jueves, 29 de septiembre de 2016

De ausencias y ausentes


Andan todos desperdigados, como átomos libres viajando sin equipaje por el universo. El primo en Florida, saltando en un castillo inflable en Disney World. Ella en Noruega, intentando cazar cotorras en los fiordos. Los tíos en Filadelfia, paleando la nieve para salir de casa. Todos preguntándose por qué, a santo de qué andan cabizbajos, contemplando sus raíces arrancadas, mutiladas, sangrando. Necesitan encontrar un culpable que los libere de su propia culpa, del destierro, de la nostalgia. La culpa que es un fardo muy pesado y planea como espada de Damocles sobre la conciencia.

Los que se quedaron los buscan cada día por los rincones de la casa familiar, bajo la sombra de la ceiba centenaria, en la voz que se quiebra entonando un bolero, en el aroma del café recién colado, en el cañaveral que se adentra como lengua de mar que lame la tierra roja, en cada nubarrón que presagia el aguacero. Necesitan una huella, una señal, un recuerdo tangible que los salve de la locura. Necesitan saber que la ausencia no ha devorado a los ausentes. Solo las luces agonizantes de la tarde devuelven el sosiego a los que se fueron. Solo el abismo de la noche puede traspasar las endebles paredes de los que se quedaron para despojarlos de la memoria.


Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 26 de septiembre de 2016

La roca en su silencio



La frialdad acarició la roca sin lujuria, sin aspavientos. Ella se estremeció pensando en el abrazo truncado por el destino, en las noches solitarias de luna menguante, en la mueca infame del desamor.

La roca resistió el embate de las olas, la impiedad de los vientos, el aullido de la oscuridad y la indiferencia de la espuma. Asustada, se acurrucó en el regazo del silencio y allí se quedó inmóvil, sangrante.

Solo el tiempo se apiadó de ella y la despojó de asperezas, de memoria, de incertidumbre, de cicatrices. Ahora, el mar la arrulla, el viento la adormila, la oscuridad la arropa y la espuma la abraza antes de abandonarla a su suerte.

Belkys Rodríguez Blanco ©

miércoles, 21 de septiembre de 2016

El hada incompleta y el duende juglar

Dedicado a todas las personas que escriben para niños. Espero que sepan perdonar mi atrevimiento.


Hace muchos años existió un hada que viajaba por el mundo buscando un duende que la acompañara en sus aventuras. Una tarde de tormenta, un rayo destrozó la casita de paja que colgaba de una de las ramas del castaño donde vivía. El impacto fue de tal magnitud que la pobre criatura se quedó inconsciente sobre la hojarasca durante unos minutos.

Al despertarse, se dio cuenta de que sus alas estaban quemadas y de que ya nunca más podría volar. Desconsolada, pensó que ahora era un hada incompleta y que lo mejor sería refugiarse en una madriguera de ratones abandonada. A pesar de la insistencia de sus amigos: los animalitos y los duendes del bosque, ella se negaba a salir de la cueva. Allí pasó todo el largo invierno.

Una tarde lluviosa, a principios de la primavera, mientras hacía la siesta, el hada escuchó asombrada una hermosa voz que entonaba una canción muy antigua. Sacó la cabeza por la boca de la madriguera pero no vio a nadie.

— Aquí arriba. Hola, soy el duende juglar. ¿Te he despertado?

— Pues sí. Has interrumpido mi siesta. Aunque debo decir que tienes una bonita voz —dijo el hada sin salir de su escondite.

— ¿Por qué estás metida en ese agujero? Hace un día precioso. Ven, súbete al árbol y te canto otra canción.

— No, odio los días lluviosos. Por culpa de un rayo perdí mis alas y ahora nunca más podré encontrar a…Bueno, eso no te importa. Adiós —se lamentó el hada.

— ¿Y solo por eso no sales de ese hoyo oscuro? Se supone que las hadas viven en los árboles —le respondió el duende juglar.

— ¿Cómo sabes que soy un hada? —preguntó ella sorprendida.

— Por el tono de tu voz. Soy un experto —diciendo esto, el duende soltó una enorme carcajada—. Si sales te contaré una historia maravillosa.

— ¡No!, márchate. Quiero estar sola —la última frase acabó en un sollozo.

— Pensé que las hadas eran valientes. Si dejas que te vea, te diré cómo encontrar la pócima mágica que te devolverá las alas — le aseguró el duende mientras bajaba del árbol.

La curiosidad y las ganas de recuperar lo perdido fueron más fuertes que su deseo de permanecer oculta. Poco a poco, el hada fue saliendo de su refugio y lo primero que vio fue un inmenso arcoíris que había nacido entre las nubes. Luego, sus ojos color miel tropezaron con una mirada diáfana. Había escampado y el bosque lucía un verde luminoso. El duende se acercó lentamente, con una amplia sonrisa trotando en su rostro pecoso.

— Para no tener alas, eres bastante bonita.

— Y tú, ¿por qué no tienes orejas, ni…—la frase se quedó 
en vilo y el hada sintió el calor en sus mejillas.

— ¿Pelo? Ah, es una vieja historia. Tú no eres la única que ha tropezado con un rayo; pero, como ves, yo salí peor parado.

— Lo siento, yo…he sido grosera. Te ruego que me perdones.

— No pasa nada, estoy acostumbrado. Casi todos piensan que soy un bicho raro, pero me da igual. Mis amigos me llaman el Desorejado y quieren fabricar unas orejas nuevas para mí. Les he dicho que me importa un rábano no tener orejas. Total, las que tenía eran enormes y también me criticaban por eso —dijo  el duende y soltó otra sonora carcajada.

— Las personas son crueles. Cuando alguien es diferente lo señalan con un dedo y murmuran —el hada habló con un hilo de voz y la vista clavada en el suelo.

— No, solo son tontas. No han aprendido que la belleza que verdaderamente importa está dentro de nosotros. Bah, peor para ellas. Yo me siento afortunado. Sobreviví al rayo, puedo andar, cantar, tengo buenos amigos y también puedo escuchar —el duende señaló divertido unos pequeños orificios a ambos lados de su cabeza.

— He sido estúpida y vanidosa. Solo vi la parte negativa de lo que me sucedió y por mucho tiempo me he sentido desgraciada e incompleta. ¡Enséñame a ser como tú! —le suplicó el hada mientras observaba su propia figura en los grandes ojos bondadosos de aquella fascinante criatura.

— No te aconsejo que te parezcas a mí. No tengo pelo, ni orejas y, además, ronco y me tiro pedos  —terminando la frase, el duende dio un salto y se subió a una rama del castaño.

El hada incompleta y el duende juglar rieron hasta que sintieron dolor en sus barrigas. Comenzó a caer una llovizna que anunciaba el comienzo de la estación de las flores y el canto de los pájaros. Los primeros botones bostezaron y estiraron tímidamente sus ramas. De un saco que tenía escondido entre las hojas del castaño, el duende sacó una sombrilla para que su hermosa dama no se mojara.

“Escucha el sonido de la lluvia; cierra los ojos e imagina unas alas enormes y transparentes; pega la oreja al árbol y escucha todas las historias mágicas que guarda en su interior. Abraza su tronco, siente su energía, su sabiduría, su amor”, el duende fue susurrándole al hada las palabras que iban naciendo de su corazón generoso. Ella, con la cabeza recostada a su hombro, se quedó profundamente dormida, con una sonrisa en los labios y estrenando unas alas enormes que los condujeron, a ambos, a lo más profundo del bosque recién lavado.


Belkys Rodríguez Blanco ©

sábado, 10 de septiembre de 2016

Ella en su agonía


A solas con el pescador, la gaviota y el pez en su agonía. Las mareas se niegan a devolver los recuerdos. Se hundieron callados en las profundidades, abrazados a las conchas y los corales. En las rocas se enquistaron las palabras, frases premeditadas, caricias falsas. El grito campa a su antojo dentro del pecho y se niega a salir a la superficie.

A solas con los restos de tantos naufragios, maldiciendo la inocencia, pidiendo a las corrientes que se apiaden de ella y que arrastren de una vez las ausencias. Bajamar, pleamar, da lo mismo, las naves yacen quemadas y podridas en la indiferencia de las costas.

El pescador se enjuga un líquido salobre que quizá sea una lágrima. La gaviota con las plumas erizadas se lanza con rabia suicida contra la presa escurridiza. El pez moribundo da los últimos coletazos sobre las piedras. Ella en su agonía se retuerce entre mentiras camufladas, arenas movedizas, rezando al mar para que devore de una vez el grito que no claudica.


Belkys Rodríguez Blanco©