martes, 28 de julio de 2015

Vampiros en el norte

A Diego


Érase una vez un vampiro avispado que se mudó al norte del planeta un día antes de Navidad. Instalado en Reykjavík, capital de Islandia, dejó de preocuparse por la salida del sol. A pesar de los altos precios de las bebidas alcohólicas, era tal su euforia que compró dos cajas de aguardiente vikingo para celebrar el comienzo de una nueva vida en la más absoluta oscuridad polar.

La borrachera fue de tal magnitud que el vampiro se quedó inconsciente e hibernó plácidamente durante toda la estación. Cuando la primavera comenzó a asomarse tímidamente por aquellas latitudes y los retoños se sacudieron la escarcha y asomaron con cautela sus cabezas buscando un rayito de sol, el vampiro sintió un leve cosquilleo en la nariz y percibió un fuerte olor a ajo. Asustado, dio un respingo e instintivamente se llevó ambas manos al rostro. La inesperada claridad lo había aguijoneado.


Y allí estaba el vampiro que se mudó al norte del mundo y creyó encontrar en aquella isla helada y volcánica la oscuridad perpetua. Perplejo, tembloroso, desaliñado y desorientado, sintió que su cuerpo languidecía en medio de la plaza Erik el Rojo, rodeado de una multitud exultante que celebraba con cánticos, comidas y aguardiente el solsticio de verano.

Belkys Rodríguez Blanco ©

miércoles, 15 de julio de 2015

Insomnio



El viento era especialmente cruel aquella madrugada. Removía el polvo acumulado y los fantasmas, desvelados e inquietos, no encontraban sosiego en ningún rincón de la casa. Si bien era cierto que no hacían ruido, a ella se le erizaba la piel de la espalda y daba vueltas en la cama, flotando en un duermevela que coqueteaba con el  insomnio.

Sobre las tres de la madrugada se levantó y fue hasta la ventana. Las ramas de los árboles se aferraban a los troncos como podían. Miles de hojas secas se amontonaban en la calle y en las aceras. El cielo estaba cubierto por un manto color arena que le impedía ver las estrellas. Y lo peor era aquel lamento que no cesaba. Estaba segura de que el viento, harto de su propia fuerza, aullaba desesperado, suplicándole al silencio que se apiadara de él.

Echaba de menos aquellas nubes de su infancia cargadas de aguaceros. Solo la lluvia podía apaciguar semejante desazón. Evocó las gruesas gotas empapándole la ropa y esa sensación de alivio cuando el olor a tierra mojada entraba en sus pulmones. Recordó los charcos en el patio de una casa que comenzaba a diluirse en su memoria. El intenso olor del limonero y el sabor dulcísimo del mango también se iban mitigando en los recuerdos. La culpa era del viento. Y de los fantasmas que se arremolinaban en los rincones de la casa y luego salían de puntillas a la noche.

Antes del amanecer el viento enmudeció y por fin dejó de castigar las ramas de los árboles. Con los párpados maltrechos abandonó la ventana y caminó descalza sobre las hojas secas. Se despojó de la ropa y se tumbó exhausta sobre el lecho. Las nubes de su infancia acudieron calladas, se acurrucaron junto a ella y comenzaron a dibujar extrañas formas sobre las sábanas. Liberada del insomnio, se abrazó a las primeras gotas  mientras la humedad se reconciliaba con los sentidos.

Belkys Rodriguez Blanco ©

miércoles, 8 de julio de 2015

La mecedora

A Manuel Díaz Martínez


La anciana se mece en el sillón y escucha distraídamente el implacable tic tac del tiempo. Acostado sobre la tierra reseca el perro la mira, cómplice de las horas y la desidia. La madera emite un leve quejido como señal inconfundible del desamparo. Un hilo de color blanco la mantiene sentada allí, con la mirada errante y las manos quietas sobre el regazo. Alguien a quien ella ha olvidado le recuerda que no puede irse porque está amarrada. No entiende el significado de aquellas palabras pero mueve la cabeza asintiendo y sonríe.

Charito se despojó de la memoria como quien echa un vestido viejo a la basura. El lamento de la mecedora y el tren cargado de caña recién cortada son los únicos compañeros de viaje que reconoce y a los que se aferran sus ojos celestes, custodiados ahora por arrugas octogenarias. Los raíles del ferrocarril están demasiado cerca del portalito de la casa, por eso a su hija se le ocurrió usar el hilo de coser atado a ambos brazos del sillón. Por algún extraño mecanismo de la mente, la anciana acepta que está inmovilizada y que es imposible levantarse.

El perro sarnoso viene y le lame los pies descalzos. Ella lo observa con la curiosidad de un recién nacido. Hace un amago de inclinarse para acariciarle el lomo pero, instintivamente, se echa hacia atrás y dirige la mirada hacia el cañaveral. El sol del mediodía es como una lengua de fuego que se extiende por la tierra roja. La despiadada claridad hiere las pupilas de Charito. Deja de mecerse y cierra los ojos. Lentamente aspira el olor dulzón que llega desde el Central Azucarero. Se apagan el quejido de la madera y el de la vieja locomotora.


El tiempo se acurruca bajo la sombra que proyecta la mata de mango y allí comienza su agonía. Las gotas de sudor empapan la blusa desteñida de la anciana. Los recuerdos se adormecen en las horas muertas de la tarde. El pasado, pegado a la humedad de la piel,  le susurra aquellos boleros que solía cantarle al amor de su vida. Manuel, amor de mi bohío, tu linda guajirita te espera bajo la ceiba, a la hora de la siesta. Sonríe y las arrugas desaparecen. El olor a guarapo está impregnado en su pelo trigueño y ensortijado. El finísimo velo que le cubre la mirada se diluye lentamente. Alza los brazos como si quisiera abarcar todo el verde del cañaveral. El aullido del perro se confunde con el silbato de la locomotora. Charito, liberada de la cuerda imaginaria que la ata a la mecedora, sale al terraplén y avanza a toda prisa, con los brazos extendidos, hechizada por los besos que la aguardan a la sombra de la centenaria ceiba.

Belkys Rodriguez Blanco ©