viernes, 13 de noviembre de 2015

Río de luna

A Juan, un superviviente



Me llamo Ignacio Pérez y estoy solo en este mundo. Cuando cumplí los trece años mi madre, el único familiar que me quedaba, murió repentinamente. Dicen que el corazón le falló y no me extrañó pues era una mujer apasionada. Mi padre nos abandonó el mismo día que cumplí un año de vida. Le dijo a mi madre que se iba a enrolar en la Marina porque estaba cansado de la miseria. Que le escribiría y le mandaría dinero todos los meses. Jamás volvimos a saber de él.

A pesar de todo, mi madre nunca dejó de cantar. Desde que amanecía comenzaba con el repertorio de boleros y no paraba hasta que se iba a la cama. Era hermosa mi madre. Tenía un cuerpo de diosa griega y una cara como la de esas mujeres pintadas por los grandes maestros. Su voz era como una cascada que me calmaba la sed de todas las incertidumbres. Hasta cuando se cortaba con el cuchillo de pelar papas, corría a buscar una tirita y seguía cantando como si nada hubiera pasado. Decía que de esa manera la herida sanaba como por arte de magia.

“No te preocupes, Ignacito, lo único que no tiene remedio es la muerte. Saldremos adelante sin tu padre. Donde hay mujeres no hay fantasmas”. Y comenzaba a entonar aquello de: “Eres mi bien, lo que me tiene extasiada, por qué negar que estoy de ti enamorada, de tu dulce alma que es toda sentimiento…”Yo me quedaba embobado escuchándola y le creía. Era una mujer fuerte y optimista. Solo una vez la vi llorar. “Es la cebolla, Ignacito. Es una puñeta tener que cortarla. Debería venir en trocitos”, dijo mientras se enjugaba una lágrima que intentaba llegar a la comisura de los labios.

Mi madre pudo haber sido cantante de ópera o vedette. Tenía una voz diáfana que hechizaba los sentidos. Me contaba que cuando yo era apenas un bebé sufría de cólicos estomacales y lloraba como un condenado. En cuanto ella me cogía en brazos y se ponía a cantar, me quedaba alelado, comenzaba a chuparme el dedo pulgar y me dormía profundamente. Hay noches en que la escucho en el duermevela. El otro día tenía fiebre y sentí su mano fría sobre mi frente. “Duérmete mi niño, duérmete mi amor, duérmete pedazo de mi corazón”. La nana fue un bálsamo. Al día siguiente me levanté como nuevo.

Después que murió sentí que el mundo era un sitio demasiado grande para mí. No entendía por qué Dios se llevaba a una mujer valiente y hermosa. Por qué ella si yo la necesitaba. Era solo un mocoso asustado que no sabía a dónde ir. Unos tíos a los que yo había visto solo un par de veces en mi vida se ofrecieron de mala gana a acogerme. Pero mi madre me había enseñado a descubrir la falsedad en la mirada de la gente. Por eso huí. Corrí como si algo diabólico me estuviera persiguiendo y no paré hasta que vi aquel cartel anunciando una película. En la mirada de aquella mujer bellísima reconocí los ojos de mi madre.

El cine me salvó de la soledad y de la locura. Recuerdo que aquella noche me colé en una de las salas del Ideal Cinema y me refugié en la última fila de butacas. La mujer que había visto en el cartel ocupaba toda la pantalla. Su magnetismo me cautivó de inmediato. Era una diosa también, con la misma mirada soñadora de mi madre.  Allí estaba ella, tocando la guitarra y cantando Moon River, mientras aquel hombre apuesto la observaba desde la ventana, un piso más arriba. Cerré los ojos y escuché la voz de mi madre. Venía de la gran pantalla como una ráfaga de consuelo.

A pesar de los ochenta años que tengo ahora, recuerdo aquella noche con total nitidez. El cine se convirtió en mi casa. Allí pasaba las horas, acompañado por una peculiar familia que nunca salía de aquel trozo enorme de tela blanca. En la oscuridad de la sala podía convertirme en vaquero, detective o  aventurero; escoger una madre, un padre, hermanos. Solo a ellos les contaba mis penas y mis alegrías. Solo ellos conocían mis sueños y mis añoranzas. Hoy puedo decir que el cine me salvó la vida.

El Ideal Cinema ya no existe. No siento nostalgia pues ahora hay un parque donde las familias llevan a sus hijos. Los críos corren sonrientes y despreocupados. Yo los observo, complacido, y me veo a mi mismo columpiándome mientras mi madre conversa animadamente con sus amigas. Me bajo del columpio y camino hacia ella lentamente. Me acerco por detrás y le tapo los ojos. Ella me agarra fuerte de las manos, se da la vuelta y me las besa con ternura. Me mira a los ojos y comienza a entonar un bolero casi en un susurro. Desde la gran pantalla, la hermosa Audrey me hace un guiño mientras acaricia la guitarra. Otra vez vuelvo a quedarme profundamente dormido en la última fila de butacas, flotando plácidamente en aquel río de luna.


Belkys Rodríguez Blanco ©

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