viernes, 30 de diciembre de 2016

Desidia




Se refugió dentro de sí mismo y el tiempo se le enquistó en el alma. Los minutos y las horas se diluyeron lentamente en un río de aguas apacibles y traicioneras. Se quedó sin latidos y la vida se volvió escurridiza en la espera. Se acurrucó indefenso en el regazo de la desidia y allí lo sorprendió el alba, contemplando el techo, los ojos enrojecidos, los brazos cruzados sobre el pecho, los sueños desparramados por el suelo, la respiración agonizante. Dentro de sí mismo encontró ese raro sosiego que antecede la muerte. Los amaneceres se quedaron sin motivos. Las noches lo invitaron al cansancio. La vida exhaló un suspiro de alivio dentro de aquellas cuatro paredes. La desidia lo convirtió en marioneta y movió sus hilos hasta el borde del abismo. Y allí se quedó, contemplando resignado el último día de su anodina existencia.

Belkys Rodríguez Blanco ©

sábado, 17 de diciembre de 2016

Acto final




El disparo arrancó un grito a la tarde moribunda. Cansado de ausencias y naufragios el hombre se adentró en la noche como una sombra azarosa. En sus fauces  encontró el sosiego y un lugar para disimular su nostalgia. Aferrado a todos los recuerdos se despojó del miedo y del desamparo. Hundido en la oscuridad durmió ese sueño que algunos llaman eterno. Y en la eternidad regresó a la inocencia, a esos días en que su madre lo acunaba y lo protegía de las pesadillas. Ahora está solo frente al telón que baja ajeno al eco de antiguos aplausos. Solo en el acto final, en el silencio de un teatro vacío. Desnudo, los ojos fijos en la frialdad del suelo y una sonrisa de despedida en la palidez de los labios. Solo avanza hacia la salida, los brazos extendidos a la noche que engulle por fin su tristeza.

Belkys Rodríguez Blanco ©

viernes, 16 de diciembre de 2016

El dictador navideño



La Navidad es una época bonita desde el punto de vista de los niños inocentes, pero pocos saben la verdad. Casi nadie sabe realmente qué es lo que pasa cada año en la fábrica del viejo barbudo. Miles y miles de duendes son explotados laboralmente en contra de su voluntad, trabajando con horarios abusivos; todo por salarios míseros y, en algunos casos, inexistentes. El tirano de Papá Noel maneja a su antojo a las familias de duendes. Muchos han intentado huir pero pocos lo han conseguido.
 
Todavía estamos a tiempo de concienciar a la gente del abuso que sufren estos seres. Si los gobiernos no se unen y acaban con esta tragedia, podríamos estar ante la mayor crisis de duendes refugiados de toda la historia. Ayúdanos a acabar con esta injusticia. Antes de pedir algo por Navidad piensa en una pobre familia de duendes, a la que obligan a fabricar algo que tú has pedido por capricho.
Por: Diego Lozano Rodríguez

jueves, 8 de diciembre de 2016

La palabra ausente




Sonido esquivo que se aferra a la ausencia y aletea efímero, escurridizo. Es solo un tenue recuerdo que se marcha con el último destello de la tarde. Se aleja sin mirar atrás, sin resentimientos, sin culpas, distraído y cabizbajo. Palabra que no acude a la cita con los labios; murmullo atrapado en el grito que oculta la garganta. Solo él sabe lo que calla; solo él conoce los entresijos del silencio. Solo él sabe por qué se queda agazapado y tembloroso detrás de una mirada.

Belkys Rodríguez Blanco ©

viernes, 2 de diciembre de 2016

La solterona


A mi amiga Lu por sugerirme este relato.



Tan bonita y tan arisca esa muchacha. Usa un perfume caro que le traen de la capital y que deja a todos hipnotizados cuando pasa. Los muchachos del pueblo andan como moscas detrás del pastel. Pero la nana no le pierde ni pie ni pisada. Como una sombra la sigue día y noche. Es importante mantener la honra de la niña a buen recaudo. Y Guillermina es como un perro de presa, siempre dispuesta a saltar al cuello de quien se atreva a acercarse a la doncella.

Tan linda y tan distante la jovencita. Jamás dedica una sola mirada a sus admiradores, ni de soslayo. Camina erguida, el mentón levantado, altiva, sabiéndose deseada por los hombres y envidiada por las otras mozas del pueblo. Ellos se babean y ellas cuchichean: que si tiene la espalda demasiado recta, que si la nariz es un poco ganchuda, que si tiene los pies grandes, que si el pelo está un poco descuidado. Y la guardiana detrás, espantando a los moscones con su mirada bizca y su boca torcida. Nunca se casó la Guillermina. Es tan fea que a su paso los perros aúllan y los hombres cruzan a la acera de enfrente. Pobre mujer, ni para vestir santos se quedó porque el cura la rechazó sin demasiadas explicaciones cuando ella se ofreció para ayudarlo en la parroquia.

“Ahí van la bella y la bestia”, se atreven a comentar algunos en voz baja pues dicen las malas lenguas que la vieja hace brujerías. Don Enrique la contrató porque no creía en habladurías y estaba seguro de que la fealdad de aquella mujer mantendría a raya a todos los que suspiraran por su tesoro, la niña de sus ojos, su único retoño. Viudo y rico, Azucena es la luz de la casa y lo que más quiere en el mundo. Aspira para ella un hombre culto, adinerado y maduro que la cuide cuando él ya no esté en este mundo. Agustín, el concejal, es el candidato perfecto pero Azucena tuerce la boca cada vez que lo ve. Le parece un hombre siniestro que huele a naftalina.

Tan bonita como una flor que abre sus pétalos a la luz y custodiada por el Ángel Exterminador. Dicen los del pueblo que la vieja fue la culpable de que la niña cumpliera los treinta sin casarse. Las primeras canas brotaron como malas hierbas entre sus cabellos cobrizos. Guillermina corrió a la botica a buscar un tinte pero Azucena se negó a usar aquel invento que olía tan mal. La sombra de la vieja la fue apagando, se fue enquistando en la piel de la muchacha hasta marchitarla. Dicen que le da brebajes para dormir, unos cocimientos de hierbas que ella misma planta y que, según Guillermina, curan todos los males.  Lo cierto es que cada día la muchacha pasa más tiempo dentro de casa. Aunque haga un día precioso, Azucena prefiere quedarse envuelta en un chal, meciéndose a oscuras en el salón de la casona.

El mismo día que cumplió los treinta y tres, su padre murió de un ataque al corazón. Azucena se encerró en su tristeza y, vestida de negro, se pasea como un alma en pena por toda la casa. Le prohibió a Guillermina abrir las ventanas. Apenas comía, así que la nana, alarmada, fue a buscar al médico del pueblo. Al regresar a la casa, la joven había desaparecido. Pobre Azucena, tan bonita y solterona. Dicen los del pueblo que los brebajes de la vieja la hicieron perder el juicio y que se escapó con un camionero borracho que se la llevó a un burdel de la capital, que la bruja cultiva plantas carnívoras que engulleron a la niña como si fuera un insecto, que la vieja le ha robado el alma y ha enterrado su cuerpo en el patio interior.

Habladurías o no, lo cierto es que nunca más  se supo de la niña bonita, tan arisca, tan ausente, tan lánguida. Sufrida y pura como una virgen se la tragó la tierra roja del pueblo, o tal vez está abonando los príncipes negros que crecen en el patio de la casa familiar. Ahora Guillermina es la que va de luto riguroso y pasa las horas hablando con el viento y preguntando a sus muertos si han visto a su niña Azucena. Pobre mujer, solterona y fea, unos la llaman loca; otros, bruja. Lo cierto es que todos los días, cuando el sol se apaga, ella se sienta en una mecedora en el patio y abraza una muñeca, envuelta en una sabanita bordada con punto de cruz, mientras le canta una vieja canción de cuna.

Belkys Rodríguez Blanco ©

jueves, 24 de noviembre de 2016

Tu vuelo y mis alas


A mi amiga Ángeles, mariposa para siempre.



Casi a diario la veía. Daba igual si estaba cerca del mar o en las cumbres; en el barranco, en el pinar o en una calle céntrica de la ciudad. Lo cierto es que ella aleteaba cerca y depositaba sobre su melena larga un polvillo que la hipnotizaba y la hacía creer que cada sueño era tangible. Se convirtieron en compañeras inseparables. No importaban las tormentas ni el sol que rajaba las piedras. La mariposa siempre venía cuando ella la necesitaba. Amalia contemplaba fascinada aquel vuelo elegante y la manera peculiar de posarse sobre unas florecillas blancas que crecían silvestres en el jardín. Cada color parecía dibujado cuidadosamente sobre sus alas. Ella era la reina y aunque no sabía cantar como los pájaros, su rítmico aleteo hacía que el viento entonara una dulce melodía.

De tanto contemplar las acrobacias de la mariposa, Amalia aprendió a volar. Cierto día gris de otoño mientras caminaba distraída por la orilla del mar buscando caracolas, la mariposa danzaba divertida sobre el oleaje. Amalia se asustó pensando que se hundiría pero ella, viendo el miedo reflejado en los ojos de su amiga, dejó de juguetear con la espuma, se acercó y se posó sobre la blusa de la muchacha. Allí se quedó, adormilada, aleteando suavemente como si quisiera abrazarla. Amalia se quedó tan quieta que olvidó respirar; la brisa del mar acariciaba sus cabellos sueltos y, de repente, sin darse cuenta, sus pies abandonaron la arena. La mariposa se desprendió de su blusa y la invitó a revolotear sobre las olas. Ella no se lo podía creer y comenzó a reír y a cantar. El polvillo mágico de aquellas alas la había convertido en un hada. Las gaviotas y otras aves marinas se acercaron a curiosear. Las nubes, cargadas de aguaceros, vinieron sigilosas a contemplar el espectáculo. Y Amalia no paraba de reír y de cantar. Ese día supo que el cielo era infinito y junto a su amiga se sintió libre y dichosa.

Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 21 de noviembre de 2016

Caricias virtuales




Él tecleó un nombre de mujer en el ordenador y ella sintió su aliento en la nuca. Al otro lado del mundo, ella cerró los ojos y rozó levemente las teclas antes de escribir los primeros versos. Enter. Mientras él leía el poema, instintivamente tocó con la punta de los dedos su foto de perfil. A más de siete mil kilómetros ella sintió ese cosquilleo en la boca del estómago y cientos de mariposas colonizaron la habitación. Ella tecleó nuevos versos, los observó con cierto pudor y se mordió el labio inferior. Enter. Él echó la cabeza hacia atrás y disfrutó de la reciente caricia. Unas manos de dedos muy finos masajeaban su espalda y luego se adentraban en su pelo ondulado. Abrió los ojos y se perdió en los labios de aquella mujer que lo miraba sonriente desde la pantalla. Ella dejó de teclear y aceptó los besos y las caricias. En medio de la fiesta de gemidos, él pulsó accidentalmente la tecla Delete y se hizo un silencio sepulcral. Angustiado, intentó recuperarla pero ella había desaparecido sin dejar rastro. Comprendió entonces las desventajas del mundo virtual, sobre todo cuando los dedos tocaban la tecla equivocada.

Belkys Rodríguez Blanco ©

jueves, 17 de noviembre de 2016

El abrazo




Cada vez que el cielo se encapotaba Amalia necesitaba un abrazo. Recordó aquel rayo que cayó en el patio de la vecina cuando tenía apenas diez años y su piel se estremeció. Primero fue una luz intensa como si el mundo se fuera a hacer añicos. Luego, el ruido ensordecedor mezclándose con el grito de su madre. El abrazo de la abuela la salvó del pánico que intentó colarse en su alma. La imagen de Santa Bárbara con su manto rojo era una garantía durante las tardes de tormenta. No faltaban allí las velas, los rezos y las rosas rojas. A ella se encomendaban todos cada vez que el cielo se iluminaba. Amalia se había inventado una plegaria y la repetía como una letanía. La abuela le susurraba una historia mientras la abrazaba. Era su manera particular de rezar y de consolarla.

Los nubarrones parecían a punto de estallar y Amalia buscó a tientas el abrazo. Las primeras gotas cayeron sobre el suelo reseco y el olor a tierra mojada activó cada uno de los recuerdos. Aquella tarde, el rayo arrancó de cuajo el árbol más longevo del parque del pueblo. Luego, la lluvia azotó los tejados, inundó las calles y lavó las aceras. Los chiquillos chapoteaban eufóricos e invitaban a Amalia a meterse en los charcos. Ella sonreía y negaba con la cabeza. Desde el portal de la casa familiar aspiraba el olor a hierba mojada y contemplaba los barcos de papel que navegaban sin brújula y sin destino. Amalia volvió a ver los rayos como serpientes engullendo el horizonte. Cerró los ojos y buscó la mirada temerosa de su madre y el abrazo de la abuela. Le pidió a Santa Bárbara que todo volviera a ser como antes. Pero el árbol yacía sobre el suelo, las ramas desperdigadas, el nido del sinsonte roto y una niña de diez años, arrodillada junto al tronco caído, la miraba asustada mientras se inventaba una plegaria que la salvara del olvido.

Belkys Rodríguez Blanco ©   

domingo, 6 de noviembre de 2016

Remiendos inútiles




No se puede remendar el sosiego cuando se llena de agujeros. El hilo se pudre, la aguja se tuerce y tiembla el pulso cuando intentas tapar los pedazos de piel que se quedan a la intemperie.

No se puede zurcir el alma cuando el dolor la rasga. Cada trozo tiene vida propia y se pierde en los laberintos de la sinrazón. Huyen de la lógica, de las puntadas y de la locura.

No es posible unir tantas piezas sueltas. Es un rompecabezas de islas que flotan a la deriva sobre un océano indiferente.

Belkys Rodríguez Blanco©

jueves, 3 de noviembre de 2016

Carne de perro




Dicen que tiene carne de perro. Aunque el corte sea profundo, duela la herida y sangre el alma, cicatriza durante la noche, allí donde la soledad la acoge. En las madrugadas, cómplices del insomnio, el lamento se refugia en su cubil y se queda callado justo antes del amanecer. La frialdad de la luna menguante la amansa, la arropa y ella se rinde en los brazos del delirio; acepta la herida y el abandono.

Cuentan que va devorando cada pena, que cada latido la mantiene alerta y que, en su agonía,  el aullido traspasa los muros invisibles de la piel y de los labios. Ni una sola palabra la delata; anda en silencio, al filo de la madrugada; los párpados insomnes son su refugio; los recuerdos, la peor tortura. Nadie lo sabe, nadie la compadece, nadie la sostiene en la caída.

Carne de perro en los sentidos. El dolor es ciego, indiferente, punzante; corre ligero sin piernas; vuela bajo como cuervo agorero; cicatriza en la mirada, en las manos que tantean la mitad del lecho vacío. Las lágrimas bajan sigilosas por el borde de la navaja; el dolor es sordo y lame la herida con cautela; mudo se queda, agazapado, hambriento, aceptando el corte, sanando contra todo pronóstico.

Belkys Rodríguez Blanco ©

martes, 1 de noviembre de 2016

La punzada del guajiro




Cuando Amanda tomaba helado le daba la punzada del guajiro, igualito que cuando él la miraba. Era un dolor agudo y penetrante que la aguijoneaba desde el cuello hasta la cabeza. Eso solo le sucedía a la gente de campo que, sin costumbre de beber cosas frías, las tomaban muy rápido y luego sufrían el enfriamiento. A ella, además, se le nublaba la vista y le sudaban las manos. Sin importarle la desagradable sensación, cada tarde Amanda se acercaba al puesto del heladero y pedía un sorbete de mango. Sabía que él estaría merodeando por allí, junto a todos los que suspiraban por ella.

Nadie lo entendía. Julio era feo como el culo de una gallina prieta. Tenía la nariz ganchuda y los ojos saltones. Era flaco y desgarbado y, para colmo, tenía la cara llena de granos. Amanda, en cambio, era hermosa como una noche estrellada en la campiña. Alta y morena, parecía una diosa criolla, de esas que cuando exhibían sus curvas por las calles del pueblo le quitaban el hipo al más pinto de la paloma.

Los muchachos del barrio se peleaban por ella. A más de uno tuvieron que llevarlo al policlínico con un corte en la mejilla. Amanda era la manzana de la discordia y, en su fuero interno, eso le gustaba. “Demasiados gallitos revoloteando cerca de ti, y todos desplumados”, le decía su abuela, una mujer de campo que se las sabía todas. A los cuarenta años ya había enviudado tres veces y parido nueve hijos. Los hombres del pueblo huían de ella como el diablo de la cruz. Decían que tenía un carácter endemoniado y que sus tres maridos habían muerto en extrañas circunstancias.  

Amanda se quedó huérfana a los cinco años y su abuela la acogió en la casona de la finca El Sopapo. Todos recalaban allí: hijos, nietos y bisnietos. Doña Esperanza hacía el mejor arroz con pollo de toda la provincia Habana. Decían que sus caldos eran capaces de resucitar a los muertos. A todos, menos a sus tres maridos difuntos. A sus casi ochenta y ocho años, trabajaba en el campo de sol a sol y cocinaba cada día para un regimiento. Amanda era la niña de sus ojos. La anciana cuidaba a su nieta igual que una perra recién parida a sus cachorros. En sus sueños la veía casada con un concejal o un banquero. La muchacha, inteligente y hermosa, era la esperanza de la familia.

Dice la canción que la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Un domingo de verano, Amanda se acercó al puesto de helados como casi todas las tardes. Había tanto calor que ni los pájaros cantaban. Una calma chicha envolvía al pueblo y el sol derretía el asfalto. Como siempre, pidió su sorbete de mango. Frente a la heladería revoloteaban como zánganos más de diez adolescentes del barrio. Entre ellos estaba Julio, el Cara de Baches, mirando embobado a la muchacha. Amanda cruzó la calle y se acercó al grupo. Todos se callaron y aguantaron la respiración.

La diosa criolla enfiló hacia Julio que en ese momento temblaba como un flan. Sin pensárselo dos veces, lo besó apasionadamente en los labios. Él sintió cómo un trocito de helado con sabor a mango madurito se colaba entre sus dientes apretados y bajaba por su garganta. Ante las miradas atónitas de los chicos, Amanda lo cogió de la mano y lo invitó a dar un paseo. El muchacho, mudo y con los ojos fuera de sus órbitas, se puso muy pálido y cayó al suelo como un pollo al que le han retorcido el pescuezo. Ella, avergonzada y ofendida, le dio la espalda y salió corriendo. En la salida del pueblo tuvo que parar para recuperar el aliento. Todavía llevaba en la mano el barquillo con un trocito de helado prácticamente derretido. Lo tiró al suelo con rabia y encaminó sus pasos a la finca El Sopapo.

Un par de años después, en la noche de bodas, Julio le confesó a su mujer que aquella fatídica tarde de verano había sufrido un desmayo por culpa de la punzada del guajiro. Cuando el trozo de sorbete llegó a su garganta le produjo tal dolor que se quedó sin aliento y cayó al suelo como un pollo derrotado. El destino se había burlado de los sueños y los deseos de la abuela. Amanda se casó con el muchacho más feo del pueblo. Ni concejal ni banquero. Julio había sido pescador y ahora tenía un pequeño puesto de sorbetes frente a la glorieta del parque del pueblo de San Antonio. La abuela murió por culpa de un atracón de helado de chocolate dos meses antes de que se celebrara el enlace. Era la primera vez que probaba algo frío. Unos dicen que la mató el disgusto; otros que sus tres maridos vinieron a buscarla para hacerle un favor a la muchacha. Lo cierto es que una punzada en la garganta puede ser muy peligrosa. Solo los guajiros que se aventuran a probar un helado o un durofrío lo saben. Y si viene acompañada del amor o del resentimiento, peor todavía.

Belkys Rodríguez Blanco ©

domingo, 23 de octubre de 2016

Un bolero para Amalia




Mientras caminaba por la acera del malecón canturreaba aquel bolero mítico con el que su abuela la acunaba. Las lágrimas luchaban por salir pero ella apretaba los puños con fuerza y, de esa manera, las mantenía a raya. La abuela ya no estaba y él tampoco. Ella le había dicho que los años le pesaban mucho y que necesitaba soltar lastre e irse de puntillas al otro mundo. Él estaba comprometido y se quedaba en el lugar de los vivos, pero ya no podría volver a verla.

Amalia se sentía sola aquel domingo de otoño. El cielo estaba encapotado y se preparaba para la llegada de un ciclón. Se sentó en el desgastado muro mirando hacia la fortaleza que custodiaba la entrada de la bahía. Unas finas gotas comenzaron a lamerle el rostro. Ella no hizo ademán de marcharse. Necesitaba que la lluvia le aclarara los pensamientos. Al cabo de una hora, la sirena de un barco la sacó de su ensimismamiento, saltó del muro y echó a caminar.

“Alza la cabeza, Amalia; camina derecha que pareces una caña brava jorabá, muchachita. Nada de lágrimas, eso no resuelve los problemas. Date tu valor, mija, que ellos vienen de gallitos finos y al final una es la que pierde. Cierra las piernas y abre bien los ojos. Tú vales mucho, mi florecita. Mejor sola que mal acompañada. Canta, Amalia, que tienes una voz bonita. Sonríe, aunque el dolor te esté comiendo las entrañas”. La abuela tenía toda la razón, pero ella era porfiada como una mula. Lloraba siempre, escribía poemas a escondidas y dejó entrar en su lecho y en su corazón a más de un sinvergüenza.

Con él fue distinto. A pesar de que ella desplegaba sus encantos, jamás la tocó. Escribía poemas y cantaba boleros en un bar de mala muerte de la capital. Aquella voz melodiosa recorría su alma de punta a punta. Se quedaba alelada mirándolo, mientras el hielo del mojito se iba deshaciendo. Y deshecha se quedó Amalia la noche que intentó besarlo y él la rechazó. Ese día estaba especialmente hermosa. Su pelo castaño y ondulado parecía un mar aguijoneado por la tormenta. Sus ojos grandes y profundos se perdieron en la timidez de la mirada del hombre. “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez”, canturreó ella con el vaso en la mano. “Usted me desespera, me mata, me enloquece y hasta la vida diera por perder el miedo de besarla a usted”, cantó él a capella, sin dejar de mirarla. Luego, le dio la espalda y salió del bar y de su vida para siempre.

Fue la última vez que lo vio. La ciudad adormilada era su única compañía ahora. Una llovizna pertinaz comenzaba a empapar el cuerpo de la muchacha. Del otro lado del muro, el mar encrespado luchaba por alcanzar la acera y los pies descalzos de Amalia. Los nubarrones taparon hasta la última estrella de la noche habanera. Ella cantaba otra vez un bolero mientras la lluvia y la noche se iban tragando la silueta de una mujer que navegaba a la deriva.

Belkys Rodríguez Blanco ©

 

martes, 11 de octubre de 2016

El agua y la roca


El agua suplicó a la roca una plegaria. En su ir y venir nunca encontraba el sosiego. A veces la acariciaba con leves salpicaduras saladas y, otras, arremetía con febril locura hasta arrancar de su aspereza el más dulce recuerdo.

La roca siempre estaba serena, firme, aferrada al suelo con sus raíces milenarias, soportando los envites de las tempestades. Aun cuando el agua aparentaba mansedumbre, en lo más profundo de su ser se gestaba cada día alguna tormenta.

El agua susurró a la roca un lamento y un par de lágrimas inoportunas se colaron entre las oquedades esculpidas por el salitre. La roca, paciente y generosa se bebió la pena y, desafiando el oleaje, se quedó mirando al horizonte, cabizbaja, callada, aguardando su destino.  


Belkys Rodríguez Blanco ©

jueves, 6 de octubre de 2016

Cambio de planes


Tenía tan mala puntería con los hombres que decidió matricularse en un curso intensivo de tiro con arco. Después de varias clases prácticas y algunos sobresalientes, pensó que había encontrado el amor de su vida. Pero, nada es lo que parece. El tipo agoniza en la unidad de cuidados intensivos de un hospital de la ciudad por culpa de un estornudo intempestivo. Ella, compungida y decepcionada, ha decidido hacer un retiro espiritual en un monasterio del Tíbet. Entre los monjes, cabizbajos y pensativos, se le conoce como Diana, la viuda de Cupido. Ha abandonado definitivamente la práctica del tiro con arco. Ahora se interesa por la meditación y por el estudio de las técnicas más avanzadas en la elaboración de las bolas chinas.


Belkys Rodríguez Blanco ©

domingo, 2 de octubre de 2016

Ventajas y desventajas de las alergias


Era alérgica a los ácaros, a la tecnología y a los hombres. Vivía en un iglú en Groenlandia, sin mobiliario y sin aparatos electrónicos. Dormía en el suelo y se cubría con una manta hipoalergénica. Solo un oso polar que merodeaba por allí aliviaba su soledad. No toleraba la lactosa ni el gluten ni la ambigüedad de los seres humanos. Con el tiempo, empezó a rechazar su propio cuerpo. Dejó de comer, de beber, de soñar, de sentir. Libre de alérgenos, de otros hombres y de sí misma, vaga junto al oso por un desierto blanco y aséptico. Nunca más ha vuelto a padecer de rinitis alérgica.

Belkys Rodríguez Blanco ©

jueves, 29 de septiembre de 2016

De ausencias y ausentes


Andan todos desperdigados, como átomos libres viajando sin equipaje por el universo. El primo en Florida, saltando en un castillo inflable en Disney World. Ella en Noruega, intentando cazar cotorras en los fiordos. Los tíos en Filadelfia, paleando la nieve para salir de casa. Todos preguntándose por qué, a santo de qué andan cabizbajos, contemplando sus raíces arrancadas, mutiladas, sangrando. Necesitan encontrar un culpable que los libere de su propia culpa, del destierro, de la nostalgia. La culpa que es un fardo muy pesado y planea como espada de Damocles sobre la conciencia.

Los que se quedaron los buscan cada día por los rincones de la casa familiar, bajo la sombra de la ceiba centenaria, en la voz que se quiebra entonando un bolero, en el aroma del café recién colado, en el cañaveral que se adentra como lengua de mar que lame la tierra roja, en cada nubarrón que presagia el aguacero. Necesitan una huella, una señal, un recuerdo tangible que los salve de la locura. Necesitan saber que la ausencia no ha devorado a los ausentes. Solo las luces agonizantes de la tarde devuelven el sosiego a los que se fueron. Solo el abismo de la noche puede traspasar las endebles paredes de los que se quedaron para despojarlos de la memoria.


Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 26 de septiembre de 2016

La roca en su silencio



La frialdad acarició la roca sin lujuria, sin aspavientos. Ella se estremeció pensando en el abrazo truncado por el destino, en las noches solitarias de luna menguante, en la mueca infame del desamor.

La roca resistió el embate de las olas, la impiedad de los vientos, el aullido de la oscuridad y la indiferencia de la espuma. Asustada, se acurrucó en el regazo del silencio y allí se quedó inmóvil, sangrante.

Solo el tiempo se apiadó de ella y la despojó de asperezas, de memoria, de incertidumbre, de cicatrices. Ahora, el mar la arrulla, el viento la adormila, la oscuridad la arropa y la espuma la abraza antes de abandonarla a su suerte.

Belkys Rodríguez Blanco ©

miércoles, 21 de septiembre de 2016

El hada incompleta y el duende juglar

Dedicado a todas las personas que escriben para niños. Espero que sepan perdonar mi atrevimiento.


Hace muchos años existió un hada que viajaba por el mundo buscando un duende que la acompañara en sus aventuras. Una tarde de tormenta, un rayo destrozó la casita de paja que colgaba de una de las ramas del castaño donde vivía. El impacto fue de tal magnitud que la pobre criatura se quedó inconsciente sobre la hojarasca durante unos minutos.

Al despertarse, se dio cuenta de que sus alas estaban quemadas y de que ya nunca más podría volar. Desconsolada, pensó que ahora era un hada incompleta y que lo mejor sería refugiarse en una madriguera de ratones abandonada. A pesar de la insistencia de sus amigos: los animalitos y los duendes del bosque, ella se negaba a salir de la cueva. Allí pasó todo el largo invierno.

Una tarde lluviosa, a principios de la primavera, mientras hacía la siesta, el hada escuchó asombrada una hermosa voz que entonaba una canción muy antigua. Sacó la cabeza por la boca de la madriguera pero no vio a nadie.

— Aquí arriba. Hola, soy el duende juglar. ¿Te he despertado?

— Pues sí. Has interrumpido mi siesta. Aunque debo decir que tienes una bonita voz —dijo el hada sin salir de su escondite.

— ¿Por qué estás metida en ese agujero? Hace un día precioso. Ven, súbete al árbol y te canto otra canción.

— No, odio los días lluviosos. Por culpa de un rayo perdí mis alas y ahora nunca más podré encontrar a…Bueno, eso no te importa. Adiós —se lamentó el hada.

— ¿Y solo por eso no sales de ese hoyo oscuro? Se supone que las hadas viven en los árboles —le respondió el duende juglar.

— ¿Cómo sabes que soy un hada? —preguntó ella sorprendida.

— Por el tono de tu voz. Soy un experto —diciendo esto, el duende soltó una enorme carcajada—. Si sales te contaré una historia maravillosa.

— ¡No!, márchate. Quiero estar sola —la última frase acabó en un sollozo.

— Pensé que las hadas eran valientes. Si dejas que te vea, te diré cómo encontrar la pócima mágica que te devolverá las alas — le aseguró el duende mientras bajaba del árbol.

La curiosidad y las ganas de recuperar lo perdido fueron más fuertes que su deseo de permanecer oculta. Poco a poco, el hada fue saliendo de su refugio y lo primero que vio fue un inmenso arcoíris que había nacido entre las nubes. Luego, sus ojos color miel tropezaron con una mirada diáfana. Había escampado y el bosque lucía un verde luminoso. El duende se acercó lentamente, con una amplia sonrisa trotando en su rostro pecoso.

— Para no tener alas, eres bastante bonita.

— Y tú, ¿por qué no tienes orejas, ni…—la frase se quedó 
en vilo y el hada sintió el calor en sus mejillas.

— ¿Pelo? Ah, es una vieja historia. Tú no eres la única que ha tropezado con un rayo; pero, como ves, yo salí peor parado.

— Lo siento, yo…he sido grosera. Te ruego que me perdones.

— No pasa nada, estoy acostumbrado. Casi todos piensan que soy un bicho raro, pero me da igual. Mis amigos me llaman el Desorejado y quieren fabricar unas orejas nuevas para mí. Les he dicho que me importa un rábano no tener orejas. Total, las que tenía eran enormes y también me criticaban por eso —dijo  el duende y soltó otra sonora carcajada.

— Las personas son crueles. Cuando alguien es diferente lo señalan con un dedo y murmuran —el hada habló con un hilo de voz y la vista clavada en el suelo.

— No, solo son tontas. No han aprendido que la belleza que verdaderamente importa está dentro de nosotros. Bah, peor para ellas. Yo me siento afortunado. Sobreviví al rayo, puedo andar, cantar, tengo buenos amigos y también puedo escuchar —el duende señaló divertido unos pequeños orificios a ambos lados de su cabeza.

— He sido estúpida y vanidosa. Solo vi la parte negativa de lo que me sucedió y por mucho tiempo me he sentido desgraciada e incompleta. ¡Enséñame a ser como tú! —le suplicó el hada mientras observaba su propia figura en los grandes ojos bondadosos de aquella fascinante criatura.

— No te aconsejo que te parezcas a mí. No tengo pelo, ni orejas y, además, ronco y me tiro pedos  —terminando la frase, el duende dio un salto y se subió a una rama del castaño.

El hada incompleta y el duende juglar rieron hasta que sintieron dolor en sus barrigas. Comenzó a caer una llovizna que anunciaba el comienzo de la estación de las flores y el canto de los pájaros. Los primeros botones bostezaron y estiraron tímidamente sus ramas. De un saco que tenía escondido entre las hojas del castaño, el duende sacó una sombrilla para que su hermosa dama no se mojara.

“Escucha el sonido de la lluvia; cierra los ojos e imagina unas alas enormes y transparentes; pega la oreja al árbol y escucha todas las historias mágicas que guarda en su interior. Abraza su tronco, siente su energía, su sabiduría, su amor”, el duende fue susurrándole al hada las palabras que iban naciendo de su corazón generoso. Ella, con la cabeza recostada a su hombro, se quedó profundamente dormida, con una sonrisa en los labios y estrenando unas alas enormes que los condujeron, a ambos, a lo más profundo del bosque recién lavado.


Belkys Rodríguez Blanco ©

sábado, 10 de septiembre de 2016

Ella en su agonía


A solas con el pescador, la gaviota y el pez en su agonía. Las mareas se niegan a devolver los recuerdos. Se hundieron callados en las profundidades, abrazados a las conchas y los corales. En las rocas se enquistaron las palabras, frases premeditadas, caricias falsas. El grito campa a su antojo dentro del pecho y se niega a salir a la superficie.

A solas con los restos de tantos naufragios, maldiciendo la inocencia, pidiendo a las corrientes que se apiaden de ella y que arrastren de una vez las ausencias. Bajamar, pleamar, da lo mismo, las naves yacen quemadas y podridas en la indiferencia de las costas.

El pescador se enjuga un líquido salobre que quizá sea una lágrima. La gaviota con las plumas erizadas se lanza con rabia suicida contra la presa escurridiza. El pez moribundo da los últimos coletazos sobre las piedras. Ella en su agonía se retuerce entre mentiras camufladas, arenas movedizas, rezando al mar para que devore de una vez el grito que no claudica.


Belkys Rodríguez Blanco©

sábado, 27 de agosto de 2016

La herida


Fue a lamerse las heridas en un rincón de la noche. La luna no lo acompañó esta vez. En solitario gimió por la ausencia de las caricias. La noche, indiferente, miró con disimulo hacia otro lado. No hubo preguntas ni respuestas. Solo el guiño cómplice del silencio. Extenuado, se durmió cuando el amanecer comenzó a desgarrar la oscuridad. Los tímidos destellos de la mañana lo sorprendieron abrazado al último recuerdo.

Belkys Rodríguez Blanco ©

martes, 23 de agosto de 2016

Sombras y amaneceres


Cobíjate bajo tu sombra si te hace falta y bajo la de aquel árbol de tu infancia, si la que proyecta tu alma no es suficiente. Camina despacio y deja que la soledad te haga un guiño cómplice o una mueca, da igual, la arena mojada bajo tus pasos  será el remedio para las penas. Deja al salitre hacer su trabajo. La sal en la herida escuece en la misma medida que cura. Observa atentamente a la gaviota que se deja llevar por las corrientes de aire, con las alas quietas y la mirada avizora. Luego se lanza en picado  en busca de una quimera para emerger más tarde, con premio o sin él. Regresa siempre de lo profundo del abismo y vuelve a planear sobre el mismo océano que lame tus pies y tus dudas. Quédate bajo tu sombra solo el tiempo suficiente para darte cuenta de que la luz te espera para amanecer de nuevo en las costas de siempre.

Belkys Rodríguez Blanco ©

sábado, 20 de agosto de 2016

Manchitas

A mi amiga Gabi por su generosidad y a Manchita, por supuesto.


“Cuando usted abandona un perro porque “ya no le sirve”, sus hijos aprenden la lección. Quizás hagan lo mismo con usted cuando sea un anciano”.
Konrad Lorenz

Lo vi mientras conducía. Estaba en la acera, mirando a un lado y a otro. Supuse que se había perdido o que lo habían abandonado. Luego, comenzó a caminar junto a un grupo de padres y niños que se dirigía al colegio. Continué detrás de la larga fila de coches y pensé que no volvería a verlo. Me despedí de mi hijo en la puerta de la escuela y me dispuse a regresar a casa. Pensé en él mientras escuchaba la radio. Ahora solo había coches que intentaban sortear el atasco y unos pocos transeúntes. “Tal vez ha encontrado el camino a casa. Seguro que estará ahora junto a la persona que lo cuida y que lo quiere”, imaginé mientras avanzaba lentamente, intentando dejar una calle secundaria y salir a la autovía.
Me había equivocado. Volví a verlo, cruzando la avenida, en dirección al aparcamiento. “Sigue, no debes dejar el coche en medio de la calle y el estacionamiento está lleno; igual no puedes hacer nada; comienza el verano y los verás por todos lados: en las aceras, en los parques y, en el peor de los casos, vagando desorientados por la autopista. Si te detienes y lo miras a los ojos, querrás abrazarlo, pedirle perdón por el sinvergüenza que lo dejó en la calle y se te echará encima un conflicto. Sabes que no puedes llevártelo a casa. Ya tienes suficiente con tus problemas”.
Los argumentos tenían peso, pero mi corazón testarudo dio un volantazo y busqué un sitio donde aparcar. Mientras intentaba dar con él, pensé con nostalgia en Mofli, Cuca, Bim, Chichita y Negrita. Todos vivieron en la casa de mis padres y llenaron nuestros días de amor incondicional y de instantes inolvidables. Todos fueron rescatados de la calle y adoptados. Perros sin pedigrí o “satos”, como los llama mi padre. Sin embargo, eran fuertes, cariñosos, inteligentes, fieles; el agradecimiento en la mirada; el amor que se demuestra sin palabras; sentimiento genuino de alguien que te puede salvar la vida a cambio de una única recompensa: el afecto.
Lo encontré en el paseo peatonal, corriendo asustado mientras otros perros que paseaban arropados por sus dueños le ladraban. Algunas personas se detuvieron para compadecerse y me confirmaron que él estaba solo. Unos pocos intentaron acercarse, pero él esquivaba cualquier tipo de roce. Evidentemente no confiaba en los seres humanos. Se me ocurrió que la única manera de lograr una aproximación sería ofreciéndole algo de comer. Así que, compré un bocadillo en una cafetería y salí a buscarlo.
Estaba tumbado en la acera, con la cabecita apoyada en sus patas delanteras. Me acerqué despacio y le hablé bajito. Se levantó y comenzó a acercarse, cauteloso, atraído por el olor de la comida. Pero, de repente, algo llamó su atención y salió disparado mientras movía alegremente la cola. Al parecer, aquel chico joven que le hablaba y le sonreía era su dueño. Me sentí aliviada. Mi pequeño vagabundo no estaba solo. Sin embargo, me había equivocado. El muchacho era tan solo un amigo ocasional que de vez en cuando le daba de comer y un poco de cariño.
Al día siguiente, mientras acompañaba a mi hijo al colegio, volví a verlo. Otra vez caminaba detrás de un enjambre de chiquillos risueños y parlanchines. Alzaba el hocico intentando, quizá, que la brisa matinal le trajera algún olor conocido y movía la cola ante la prisa indiferente de los padres que, esa hora de la mañana, se disponían a despedirse de sus hijos e irse al trabajo. Ese mismo día le escribí a una amiga que tenía perros adoptados, para pedirle el número de teléfono de alguna asociación de ayuda a los animales. Si no podía recoger a Manchitas, por lo menos intentaría buscarle un hogar.
Claro, he olvidado describir a mi pequeño vagabundo: flaco, más bien pequeño; blanco, con manchas color caramelo y una mirada dulcísima, de ojos castaños, generosos y profundos que me cautivaron desde el primer encuentro. Aunque probablemente no vuelva a verlo, jamás olvidaré aquella mirada.
Podría terminar esta historia con un happy end, como esos finales en los que el narrador dice: “y vivieron felices para siempre”; decir que decidí adoptarlo o que alguien lo hizo por mí y ahora Manchitas tiene un hogar donde lo tratan con respeto y cariño. Pero, esto no es un cuento de hadas. Es una historia real desde la primera hasta la última palabra. Lo cierto es que volví a verlo un día más, adormilado en el paseo peatonal, cerca de una cafetería donde la gente charlaba animadamente entre cafés y bocadillos. Mi hijo había salido del colegio y yo había traído unas salchichas para dárselas juntos. Manchitas olfateó la comida pero, al parecer, no tenía hambre. Nos miró agradecido, se dejó acariciar y continuó su siesta. Recuerdo que mi hijo, a pesar de mis argumentos, se enfadó mucho porque quería, de todas maneras, llevárselo a casa. Le prometí que mientras buscábamos una solución, le llevaríamos comida todos los días y le daríamos un poco de cariño y compañía. No pude convencerlo. Para un corazón infantil los razonamientos son más simples y también más profundos. Fue la última vez que vimos a Manchitas.
Me acuerdo de él cada vez que atravieso el paseo peatonal. El otro día me pareció verlo, con sus manchas color caramelo, su mirada intensa, agradeciéndonos aquel leve roce. Asomaba su cabecita por la ventanilla de un coche, olfateando un mundo caótico donde a veces es posible la ternura. Sentí nostalgia y alivio. Quería, necesitaba que fuera él. Así somos los humanos adultos, siempre dispuestos a encontrar un argumento convincente que nos exima del sentimiento de culpa.

Nota: Esta crónica fue escrita en julio del año 2010 y publicada en el periódico digital Canarias al Día. Ya Gabi había recogido a Manchita, el Tierno y a Azabache, la Bella, dos adorables criaturas que malvivían en una comunidad de gitanos. Manchita se marchó al cielo perruno después de vivir catorce años al lado de ella y de Andrés: dos personas generosas que lo cuidaron con muchísimo amor. Azabache, madre de Manchita y muy mayor ya, lo echa de menos y cada día va hasta el sitio donde está enterrado. Allí se queda tumbada, soñando con él y aspirando el olor del campo cántabro. Mi hijo, casi un hombre ya, ha sido voluntario en un refugio canino y si me despisto me llena la casa de perros abandonados. Estoy muy orgullosa de su buen corazón. Mis padres me transmitieron el amor y el respeto por los animales y creo que yo he hecho lo mismo con él. Dos criaturas de cuatro patas conviven con nosotros hoy. Fueron rescatadas de la calle. Tenemos poco espacio y poco dinero, pero el amor que vemos en sus ojos cada día al despertarnos hace que el mundo se convierta en un sitio más amable.

Belkys Rodríguez Blanco ©

jueves, 18 de agosto de 2016

La decisión de Amanda


Mientras ella lloraba su ausencia, él invitaba a sus amigos a una noche loca de marcha en un bar de la ciudad. Ella no lo sospechaba o quizás lo intuía, pero prefería seguir creyendo en el cuento de hadas que tanta veces leyó cuando era una niña. “Sé buena chica, Cenicienta, y tendrás zapatos de cristal y comerás perdices”, le oyó decir a la madrastra o a su psicólogo. No lo recuerda con exactitud porque la punzada en el alma era tan fuerte y la mentira tan burda que perdió el sentido y cayó rendida en los brazos de alguien que simulaba ser el príncipe azul. Decepcionada, Amanda se sacudió aquel mal sueño, se secó las lágrimas, cogió la guitarra y se puso a improvisar. Al carajo las calabazas que se convierten en carrozas y los ratones que se transforman en pajes. Ella no era Cenicienta y tampoco necesitaba un príncipe ni unos zapatos tan frágiles y costosos. Por eso, a las doce de la noche, dejó de componer letras tristes, se soltó la melena, se ató bien las zapatillas y se fue a hacer footing . Había aprendido que perder un zapato en el camino no le garantizaba encontrar el amor de su vida.


Belkys Rodríguez Blanco ©

domingo, 14 de agosto de 2016

La nube descarriada

A Sandra, Dani y Joaquín.


La nube negra perdió la noción del tiempo y del espacio y se dejó llevar por el viento cálido y húmedo. Sus hermanas, todas impolutas y fieles al redil, se avergonzaron de la nube descarriada y la enviaron al exilio. Ella, harta de remilgos y desplantes, se lanzó sin remordimientos a los brazos del cielo Atlántico. Después de un largo viaje, llovió sobre el océano y luego sobre una isla donde las montañas agonizaban desnudas, prisioneras de la sequía.

Desde su atalaya, Tomasa –así se llamaba aquel cumulonimbus indomable–, conoció a Barranco Seco y sintió pena. Solo piedras y tierra cuarteada cubrían el despeñadero. A duras penas, castigado por el sol inclemente, alzó la vista y en sus ojos suplicantes Tomasa pudo ver su sed ancestral. La nube descarriada experimentó un sentimiento desconocido: la piedad. Por eso, sin pensárselo dos veces, dejó caer sobre su nuevo amigo toda el agua que acumulaba en sus entrañas.

Tanta lluvia cayó aquel día sobre la isla que los barcos de papel salieron a la calle a festejarlo. Los niños gritaban y chapoteaban sin importarles la fuerza del agua que arrastraba todo a su paso. Barranco Seco, feliz, le mandó un beso voláo a Tomasa. Ella, ruborizada, le regaló las últimas gotas que le quedaban en su panza de burro. Ahora, completamente blanca y satisfecha, anda a la caza de aire cálido y húmedo para coger fuerzas y descargar nuevas tormentas sobre cualquier trozo de tierra sedienta. Orgullosa de su libertad, sobrevuela volcanes, roques y pinares, dueña y señora de su destino.


Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 25 de julio de 2016

Plegaria


Sopla, Alisio, y manda a la calima de vuelta a la otra orilla. Tengo arena hasta en el ombligo y jamás he pisado el desierto. La garganta reseca pide silenciosa un aguacero. Envía el rayo, Changó. Sé generosa con los que sobreviven en otras costas. Que de cada nubarrón venga una cascada que sacie la sed de los sentidos. No te faltarán la miel, las manzanas y las rosas rojas ¡Lo juro por la tierra que quema las suelas de mis zapatos!

Yemayá, salpica la desnudez de mi cuerpo con tus gotas saladas. Apacigua esta piel reseca que arde y se consume en la agonía de los atardeceres ajenos. Déjame nadar en tu vientre como un pez extraviado. Cobíjame en el azul piadoso de tu manto. A cambio, te dejaré frutas frescas en la orilla, una paloma blanca, albahaca, lo que me pidas. Sopla, Alisio, empuja con ímpetu esta isla que se extingue en unas costas que no le pertenecen.


Belkys Rodríguez Banco ©