lunes, 18 de septiembre de 2017

A la deriva


Escuchó su voz en la penumbra y supo que no estaba sola. Caminó distraída entre caracolas y sirenas cabizbajas. Juntó piedritas y trozos de sueños dispersos en la orilla. La acompañaba un olor lejano y recurrente: el aroma del pelo de la abuela. Ella olía a hogar, a monte, a risa cristalina, a tardes de aguaceros sobre los tejados, a ropa limpia tendida bajo el limonero.

Quiso volver sobre sus pasos, pero el camino de regreso se perdía en un océano implacable e infinito. Su voz se confundió con un breve sollozo de la brisa. Siguió avanzando absorta, sorteando la espuma y dejando que las olas lamieran sus huellas y las borraran de aquellas costas que ya no le pertenecían.

Allí había ido, mucho tiempo atrás, a pedir un milagro a la reina de los mares. Pero la diosa cerró los ojos ante su desatino. Las lágrimas, derrotadas, rodaron por su alma y entraron de puntillas en la marea. El mar arrastró cada palabra, cada súplica y se quedó aletargado esperando la noche.

Ahora regresa callada, agarrada a la falda de la abuela, implorando a la diosa de los mares que le devuelva un trozo de tabla, una isla a la que asirse, un recuerdo al que pueda anclarse. Y si ha de flotar a la deriva solo pide despertar acurrucada en su regazo.

Belkys Rodríguez Blanco ©

martes, 12 de septiembre de 2017

Oídos sordos


Huracanes, misiles norcoreanos, Trump, terremotos, atentados terroristas, tortugas errantes que engullen bolsas de plásticos, niños hambrientos y bombardeados. La sinrazón nos susurra su profético descalabro. Oídos sordos, avaricia, egoísmo. Todos cabizbajos, indiferentes, ensimismados en la pantalla del teléfono móvil. Cómo iba a importarnos un perro que gime abandonado en la cuneta, si miramos hacia otro lado cuando un ser humano se desangra en un país remoto, víctima de un conflicto que ha provocado alguien que ni siquiera habla su idioma.

Los mismos que venden las armas se preguntan por qué no hay paz en el mundo. La sinrazón campa a sus anchas y se burla de la ambigüedad del ser humano. Intento mantener a raya las pesadillas, pero son obstinadas y vuelven cada noche con su letanía. El día menos pensado, el psicópata de turno apretará el botón y nos iremos todos a la mierda. Seremos polvo espacial observando boquiabiertos y desconcertados cómo el mundo arde en su propia miseria.

Cómo iba a importarnos que el oso polar se extinga, si apagamos el telediario para no enterarnos de que la gente muere en medio del mar intentando alcanzar un sueño. Si seguimos mirando disimuladamente hacia otro lugar, no seremos distintos de aquellos que, vestidos con trajes caros, manejan nuestro destino desde su oficina en un rascacielos. Intento mantener a raya una pesadilla recurrente: el psicópata de turno nos obliga a apretar el botón, para no sentirse culpable de la destrucción del mundo.

Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 4 de septiembre de 2017

El pescador


La caña de pescar era un pretexto. Sabía que los peces jamás se acercarían a esa orilla donde el mar mordía con saña las rocas. Durante un día aciago hacía miles, tal vez millones de años, algún volcán despechado había escupido lava sin misericordia sobre aquellas costas. El hombre se sentó sobre una roca plana y oteó el horizonte. Ninguna isla a la vista, solo un par de gaviotas que planeaban hambrientas sobre su cabeza. Ni ballenas ni delfines ni veleros. Estaba solo frente a un océano grisáceo que ondulaba con vehemencia y luego lanzaba a ciegas la espuma contra las piedras.

El viento castigaba su pelo blanco. El hombre se aferraba a la vara como si fuera su tabla de salvación. El único pez despistado que pasó por allí fue engullido por la voracidad de las gaviotas. Él se quedó embobado observando el vuelo de aquel animal que podía divisar el alimento desde una gran altura. Envidió sus alas y no su sentido de la vista. Cerró los ojos y saboreó el salitre incrustado en los labios. Una fina llovizna mojó su camisa descolorida. El invierno estaba a la vuelta de la esquina y muchas aves marinas se marcharían a sitios más cálidos. El hombre volvió a pensar en las alas y no en el alimento.

Una ráfaga de viento frío le arrebató la caña de pescar. Pero él se quedó aferrado a su recuerdo como un niño a la mano de su padre ausente. Sabía que estaba solo a merced de las corrientes y del arrebato de las olas. Las gaviotas también se habían alejado persiguiendo un pez volador. Definitivamente estaba solo, la camisa hinchada como una vela raída, la vista clavada en la escurridiza línea del horizonte. Divisó un barco que navegaba hacia un punto cardinal desconocido. El hombre no tenía brújula ni timón ni rumbo. Solo una vara que ahora flotaba hecha añicos, abandonada a su suerte. El pescador, abatido y con el estómago vacío, se alejó cabizbajo pensando ahora en la porfía del mar y en la mansedumbre de las rocas.   


Belkys Rodríguez Blanco ©

domingo, 27 de agosto de 2017

El podólogo

A mi amigo Fer.


Mario, el podólogo del pueblo, sufría un trastorno fetichista que lo hacía coleccionar uñas femeninas dentro de una caja de zapatos. Además de liberar a sus clientas de los molestos callos y limar durezas, cortaba cuidadosamente las uñas de los pies y las guardaba como si fueran monedas de oro.

Las de las señoras adineradas eran las más codiciadas. Mario las trataba como si fueran frágiles florecitas de cristal. Estaban muy bien cuidadas y olían a jazmín. Cuando las féminas llegaban a la clínica, Mario las recibía haciendo una reverencia y les besaba con delicadeza ambas manos. Antes de comenzar su trabajo les ofrecía un té especial que, según aseguraba, se lo enviaban desde la China.

Cierto día, llegó una mujer muy alta y enjuta que presumía de ser la más rica del pueblo. Al ver la verruga en forma de coliflor que adornaba la parte superior de los labios, el podólogo no pudo evitar la mueca de desagrado. Nunca había conocido una criatura tan fea y antipática. Ella adivinó sus pensamientos y esbozó una sonrisa perversa que no pasó inadvertida para Mario. Sin dar los buenos días, la señora le espetó:

—Tengo las uñas encarnadas y unos callos que me están matando. He venido porque me han dicho que eres el mejor y mis pies son muy especiales. Te pagaré muy bien —le aseguró doña Úrsula mientras se dejó caer como pluma de cuervo en el sillón.

Mario asintió con la cabeza y se dispuso a desplegar el instrumental. Presintiendo que alguna sorpresa desagradable lo esperaba afilándose los dientes, se puso unos guantes especiales que usaba para limpiar el inodoro. Cuando le quitó el zapato del pie derecho, un olor nauseabundo le golpeó la membrana pituitaria y a punto estuvo de vomitar el desayuno. En treinta años de profesión jamás había visto unos pies como aquellos. Por un momento pensó decirle a la señora que se pusiera los zapatos y se largara de su despacho, sin embargo su sentido de la ética profesional lo frenó.

Unos juanetes como codos ennegrecidos sobresalían de ambos dedos gordos. Tenía callos hasta en los empeines y las uñas, amarillas y ganchudas, parecían las garras del águila imperial. Pero lo peor estaba entre los dedos: una infección fúngica severa había dejado la piel en carne viva. El hedor era tan fuerte que Mario se llevó instintivamente una mano a la nariz para proteger la integridad de su olfato. No pudo evitar las arcadas y la palidez en el rostro. Úrsula, con una sonrisa de Mona Lisa pérfida, le dijo con voz chillona:

—Los honguitos me los trata con mucha delicadeza que se pagan muy bien en los restaurantes caros. Haga usted el favor de ponerlos, con mucho cuidado, en este tupperware.

Con los ojos desorbitados y el vómito a punto de salir disparado, Mario agarró el recipiente plástico y lo puso en el suelo. Al borde del desmayo fue limpiando meticulosamente los dedos casi putrefactos de la señora y depositando, con sumo cuidado, los hongos en el tupper. Una vez concluido el trabajo, doña Úrsula le pidió que le cortara las uñas y las metiera en una cajita color violeta que guardaba dentro de su bolso. “Estas son para los chinos que tienen la peluquería en la esquina. Con ellas fabrican un producto mágico para alisar el pelo”.

Cuando la mujer se marchó, Mario corrió al cuarto de baño y, después de vomitar la comida de varios días, se metió en la ducha con la ropa puesta. Sin creerse aún lo que había sucedido, maldijo a aquella infecta criatura que dejó un olor nauseabundo en su consultorio y que lo hizo dudar de las ventajas de su profesión. Después de limpiar el instrumental, el sillón y el suelo con lejía, tiró el contenido de la cajita que guardaba en su armario. Las uñas perfumadas de sus clientas pudientes desapareció en las entrañas del inodoro.

Cansado y sudoroso, el podólogo juró que jamás volvería a coleccionar nada relacionado con los pies, aunque olieran a rosas, ni a comer champiñones. Se cogió el resto del día libre y decidió cenar fuera. Como era su costumbre, entró en el restaurante de su amigo Julio. Pedía siempre el mismo menú: bistec de ternera con papas fritas, arroz blanco y ensalada de tomates. Mientras se bebía una cerveza helada, el camarero se acercó con un plato humeante. Sonriente, lo depositó sobre la mesa con un gesto que parecía una reverencia.

—Usted debe ser nuevo, joven. Aquí todos me conocen y saben lo que como —le dijo Mario contrariado.

—Sé lo que le gusta, señor. Julio me ha pedido que le traiga algo diferente. Está seguro de que le gustará. Es un nuevo plato, muy caro. Lo que pudiera llamarse una delicatessen. El olor es un poco fuerte, pero le gustará. No se preocupe usted, hoy invita la casa.

Mario bajó la mirada hasta el plato y no pudo evitar las náuseas. Sobre aquella pieza de fina porcelana china, unas gambas se apretujaban en el centro, custodiadas por hongos de color marrón oscuro. El olor que despedía la comida era el mismo de los pies de doña Úrsula. El podólogo miró desconcertado hacia todas partes y palideció. Los otros comensales estaban degustando el mismo plato con sumo deleite. En una mesa cercana, una mujer alta, enjuta y con una verruga en forma de coliflor en la parte superior de los labios, alzó una copa de vino tinto y brindó a su salud.

Belkys Rodríguez Blanco ©



jueves, 24 de agosto de 2017

Carta a Diego


Mi querido Yeyo:

Mi mejor regalo y mi único legado son las palabras. Me apasiona observar sus caprichos y la forma en que van llenando cuartillas a su antojo. Allí donde encuentre un pedazo de papel llenaré de palabras los recuerdos. Tengo los bolsillos casi siempre vacíos de monedas, pero  muchas veces van cargados de sueños, de oraciones, de párrafos, de historias y de alas.

Hoy miro al horizonte intentando encontrar a ese niño moreno que me invitaba a lanzarme con él en un trineo por la pendiente vestida de nieve. Siento tu carita pegada a mi rostro diciéndome: “mamma, tenemos un solo ojo”. Y en ese juego de cíclopes traviesos encontraba mis propios días de infancia. Tú me abrías las puertas a la inocencia y arropabas sin querer mis nostalgias.

Aunque hoy hayas llegado a la mayoría de edad siempre serás mi duende del invierno, mi pequeño guerrero nacido en tierra vikinga. Cierro los ojos, te abrazo fuerte y contemplo la aurora boreal en la ventana. Volvemos a reír junto ante la osadía de aquel ratoncito que se coló en tu bota en la casa de verano. Camino en puntillas hasta la ventana de tu habitación para dejarte el regalo del troll navideño. Te leo un cuento de La Edad de Oro y vuelvo a escuchar aquel: te quiero mucho, mamma con acento islandés.

La distancia me trae tu llanto cuando saliste de mi vientre. Vuelvo a besarte y a olerte y a decirte que fuiste y eres ese rayo de luz que nunca claudica. Te acuno entre mis brazos cada noche y te canto una nana. Escojo cuidadosamente cada palabra para que entiendas cuánto que te quiero.

Belkys Rodríguez Blanco ©                                                        

miércoles, 9 de agosto de 2017

El viajero

A Diego por su nobleza y su valentía.


El horizonte observó con curiosidad al viajero y él le sostuvo la mirada. Tenía sangre nómada y unos deseos irrefrenables de conquistar su destino. La estrella polar marcaba el rumbo. La noche era clara y el viento estaba a su favor. El horizonte se preguntaba quién era aquel muchacho tan joven y apuesto que intentaba traspasar sus fronteras. El viajero no quiso responder a tan inoportuna pregunta. Había que aprovechar el buen tiempo y la suave brisa que inflamaba sus velas. Así que, con un ligero temblor en los labios, puso proa al Norte. Los sueños estaban impacientes por alcanzar otras costas.

Iba ligero de equipaje. Lo arropaba la noche y el cántico de los marinos que como él desafiaron tempestades para llegar a tierra firme. En la solapa del abrigo llevaba prendidas un par de lágrimas impertinentes. Ni siquiera la audacia del viento pudo derrotarlas. Allí permanecieron, erguidas, retadoras, como prueba del amor de los que se quedaron del otro lado del horizonte. Llevaba la emoción escondida en los bolsillos. Los hombres de alma errante debían mantener a buen recaudo los sentimientos.

En aquella fina línea teñida ahora de un apacible atardecer su silueta se fue haciendo pequeña. El viajero no volvió la vista atrás. El pañuelo blanco que agitaban sus seres queridos se quedó suspendido en la brisa nocturna. Ahora solo una par de gaviotas revoloteaban en busca del alimento. Sus antiguas costas se quedaron adormiladas con el arrullo de las olas. Otras nuevas lo esperaban, con las luces encendidas y todas las ventanas abiertas. El viento gélido de su infancia desordenó sus cabellos negros. El viajero escuchó atento las voces de los guerreros vikingos. Tiró el ancla y avanzó con paso firme por la tierra que un día lo vio nacer. La isla boreal había esperado paciente su regreso. El horizonte había encontrado por fin la respuesta a su interrogante.

Belkys Rodríguez Blanco ©   


sábado, 15 de julio de 2017

Diosa del norte

A mi isla de hielo y fuego
 


Primero fue la ola apaciguando la rudeza de las piedras. Luego las torres desafiando las corrientes. Pájaros marinos a merced de las mareas. Resignados emigrantes viajando al sur, el único punto cardinal habitable. Sin embargo ella, en su porfía, voló al norte, a contracorriente, la mirada indomable, las piedras proféticas en el puño cerrado.
Se llamaba Freyja, diosa de la estrella Polar, espíritu de los volcanes y los glaciares. Dueña de su destino y de las voces guerreras, cabalgó altiva sobre el día eterno. El mar de lava bajo un cielo gris fue su único lecho. Allí dejó enterrada el alma mientras sus huellas vagaban como dulces sombras entre el fuego y el hielo. Libre navega la diosa boreal, aferrada a la única tabla que puede salvarla. Proa al norte, desafiando sin pestañear a la cordura.

Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 19 de junio de 2017

A la deriva


A la deriva en mares ajenos, sobre arenas movedizas. Con el amanecer a la espalda avanza hacia las sombras.

A la deriva sobre la tabla de otro náufrago que como él renunció a sus costas. Obstinado navegante luchando solo contra las tempestades que azotan sus miedos.

Cabalgando sobre olas indómitas, la melena ondulante, la mirada perdida en el escurridizo horizonte.

A la deriva en una noche sin estrellas fugaces, con la frialdad incrustada en los huesos, la ropa mojada, el cielo plomizo, la esperanza errante.

Belkys Rodríguez Blanco ©

sábado, 11 de febrero de 2017

Mariposa bajo la lluvia




Los nubarrones bajaron por fin a abrazar las montañas. Las finas gotas se deslizaron sigilosas entre las ramas y las piedras. La tierra tenía sed y por eso no podía descansar. Sus párpados rojizos y abiertos como ventanas al viento, añoraban la lluvia y suplicaban al cielo. Las nubes se compadecieron de su desesperación y poco a poco fueron desabotonando sus grises faldas y dejaron caer sobre el suelo cuarteado unas cuantas gotas danzarinas.

La mariposa temblaba debajo de una hoja de laurel que, en cualquier momento, se quebraría por el peso del agua. Con las alas mojadas no podría volar. Apesadumbrada, se abrazó al tronco del árbol y esperó lo inevitable. Triste destino, pensó, y añoró el sol y el cielo despejado. Maldijo la lluvia sin pensar en la alegría de la tierra y de tantas criaturas que morían de sed a su lado. Resignada, cerró los ojos mientras las gotas iban empapando la fragilidad de su cuerpo.

“Despierta y ven a celebrar el milagro del aguacero”, un lagarto la zarandeaba y le hablaba a grito pelado. “Soy una mariposa, tonto, y si me mojo jamás podré volar”, respondió ella con un hilo de voz. “Eso no es un problema, tengo algo que te protegerá”. El reptil salió disparado y regresó con un enorme paraguas de color verde que tenía pintados unos ojos de sapo y una boca grande y sonriente. Aún temblorosa, la grácil criatura dejó de cobijarse bajo el laurel y, por primera vez, desplegó sus alas y fue feliz revoloteando bajo el aguacero invernal.

Belkys Rodríguez Blanco ©

viernes, 6 de enero de 2017

Conversación con una mariposa




La muchacha más linda del pueblo se marchó callada, en puntillas y con su eterna sonrisa en la mirada. Echo de menos tu voz, la bondad en tus ojos y esa risa sincera y contagiosa que aún resuena en mis recuerdos.

Quiero tararear aquella canción que tanto te gustaba pero el dolor me ronda como felino insaciable y las lágrimas empañan la mañana soleada en una isla que no es tu isla. “Valle plateado de luna, sendero de mis amores. Quiero cantarle a las flores el canto de mi montuna”. Así le cantabas a tu playerito, al hombre apuesto y galante que se hizo a la mar y fue pescador y marinero. El amor de tu vida, el pintor que llenó de colores cada día de tu existencia.

Mi mariposa azul en el salitre y la espuma. Revoloteas sobre las olas de una playa que recorro cada día buscando tu rastro, tu risa, las caricias de mi infancia, el dulce aroma de tu pelo blanco, el limonero del patio, el olor a café recién colado, las novelas en la radio, la lluvia cálida sobre el tejado, el sonido del trueno en la distancia, los interminables campos de caña, tus manos laboriosas sobre el tejido, Penélope caribeña, la eterna melodía dedicada al abuelo en tus labios.

Me dejo envolver en el arrullo de tu aleteo, en el último te quiero, en la generosidad de tu alma, en tu vuelo silencioso sobre estas costas donde ahora habito, añorando las mías, implorando tu abrazo, intentando reconciliarme con la ausencia.

A la memoria de mi abuela Elita.

Belkys Rodríguez Blanco ©