martes, 29 de septiembre de 2015

Años


Los años de la abuela desaparecieron en su memoria. Sabía que hoy cumplía muchos pero prefería olvidarlo. Con absoluto desparpajo me respondió ante la indiscreta pregunta: “Los años se me perdieron igual que las gafas, mijita”. Una carcajada puso punto final a mi curiosidad y entonces me di cuenta de que aquella hermosa mujer que había visto pasar noventa y tres primaveras e incontables huracanes, sería siempre la linda guajirita batabanoense que se enamoró de un pescador que pintaba cuadros. La muchacha más bonita del pueblo. La abuela dulcísima que no para de tejer mientras me espera y que huele a hogar en todos mis sueños.

Belkys Rodríguez Blanco ©

miércoles, 16 de septiembre de 2015

En territorio onírico


Aquel sentimiento dulce en el pecho la empalagaba y le subía los niveles de glucosa en sangre. Prefería lo agrio, era mucho más sano. No había pegado ojo pensando en aquellas manos que jamás la habían tocado. No necesitaba irse a la cama para soñar con él. Con los ojos muy abiertos y a plena luz del día, o en la oscuridad absoluta era capaz de imaginar las más variopintas situaciones.

En territorio onírico él le acariciaba la espalda mientras ella, avergonzada, pensaba en la verruga que como moco de pavo adornaba el nacimiento de las nalgas. Se daba la vuelta y más que besarlo, asaltaba su boca de labios distraídos. Él, desconcertado, recibía el beso como quien abría  la puerta a un visitante inesperado. Ella, resignada, le daba nuevamente la espalda, esta vez pensando en la legión de pecas que la había invadido durante el último verano. Ningún protector solar funcionaba.

Él sonreía con malicia sin que ella se percatara. Era metódico. Debía comenzar por la espalda. Ya habría tiempo para deleitarse con el resto de aquel cuerpo de musa de Botero. Al llegar a la verruga se detenía a observarla con malsana curiosidad. El bulto, del que afloraban tres pelos como antenas de telefonía móvil, se le antojaba una obra de arte postmoderno. Se acercaba más, cerraba los ojos y comenzaba a succionar con fruición. Ella experimentaba tal goce que estaba segura de que aquello era el tan cacareado nirvana.

Luego Cecilia regresaba de sus sueños preguntándose cómo era posible que la verruga que ella tanto detestaba le proporcionara tanto placer. Y otra vez entraba en trance. Se quedaba mirando a un punto fijo y aparecía él pidiéndole que se diera la vuelta. Primero la lengua exploraba lentamente la espina dorsal y por último los labios se pegaban al bulto como una ventosa. Y aquello no era ni dulce ni amargo. En territorio onírico poco importaban los sentimientos y mucho menos los sabores. Cecilia volvía a pasar otra noche en vela, disfrutando a plenitud con el hombre de sus sueños.

Belkys Rodríguez Blanco ©

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Punto final


Cuando llegó a la última página percibió una esencia que le era familiar. No podía recordar lo que había sucedido pero conocía aquel olor que ahora lo embriagaba. Instintivamente acarició la frase inconclusa y cerró los ojos ante el goce que le producía el contacto con el papel. El punto lo incomodaba bastante. Era un intruso que pretendía dejar el asunto zanjado cuando había un final pendiente. Casi con violencia lo agarró por el cuello y lo levantó en vilo. Aterrorizado, el signo de puntuación intentó zafarse de la cólera del hombre. Demasiado tarde. En unos pocos segundos caía desde una décima planta y se quedaba adherido al pavimento como un chicle aplastado por el neumático de un camión.

Libre de aquel inconveniente, Ignacio se propuso averiguar el origen de la fragancia. Dejó el libro sobre la mesita de noche y se dirigió al armario. Como un viejo sabueso fue oliendo sus camisas una por una. Si localizaba el olor sabría exactamente el día y el lugar del encuentro con la persona que le había dado el libro. Mientras avanzaba en sus pesquisas, el perfume se hacía más intenso. Maldita memoria. Era como si todo su pasado inmediato se hubiera borrado de un plumazo. Agarró la camisa a rayas casi con desesperación, la acercó a la nariz, aspiró profundo y el fuerte olor a salitre le taladró las fosas nasales.

Laura, así se llamaba aquella mujer. Él estaba sentado en el muro frente al mar y ella se acercó sigilosa por detrás. Le susurró algo al oído y le pidió que no se diera la vuelta. A Ignacio se le puso la piel de gallina y se le aceleró el pulso. Obedeció sin chistar. Las manos se aferraban al muro y los pies se balanceaban en el aire. Ella le acarició la nuca y entonces él percibió el olor a sándalo. Abajo, las olas golpeaban con violencia las rocas y las gaviotas volaban en círculo aprovechando los vestigios de la luz otoñal. Ignacio sintió una leve punzada en la columna vertebral cuando ella se pegó a su cuerpo. Era tan fuerte el magnetismo de aquella mujer que estuvo a punto de girarse y besarla. Ella adivinó sus pensamientos y volvió a pedirle que no se diera la vuelta.

Cesaron las caricias y el viento comenzó a azotar el cuerpo de Ignacio. De repente se sintió liberado así que, lentamente, fue girando la cabeza pero la mujer había desaparecido. La melodía en el móvil le avisó que tenía un mensaje de Whatsapp: “Debes encontrar un final para esta historia. Se acaba el tiempo”. Aquello tenía que ser una broma, un tanto macabra para su gusto. Se acercaba su cumpleaños y los amigos le habían dicho que tenían preparada una sorpresa. El alcohol les tenía el cerebro frito. Por eso, él había dejado la bebida. Estaba a punto de echar a andar cuando vio el libro sobre el muro. Lo agarró un segundo antes de que una racha de viento se lo llevara. “Para Laura, una historia inacabada. Alguien debe escribir el final antes de que sea demasiado tarde”, era la dedicatoria escrita con letras torcidas. Luego, sintió un fuerte dolor de cabeza y todo se quedó a oscuras.

Ignacio estaba ahora en el balcón de su apartamento, apoyado en la baranda que lo separaba del abismo. Sentía pena por el punto final que yacía inerte sobre el asfalto húmedo. No podía apartar los ojos del pavimento. El camión de la basura llegaría en cualquier momento y sería el encargado de rematar la faena. Tenía el estómago revuelto. En su desesperación por encontrar un final para aquella historia absurda, había vuelto a beber ron barato. Ni los somníferos lo hacían dormir. El muro, el acantilado, el perfume, las caricias, el salitre, todo se mezclaba y la cabeza le daba vueltas como un tiovivo. Inesperadamente, el olor a sándalo invadió sus sentidos. Intentó darse la vuelta pero el mismo ruego de aquella tarde frente al mar lo paralizó. Algo en su voz había cambiado pero eran las mismas manos, las mismas caricias, la misma mujer que mientras mordisqueaba sus orejas le susurraba que el tiempo se había acabado.

El camión de la basura frenó a unos pocos centímetros del cuerpo inerte. Todavía no había amanecido. El hombre que yacía sobre el pavimento húmedo tenía los ojos abiertos y una leve sonrisa se dibujaba en su rostro pálido. Alguien marcó el número de emergencias y solicitó una ambulancia. Una llovizna pertinaz comenzó a caer sobre la ciudad adormilada. El punto final miraba al hombre con cara de satisfacción. Su maltrecha anatomía intentaba incorporarse para disfrutar del espectáculo. Otro incauto había sido víctima de la historia inconclusa. Arriba, en el balcón de la décima planta, una mujer que ocultaba su rostro en la penumbra, observaba cada detalle de lo que acontecía en la calle mientras apuraba el cigarrillo. Antes de que llegaran los servicios de emergencia debía recuperar el punto que le faltaba a la última página del libro.

Belkys Rodríguez Blanco ©

domingo, 6 de septiembre de 2015

La flor del limonero

A Joaquín por devolverle cada día la esperanza a un niño. A Azahara para que vuelva a sonreír.


Por el tronco del viejo limonero trepa la lagartija. Pretende llegar hasta las hojas para despojarse del traje marrón y vestirse de verde brillante. La niña la observa con curiosidad y luego vuelve a mirar las nubes con tristeza. La mariposa Monarca dibuja un corazón en el viento mientras revolotea sobre el rosal. Le hace un guiño cómplice a la lagartija. Algo traman estas dos.

La niña extiende la mano pero no se atreve a tocar las rosas. Las espinas se yerguen desafiantes. Otra vez sus ojos buscan las formas de las nubes. El colibrí se acerca al limonero y le susurra algo a la lagartija. La cotorra chilla en una rama de la mata de guayaba. Nunca tiene el pico cerrado. El cocuyo, aunque la tarde sigue aferrada al cielo, prende sus ojos y dos focos amarillos como yemas de huevo encandilan a la mariposa. La niña sigue ensimismada en las nubes.

El güije que no cree en los maleficios se zampa la ofrenda que alguien dejó a los dioses africanos al pie de la ceiba. Es un negrito muy travieso y tragón. Con la boca llena y la miel bajando por la comisura de los labios, se queda embobado mirando a la niña de los ojos grandes y el pelo de azabache. Ella deja de contemplar las nubes y con el ceño fruncido observa a aquel negrito que es casi del tamaño de un dedal. El güije se traga el trozo de mango untado con miel, deja el cuenco en el suelo y, de repente, se pone a dar volteretas como un experto acróbata de circo. La chiquilla sonríe y la tristeza se diluye en los hoyitos que se forman en sus mejillas.

La niña con nombre de flor se acerca al limonero y acaricia la piel fría de la lagartija. La mariposa se posa sobre su pelo negro y allí se queda adormilada. Las rosas dejan caer los pétalos sobre sus pies descalzos. El colibrí agita sus alas como si cortejara a la hembra. La cotorra se queda callada, por fin, y el cocuyo se posa en la rama más alta del limonero. Sus ojos brillan como esas estrellas que un día llegan y se quedan encendidas en el corazón para siempre. El güije se abraza al tobillo de la niña, cierra los ojos y siente los latidos de la ceiba. Azahar rodea el árbol con los brazos y su risa llega como la brisa matinal a todos los rincones del monte.

Belkys Rodríguez Blanco ©