miércoles, 29 de junio de 2016

Mariposas transparentes

A la memoria de Gisela.


A veces las mariposas son transparentes y aletean tan cerca de la nariz que te provocan un estornudo o una sonrisa sin aparente motivo. Sus alas brillan discretamente y solo el ojo experto puede captar el momento en que suben hasta las nubes y desatan una lluvia de estrellas en cualquier latitud.

Hay estrellas tan lejanas que son apenas puntitos que parpadean tenuemente, como si les diera vergüenza mostrar su luz. Las mariposas como ella se mimetizan con el viento y sobrevuelan el océano para llegar a sitios remotos. Se posan sobre la espuma de los mares encrespados y bajan a los barrancos tan profundos como los abismos. Sobreviven a la sequía, al destierro y a las largas caminatas sobre las dunas.

Así llegó ella hasta una isla que es un punto en el Atlántico, donde el mar y el desierto se juntan en las diáfanas noches de luna llena. Venía de muy lejos, de otra isla, cálida, húmeda, de aguaceros torrenciales, huracanes y montes vestidos de un verde intenso; donde aletean el colibrí y el tocororo; donde la ceiba despierta del letargo centenario y recibe con una reverencia al travieso güije.

Como una mariposa guerrera plantó cara a los impetuosos alisios que azotaban un archipiélago esculpido por la furia de los volcanes. Aguantó con elegancia los embates del vendaval, pero un día de verano la venció el cansancio y cayó rendida sobre los roques y los acantilados. Y allí se quedó, quieta, exhausta, en tierra ajena, con sus raíces caribeñas tendidas al sol inclemente.

A veces las mariposas son transparentes, por eso hay que estar atentos a los cosquilleos en la nariz y a los estornudos intempestivos. Ellas andan cerca, a veces en los sueños y en las nostalgias, en las ausencias, en cualquier estación, en cualquier latitud. Podría parecer un hada o una luciérnaga, tal vez un cocuyo. Pero es una mariposa, de esas que, aunque se rindan, se quedan para siempre prendidas a los recuerdos.

Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 27 de junio de 2016

Desvelo


No podía dormir por eso se arrancó los párpados y los tiró a la papelera. Era mejor estar alerta. No podía escribir, así que dejó quieta las manos sobre el regazo y soñó con palabras y con amaneceres. El gallo cantaba a lo lejos, tal vez en su memoria. El insomnio solía ser engañoso cuando se lo proponía.


Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 20 de junio de 2016

El amor de su bohío

A mis abuelos


Mientras el sol roza brevemente las montañas de Santa Lucía pienso en la abuela que está en la otra isla. Tierra llana y colorada. Cañaverales, manglar, mango, mamey y mamoncillo. Las gallinas custodiando a los pollitos recién salidos del cascarón. El olor a café acabado de colar y la guajira trajinando en la cocina. Es domingo y viene la familia a comer arroz ensopado. Huele a sofrito. Cierro los ojos y aspiro hondo para que los recuerdos lleguen hasta mi cerebro y alivien mis nostalgias. El abuelo con su cámara Lubitel intenta captar las travesuras de mis primos. Pero los muchachos no se están quietos. La gata negra de Genara ha parido y todos quieren coger a los gaticos que no han abierto aún los ojos. Yo me quedo quieta bajo el limonero y busco la mirada cómplice de la abuela.

La muchacha más linda del pueblo canta delante del fogón. “Valle plateado de luna, sendero de mis amores”. Adapta la letra con desparpajo mientras se acerca al abuelo y lo besa en la espalda. Su lindo playerito le hace cosquillas y ella ríe, y esa risa generosa recorre mi memoria como una cascada de agua limpia que calma la sed del terruño. El abuelo marinero, pintor, guerrero, pescador, el amor de su vida. Y es la ternura la que reina en ese bohío, un domingo de verano, el arroz con pescado humeante sobre la mesa, la voz dulce de la abuela, la linda guajirita, la cosita más bonita que le canta al playerito, un pescador pobre que un día conquistó para siempre su corazón.

Hoy no es domingo y el terruño se desdibuja en la memoria. A miles de kilómetros y frente al mar de otra isla intento rescatar los detalles del pertinaz olvido. Tarareo la canción favorita de la abuela. Echo de menos su voz en la distancia. Jamás he vuelto a probar un arroz ensopado como el que ella preparaba para la familia. Benditos recuerdos que me devuelven lo que soy, de dónde vengo, mi esencia. De isla en isla he saltado como un equilibrista. No sé si habré quemado las naves. Quizás queden otros horizontes por explorar. Quién sabe, el abuelo era marinero y en muchos puertos estuvo. Luego volvió para anclar su velero en la costa sur de una isla verde y cálida, en el corazón de su amada, el amor de su bohío.


Belkys Rodríguez Blanco ©

martes, 7 de junio de 2016

Desidia


Se aflojan las carnes
esperando una caricia.
La sonrisa se transforma
en rictus patético.
El carmín de los labios
se abraza con furia
al borde de la copa vacía.

Camina tambaleante,
el rímel se mezcla con
un par de lágrimas
que bajan con descuido
hasta la comisura de los labios.

Se quita los tacones
y los adoquines
de una ciudad lejana
le muerden con saña
la desnudez de los pies.

Agonizan las carnes
y la sonrisa.
Se sienta moribunda
en un banco de aquella plaza,
en una ciudad en penumbras,
donde los perros de bronce
miran con desdén
a una pareja que se ama
en la quietud de la noche.

Belkys Rodríguez Blanco ©

domingo, 5 de junio de 2016

La diosa de los mares


Yemayá la observaba desde la cresta de una ola. En lo alto del acantilado ella lloraba por un amor imposible. Las lágrimas rodaban por las piedras y al mezclarse con el salitre se convertían en perlas. La madre de los peces y los orishas se acercó a la orilla y desplegó los caracoles. Su manto azul se extendió como el propio cielo. Desde lo más profundo del océano se escuchó el canto de las sirenas y los delfines.

Yemayá habló en la lengua de los dioses y de su garganta brotó como una flor silvestre la más dulce de las  melodías. Ella enjugó sus lágrimas y se acercó recelosa a la orilla. Las olas  lamieron sus pies y sanaron su alma. La diosa que todo lo sabe le entregó una concha y le contó un secreto. Ella sonrió y se fue caminando sobre el manto de rosas blancas que ahora cubría la ribera. La diosa regresó a su cabalgar sobre las olas. Ella se alejó hacia la tarde repitiendo en un susurro su nombre.

Belkys Rodríguez Blanco ©