miércoles, 16 de septiembre de 2015

En territorio onírico


Aquel sentimiento dulce en el pecho la empalagaba y le subía los niveles de glucosa en sangre. Prefería lo agrio, era mucho más sano. No había pegado ojo pensando en aquellas manos que jamás la habían tocado. No necesitaba irse a la cama para soñar con él. Con los ojos muy abiertos y a plena luz del día, o en la oscuridad absoluta era capaz de imaginar las más variopintas situaciones.

En territorio onírico él le acariciaba la espalda mientras ella, avergonzada, pensaba en la verruga que como moco de pavo adornaba el nacimiento de las nalgas. Se daba la vuelta y más que besarlo, asaltaba su boca de labios distraídos. Él, desconcertado, recibía el beso como quien abría  la puerta a un visitante inesperado. Ella, resignada, le daba nuevamente la espalda, esta vez pensando en la legión de pecas que la había invadido durante el último verano. Ningún protector solar funcionaba.

Él sonreía con malicia sin que ella se percatara. Era metódico. Debía comenzar por la espalda. Ya habría tiempo para deleitarse con el resto de aquel cuerpo de musa de Botero. Al llegar a la verruga se detenía a observarla con malsana curiosidad. El bulto, del que afloraban tres pelos como antenas de telefonía móvil, se le antojaba una obra de arte postmoderno. Se acercaba más, cerraba los ojos y comenzaba a succionar con fruición. Ella experimentaba tal goce que estaba segura de que aquello era el tan cacareado nirvana.

Luego Cecilia regresaba de sus sueños preguntándose cómo era posible que la verruga que ella tanto detestaba le proporcionara tanto placer. Y otra vez entraba en trance. Se quedaba mirando a un punto fijo y aparecía él pidiéndole que se diera la vuelta. Primero la lengua exploraba lentamente la espina dorsal y por último los labios se pegaban al bulto como una ventosa. Y aquello no era ni dulce ni amargo. En territorio onírico poco importaban los sentimientos y mucho menos los sabores. Cecilia volvía a pasar otra noche en vela, disfrutando a plenitud con el hombre de sus sueños.

Belkys Rodríguez Blanco ©

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