domingo, 30 de agosto de 2015

En el insomnio


La madrugada llega en puntillas a mi almohada

y  despliega su manto frío y desolador.

Busco a tientas tus  palabras, las  rozo levemente

y  en ellas me acurruco, me abandono y amanezco.


La madrugada insiste y también el insomnio.

Animales en celo, hambrientos, preparados para la 

embestida.

Lucen sus viejas cicatrices como surcos en la piel,

trofeos de las últimas batallas.


Claudico y me entrego a la madrugada y al insomnio.

La soledad devora con parsimonia los sentidos.

En la ventana el viento aúlla como animal derrotado.

La madrugada se desvela entre las sábanas.

El insomnio me gana la partida.


Belkys Rodríguez Blanco ©

martes, 25 de agosto de 2015

Luces del Norte

A Diego, mi duende del invierno. 


El niño se quedó mirando fijamente el gran ventanal. En sus pupilas se reflejaban aquellas serpientes multicolores y ondulantes que recorrían con parsimonia el cielo polar. La madre lo vio sonreír y agitar las manitos como si quisiera alcanzarlas. Ella también tenía la vista fija en el amplio cristal. No había visto nada parecido porque había nacido en una isla tropical a miles de kilómetros del círculo polar ártico. 

Inesperadamente, la serpiente abandonó la piel color verde y se vistió de violeta, luego de rosado y nuevamente de verde brillante. A ella se le ocurrió que aquello podía ser una danza amorosa. El macho intentaba seducir a la hembra cambiando constantemente de traje. También pensó que podía ser una ceremonia ritual inventada por Freyja, diosa del amor, la belleza y la fertilidad, para enamorar a algún guerrero vikingo. 

La madre se quedó también embelesada observando los movimientos rítmicos de la serpiente celestial. Recordaba haber oído que aquello era un fenómeno magnético, exclusivo de los polos. Su nombre provenía de Aurora, la diosa romana del amanecer y de la palabra griega Bóreas, que significaba Norte. Lo cierto era que ella, como creía en la magia y había hecho un pacto con los elfos islandeses, durante esas noches frías y despejadas, se transformaba en mariposa y volaba para fundirse en un abrazo con la serpiente boreal. 

A mí me contó un troll que habitaba en el Polo Norte que cuando el otoño estaba a punto de darle la bienvenida al invierno, la mariposa, hechizada por los colores de la aurora boreal, se despedía de los elfos con un beso en la frente y se mimetizaba con el color verde brillante. Cuando la noche era más oscura y apacible, se producía la simbiosis perfecta. 

Dicen que Freyja bendijo aquel amor y vaticinó que sería para siempre. Cuentan los peregrinos que se aventuraron a recorrer los magníficos paisajes islandeses, que el día del solsticio de invierno, una serpiente ensortijada y multicolor, apareció en el cielo ejecutando una danza que embrujó a todos los que la contemplaron. Abrazada a su cola iba la mariposa dibujando en el cielo estrellado la sonrisa de un niño. 

Belkys Rodríguez Blanco © 

martes, 4 de agosto de 2015

Lágrimas negras


La lámpara de lágrimas había permanecido durante más de un siglo en la misma estancia de la casona de la calle Claveles. La singular combinación de acero y cristal negro daba forma a una pieza única y robusta. Tanto era así que en ella amanecieron ahorcados tres miembros de la familia Aspuru-Martínez, sin embargo, resistió estoica.

Todos evitaban mirarla fijamente. Esa apariencia de araña a punto de saltar sobre su presa provocaba escalofríos. De sus patas lampiñas colgaba un sinfín de lágrimas negras. Cada pedacito de cristal era un ojo que espiaba los movimientos de los habitantes de la casa. Dueña y señora de un comedor amueblado al rancio estilo colonial, había sido comprada en un mercadillo de antigüedades en la ciudad de Estambul, hacía muchísimos años.

La lámpara no sufría deterioro alguno. Jamás se acumulaba el polvo ni le colgaban telarañas. “Fue un regalo de bodas de una tía viuda que tenía mi tatarabuelo. Una mujercita alta,  enjuta  y con la cara llena de verrugas que, según decían las malas lenguas, hacía brujerías. El caso es que el mismo día del casamiento, la mujer de mi tatarabuelo murió de un ataque al corazón”, contaba la señora Carmen a sus tres hijos solterones, mientras tomaban el té al más puro estilo inglés.

Se decían tantas cosas sobre aquella casa señorial. Que si la madre estaba loca de remate, que si tenía a los hijos embrujados para que permanecieran vírgenes, que si se hacían orgías los días de luna llena y la madre se transformaba en una meretriz ninfómana que copulaba con sus tres retoños hasta dejarlos sin sentido, que si ellos permanecían castos porque padecían de una extraña enfermedad hereditaria que los convertía en vampiros si eyaculaban…

Lo cierto es que mientras en el pueblo se tejían las más variopintas y atroces historias, la casa de la familia Aspuru-Martínez se mantenía cerrada a cal y canto, indiferente a las habladurías. La criada entraba y salía y de su boca no se escapaba comentario alguno sobre la vida dentro de los altos muros, abrigados por una espesa madreselva. La pobre muchacha era muda y analfabeta.

—Hoy les voy a decir algo que le contaron a mi tatarabuelo Miguel, y él a mí —dijo un domingo lluvioso la señora Carmen mientras almorzaba con sus hijos—. Yo era muy pequeña, él muy anciano, y me hizo prometerle que jamás tocaría la lámpara, ni siquiera para limpiarla. Dice que un día la sirvienta se subió encima de esta misma mesa e intentó pasarle un paño. A la mañana siguiente la encontraron estrangulada sobre su cama y jamás se supo quién lo hizo.
—Mamá, por favor, qué disparate. Seguro que fue un crimen minuciosamente planeado y no dejaron huellas —Antonio, el hijo menor, se atragantó con la frase al escuchar el sonido de los cristales vibrando sobre su cabeza.
— ¡Cállate! No provoques su ira. Lo comprende todo —balbuceó la madre con el rostro muy pálido—. Déjame continuar. Siempre les he mentido sobre la muerte de papá y de las gemelas.

Con el rostro compungido, los ojos húmedos y el tono muy bajo, la señora Carmen fue relatando los hechos. Su marido murió también un domingo de tormenta, después de discutir con ella sobre la lámpara familiar. La llamó maldita tarántula. Don Aurelio le tenía manía y quería deshacerse de ella, venderla tal vez. La señora Carmen insistió en que era una reliquia, un recuerdo de sus antepasados, pero él alzó aún más la voz y sentenció que la bajaría y la llevaría al anticuario. Seguro que valía una pequeña fortuna.

El lunes, Aurelio Aspuru amaneció muerto, tirado el cuarto de baño con las manos aferradas al cuello, como si quisiera liberarse de algo que le quitaba el aliento. Mientras le hacían la autopsia, el forense extrajo un objeto de cristal de la garganta del difunto. Nadie se podía explicar cómo había ido a parar a ese sitio de su anatomía la lágrima que le faltaba a la lámpara, y que pocos días después brotó como una hoja recién nacida.

Luego ocurrió lo de las hijas de la señora María: las gemelas Susana y Elena eran como dos gotas del mismo aceite, salvo que Susana tenía un lunar negro y abultado en el brazo derecho y Elena lo lucía en el izquierdo. Si una de las dos se portaba mal y la madre la castigaba, sentándola en una silla por un buen rato, solo cumplía la mitad del castigo. La otra siempre estaba dispuesta a compartir el suplicio a cambio de un trozo de chocolate.

Aquella fatídica tarde, también de domingo e igualmente tempestuosa, mientras la madre hacía la siesta, las dos chiquillas se  subieron a la mesa del comedor, decididas a arrancarle a la lámpara algunas lágrimas. En el momento en que, muertas de risa, se empujaban y trataban de saltar para alcanzar el botín, un fuerte temblor sacudió el suelo. Las ventanas de la estancia se abrieron de par en par, el vendaval recorrió la casa de una punta a la otra y la dejó completamente a oscuras.

La señora Carmen se despertó sobresaltada. Escuchó los gritos de Prudencia, la Tata y pensó, aún adormilada, que era la continuación de su pesadilla habitual. Sin embargo, al llegar al comedor, chocó de narices con la realidad. Sus gemelas yacían muy quietas, boca arriba y agarradas fuertemente de las manos. “No puedo recordar ese día. Fue horrible verlas ahí tiradas, todavía con una sonrisa en los labios. No había sangre, ni golpes, nada. Luego el doctor Tavo dijo que tenían una picadura justo al lado de los lunares. Alguna alimaña venenosa, quizá. No lo entiendo, aquí en el pueblo no hay animales peligrosos…”

Mientras la señora hablaba, dos lagrimones bajaron arrastrando el rimel de las pestañas postizas y tiñeron de negro sus mejillas. Los tres solterones, con los ojos muy abiertos, se habían quedado petrificados. Ni siquiera se atrevían a mirarse.

—Mamá, no sigas por favor, estás muy alterada. Fue un desgraciado accidente, así lo quiso Dios —se atrevió a balbucear Aurelio, el mayor de sus hijos, con los ojos desmesuradamente abiertos y un ligero temblor en la voz.
—¡Les digo que no! Fue ésa, la viuda negra que cuelga sobre nuestras cabezas como espada de Damocles —dijo apretando los dientes, como si quisiera que sus palabras no traspasaran el umbral de las cuerdas vocales—. ¡Prométanme que jamás, pase lo que pase, la tocarán!

Como casi todos los domingos después del almuerzo, el cielo se encapotó y la señora Carmen se fue a hacer la siesta. Sentada en su enorme cama de bronce, con las manos todavía temblorosas y la respiración agitada, podía oír el cuchicheo de sus tres hijos que tomaban café y se fumaban unos puros sentados en la mesa del comedor.

—Mamá sigue todavía muy perturbada por la muerte de papá y las gemelas. Creo que se ha hecho mayor o quizás esté padeciendo la misma enfermedad de la tía Úrsula. ¿Se acuerdan que le dio por decir también que la lámpara se balanceaba, que se escuchaba una música de violín, que cada lágrima que se le caía le volvía a salir y otras cosas sin sentido? —comentó Aurelio a sus hermanos.
—Creo que lo mejor es deshacerse de ella lo antes posible —opinó Antonio, mientras Germán asentía y le daba una bocanada a su cigarro.
—Tienes razón, Antonio, y tal vez deberíamos pintar las paredes de un color claro, dicen que es bueno para los nervios —agregó Aurelio mientras ahogaba en el cenicero la candela de su tabaco moribundo.

Un sonido raro, como de cristales rotos, sacó a la señora Carmen de su pesadilla, la misma que la había acompañado en todas sus siestas durante más de treinta años. Quiso llamar a sus hijos pero, inexplicablemente, se había quedado afónica. Afuera ya no llovía y el gallo cantaba como acostumbraba a hacerlo todas las mañanas a la misma hora. La siesta le había parecido eterna. Intentó levantarse pero no pudo moverse. Angustiada, trató de alcanzar la campanilla que usaba para llamar a la criada y que normalmente reposaba sobre la mesita de noche. Estiró el brazo todo lo que pudo, pero el objeto metálico no estaba allí. En su sitio encontró un espejo ovalado y pequeño, que en lugar de su rostro arrugado, le devolvió las sonrisas de las gemelas. La voz, le urgía recuperarla para llamar a sus hijitas. Ellas seguro que sabrían decirle dónde estaban sus tres varones. Pero mientras la señora Carmen se apretaba con fuerza el cuello, en un intento desesperado por emitir algún sonido, el grito prolongado y lastimero de Prudencia, la Tata, estremecía los cimientos de la vetusta casona de la calle Claveles.

Belkys Rodríguez Blanco ©                             


domingo, 2 de agosto de 2015

El cha cha chá de Cachita



“Cachita está alborotá y ahora baila el cha cha chá”. Pipo, el Mantequilla, sonreía dejando el diente de oro a la intemperie, mientras avanzaba en su flamante Ford del 56 por la calle principal del pueblo. Negro como el culo de un caldero, vestía siempre de blanco y llevaba un pañuelito rojo en el bolsillo de la chaqueta. Para espantar los malos ojos, les decía a sus amigos. El cha cha chá de Cachita o el “cho cho chá de la mulata”, como  él lo había bautizado, lo volvía loco. Era un tema de moda en la radio y lo ponían en todas las estaciones.

Juan, el Jabao, el mejor amigo de Pipo, aseguraba que Cachita era obra de los dioses y el mejor invento de los gallegos, o sea, la mulata o la mulatísima, como él mismo la llamaba cada vez que la veía venir contoneándose al ritmo de un sabroso son de la orquesta Aragón.

—Mami, si cocinas como caminas me como hasta la raspita. Tú con tantas curvas y yo sin frenos —le susurraba el Jabao a Cachita mientras sus ojos estrábicos se clavaban en las nalgas de la mulata.

— ¡Qué feo eres, chico! Blanco como la leche y con pelo, bemba y nariz de negro. A ti te fabricó el Diablo mientras le machacaban los huevos, mijito —y la mulatísima le daba un manotazo y se alejaba riéndose a carcajadas.

—Si yo tuviera los billetes, el carro y la manguera del Mantequilla, otro gallo cantaría, Cachita —el Jabao se quedaba embobado, intentando enfocar el culo de Cachita, hasta que su silueta desaparecía en las Cuatro Esquinas.

Pero  como decía otra canción de moda, la vida te da sorpresas. Una tarde de domingo, mientras la orquesta Aragón interpretaba una de sus emblemáticas canciones en el parque del pueblo, Cachita giraba como un trompo en medio de pista de baile. “Ponme la mano aquí, Macorina”, cantaba con un raro acento un señor vestido de blanco que intentaba seguir el ritmo de la mulata. Ataviado con un traje caro, un sombrero Panamá y un puro en la boca, el hombre no tenía ni idea de cómo se bailaba un son.

—Oye, compadre, ¿quién coño es el vejestorio ese que baila tan mal? —preguntó el Mantequilla sin quitar los ojos de su enamorada.

—No sé, mi hermano, pero esto me huele mal —le contestó el Jabao mientras lanzaba un escupitajo al suelo.

—Pero, ¿qué cojones le pasa al puro este? Le está agarrando la mano a Cachita para ponérsela en la… —sin terminar la frase, el Mantequilla sacó la navaja del bolsillo de la chaqueta y salió disparado en dirección a la pista de baile.

Los bailadores se apartaron aterrorizados y hasta hubo un par de mujeres que se desmayaron mientras se escuchaba aquello de: “Se divierte así el francés y también el alemán, y se alegra el irlandés y hasta el musulmán. Cachita está alborotá, ahora baila el cha cha chá…” En medio de la euforia por la canción de moda, la mulata levantó la vista y vio venir a Pipo como una centella. El viejo que también se había percatado de la situación, se tragó el humo del puro e inmediatamente comenzó a toser. Con la cara enrojecida y los pantalones mojados, Afonso, que así se llamaba el buen señor, se arrodilló y pidió clemencia.

— ¡Pipo, estás loco, chico! —Cachita se enfrentó a su amante, con el rostro sudoroso y los ojos fuera de sus órbitas.

— ¿Qué relajito es este, mulata? Lo vi todo clarito. El viejo te estaba cogiendo la mano para ponérsela en la pinga.

—No, mi vida. Es un malentendido. Este señor es mi tío Afonso, el hermano de mi padre que ha venido de Galicia —aseguró la mulata mientras le acariciaba el rostro.

—Tú viste lo mismo, ¿verdad que sí, Jabao? —Juan, más blanco que un muerto, solo pudo mover la cabeza asintiendo.

— ¿Así que un tío gallego? ¿Tú piensas que yo soy comemierda, Cachita? Y tú, levántate del suelo, viejo verde. Si tú eres gallego, yo soy francés —Pipo guardó la navaja, se pasó un pañuelo blanco por la frente y se acomodó la chaqueta.

Como dijera mi padre, lo que pudo haber acabado como la fiesta del Guatao, refiriéndose a una de las trifulcas más famosas, ocurrida en un guateque en un pueblito de la provincia La Habana, terminó como una celebración familiar: Cachita y los tres hombres se fueron a beber ron al bar de Arquelio. El hombre, enterado ya del desencuentro en el baile, se persignó cuando los vio entrar.

La mulata se sentó en la barra y pidió un mojito. Pipo, dos botellas de ron Bacardí. “El gallego paga, Arquelio”, gritó el negro mostrando su blanquísima dentadura. Cachita, con las piernas cruzadas, se reía a carcajadas mientras saboreaba su cóctel y dejaba al descubierto gran parte de sus esculturales muslos. Pipo y Juan, arrastraron a Afonso al centro del bar. Echaron una moneda en la victrola y seleccionaron la pieza musical de moda.

Al cabo de una hora, borrachos, los tres hombres intentaban improvisar una coreografía como si de una compañía de baile se tratara. Afonso, sudando a mares y rojo como un tomate, miraba de vez en cuando a la mulata y se pasaba la lengua por los labios. Sus pies iban por un lado y la música por el otro. Divertida, ella se bebió el último sorbito de alcohol mezclado con zumo de limón y se unió al trío. “Cachita está alborotá y ahora baila el cha cha chá”, cantaron desafinadamente los tres mientras sus manos sobaban con lascivia las voluptuosas nalgas de la mulata habanera.

Belkys Rodríguez Blanco ©