domingo, 27 de agosto de 2017

El podólogo

A mi amigo Fer.


Mario, el podólogo del pueblo, sufría un trastorno fetichista que lo hacía coleccionar uñas femeninas dentro de una caja de zapatos. Además de liberar a sus clientas de los molestos callos y limar durezas, cortaba cuidadosamente las uñas de los pies y las guardaba como si fueran monedas de oro.

Las de las señoras adineradas eran las más codiciadas. Mario las trataba como si fueran frágiles florecitas de cristal. Estaban muy bien cuidadas y olían a jazmín. Cuando las féminas llegaban a la clínica, Mario las recibía haciendo una reverencia y les besaba con delicadeza ambas manos. Antes de comenzar su trabajo les ofrecía un té especial que, según aseguraba, se lo enviaban desde la China.

Cierto día, llegó una mujer muy alta y enjuta que presumía de ser la más rica del pueblo. Al ver la verruga en forma de coliflor que adornaba la parte superior de los labios, el podólogo no pudo evitar la mueca de desagrado. Nunca había conocido una criatura tan fea y antipática. Ella adivinó sus pensamientos y esbozó una sonrisa perversa que no pasó inadvertida para Mario. Sin dar los buenos días, la señora le espetó:

—Tengo las uñas encarnadas y unos callos que me están matando. He venido porque me han dicho que eres el mejor y mis pies son muy especiales. Te pagaré muy bien —le aseguró doña Úrsula mientras se dejó caer como pluma de cuervo en el sillón.

Mario asintió con la cabeza y se dispuso a desplegar el instrumental. Presintiendo que alguna sorpresa desagradable lo esperaba afilándose los dientes, se puso unos guantes especiales que usaba para limpiar el inodoro. Cuando le quitó el zapato del pie derecho, un olor nauseabundo le golpeó la membrana pituitaria y a punto estuvo de vomitar el desayuno. En treinta años de profesión jamás había visto unos pies como aquellos. Por un momento pensó decirle a la señora que se pusiera los zapatos y se largara de su despacho, sin embargo su sentido de la ética profesional lo frenó.

Unos juanetes como codos ennegrecidos sobresalían de ambos dedos gordos. Tenía callos hasta en los empeines y las uñas, amarillas y ganchudas, parecían las garras del águila imperial. Pero lo peor estaba entre los dedos: una infección fúngica severa había dejado la piel en carne viva. El hedor era tan fuerte que Mario se llevó instintivamente una mano a la nariz para proteger la integridad de su olfato. No pudo evitar las arcadas y la palidez en el rostro. Úrsula, con una sonrisa de Mona Lisa pérfida, le dijo con voz chillona:

—Los honguitos me los trata con mucha delicadeza que se pagan muy bien en los restaurantes caros. Haga usted el favor de ponerlos, con mucho cuidado, en este tupperware.

Con los ojos desorbitados y el vómito a punto de salir disparado, Mario agarró el recipiente plástico y lo puso en el suelo. Al borde del desmayo fue limpiando meticulosamente los dedos casi putrefactos de la señora y depositando, con sumo cuidado, los hongos en el tupper. Una vez concluido el trabajo, doña Úrsula le pidió que le cortara las uñas y las metiera en una cajita color violeta que guardaba dentro de su bolso. “Estas son para los chinos que tienen la peluquería en la esquina. Con ellas fabrican un producto mágico para alisar el pelo”.

Cuando la mujer se marchó, Mario corrió al cuarto de baño y, después de vomitar la comida de varios días, se metió en la ducha con la ropa puesta. Sin creerse aún lo que había sucedido, maldijo a aquella infecta criatura que dejó un olor nauseabundo en su consultorio y que lo hizo dudar de las ventajas de su profesión. Después de limpiar el instrumental, el sillón y el suelo con lejía, tiró el contenido de la cajita que guardaba en su armario. Las uñas perfumadas de sus clientas pudientes desapareció en las entrañas del inodoro.

Cansado y sudoroso, el podólogo juró que jamás volvería a coleccionar nada relacionado con los pies, aunque olieran a rosas, ni a comer champiñones. Se cogió el resto del día libre y decidió cenar fuera. Como era su costumbre, entró en el restaurante de su amigo Julio. Pedía siempre el mismo menú: bistec de ternera con papas fritas, arroz blanco y ensalada de tomates. Mientras se bebía una cerveza helada, el camarero se acercó con un plato humeante. Sonriente, lo depositó sobre la mesa con un gesto que parecía una reverencia.

—Usted debe ser nuevo, joven. Aquí todos me conocen y saben lo que como —le dijo Mario contrariado.

—Sé lo que le gusta, señor. Julio me ha pedido que le traiga algo diferente. Está seguro de que le gustará. Es un nuevo plato, muy caro. Lo que pudiera llamarse una delicatessen. El olor es un poco fuerte, pero le gustará. No se preocupe usted, hoy invita la casa.

Mario bajó la mirada hasta el plato y no pudo evitar las náuseas. Sobre aquella pieza de fina porcelana china, unas gambas se apretujaban en el centro, custodiadas por hongos de color marrón oscuro. El olor que despedía la comida era el mismo de los pies de doña Úrsula. El podólogo miró desconcertado hacia todas partes y palideció. Los otros comensales estaban degustando el mismo plato con sumo deleite. En una mesa cercana, una mujer alta, enjuta y con una verruga en forma de coliflor en la parte superior de los labios, alzó una copa de vino tinto y brindó a su salud.

Belkys Rodríguez Blanco ©



jueves, 24 de agosto de 2017

Carta a Diego


Mi querido Yeyo:

Mi mejor regalo y mi único legado son las palabras. Me apasiona observar sus caprichos y la forma en que van llenando cuartillas a su antojo. Allí donde encuentre un pedazo de papel llenaré de palabras los recuerdos. Tengo los bolsillos casi siempre vacíos de monedas, pero  muchas veces van cargados de sueños, de oraciones, de párrafos, de historias y de alas.

Hoy miro al horizonte intentando encontrar a ese niño moreno que me invitaba a lanzarme con él en un trineo por la pendiente vestida de nieve. Siento tu carita pegada a mi rostro diciéndome: “mamma, tenemos un solo ojo”. Y en ese juego de cíclopes traviesos encontraba mis propios días de infancia. Tú me abrías las puertas a la inocencia y arropabas sin querer mis nostalgias.

Aunque hoy hayas llegado a la mayoría de edad siempre serás mi duende del invierno, mi pequeño guerrero nacido en tierra vikinga. Cierro los ojos, te abrazo fuerte y contemplo la aurora boreal en la ventana. Volvemos a reír junto ante la osadía de aquel ratoncito que se coló en tu bota en la casa de verano. Camino en puntillas hasta la ventana de tu habitación para dejarte el regalo del troll navideño. Te leo un cuento de La Edad de Oro y vuelvo a escuchar aquel: te quiero mucho, mamma con acento islandés.

La distancia me trae tu llanto cuando saliste de mi vientre. Vuelvo a besarte y a olerte y a decirte que fuiste y eres ese rayo de luz que nunca claudica. Te acuno entre mis brazos cada noche y te canto una nana. Escojo cuidadosamente cada palabra para que entiendas cuánto que te quiero.

Belkys Rodríguez Blanco ©                                                        

miércoles, 9 de agosto de 2017

El viajero

A Diego por su nobleza y su valentía.


El horizonte observó con curiosidad al viajero y él le sostuvo la mirada. Tenía sangre nómada y unos deseos irrefrenables de conquistar su destino. La estrella polar marcaba el rumbo. La noche era clara y el viento estaba a su favor. El horizonte se preguntaba quién era aquel muchacho tan joven y apuesto que intentaba traspasar sus fronteras. El viajero no quiso responder a tan inoportuna pregunta. Había que aprovechar el buen tiempo y la suave brisa que inflamaba sus velas. Así que, con un ligero temblor en los labios, puso proa al Norte. Los sueños estaban impacientes por alcanzar otras costas.

Iba ligero de equipaje. Lo arropaba la noche y el cántico de los marinos que como él desafiaron tempestades para llegar a tierra firme. En la solapa del abrigo llevaba prendidas un par de lágrimas impertinentes. Ni siquiera la audacia del viento pudo derrotarlas. Allí permanecieron, erguidas, retadoras, como prueba del amor de los que se quedaron del otro lado del horizonte. Llevaba la emoción escondida en los bolsillos. Los hombres de alma errante debían mantener a buen recaudo los sentimientos.

En aquella fina línea teñida ahora de un apacible atardecer su silueta se fue haciendo pequeña. El viajero no volvió la vista atrás. El pañuelo blanco que agitaban sus seres queridos se quedó suspendido en la brisa nocturna. Ahora solo una par de gaviotas revoloteaban en busca del alimento. Sus antiguas costas se quedaron adormiladas con el arrullo de las olas. Otras nuevas lo esperaban, con las luces encendidas y todas las ventanas abiertas. El viento gélido de su infancia desordenó sus cabellos negros. El viajero escuchó atento las voces de los guerreros vikingos. Tiró el ancla y avanzó con paso firme por la tierra que un día lo vio nacer. La isla boreal había esperado paciente su regreso. El horizonte había encontrado por fin la respuesta a su interrogante.

Belkys Rodríguez Blanco ©