sábado, 28 de febrero de 2015

Gelasia y los caracoles


A mi abuela Eulalia


Se lo susurraron los caracoles. Le dijeron que él me quería. Ella nunca lo había visto, ni siquiera en fotografías. Más de seis mil kilómetros de océano los separaban. Su certeza me dejó boquiabierta. Y luego me contó otras cosas que sucedieron tal y como ella las había vaticinado.
Fumaba un puro mientras hablaba. El humo formaba extrañas figuras que luego se escurrían como fantasmas por la ventana. Le cambiaba el tono de la voz cuando invocaba el espíritu de la negrita esclava. Sacaba los caracoles del cuenco, los desplegaba con elegancia sobe la mesita de madera oscura e interpretaba sus mensajes ocultos. El olor dulzón del tabaco me adormilaba, mientras las profecías de la negrita ponían en movimiento los labios de la abuela.
Todos venían a consultarla. Se fiaban de su honestidad y su experiencia. Los asuntos amorosos llevaban la voz cantante. La negrita Gelasia que poseía a la abuela recomendaba hierbas, miel de abeja, cascarilla, flores blancas y paciencia. Hay cosas que no pueden resolverse en un par de días. Una vez alguien le pidió que hiciera un trabajo para “amarrar” a su amante. Pero la abuela tenía claro que cuando no había amor, la negrita poco podía hacer.
Nada de magia negra. La abuela solo hacía el bien. Porque el mal envenenaba el alma y los sentidos. Por eso el mundo estaba como estaba. Se le ensombrecía el rostro, mordía con fuerza el puro, soltaba una gran bocanada de humo y la voz le salía más grave de lo normal. “Eleguá abre los caminos para que entren el bien y la felicidad. Es el dueño del destino y al mal lo mantiene a raya en esta casa”, aseguraba aquella voz ancestral que emergía como un torrente de su garganta.

Ayer la abuela se despidió de sus santos y sus caracoles y se marchó con Gelasia al mundo de los espíritus. Se fue apagando como el cabito de vela que iluminaba la habitación. Fumaba con deleite un puro, e iba con la cabeza erguida, la mirada serena, el pelo blanco y su vestido rojo vaporoso cubriéndola hasta los tobillos. La negrita estaba encogida en un rincón del cuarto canturreando aquella canción africana que le enseñaron sus abuelos. Tenía la mirada húmeda y perdida y sostenía entre sus manos los caracoles. Un pañuelo de colores luminosos cubría su cabeza. Llevaba un vestido amarillo muy largo e iba descalza. La abuela le habló con su voz firme y ronca y le prohibió las lágrimas. Gelasia buscó los ojos de la anciana y soltó una carcajada. Juntas se marcharon envueltas en el aroma del tabaco, susurrándole un cántico de amor a Ochún, reina de la delicadeza y la sensualidad.

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