jueves, 28 de mayo de 2015

La radio


A la Habana de 1994                                             


Mientras en la radio hablan de xenofobia, de elecciones, de atentados y de ballenas que deciden suicidarse en la orilla de algún océano, ella intenta desvestir su ausencia para calentar su propio cuerpo. Le cuesta porque tiene las ropas muy ceñidas, duerme  profundamente y no quiere que se le moleste.

Ha vuelto a casa después de un día estéril, definitivamente absurdo como los anteriores. Es tarde y está exhausta. Procura dejar atrás el  bullicio de una ciudad caótica y de un pavimento carcomido por el salitre y la indiferencia. Busca a tientas el silencio, se sirve un té, descorre las cortinas y se deja seducir por el encanto de una noche lluviosa.

La calle oscura y mojada se desliza sigilosa entre las sábanas de un lecho vacío. Hoy tampoco vendrá. Él pretende que ella le crea que vive con su mujer pero duerme en la habitación de al lado. Que no la ama. Su lado ingenuo le sonríe complaciente pero su parte curtida lo maldice mientras se consume en la rabia y el deseo.

El agua intenta fluir con parsimonia mientras en la radio estallan bombas, gritos, consignas y otra vez solo la lluvia y ella son testigos de la demencia colectiva. Un coro de lunáticos canta himnos importados e invita al fanatismo y la sumisión. Cree que va a vomitar. Intenta apagar la radio pero no puede, no quiere. Como se niega rotundamente a odiarlo a él, necesita arremeter contra alguien y la radio le sirve un motivo en bandeja de plata.

Es más fácil repudiar las bombas... ¡Y él que no llega! El té se ha enfriado. Es mejor así. Caliente le hace daño. La lluvia se abraza ahora con desesperación a las aceras, los tejados, las farolas y, por último, a su cuerpo. La golpea hasta dejarla sin sentido. Pretende que todo desaparezca tragado por su incontenible furia.


Ya no le importa si escampa, si viene o no, o sí, pero disimula su ansiedad clavándose las uñas en las palmas de las manos. Se muerde los labios y un líquido dulce le recorre la lengua y la garganta. Cierra los ojos y sale al aguacero. Desnuda. Apretando los puños  corre calle abajo. En la radio han cesado las bombas y las ballenas regresan a su rutina en las profundidades. Una melodía conocida y punzante le recuerda, burlona, que él finalmente  no vendrá.

Belkys Rodríguez Blanco ©

sábado, 23 de mayo de 2015

Invierno tardío


Aunque el verano se anuncia en los retoños, ella sigue con la nieve sobre el tejado. La porfía del sol la seduce, sin embargo la frialdad afinca sus garras allí donde el calor no puede tocarla, donde los recuerdos, de tanta ausencia, se volvieron intangibles. La soledad de un invierno tardío se le mete en los huesos y la deja a merced de las corrientes heladas. Ondulantes desiertos de polvo blanco, infinitos, inevitables. Abismos que la tientan y la salvan y por fin la abrazan. 

Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 18 de mayo de 2015

Nubes

A Joaquín Nieto por devolverme las nubes de mi infancia.


Era un niño enfermizo por eso se acostumbró a contemplar los nubarrones desde la ventana. Mientras sus amigos correteaban semidesnudos bajo el aguacero, él se conformaba con estirar el brazo para sentir la frialdad de la lluvia sobre su piel blanquecina. El olor a tierra mojada lo aliviaba mucho más que todos los remedios que le daban para mitigar el asma.
En sus dibujos siempre había nubes. Los torpes trazos daban vida a lo que parecía un zoológico celestial. La nube con forma de elefante era su favorita. La trompa de uno se unía a la del paquidermo vecino y formaban un gran corazón que palpitaba en su propio pecho. Con los ojos cerrados amasaba con deleite aquellos algodones de azúcar gigantes que al presionarlos un poco, dejaban un charco de agua sobre el suelo de la habitación.
Cuando la crisis de asma le vetaba la posibilidad de esa bocanada de aire fresco, Mario volvía a cerrar los ojos con firmeza e imaginaba que podía sobrevolar mares y océanos subido en la nube con forma de gaviota. Una ráfaga de aire salpicado de pequeñísimas gotas de rocío dilataba sus bronquios y le devolvía la vida. Aliviado de la presión en el pecho, abría los brazos, sonreía y le pedía a la gaviota que lo llevara de vuelta a casa.
El día de su cumpleaños, cansado de tanto encierro, Mario se escapó de casa y se unió a la fiesta de sus amigos en una calle por donde corría el agua como un río impetuoso. Ramas caídas, barcos de papel, enseres domésticos y un sinfín de objetos eran arrastrados por el torrente, coloreado ahora por la tierra roja del pueblo. Arriba, los nubarrones prietos como trozos de chapapote auguraban la llegada de un huracán. El niño asmático, hechizado por una nube con forma de barco, se agarraba fuertemente al mástil mientras ordenaba a sus marineros poner proa al horizonte para esquivar la tormenta. Empapados y felices, los chiquillos observaban boquiabiertos cómo el viento comenzaba a amainar y un cirrus con forma de colibrí desplegaba sus inquietas alas sobre el cielo, ahuyentando a los nubarrones grises con su aleteo y convidando al sol a aquella singular fiesta de cumpleaños.


Belkys Rodríguez Blanco ©

Los sueños de las mariposas


Desde lo alto de aquel flamboyán la mariposa pudo comprobar que los hombres eran ambiguos e inconstantes. “Nada se puede hacer”, suspiró resignada. Voló un poco más alto y se regocijó con la suerte de ser una criatura alada. Repasó atentamente cada color y comprobó que tenía polvillo suficiente para seguir subiendo. Y se posó en la nube con forma de elefante. Se acurrucó en aquella suave textura y soñó que los hombres eran mariposas que habían renunciado a sus sueños.


jueves, 14 de mayo de 2015

El superviviente

A Kike, por su valentía y  la bondad en su mirada.


Sé que me entretuve persiguiendo aquellas mariposas y no lo vi venir. Estoy acostumbrado a andar solito de un lado para otro y siempre evito las carreteras, pero los colores de las mariposas me encandilaron. Escuché el frenazo, sentí un dolor agudo en el lomo y ya no supe nada más.
Preferiría olvidar todo lo que vino después, pero el dolor en las patas traseras y las llagas en mi vientre me lo recuerdan cada día. Hubiera dado cualquier cosa por recibir el  tiro de gracia, antes que andar arrastrándome, con este dolor insoportable, las moscas martirizándome y es asco en el rostro de la gente cuando me ve aparecer. Intenté dejar de comer para que la muerte me llevara a otro mundo, donde las cosas tal vez fueran de otra manera. De hecho, estuve muchos días tomando apenas unos sorbitos de agua porque no me apetecía nada más.
Mi amo se desentendió de mí. Lo escuché decir que no tenía “pasta” para llevarme al veterinario, que ya me curaría solo. “El perro se lame las heridas y la saliva lo cura”, le gritó a una persona que, sobrecogida, le decía que buscara ayuda, que yo estaba sufriendo mucho. Algunos humanos piensan que los animales no tenemos sentimientos. Para ellos somos una especie de “cosa” que respira y se mueve de un lado a otro, y que carece de un mundo interior donde la tristeza y la alegría conviven. ¡Qué equivocados están! Por fortuna, no todos son iguales.
Ahora que mi suerte ha cambiado, recuerdo aquella mañana de primavera cuando exhausto y harto de tanto dolor, me rendí. Busqué un rincón oscuro en una casa abandonada y me acurruqué. Quería marcharme, dejar de sentir las punzadas en la barriguita y aquel olor putrefacto que emanaba de los muñones que ahora sustituían mis patas traseras. De repente, sentí un cosquilleo en mi hocico y cuando abrí los ojos pensé que ya estaba muerto: una mariposa Monarca me acariciaba con sus diminutas patas mientras esparcía sobre mi cabeza un polvillo dorado. Entonces la vi. Una mujer que olía a rosas se acercó a mí, me alzó con delicadeza, me envolvió en una manta y me besó en el hocico. “Hola, muchachito. Tranquilo, estamos aquí para ayudarte”. La mariposa se desprendió lentamente de mi hocico y salió por una pequeña ventana por donde se asomaba un pedazo de cielo limpio.


Nota: Esta historia es real. Con todo el amor que me inculcaron mis padres por los animales, dedico esta historia a Kike, un perrito que fue atropellado en la Aldea de San Nicolás, en la isla de Gran Canaria, y abandonado a su suerte. Gracias a la generosidad de la protectora Gran Canaria Pets, hoy Kike se recupera en una casa de acogida. Gracias Stella, Patri y Nati. El mundo necesita muchas personas como ustedes.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Policromía


Cuando tuvo uso de razón le dijeron que la vida no era color rosa. Por eso, aunque muchos lo miraron con recelo, derramó sobre aquella cartulina en blanco algunos verdes, varios azules, distintas tonalidades de rojo, violetas, naranjas, amarillos, se acostó sobre la hierba húmeda y fue feliz contemplando el nacimiento de un arcoíris que de mayor, a todas luces, sería aurora boreal.

viernes, 8 de mayo de 2015

Esta soy yo...


Soy periodista e irremediablemente isleña. De Cuba a Islandia y luego a Gran Canaria. Tengo la manía de escribir historias cortas, por eso he publicado recientemente un libro titulado Relatos en minifalda.

Por prescripción facultativa


El psiquiatra le habló de la neurosis y le prescribió las caricias. Nada como  unos dedos experimentados para desterrar la soledad de la piel y los tormentos del alma. Le prohibió los antidepresivos, los tranquilizantes o cualquier otro medicamento que anulara los sentidos e impidiera el disfrute. El psiquiatra le insistió en el uso de las manos y, claro está, la boca y su inseparable compañera la lengua. El cuerpo y el alma siempre responden mucho mejor a las terapias alternativas.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Las verdades y los espejos


Hoy ha decidido no volver a mirarse en el espejo. Se detiene frente a él, justo antes de lavarse la cara, cierra los ojos e imagina que es solo un cuadro vulgar donde se reflejan los rostros de los otros, de esas tontas marionetas que todavía no han descubierto la verdad y sobreviven ajenas al dolor.
No ha tenido que pagar al psicoanalista para aceptarlo. Sin embargo le da rabia no haberlo asumido cuando sorprendió a la verdad mirándola con sorna, creyéndose inteligente, infalible. No volverá a quejarse. Debe soportarlo sin anestesia, cargar con la cruz de la certeza sin protestar. La culpa es toda suya por creerse las patrañas de Walt Disney.

La verdad la conoce muy bien y la manipula a su antojo. Sabe que sus niveles de tolerancia son muy bajos. Por eso, deja que la duda le crezca como una planta trepadora, de esas que se enquistan desafiantes, se tuercen, succionan los fluidos y finalmente anulan la voluntad.
Ahora, se concentra en el goce de la enredadera tragándose con deleite cada detalle de sus facciones, borrándole hasta el más mínimo vestigio de vanidad. No volverá a caer en el jueguito de los espejos y la mascarilla facial disimulando las ojeras. Al carajo las putas princesas.

Dicen que la mirada es el espejo del alma. Pobre de la que le han asignado a ella, ya no tiene dónde mirarse. Y no hará concesiones. Quedan prohibidos los espejos. Los dichosos artilugios son, más bien, los ojos que la espían, que la acosan y finalmente la delatan. Es más, acaba de romper a martillazos todos los que tenía en casa, aunque eso la condene a siete años de mala suerte por cada demonio derribado. Le da igual.
La suerte es como los gatos. Dicen que cierran los ojos para no agradecer la comida que les ofrecen. Aunque ella la mime, la acaricie y le ponga miel de abeja en la tostada, la muy ramera le sonríe solo para quedar bien, y deja caer intencionalmente los párpados, evitando el compromiso. Felina al fin y al cabo, es indomable y escurridiza. Con el cuento de la libertad y el desmadre, la embauca y termina tomándole el pelo.

Se cansó también de la suerte. De la buena y de la mala. Se cansó de Walt Disney y los cuentos de hadas. Ha metido todo en el mismo saco donde ahora se asfixian las verdades. Y por si acaso, a modo profiláctico, también van ahí dentro los trocitos de espejo, no vaya a ser que a los gatos les dé por comérselos y se atraganten.


domingo, 3 de mayo de 2015

Cartas a Marina

A mi madre y a otras madres que ya no están.



La vio al lado del armario, con su bata blanca, el pelo suelto y esa sonrisa que siempre la hizo tan especial. Cerró los ojos y aspiró con fuerza su olor a Nomeolvides. La brisa nocturna mecía levemente las cortinas del ventanal. “No te vayas, mamá. Todavía tengo muchas preguntas”, la voz en su interior sonó con tanta fuerza que sintió que el suelo y las paredes vibraban como las cuerdas de una guitarra. Ella se acercó flotando como un suave pétalo de rosa silvestre y se posó en el borde de la cama. Las manos trémulas acariciaron el cabello del hijo y por los labios entreabiertos se asomó aquella canción de cuna que tantas veces arrulló sus sueños. “Arrurú mi niño, arrurú mi amor, arrurú pedazo de mi corazón”.
Pablo abrió los ojos e instintivamente buscó el armario. Las cortinas rozaban con suavidad la madera áspera, y a la vez dejaban que las luces de las farolas se colaran por los cristales del ventanal. Era una noche calurosa de julio. Se levantó de la cama y fue hasta la ventana. Tenía la camisa empapada de sudor y la boca seca. Se fijó que la luna menguaba y que algunas estrellas bailaban esa extraña danza estival que lo hechizaba. A su madre también le gustaba mirar al cielo, contar estrellas fugaces y pedir deseos para él. Nunca pedía nada para ella. Se conformaba con ver a su hijo creciendo sano y feliz. Hacía cinco años que se había marchado, pero a Pablo le parecía que había sido ayer. Una terrible punzada le atravesaba el pecho cuando recordaba el momento en que su madre le agarró la mano con fuerza y le pidió que nunca dejara de escribirle cartas. Ante el gesto de sorpresa del hijo su alma se escurrió sigilosa. Él se inclinó para besar la frente blanquísima de la anciana y dejó que el llanto empapara los cabellos que siempre olían a Nomeolvides.
Después de beber agua y cambiarse la camisa, Pablo caminó hasta el escritorio y contempló la máquina de escribir. Las teclas polvorientas le recordaron que hacía cinco años que no escribía una sola palabra. Tuvo la impresión de que las letras lo miraban con desdén, resignadas ante tanta desidia. Otra vez sintió la mano de su madre apretando la suya y las palabras llegaron a su cerebro como una ráfaga de viento huracanado. Buscó desesperadamente una cuartilla y la introdujo en el rodillo. Sentía el corazón latiendo en la sien.
Marina era una de las muchachas más bonitas del pueblo. Cuando Rogelio la vio en aquella verbena lo tuvo claro. Se casaría con ella y sería el hombre más feliz de la isla y del mundo. La sonrisa de Marina era una fiesta en sí misma. Sus cabellos largos y ondulados olían a Nomeolvides. Delgada y etérea, dejaba siempre a su paso ese polvillo encantador que solo se desprende del cuerpo de las hadas y los ángeles en su efímero paso por este mundo. Marina y Rogelio tuvieron un hijo que creció feliz en aquella casita blanca, al borde del barranco. Entre flores, perros, cabras y gallinas pasó Pablo su infancia. Con apenas cuatro años ya sabía leer y escribir. El mejor regalo que podía recibir en sus cumpleaños era un álbum ilustrado. De tanto hojear los libros, los colores y los olores se le quedaban impregnados en los dedos, y cada historia lo hacía viajar en el tiempo y el espacio. Cuando cumplió los doce años decidió que sería escritor.
El polvillo saltaba de las teclas como una fiesta de confetis. Varios estornudos interrumpieron aquella carrera frenética por llenar la cuartilla de palabras. Nunca fue muy rápido tecleando pero esta vez sus dedos golpeaban con agilidad y precisión cada letra, mientras las ideas se iban desperezando. Tenía que terminar la carta antes de que amaneciera. Su madre siempre le contaba a sus amigas que su hijo escribía como los ángeles. Cada vez que recibía correspondencia, las reunía en el comedor de la casa para  leerla y presumir de la elocuencia y de las metáforas que su hijo le dedicaba. Fue la época en que Pablo se marchó al continente para estudiar Magisterio. Todas las semanas Marina recibía una carta llena de anécdotas y de frases poéticas. El amor de su hijo la conmovía hasta las lágrimas. Cada misiva era el motivo perfecto para una tertulia en la que no faltaban el buen café, las galletitas y los comentarios sobre la vida de la gente del pueblo.
Cuando las farolas se apagaron y los tenues rayos del sol comenzaron a colarse por la ventana, Pablo se echó para atrás en la silla, cerró los ojos y bostezó. Sobre el escritorio, más de veinte cuartillas se mezclaban con el reguero de libros y un sinfín de documentos. Era la carta más larga que había escrito en su vida. Necesitaba contarle a su madre todo lo que había sucedido en esos cinco años de ausencia. Eligió minuciosamente las palabras para decirle cuánto la echaba de menos. Cinco largos años de lágrimas calladas y otras que se movían como duendes cautelosos y se acurrucaban desconsoladas sobre la almohada. Se preguntaba si algún ángel querría servirle de cartero para llevar la misiva a su destino. “Creo que he perdido la razón. Esto es absurdo”, se dijo mientras se levantaba para estirar las piernas. Tenía todos los músculos entumecidos. Fue hasta la ventana y vio un par de gaviotas que daban vueltas en círculo intentando divisar algún pez despistado. Los párpados le pesaban como bloques. Corrió la cortina y se fue a la cama. Cerró los ojos y en el duermevela volvió a escuchar la voz de su madre: “Arrurú mi niño, arrurú mi amor, arrurú pedazo de mi corazón”.  
Ocho horas más tarde, Pablo se despertó. Afuera estaba oscuro y llovía. El olor a tierra mojada  le produjo una agradable sensación de alivio. Desde niño le gustaba el sonido de las gotas al caer en el tejado. La lluvia nocturna era una especie de bálsamo que calmaba los sentidos. Se incorporó en la cama y encendió la lámpara de noche. Necesitaba un café para volver a sentarse en el escritorio y acabar lo que había comenzado. Descalzo, caminó hacia la puerta de la habitación. Antes de salir miró de reojo el escritorio y la sorpresa  lo dejó paralizado. La máquina de escribir se había despojado del polvo y todo estaba en perfecto orden. Un temblor incontrolable se apoderó de su cuerpo. Otra vez el corazón le latía en la sien. Ni un solo rastro de las más de veinte cuartillas. Sola una nota con aquella caligrafía inconfundible: “Los ángeles siempre serán nuestros aliados. Busca las respuestas en las señales, Pablo, las señales que te va dejando la vida. Te quiero. Mamá”. La noche acalló el sonido de la lluvia sobre el tejado y la danza estival de las estrellas comenzó a dibujar extrañas formas en el cielo.