jueves, 29 de enero de 2015

Nevada



Me acuerdo de la primera nevada de mi vida. Tenía veintinueve años. Salí al jardín en aquel país donde los elfos te espían desde sus refugios, abrí los brazos y dejé que los copos se acurrucaran en los pliegues de mi abrigo negro. Era otoño, como hoy. El abrigo sigue colgado detrás de la puerta de mi habitación contando los años que tengo ahora, muchos más. Los copos continúan adormilados en mis recuerdos.


miércoles, 21 de enero de 2015

El verdugo



Disfrutaba con el lamento y las súplicas de los condenados a muerte. Le excitaban el olor a orín y a excrementos. Necesitaba el gentío a su alrededor para ejecutar la sentencia. Los gritos de la multitud le producían placer. Al caer, el convicto no se estrangulaba de golpe. Se quedaba apenas suspendido de la horca y el sufrimiento era feroz, prolongado. Esto le despertaba al verdugo un cosquilleo de satisfacción mientras la multitud chillaba eufórica. Era el hombre letal por antonomasia
Pero aquel invierno, víspera de Navidad, la criatura encorvada, de manos temibles, se encontró con los ojos diáfanos de la rea, condenada a muerte por envenenar a su marido. Los alaridos de la muchedumbre se quedaron en silencio. Solo se escuchaba el sollozo lastimero de una niña que, en primera fila, se aferraba al vestido sucio de una anciana. William apartó la mirada de la mujer y buscó instintivamente los ojos de la niña en la plaza. Eran los mismos.
“¡Termina de una vez!”, le gritó la mujer apartando de un soplido los rizos que importunaban su frente. Pero aquel hombre corpulento, de casi dos metros de estatura y rostro agujereado por la viruela, retrocedió por primera vez en veinte años ejecutando reos. “¡Acaba, cerdo!”, volvió a pedir con voz ronca la mujer, y luego escupió con rabia sobre el tablado. Pálido, William no movió un solo músculo. La niña de la plaza avanzó hacia el patíbulo, extendió tímidamente el brazo y le ofreció una rosa blanca. El verdugo le sostuvo la mirada, abrió la mano que tantas vidas había segado y aceptó la flor. La nieve comenzó a teñir de blanco las viejas y doloridas tablas del cadalso.

sábado, 17 de enero de 2015

Virulencia


Tres días contigo en la cama. Más de diez años sin verte, sin embargo me doy cuenta de que no has cambiado. Conservas intacta tu capacidad telúrica. Ojerosa, exhausta, dolorida…A mis años estos excesos pasan factura. Has hecho un buen repaso de toda mi anatomía. No te ha quedado ningún rincón por explorar. Hoy, por fin, logro poner los pies dentro de las pantuflas. Dando tumbos salgo a buscar la cafetera. El líquido aromático y caliente baja con dificultad por la garganta. Ahí también hiciste estragos. El peor virus de la gripe en cincuenta años, escucho en la radio. Las palabras del locutor retumban en mi cabeza e instintivamente busco el Ibuprofeno. Derrotada por la desidia, regreso a mi lecho cual princesa moribunda. Entre las sábanas, espera paciente el fatídico amante para darme el tiro de gracia. 

martes, 6 de enero de 2015

El Rey que no era mago


                                        A Manuel Díaz Martínez


En la isla donde nació Rosaura, ese asunto de la Navidad y los Reyes Magos formaban parte de la propaganda enemiga y el diversionismo ideológico. El arbolito y el nacimiento fueron sustituidos por los muñequitos rusos en blanco y negro.  El Rey que no era mago le traía, en el mes de julio, tres juguetes sacados de las bodegas de los barcos soviéticos. No era necesario escribirle una carta, solo debía cruzar los dedos para que en aquel  sorteo en el parque del pueblo, no le tocara el último número para comprar los juguetes el último día. Sin embargo, ella era feliz con las aventuras de Tom Sawyer, La Edad de Oro y con once años, su primer poema fue una décima en contra del imperialismo yanqui. 

Después de tantos años, el Rey ha devenido criatura  prehistórica, adherida como un fósil al mismo trono. Los muñequitos rusos se han convertido en magnates capitalistas y Rosaura, que ahora vive en la sociedad de consumo, necesita una consulta  mensual con el psicoanalista por una rara adicción a las jugueterías y por un sueño recurrente: tres Reyes Magos barbudos y vestidos de verde olivo la persiguen, cada seis de enero, para que vuelva a recitar en el patio del colegio aquel poema al imperialismo.

Del libro: Relatos en Minifalda