domingo, 28 de junio de 2015

Renuncia


Reunciar a la inocencia.
El alma pide a gritos un callo
que la proteja de la iniquidad.

Renunciar a la lágrima pueril.
Burlarse de las heridas
aunque no cicatricen y se pudra la carne.

Echarle sal marina al arañazo y aguantar.
Con los dientes muy apretados,
gritar hacia adentro,
inspirando la rabia.

Que el corazón se encoja
ante el grito de guerra.
Que salte el gladiador
y se enfrente desnudo
a los dientes de la fiera.

Renunciar a la espada y al escudo.
El alma necesita un callo
que la proteja de tanta podredumbre.

Renunciar a la inocencia
antes de que sea demasiado tarde.
El guerrero espera impaciente
con los músculos tensos,
el ceño fruncido y
el grito agazapado en la garganta.

La fiera acecha
hambrienta y despiadada.
La compasión se desviste,
la inocencia la espera
en el campo de batalla.


Belkys Rodríguez Blanco ©

jueves, 25 de junio de 2015

Lucrecia y el Sol



A la Mariposa se le mojaron las alas con el sereno. Desconcertada, pensó que nunca más podría volar. Lloró con los puños apretados y, entre sollozos y maldiciones, se refugió bajo los pétalos de un girasol. Ante tanta algarabía, el Sol se asomó por la línea del  horizonte y, mientras estiraba brazos y piernas, se dispuso a alumbrar la Tierra.

Tal parecía que aquel redondel perfecto había adivinado sus pensamientos, así que se acercó, la observó con el ceño fruncido y luego le hizo un guiño cómplice. “Despliega las alas, quejica. Debería abandonarte a tu suerte por haberme despertado antes de tiempo, pero olvidaré ese detalle y dejaré que mi  calor te devuelva el optimismo”. Lucrecia lo miró recelosa, con los cachetes rojos como tomates y dos lagrimones a punto de escaparse de sus ojos. La generosidad del Sol era infinita y ella acababa de descubrirlo.

Y las alas de Lucrecia se secaron. Se despidió de los girasoles que le habían dado cobijo y voló tan alto como siempre había soñado.  Decidió que nunca más volvería a llorar y a maldecir por unas alas mojadas. Estaba convencida de que incluso en los días grises, es posible que un rayito de sol se burle de los nubarrones y le devuelva  a una incrédula Mariposa como ella la capacidad de volar. La confianza de las Mariposas era infinita y Lucrecia acaba de descubrirlo.

Belkys Rodríguez Blanco ©


domingo, 14 de junio de 2015

Sequía estival


Ni una sola palabra, ni con falta de ortografía. Ni una sola frase coherente o incongruente. Abulia estival, suelo reseco y cuarteado, neuronas desconectadas, aguaceros pendientes. Se  quedó inmóvil, con la mirada clavada en la cuartilla impoluta, quizás desteñida como los fantasmas que andan sigilosos por las madrugadas insomnes. Miró al techo con desgana y vio la soga, desgastada por tantos cuellos suicidas. La luz menguó y luego volvió a brillar con esa intensidad que maldicen las pupilas. Otra vez el espíritu burlón campa a sus anchas, pensó. Otra vez escupiéndole en el rostro que ella es solo una marioneta del azar, un pobre eslabón suelto. Sequía estival, repitió una y otra vez. Luego cerró los ojos y dejó que la rudeza de la soga le rodeara el cuello como una planta parásita. Afuera, un relámpago anunció la llegada de las primeras gotas. Demasiado tarde. Ni una sola palabra y tantas frases como cabos sueltos. Luego aquel destello macabro antes de estruendo y su cuerpo exánime, húmedo,liberado.
Belkys Rodríguez Blanco ©