lunes, 19 de junio de 2017

A la deriva


A la deriva en mares ajenos, sobre arenas movedizas. Con el amanecer a la espalda avanza hacia las sombras.

A la deriva sobre la tabla de otro náufrago que como él renunció a sus costas. Obstinado navegante luchando solo contra las tempestades que azotan sus miedos.

Cabalgando sobre olas indómitas, la melena ondulante, la mirada perdida en el escurridizo horizonte.

A la deriva en una noche sin estrellas fugaces, con la frialdad incrustada en los huesos, la ropa mojada, el cielo plomizo, la esperanza errante.

Belkys Rodríguez Blanco ©

sábado, 11 de febrero de 2017

Mariposa bajo la lluvia




Los nubarrones bajaron por fin a abrazar las montañas. Las finas gotas se deslizaron sigilosas entre las ramas y las piedras. La tierra tenía sed y por eso no podía descansar. Sus párpados rojizos y abiertos como ventanas al viento, añoraban la lluvia y suplicaban al cielo. Las nubes se compadecieron de su desesperación y poco a poco fueron desabotonando sus grises faldas y dejaron caer sobre el suelo cuarteado unas cuantas gotas danzarinas.

La mariposa temblaba debajo de una hoja de laurel que, en cualquier momento, se quebraría por el peso del agua. Con las alas mojadas no podría volar. Apesadumbrada, se abrazó al tronco del árbol y esperó lo inevitable. Triste destino, pensó, y añoró el sol y el cielo despejado. Maldijo la lluvia sin pensar en la alegría de la tierra y de tantas criaturas que morían de sed a su lado. Resignada, cerró los ojos mientras las gotas iban empapando la fragilidad de su cuerpo.

“Despierta y ven a celebrar el milagro del aguacero”, un lagarto la zarandeaba y le hablaba a grito pelado. “Soy una mariposa, tonto, y si me mojo jamás podré volar”, respondió ella con un hilo de voz. “Eso no es un problema, tengo algo que te protegerá”. El reptil salió disparado y regresó con un enorme paraguas de color verde que tenía pintados unos ojos de sapo y una boca grande y sonriente. Aún temblorosa, la grácil criatura dejó de cobijarse bajo el laurel y, por primera vez, desplegó sus alas y fue feliz revoloteando bajo el aguacero invernal.

Belkys Rodríguez Blanco ©

viernes, 6 de enero de 2017

Conversación con una mariposa




La muchacha más linda del pueblo se marchó callada, en puntillas y con su eterna sonrisa en la mirada. Echo de menos tu voz, la bondad en tus ojos y esa risa sincera y contagiosa que aún resuena en mis recuerdos.

Quiero tararear aquella canción que tanto te gustaba pero el dolor me ronda como felino insaciable y las lágrimas empañan la mañana soleada en una isla que no es tu isla. “Valle plateado de luna, sendero de mis amores. Quiero cantarle a las flores el canto de mi montuna”. Así le cantabas a tu playerito, al hombre apuesto y galante que se hizo a la mar y fue pescador y marinero. El amor de tu vida, el pintor que llenó de colores cada día de tu existencia.

Mi mariposa azul en el salitre y la espuma. Revoloteas sobre las olas de una playa que recorro cada día buscando tu rastro, tu risa, las caricias de mi infancia, el dulce aroma de tu pelo blanco, el limonero del patio, el olor a café recién colado, las novelas en la radio, la lluvia cálida sobre el tejado, el sonido del trueno en la distancia, los interminables campos de caña, tus manos laboriosas sobre el tejido, Penélope caribeña, la eterna melodía dedicada al abuelo en tus labios.

Me dejo envolver en el arrullo de tu aleteo, en el último te quiero, en la generosidad de tu alma, en tu vuelo silencioso sobre estas costas donde ahora habito, añorando las mías, implorando tu abrazo, intentando reconciliarme con la ausencia.

A la memoria de mi abuela Elita.

Belkys Rodríguez Blanco ©