domingo, 29 de mayo de 2016

Barrotes


Pensé en las gaviotas cuando vi a aquellos hombres; en las cadenas, en las mordazas, en los sueños arrebatados, en balsas a la deriva y ojos desesperados oteando el horizonte. Recordé los pajaritos enjaulados por vanidad, en otros hombres de otras latitudes que por querer cambiar las cosas ven solo rejas nada más abrir los ojos por la mañana.

Entre barrotes también sobreviven el amor y la esperanza. Y volví a pensar en el vuelo de la gaviota. Alas extendidas, la vista atenta, la mar serena abajo, esperando el impacto de un cuerpo frágil que se lanza en picado buscando el alimento. Entre hierros oxidados hay historias que llevan impresas sus propias lágrimas; hay gente a la deriva, ojos cansados que escudriñan una línea lejana e intangible.

En cada hombre hay un naufragio propio y ajeno. En cada mirada hay una madre que enjuga sus lágrimas con el delantal; una novia que espera una carta o sueña con una caricia; un hijo que empieza a darse cuenta de que la vida también tiene garras que destrozan y que meter la pata puede salir muy caro. En cada hombre hay una parcela de libertad que sobrevive entre rejas; manos que se aferran a los recuerdos amables;  alas que se despliegan cada noche en el silencio de una celda.

Así transcurre la vida, como esas imágenes en cámara lenta o las pesadillas de las que cuesta desprenderse. Cada minuto se multiplica. El alma se curte y la piel se llena de surcos. Más allá de los barrotes, revolotea desesperadamente la gaviota, mientras los últimos rayos de sol de un día cualquiera acarician la mirada de un hombre que sueña con aquellas alas que dejó olvidadas en un rincón de su infancia.

Nota: Este pequeño relato está inspirado en los presos de los módulos de Respeto de la cárcel grancanaria Salto del Negro. El viernes 27 de mayo tuve la oportunidad de participar en una actividad con la Fundación Mapfre Guanarteme y la editorial Canariasebook, en la presentación del libro: Cuentos desde la celda. Son relatos de los internos que han participado en el concurso de cuentos cortos Ángel Guerra. Historias de hombres y mujeres de los centros penitenciarios de España. Me siento muy afortunada por haber estado allí. Una gran lección de vida, sin dudas. Detrás de los barrotes a veces solo hay hombres que han errado, que han sido maltratados por la vida y han tomado caminos y decisiones equivocadas. Hombres que merecen nuestro respeto y una nueva oportunidad. Mi especial agradecimiento a doña Marta, una gran mujer que alivia el dolor de muchas personas privadas de libertad y a la escritora Elsa López, por su palabra poética y certera.

Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 23 de mayo de 2016

Alarido



La espuma se tuerce, alarido de las olas. El viento arremolina la lava mientras las gaviotas caen en picado en busca del alimento. Hoy no hay peces ni pretextos para la calma. El mar aúlla y revienta con furia en las rocas.

Se escuchan las voces del océano, alarido de los naufragios. Los nubarrones en el horizonte anuncian la tormenta que nunca llegará a estas costas. Lo sabe la espuma que cubre de sal sus piernas. Lo sabe la mar que le empapa la falda.

Camina sin importarle las heridas que le dejan las piedras, alarido que no cesa. El salitre se le mete en los poros, en los pulmones, en la sangre. Se despoja del dolor y de los recuerdos y grita para que el rugido del viento engulla sus lágrimas.


Belkys Rodríguez Blanco ©

jueves, 12 de mayo de 2016

Bolero


La abuela le aseguraba que solo eran boleros de bares y cantinas. Canciones de su época, pasadas de moda. Letras tristes, de gente despechada. Ella no la escuchaba. Sus sentidos se dejaban seducir por la melodía y la letra. No sabía si habían sido sus manos o su boca, tal vez su voz; probablemente la impaciencia de tanto esperar. Daba igual. Allí estaba, pegada a la vieja radio de la abuela saboreando lentamente el bolero y un recuerdo dulce, precisamente en la barra de un bar. “Despierta, muchacha, déjate de bobadas y pon los pies en la tierra”. Ella cerró los ojos y dejó que el deseo le devorara el cuerpo como una culebra hambrienta. Quizás fueron sus palabras, la impaciencia o aquel perfume que se le quedó impregnado en la piel. Daba igual. “Niña, busca un danzón o un cha cha chá, algo más alegre, por Dios”. Pero el deseo se quedó aferrado a la dulce voz de aquel hombre que no sabía cómo había sucedido, solo tenía la certeza de que amaba a una mujer.

Belkys Rodríguez Blanco ©

martes, 3 de mayo de 2016

Estaciones



Los paisajes no entienden de estaciones, no les importa el frío o la lluvia, la sequía o el calor intenso. Combinan colores a su antojo para engañar a los sentidos.

Las estaciones esperan adormiladas los primeros colores del alba y entonces deciden si les viene bien la primavera o el otoño, el verano o el invierno. Los ropajes, tendidos a la brisa, esperan pacientes a ser usados. Los más vivos para vestir a las mariposas; los más tenues si el alma llora alguna pena.

Los paisajes despiertan cada mañana de su letargo y buscan a tientas la ternura. Ella es la única que no puede faltar en cada estación. Altiva, viste de largo y de un rosa intenso. Hasta el propio sol le hace una reverencia y, luego, si ella lo mira de soslayo, un guiño cómplice. Sonrojado, se le acerca y le da un beso en la mejilla. Ella lo acepta y, agradecida, continúa su camino hacia la próxima estación, con la mirada atenta y el corazón en vilo.

Belkys Rodríguez Blanco ©