miércoles, 9 de agosto de 2017

El viajero

A Diego por su nobleza y su valentía.


El horizonte observó con curiosidad al viajero y él le sostuvo la mirada. Tenía sangre nómada y unos deseos irrefrenables de conquistar su destino. La estrella polar marcaba el rumbo. La noche era clara y el viento estaba a su favor. El horizonte se preguntaba quién era aquel muchacho tan joven y apuesto que intentaba traspasar sus fronteras. El viajero no quiso responder a tan inoportuna pregunta. Había que aprovechar el buen tiempo y la suave brisa que inflamaba sus velas. Así que, con un ligero temblor en los labios, puso proa al Norte. Los sueños estaban impacientes por alcanzar otras costas.

Iba ligero de equipaje. Lo arropaba la noche y el cántico de los marinos que como él desafiaron tempestades para llegar a tierra firme. En la solapa del abrigo llevaba prendidas un par de lágrimas impertinentes. Ni siquiera la audacia del viento pudo derrotarlas. Allí permanecieron, erguidas, retadoras, como prueba del amor de los que se quedaron del otro lado del horizonte. Llevaba la emoción escondida en los bolsillos. Los hombres de alma errante debían mantener a buen recaudo los sentimientos.

En aquella fina línea teñida ahora de un apacible atardecer su silueta se fue haciendo pequeña. El viajero no volvió la vista atrás. El pañuelo blanco que agitaban sus seres queridos se quedó suspendido en la brisa nocturna. Ahora solo una par de gaviotas revoloteaban en busca del alimento. Sus antiguas costas se quedaron adormiladas con el arrullo de las olas. Otras nuevas lo esperaban, con las luces encendidas y todas las ventanas abiertas. El viento gélido de su infancia desordenó sus cabellos negros. El viajero escuchó atento las voces de los guerreros vikingos. Tiró el ancla y avanzó con paso firme por la tierra que un día lo vio nacer. La isla boreal había esperado paciente su regreso. El horizonte había encontrado por fin la respuesta a su interrogante.

Belkys Rodríguez Blanco ©   


sábado, 15 de julio de 2017

Diosa del norte

A mi isla de hielo y fuego
 


Primero fue la ola apaciguando la rudeza de las piedras. Luego las torres desafiando las corrientes. Pájaros marinos a merced de las mareas. Resignados emigrantes viajando al sur, el único punto cardinal habitable. Sin embargo ella, en su porfía, voló al norte, a contracorriente, la mirada indomable, las piedras proféticas en el puño cerrado.
Se llamaba Freyja, diosa de la estrella Polar, espíritu de los volcanes y los glaciares. Dueña de su destino y de las voces guerreras, cabalgó altiva sobre el día eterno. El mar de lava bajo un cielo gris fue su único lecho. Allí dejó enterrada el alma mientras sus huellas vagaban como dulces sombras entre el fuego y el hielo. Libre navega la diosa boreal, aferrada a la única tabla que puede salvarla. Proa al norte, desafiando sin pestañear a la cordura.

Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 19 de junio de 2017

A la deriva


A la deriva en mares ajenos, sobre arenas movedizas. Con el amanecer a la espalda avanza hacia las sombras.

A la deriva sobre la tabla de otro náufrago que como él renunció a sus costas. Obstinado navegante luchando solo contra las tempestades que azotan sus miedos.

Cabalgando sobre olas indómitas, la melena ondulante, la mirada perdida en el escurridizo horizonte.

A la deriva en una noche sin estrellas fugaces, con la frialdad incrustada en los huesos, la ropa mojada, el cielo plomizo, la esperanza errante.

Belkys Rodríguez Blanco ©

sábado, 11 de febrero de 2017

Mariposa bajo la lluvia




Los nubarrones bajaron por fin a abrazar las montañas. Las finas gotas se deslizaron sigilosas entre las ramas y las piedras. La tierra tenía sed y por eso no podía descansar. Sus párpados rojizos y abiertos como ventanas al viento, añoraban la lluvia y suplicaban al cielo. Las nubes se compadecieron de su desesperación y poco a poco fueron desabotonando sus grises faldas y dejaron caer sobre el suelo cuarteado unas cuantas gotas danzarinas.

La mariposa temblaba debajo de una hoja de laurel que, en cualquier momento, se quebraría por el peso del agua. Con las alas mojadas no podría volar. Apesadumbrada, se abrazó al tronco del árbol y esperó lo inevitable. Triste destino, pensó, y añoró el sol y el cielo despejado. Maldijo la lluvia sin pensar en la alegría de la tierra y de tantas criaturas que morían de sed a su lado. Resignada, cerró los ojos mientras las gotas iban empapando la fragilidad de su cuerpo.

“Despierta y ven a celebrar el milagro del aguacero”, un lagarto la zarandeaba y le hablaba a grito pelado. “Soy una mariposa, tonto, y si me mojo jamás podré volar”, respondió ella con un hilo de voz. “Eso no es un problema, tengo algo que te protegerá”. El reptil salió disparado y regresó con un enorme paraguas de color verde que tenía pintados unos ojos de sapo y una boca grande y sonriente. Aún temblorosa, la grácil criatura dejó de cobijarse bajo el laurel y, por primera vez, desplegó sus alas y fue feliz revoloteando bajo el aguacero invernal.

Belkys Rodríguez Blanco ©

viernes, 6 de enero de 2017

Conversación con una mariposa




La muchacha más linda del pueblo se marchó callada, en puntillas y con su eterna sonrisa en la mirada. Echo de menos tu voz, la bondad en tus ojos y esa risa sincera y contagiosa que aún resuena en mis recuerdos.

Quiero tararear aquella canción que tanto te gustaba pero el dolor me ronda como felino insaciable y las lágrimas empañan la mañana soleada en una isla que no es tu isla. “Valle plateado de luna, sendero de mis amores. Quiero cantarle a las flores el canto de mi montuna”. Así le cantabas a tu playerito, al hombre apuesto y galante que se hizo a la mar y fue pescador y marinero. El amor de tu vida, el pintor que llenó de colores cada día de tu existencia.

Mi mariposa azul en el salitre y la espuma. Revoloteas sobre las olas de una playa que recorro cada día buscando tu rastro, tu risa, las caricias de mi infancia, el dulce aroma de tu pelo blanco, el limonero del patio, el olor a café recién colado, las novelas en la radio, la lluvia cálida sobre el tejado, el sonido del trueno en la distancia, los interminables campos de caña, tus manos laboriosas sobre el tejido, Penélope caribeña, la eterna melodía dedicada al abuelo en tus labios.

Me dejo envolver en el arrullo de tu aleteo, en el último te quiero, en la generosidad de tu alma, en tu vuelo silencioso sobre estas costas donde ahora habito, añorando las mías, implorando tu abrazo, intentando reconciliarme con la ausencia.

A la memoria de mi abuela Elita.

Belkys Rodríguez Blanco ©