estrellado la sonrisa de un niño. 

Belkys Rodríguez Blanco © 

martes, 4 de agosto de 2015

Lágrimas negras


La lámpara de lágrimas había permanecido durante más de un siglo en la misma estancia de la casona de la calle Claveles. La singular combinación de acero y cristal negro daba forma a una pieza única y robusta. Tanto era así que en ella amanecieron ahorcados tres miembros de la familia Aspuru-Martínez, sin embargo, resistió estoica.

Todos evitaban mirarla fijamente. Esa apariencia de araña a punto de saltar sobre su presa provocaba escalofríos. De sus patas lampiñas colgaba un sinfín de lágrimas negras. Cada pedacito de cristal era un ojo que espiaba los movimientos de los habitantes de la casa. Dueña y señora de un comedor amueblado al rancio estilo colonial, había sido comprada en un mercadillo de antigüedades en la ciudad de Estambul, hacía muchísimos años.

La lámpara no sufría deterioro alguno. Jamás se acumulaba el polvo ni le colgaban telarañas. “Fue un regalo de bodas de una tía viuda que tenía mi tatarabuelo. Una mujercita alta,  enjuta  y con la cara llena de verrugas que, según decían las malas lenguas, hacía brujerías. El caso es que el mismo día del casamiento, la mujer de mi tatarabuelo murió de un ataque al corazón”, contaba la señora Carmen a sus tres hijos solterones, mientras tomaban el té al más puro estilo inglés.

Se decían tantas cosas sobre aquella casa señorial. Que si la madre estaba loca de remate, que si tenía a los hijos embrujados para que permanecieran vírgenes, que si se hacían orgías los días de luna llena y la madre se transformaba en una meretriz ninfómana que copulaba con sus tres retoños hasta dejarlos sin sentido, que si ellos permanecían castos porque padecían de una extraña enfermedad hereditaria que los convertía en vampiros si eyaculaban…

Lo cierto es que mientras en el pueblo se tejían las más variopintas y atroces historias, la casa de la familia Aspuru-Martínez se mantenía cerrada a cal y canto, indiferente a las habladurías. La criada entraba y salía y de su boca no se escapaba comentario alguno sobre la vida dentro de los altos muros, abrigados por una espesa madreselva. La pobre muchacha era muda y analfabeta.

—Hoy les voy a decir algo que le contaron a mi tatarabuelo Miguel, y él a mí —dijo un domingo lluvioso la señora Carmen mientras almorzaba con sus hijos—. Yo era muy pequeña, él muy anciano, y me hizo prometerle que jamás tocaría la lámpara, ni siquiera para limpiarla. Dice que un día la sirvienta se subió encima de esta misma mesa e intentó pasarle un paño. A la mañana siguiente la encontraron estrangulada sobre su cama y jamás se supo quién lo hizo.
—Mamá, por favor, qué disparate. Seguro que fue un crimen minuciosamente planeado y no dejaron huellas —Antonio, el hijo menor, se atragantó con la frase al escuchar el sonido de los cristales vibrando sobre su cabeza.
— ¡Cállate! No provoques su ira. Lo comprende todo —balbuceó la madre con el rostro muy pálido—. Déjame continuar. Siempre les he mentido sobre la muerte de papá y de las gemelas.

Con el rostro compungido, los ojos húmedos y el tono muy bajo, la señora Carmen fue relatando los hechos. Su marido murió también un domingo de tormenta, después de discutir con ella sobre la lámpara familiar. La llamó maldita tarántula. Don Aurelio le tenía manía y quería deshacerse de ella, venderla tal vez. La señora Carmen insistió en que era una reliquia, un recuerdo de sus antepasados, pero él alzó aún más la voz y sentenció que la bajaría y la llevaría al anticuario. Seguro que valía una pequeña fortuna.

El lunes, Aurelio Aspuru amaneció muerto, tirado el cuarto de baño con las manos aferradas al cuello, como si quisiera liberarse de algo que le quitaba el aliento. Mientras le hacían la autopsia, el forense extrajo un objeto de cristal de la garganta del difunto. Nadie se podía explicar cómo había ido a parar a ese sitio de su anatomía la lágrima que le faltaba a la lámpara, y que pocos días después brotó como una hoja recién nacida.

Luego ocurrió lo de las hijas de la señora María: las gemelas Susana y Elena eran como dos gotas del mismo aceite, salvo que Susana tenía un lunar negro y abultado en el brazo derecho y Elena lo lucía en el izquierdo. Si una de las dos se portaba mal y la madre la castigaba, sentándola en una silla por un buen rato, solo cumplía la mitad del castigo. La otra siempre estaba dispuesta a compartir el suplicio a cambio de un trozo de chocolate.

Aquella fatídica tarde, también de domingo e igualmente tempestuosa, mientras la madre hacía la siesta, las dos chiquillas se  subieron a la mesa del comedor, decididas a arrancarle a la lámpara algunas lágrimas. En el momento en que, muertas de risa, se empujaban y trataban de saltar para alcanzar el botín, un fuerte temblor sacudió el suelo. Las ventanas de la estancia se abrieron de par en par, el vendaval recorrió la casa de una punta a la otra y la dejó completamente a oscuras.

La señora Carmen se despertó sobresaltada. Escuchó los gritos de Prudencia, la Tata y pensó, aún adormilada, que era la continuación de su pesadilla habitual. Sin embargo, al llegar al comedor, chocó de narices con la realidad. Sus gemelas yacían muy quietas, boca arriba y agarradas fuertemente de las manos. “No puedo recordar ese día. Fue horrible verlas ahí tiradas, todavía con una sonrisa en los labios. No había sangre, ni golpes, nada. Luego el doctor Tavo dijo que tenían una picadura justo al lado de los lunares. Alguna alimaña venenosa, quizá. No lo entiendo, aquí en el pueblo no hay animales peligrosos…”

Mientras la señora hablaba, dos lagrimones bajaron arrastrando el rimel de las pestañas postizas y tiñeron de negro sus mejillas. Los tres solterones, con los ojos muy abiertos, se habían quedado petrificados. Ni siquiera se atrevían a mirarse.

—Mamá, no sigas por favor, estás muy alterada. Fue un desgraciado accidente, así lo quiso Dios —se atrevió a balbucear Aurelio, el mayor de sus hijos, con los ojos desmesuradamente abiertos y un ligero temblor en la voz.
—¡Les digo que no! Fue ésa, la viuda negra que cuelga sobre nuestras cabezas como espada de Damocles —dijo apretando los dientes, como si quisiera que sus palabras no traspasaran el umbral de las cuerdas vocales—. ¡Prométanme que jamás, pase lo que pase, la tocarán!

Como casi todos los domingos después del almuerzo, el cielo se encapotó y la señora Carmen se fue a hacer la siesta. Sentada en su enorme cama de bronce, con las manos todavía temblorosas y la respiración agitada, podía oír el cuchicheo de sus tres hijos que tomaban café y se fumaban unos puros sentados en la mesa del comedor.

—Mamá sigue todavía muy perturbada por la muerte de papá y las gemelas. Creo que se ha hecho mayor o quizás esté padeciendo la misma enfermedad de la tía Úrsula. ¿Se acuerdan que le dio por decir también que la lámpara se balanceaba, que se escuchaba una música de violín, que cada lágrima que se le caía le volvía a salir y otras cosas sin sentido? —comentó Aurelio a sus hermanos.
—Creo que lo mejor es deshacerse de ella lo antes posible —opinó Antonio, mientras Germán asentía y le daba una bocanada a su cigarro.
—Tienes razón, Antonio, y tal vez deberíamos pintar las paredes de un color claro, dicen que es bueno para los nervios —agregó Aurelio mientras ahogaba en el cenicero la candela de su tabaco moribundo.

Un sonido raro, como de cristales rotos, sacó a la señora Carmen de su pesadilla, la misma que la había acompañado en todas sus siestas durante más de treinta años. Quiso llamar a sus hijos pero, inexplicablemente, se había quedado afónica. Afuera ya no llovía y el gallo cantaba como acostumbraba a hacerlo todas las mañanas a la misma hora. La siesta le había parecido eterna. Intentó levantarse pero no pudo moverse. Angustiada, trató de alcanzar la campanilla que usaba para llamar a la criada y que normalmente reposaba sobre la mesita de noche. Estiró el brazo todo lo que pudo, pero el objeto metálico no estaba allí. En su sitio encontró un espejo ovalado y pequeño, que en lugar de su rostro arrugado, le devolvió las sonrisas de las gemelas. La voz, le urgía recuperarla para llamar a sus hijitas. Ellas seguro que sabrían decirle dónde estaban sus tres varones. Pero mientras la señora Carmen se apretaba con fuerza el cuello, en un intento desesperado por emitir algún sonido, el grito prolongado y lastimero de Prudencia, la Tata, estremecía los cimientos de la vetusta casona de la calle Claveles.

Belkys Rodríguez Blanco ©                             


domingo, 2 de agosto de 2015

El cha cha chá de Cachita



“Cachita está alborotá y ahora baila el cha cha chá”. Pipo, el Mantequilla, sonreía dejando el diente de oro a la intemperie, mientras avanzaba en su flamante Ford del 56 por la calle principal del pueblo. Negro como el culo de un caldero, vestía siempre de blanco y llevaba un pañuelito rojo en el bolsillo de la chaqueta. Para espantar los malos ojos, les decía a sus amigos. El cha cha chá de Cachita o el “cho cho chá de la mulata”, como  él lo había bautizado, lo volvía loco. Era un tema de moda en la radio y lo ponían en todas las estaciones.

Juan, el Jabao, el mejor amigo de Pipo, aseguraba que Cachita era obra de los dioses y el mejor invento de los gallegos, o sea, la mulata o la mulatísima, como él mismo la llamaba cada vez que la veía venir contoneándose al ritmo de un sabroso son de la orquesta Aragón.

—Mami, si cocinas como caminas me como hasta la raspita. Tú con tantas curvas y yo sin frenos —le susurraba el Jabao a Cachita mientras sus ojos estrábicos se clavaban en las nalgas de la mulata.

— ¡Qué feo eres, chico! Blanco como la leche y con pelo, bemba y nariz de negro. A ti te fabricó el Diablo mientras le machacaban los huevos, mijito —y la mulatísima le daba un manotazo y se alejaba riéndose a carcajadas.

—Si yo tuviera los billetes, el carro y la manguera del Mantequilla, otro gallo cantaría, Cachita —el Jabao se quedaba embobado, intentando enfocar el culo de Cachita, hasta que su silueta desaparecía en las Cuatro Esquinas.

Pero  como decía otra canción de moda, la vida te da sorpresas. Una tarde de domingo, mientras la orquesta Aragón interpretaba una de sus emblemáticas canciones en el parque del pueblo, Cachita giraba como un trompo en medio de pista de baile. “Ponme la mano aquí, Macorina”, cantaba con un raro acento un señor vestido de blanco que intentaba seguir el ritmo de la mulata. Ataviado con un traje caro, un sombrero Panamá y un puro en la boca, el hombre no tenía ni idea de cómo se bailaba un son.

—Oye, compadre, ¿quién coño es el vejestorio ese que baila tan mal? —preguntó el Mantequilla sin quitar los ojos de su enamorada.

—No sé, mi hermano, pero esto me huele mal —le contestó el Jabao mientras lanzaba un escupitajo al suelo.

—Pero, ¿qué cojones le pasa al puro este? Le está agarrando la mano a Cachita para ponérsela en la… —sin terminar la frase, el Mantequilla sacó la navaja del bolsillo de la chaqueta y salió disparado en dirección a la pista de baile.

Los bailadores se apartaron aterrorizados y hasta hubo un par de mujeres que se desmayaron mientras se escuchaba aquello de: “Se divierte así el francés y también el alemán, y se alegra el irlandés y hasta el musulmán. Cachita está alborotá, ahora baila el cha cha chá…” En medio de la euforia por la canción de moda, la mulata levantó la vista y vio venir a Pipo como una centella. El viejo que también se había percatado de la situación, se tragó el humo del puro e inmediatamente comenzó a toser. Con la cara enrojecida y los pantalones mojados, Afonso, que así se llamaba el buen señor, se arrodilló y pidió clemencia.

— ¡Pipo, estás loco, chico! —Cachita se enfrentó a su amante, con el rostro sudoroso y los ojos fuera de sus órbitas.

— ¿Qué relajito es este, mulata? Lo vi todo clarito. El viejo te estaba cogiendo la mano para ponérsela en la pinga.

—No, mi vida. Es un malentendido. Este señor es mi tío Afonso, el hermano de mi padre que ha venido de Galicia —aseguró la mulata mientras le acariciaba el rostro.

—Tú viste lo mismo, ¿verdad que sí, Jabao? —Juan, más blanco que un muerto, solo pudo mover la cabeza asintiendo.

— ¿Así que un tío gallego? ¿Tú piensas que yo soy comemierda, Cachita? Y tú, levántate del suelo, viejo verde. Si tú eres gallego, yo soy francés —Pipo guardó la navaja, se pasó un pañuelo blanco por la frente y se acomodó la chaqueta.

Como dijera mi padre, lo que pudo haber acabado como la fiesta del Guatao, refiriéndose a una de las trifulcas más famosas, ocurrida en un guateque en un pueblito de la provincia La Habana, terminó como una celebración familiar: Cachita y los tres hombres se fueron a beber ron al bar de Arquelio. El hombre, enterado ya del desencuentro en el baile, se persignó cuando los vio entrar.

La mulata se sentó en la barra y pidió un mojito. Pipo, dos botellas de ron Bacardí. “El gallego paga, Arquelio”, gritó el negro mostrando su blanquísima dentadura. Cachita, con las piernas cruzadas, se reía a carcajadas mientras saboreaba su cóctel y dejaba al descubierto gran parte de sus esculturales muslos. Pipo y Juan, arrastraron a Afonso al centro del bar. Echaron una moneda en la victrola y seleccionaron la pieza musical de moda.

Al cabo de una hora, borrachos, los tres hombres intentaban improvisar una coreografía como si de una compañía de baile se tratara. Afonso, sudando a mares y rojo como un tomate, miraba de vez en cuando a la mulata y se pasaba la lengua por los labios. Sus pies iban por un lado y la música por el otro. Divertida, ella se bebió el último sorbito de alcohol mezclado con zumo de limón y se unió al trío. “Cachita está alborotá y ahora baila el cha cha chá”, cantaron desafinadamente los tres mientras sus manos sobaban con lascivia las voluptuosas nalgas de la mulata habanera.

Belkys Rodríguez Blanco ©

martes, 28 de julio de 2015

Vampiros en el norte

A Diego


Érase una vez un vampiro avispado que se mudó al norte del planeta un día antes de Navidad. Instalado en Reykjavík, capital de Islandia, dejó de preocuparse por la salida del sol. A pesar de los altos precios de las bebidas alcohólicas, era tal su euforia que compró dos cajas de aguardiente vikingo para celebrar el comienzo de una nueva vida en la más absoluta oscuridad polar.

La borrachera fue de tal magnitud que el vampiro se quedó inconsciente e hibernó plácidamente durante toda la estación. Cuando la primavera comenzó a asomarse tímidamente por aquellas latitudes y los retoños se sacudieron la escarcha y asomaron con cautela sus cabezas buscando un rayito de sol, el vampiro sintió un leve cosquilleo en la nariz y percibió un fuerte olor a ajo. Asustado, dio un respingo e instintivamente se llevó ambas manos al rostro. La inesperada claridad lo había aguijoneado.


Y allí estaba el vampiro que se mudó al norte del mundo y creyó encontrar en aquella isla helada y volcánica la oscuridad perpetua. Perplejo, tembloroso, desaliñado y desorientado, sintió que su cuerpo languidecía en medio de la plaza Erik el Rojo, rodeado de una multitud exultante que celebraba con cánticos, comidas y aguardiente el solsticio de verano.

Belkys Rodríguez Blanco ©

miércoles, 15 de julio de 2015

Insomnio



El viento era especialmente cruel aquella madrugada. Removía el polvo acumulado y los fantasmas, desvelados e inquietos, no encontraban sosiego en ningún rincón de la casa. Si bien era cierto que no hacían ruido, a ella se le erizaba la piel de la espalda y daba vueltas en la cama, flotando en un duermevela que coqueteaba con el  insomnio.

Sobre las tres de la madrugada se levantó y fue hasta la ventana. Las ramas de los árboles se aferraban a los troncos como podían. Miles de hojas secas se amontonaban en la calle y en las aceras. El cielo estaba cubierto por un manto color arena que le impedía ver las estrellas. Y lo peor era aquel lamento que no cesaba. Estaba segura de que el viento, harto de su propia fuerza, aullaba desesperado, suplicándole al silencio que se apiadara de él.

Echaba de menos aquellas nubes de su infancia cargadas de aguaceros. Solo la lluvia podía apaciguar semejante desazón. Evocó las gruesas gotas empapándole la ropa y esa sensación de alivio cuando el olor a tierra mojada entraba en sus pulmones. Recordó los charcos en el patio de una casa que comenzaba a diluirse en su memoria. El intenso olor del limonero y el sabor dulcísimo del mango también se iban mitigando en los recuerdos. La culpa era del viento. Y de los fantasmas que se arremolinaban en los rincones de la casa y luego salían de puntillas a la noche.

Antes del amanecer el viento enmudeció y por fin dejó de castigar las ramas de los árboles. Con los párpados maltrechos abandonó la ventana y caminó descalza sobre las hojas secas. Se despojó de la ropa y se tumbó exhausta sobre el lecho. Las nubes de su infancia acudieron calladas, se acurrucaron junto a ella y comenzaron a dibujar extrañas formas sobre las sábanas. Liberada del insomnio, se abrazó a las primeras gotas  mientras la humedad se reconciliaba con los sentidos.

Belkys Rodriguez Blanco ©

miércoles, 8 de julio de 2015

La mecedora

A Manuel Díaz Martínez


La anciana se mece en el sillón y escucha distraídamente el implacable tic tac del tiempo. Acostado sobre la tierra reseca el perro la mira, cómplice de las horas y la desidia. La madera emite un leve quejido como señal inconfundible del desamparo. Un hilo de color blanco la mantiene sentada allí, con la mirada errante y las manos quietas sobre el regazo. Alguien a quien ella ha olvidado le recuerda que no puede irse porque está amarrada. No entiende el significado de aquellas palabras pero mueve la cabeza asintiendo y sonríe.

Charito se despojó de la memoria como quien echa un vestido viejo a la basura. El lamento de la mecedora y el tren cargado de caña recién cortada son los únicos compañeros de viaje que reconoce y a los que se aferran sus ojos celestes, custodiados ahora por arrugas octogenarias. Los raíles del ferrocarril están demasiado cerca del portalito de la casa, por eso a su hija se le ocurrió usar el hilo de coser atado a ambos brazos del sillón. Por algún extraño mecanismo de la mente, la anciana acepta que está inmovilizada y que es imposible levantarse.

El perro sarnoso viene y le lame los pies descalzos. Ella lo observa con la curiosidad de un recién nacido. Hace un amago de inclinarse para acariciarle el lomo pero, instintivamente, se echa hacia atrás y dirige la mirada hacia el cañaveral. El sol del mediodía es como una lengua de fuego que se extiende por la tierra roja. La despiadada claridad hiere las pupilas de Charito. Deja de mecerse y cierra los ojos. Lentamente aspira el olor dulzón que llega desde el Central Azucarero. Se apagan el quejido de la madera y el de la vieja locomotora.


El tiempo se acurruca bajo la sombra que proyecta la mata de mango y allí comienza su agonía. Las gotas de sudor empapan la blusa desteñida de la anciana. Los recuerdos se adormecen en las horas muertas de la tarde. El pasado, pegado a la humedad de la piel,  le susurra aquellos boleros que solía cantarle al amor de su vida. Manuel, amor de mi bohío, tu linda guajirita te espera bajo la ceiba, a la hora de la siesta. Sonríe y las arrugas desaparecen. El olor a guarapo está impregnado en su pelo trigueño y ensortijado. El finísimo velo que le cubre la mirada se diluye lentamente. Alza los brazos como si quisiera abarcar todo el verde del cañaveral. El aullido del perro se confunde con el silbato de la locomotora. Charito, liberada de la cuerda imaginaria que la ata a la mecedora, sale al terraplén y avanza a toda prisa, con los brazos extendidos, hechizada por los besos que la aguardan a la sombra de la centenaria ceiba.

Belkys Rodriguez Blanco ©

domingo, 28 de junio de 2015

Renuncia


Reunciar a la inocencia.
El alma pide a gritos un callo
que la proteja de la iniquidad.

Renunciar a la lágrima pueril.
Burlarse de las heridas
aunque no cicatricen y se pudra la carne.

Echarle sal marina al arañazo y aguantar.
Con los dientes muy apretados,
gritar hacia adentro,
inspirando la rabia.

Que el corazón se encoja
ante el grito de guerra.
Que salte el gladiador
y se enfrente desnudo
a los dientes de la fiera.

Renunciar a la espada y al escudo.
El alma necesita un callo
que la proteja de tanta podredumbre.

Renunciar a la inocencia
antes de que sea demasiado tarde.
El guerrero espera impaciente
con los músculos tensos,
el ceño fruncido y
el grito agazapado en la garganta.

La fiera acecha
hambrienta y despiadada.
La compasión se desviste,
la inocencia la espera
en el campo de batalla.


Belkys Rodríguez Blanco ©