martes, 6 de enero de 2015

El Rey que no era mago


                                        A Manuel Díaz Martínez


En la isla donde nació Rosaura, ese asunto de la Navidad y los Reyes Magos formaban parte de la propaganda enemiga y el diversionismo ideológico. El arbolito y el nacimiento fueron sustituidos por los muñequitos rusos en blanco y negro.  El Rey que no era mago le traía, en el mes de julio, tres juguetes sacados de las bodegas de los barcos soviéticos. No era necesario escribirle una carta, solo debía cruzar los dedos para que en aquel  sorteo en el parque del pueblo, no le tocara el último número para comprar los juguetes el último día. Sin embargo, ella era feliz con las aventuras de Tom Sawyer, La Edad de Oro y con once años, su primer poema fue una décima en contra del imperialismo yanqui. 

Después de tantos años, el Rey ha devenido criatura  prehistórica, adherida como un fósil al mismo trono. Los muñequitos rusos se han convertido en magnates capitalistas y Rosaura, que ahora vive en la sociedad de consumo, necesita una consulta  mensual con el psicoanalista por una rara adicción a las jugueterías y por un sueño recurrente: tres Reyes Magos barbudos y vestidos de verde olivo la persiguen, cada seis de enero, para que vuelva a recitar en el patio del colegio aquel poema al imperialismo.

Del libro: Relatos en Minifalda

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